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miércoles, 22 de abril de 2020

Ignominia


Y los peores sentimientos emergieron cual destructor iceberg. Mientras millones se veían engullidos por un miedo insoportable, ante un borrascoso futuro, ante la concreta  posibilidad de tener que mendigar por los contenedores de basura, como antaño lo habían tenido que hacer sus antepasados, miles de honrados ciudadanos de dudosa moralidad, muchos de misa diaria, envueltos en las enseñas de todos, despreciaban la necesidad imperiosa de no dejar morir de hambre a aquel desdichado pueblo.

 Desde sus mezquinos púlpitos preferían azuzar las contradicciones inherentes a una situación insoportable. Se mofaban de estos, los más necesitados, como en el pasado se habían burlado impunemente de otros.   

Las contradicciones se exacerbaron mientras las libertades eran, de nuevo, puestas en entredicho. Fue entonces cuando los vendedores de humo, los que despreciaban el conocimiento basado en evidencias, agitaron aun más a una población que empezaba de nuevo a señalar al diferente , a etiquetar al disidente, aquel que hundido en un pozo oscuro de ansiedad, no aparecía cada día a la hora acordada. 

Sí, aquella sociedad enfrentada, dislocada y anhelosa de agarrarse a alguna certidumbre. Y millones cayeron en la trampa. Despreciaron la veracidad para abrazar aquella ignominiosa y abyecta falsedad. De nuevo no fue posible la concordia y el odio volvió a infiltrarse en las descorazonadas almas de los más desdichados culpando de nuevo al diferente e inevitablemente a los que siempre habían luchado por sus intereses. 


Imagen:page 76 of "Diccionario enciclopédico hispano-americano de literatura, siencias y artes. Edición profusamente ilustrada con miles de pequeños grabados intercalados en el texto y tirados aparte

viernes, 20 de abril de 2018

El hundimiento


Relato presentado al II certamen literario de relato corto "Raval d'Elx"

    A la memoria de José Canals, Jacinto Agulló, Vicente Arroniz y Rafael Palao

  Aquel viernes todo predecía la llegada de un fin de semana tranquilo en la pequeña pero industriosa ciudad: hombres y mujeres marchaban a las fábricas y al campo. Muchas otras, ataviadas con sus mandiles o con pañuelos anudados a la cabeza, salían a comprar al mercado y después marchaban cargadas de ropa a los lavaderos de las acequias. Algunas, pacientemente, se acercaban a la fuente de la plaza a cargar las tinajas con su agua. Todo aparentaba normalidad, todo menos la miseria que se cernía sobre el pobre Pepe. José era un chico fuerte y trabajador pero pertenecía a una familia muy humilde, como la mayoría de las del barrio, una familia que necesitaba que todos los hijos trabajasen para subsistir en su normalizada pobreza. Pero ahora estaba parado porque para su desgracia hacía solo unos días se había lesionado en el partido del club Arrabal. Dolorido y deprimido, tenía que guardar reposo. Para animarlo, sus compañeros le habían prometido una parte proporcional de sus jornales pero Pepe se sentía extraño: no quería perjudicarles, ya que tampoco estos nadaban precisamente en la abundancia. Eran tiempos de postguerra y cartillas de racionamiento, de cara al sol y botijos en verano, de sol y moscas en una España todavía deprimida por la derrota.  

   La mañana de ese viernes había amanecido fresca y despejada en Elche. El sol comenzaba a calentar poco a poco aunque era más agradable acercarse al lado de la solana. Como solía ser habitual por aquellas fechas, a mediodía la temperatura era buena y podía uno pasear por el poble sin chaqueta. De repente, algo terrible sucedió. Como si de una imagen detenida en la pantalla del cine Alcázar se tratase, se escuchó un terrible y seco estruendo que dejó a todo el mundo paralizado y tras el breve pero intenso desconcierto, como las hormigas después de pisotear su hormiguero, todo el mundo empezó a correr desordenadamente en las cercanías del puente de Santa Teresa. Una joven mujer enlutada ni siquiera había podido terminar de santiguarse delante de los casalicios de San Agatángelo y la Mare de Déu. La fuerte explosión había ocurrido muy cerca, en la calle Alfonso XII. El humo blanco y denso subía hacia la fachada desde una tintorería y muchas personas se acercaron tras el desconcierto para ver lo que había sucedido. No tardaron en llegar desde la Plaza del Caudillo un par de guardias urbanos que avisaron a los servicios de emergencias: al parecer dos personas habían resultado heridas en el interior del negocio. Un coche ambulancia llegó pasados unos minutos desde la casa de socorro y se certificó la tragedia: dos fallecidos, calcinados por la explosión de la autoclave del negocio. Poco importaba que la fábrica de alpargatas de Sansano hubiese sufrido daños. La ciudad quedó conmocionada y en desde su casa José sintió un escalofrío que le recorrió todo el cuerpo. No había escuchado la explosión nítidamente pero había visto por la ventana a la gente ir y venir nerviosa entre lamentos y sollozos. Algo en él no andaba bien: sentía una sensación desagradable, como de desconsuelo y luto sobrevenido, de miedo al futuro, de desconcierto.

   Ese sábado habían quedado en el corazón del Raval, junto a la fuente. Ya se hacía tarde, la luz comenzaba a menguar. Entonces llegaron sus amigos, sus compañeros, que tenían un deber no solo humanitario, sino moral: en aquellos tiempos la solidaridad entre los desposeídos era tremendamente fuerte. Llegaron a la plaza y fueron depositando sus duros en la gorra del desdichado, que en el fondo sentía una enorme lástima no sólo por él mismo sino por ellos. De repente, la tierra comenzó a temblar y José, junto a cinco de sus amigos que estaban cerca del centro quedaron paralizados por el terror, esperando el desenlace desastroso que se avecinaba. Entonces, un terrible rugido surgido de lo más profundo del suelo los succionó bestialmente hacia el fondo. El refugio de la Guerra Civil se había venido abajo y la tierra se los había tragado con una voracidad insaciable, casi asesina. Aquel trepidante hundimiento provocó su caída hacia un fondo horripilante y oscuro, lleno de cascotes y escombros, tablas de madera y fragmentos metálicos de la propia fuente. Una notable columna de humo, provocada por la polvareda, se pudo notar por los alrededores pese a la escasez de luz. El ruido atroz hizo que decenas de personas, muchas de paseo y otras saliendo precipitadamente de sus casas, comenzasen a acercarse a aquel pozo sobrevenido cuando el polvo comenzó a escampar. Todo el barrio trataba de ver lo que había pasado mientras los seis desafortunados jóvenes se debatían entre la vida y la muerte en el fondo de aquel oscuro boquete, cuatro de ellos muy malheridos y dos, más afortunados, llenos de heridas y rasguños, pero todavía dotados de una cierta movilidad. Pepe trataba de chillar, pero su voz ahogada apenas llegaba a la superficie. Los sollozos y gritos de los otros, entre lamentos de todo tipo, comenzaron a percibirse entre el rumor inmenso que había generado el gentío. Un sereno y algunos guardias comenzaron a llegar, accionando sus silbatos ahogadamente por la tensión del momento. Todavía no sabían ante lo que se encontraban: si una bomba, un terremoto o un corrimiento de tierras.  Lo cierto es que el suelo se había hundido y el pánico a caer en el interior apartaba al gentío hacia los extremos de la plaza. Los bomberos, que pronto se personaron en el lugar, supieron de inmediato que la estructura del refugio se encontraba muy dañada por las infiltraciones de la propia fuente y que había una clara negligencia que nadie querría ni podría denunciar.

 Dentro del refugio de la infamia José se desvanecía lentamente bajo el peso de aquella enorme losa. No tenía apenas tiempo para pensar, para reaccionar. Luchaba con todas sus fuerzas por tratar de movilizar alguna parte de su cuerpo pero le era imposible. Frustrado, el aire le comenzó a faltar y poco tiempo después se fue desvaneciendo y su corazón apagando para siempre. Entonces Pepe fue libre. Alzó sus ojos y pudo percibir de manera muy luminosa aquella tragedia. No escuchaba sonido alguno, solo luz, cada vez más intensa, que le alejaba de aquel bullicio. A lo lejos pudo ver otras luces fugaces que lo llamaban. No obstante, trató de forzar el descenso para ayudar a los otros dos compañeros que todavía se retorcían entre el dolor, dentro de ese lodazal inmundo en que se había convertido ese agujero, pero algo lo impelía hacia las estrellas. Se sentía liviano, tranquilo y como si flotase, ligero, ingrávido.

  José, el pobre jugador de fútbol y sus desgraciados amigos vieron llorar a un pueblo pero, a pesar de todo, divisaron con gran satisfacción, desde el lugar en el que se encontraban, el rescate de Juan y Fermín y la fortaleza de todo un barrio, su barrio, el Raval, que supo sacar fuerzas de flaqueza y seguir adelante esperando mejores tiempos.

domingo, 4 de marzo de 2018

La mancha


Viví en aquellos meses de la primavera de 1986 una de las experiencias que más honda impresión dejaron sobre mi persona, marcando para siempre una fría, triste y pusilánime forma de ser que, solo con los años, logré matizar levemente en mi carácter. Sucedió todo durante la que fue mi corta infancia, súbitamente interrumpida para mi desgracia. Yo cursaba sexto de EGB, el equivalente al año escolar en el que se matriculan los niños de diez años aunque por aquellas fechas todavía tenía nueve. Al menos así lo recuerdo mientras escribo estas líneas. Durante mucho tiempo mi mente decidió eliminar aquellos desagradables momentos pero ahora han regresado de manera fragmentaria, aún incompletos, a mi cabeza, golpeándola fuertemente, hasta conducirme a mi actual estado de postración intelectual.

   Dejo a continuación paso a los escritos que encontré  en un perdido cajón del viejo mueble de madera lleno de carcoma y telarañas que durmió muchos años en un antiguo, desconchado y herrumboso pajar de la casa de mis tíos. Creo que son más ilustrativos que lo que yo mismo pudiera redactar en un recuerdo ya lejano que, no obstante, ha vuelto a retumbar en mi frágil memoria.

  Perdida para siempre, hubo un fatídico día: ese en el que descubrí aquella pequeña libretita de anillas rojiza, ya descolorida y cuarteada. Ella regresó como regresan en ocasiones los muertos, ávidos de justicia. Ese bloc de notas, de letra quasi ilegible, comenzó a hacerme recordar. Y es que, es bien sabido que aunque la memoria tiende a edulcorar o matizar buena parte de los sucesos traumáticos que nos suceden en la infancia, en especial los más desagradables, finalmente acaban por asentarse en el interior de nuestros pensamientos más lejanos y oscuros.

  Ahora he vuelto a recordar. El país vivía momentos convulsos y yo vivía con mis padres en un pequeño pueblo al que habíamos sido destinados por el azar de la administración. Este es el inicio de una redacción confusa, de letra casi ilegible, pues por entonces padecía una profunda disgrafía que nunca he acabado de desterrar. Mi formación paleográfica me ha permitido desentrañar esos deformes garabatos que, finalmente, me dispongo a trascribir. No se muy bien porqué lo hago, quizás para que en el futuro, estas cosas no vuelvan a ocurrir.

  Viernes, 23 de Abril 

   Estoy enfadado y por eso escribo. Me he cabreado mucho esta mañana, en el colegio. Antonio me ha escupido en la cara. No se muy bien el porqué, he hablado con la señorita María y lo ha castigado. Después me he sentido mal, porque no quería que lo castigasen. En el fondo yo tenía la culpa, había estado chinchándole toda la semana con lo del partido de fútbol. Luego, cuando he llegado a casa, mi madre estaba llorando. No entiendo le pasa eso, no lo entiendo. Creo que mi madre sufre por algo de mi padre. Él está siempre fuera, solo viene a casa a comer y después se vuelve a ir al trabajo, quizás esta semana iremos al piso de mi abuela como solemos hacer.

Lunes, 26 de Abril.

  Estoy cansado. Este fin de semana hemos hecho lo de siempre, viajar. Cuando vamos de fin de semana mis padres me recogen a las 5, después del colegio. Siento una sensación en el estómago cuando el coche coge un badén, como si me subiera para arriba. No se si es bueno o malo, pero me siento mal así que estaré malo. Cuando llegamos a la ciudad papá tarda mucho en aparcar. Después lo típico. El sábado vino un señor que no conozco y estuvo hablando con mi padre un buen rato. Tiene muy mal aspecto y una mancha muy oscura que le marca la sien derecha. Se les oyó hablar más alto de la cuenta, pero yo estaba viendo la televisión, los dibujos animados. Mi madre había comprado una torta de azúcar que tanto me gustan. Está riquísima, es de hojaldre y me la como toda de un tirón. El domingo no fuimos al parque como acostumbramos a hacer después de salir de misa. Mi padre fue a llamar por teléfono y yo me quedé con mamá viendo el mapa de España que hay en el suelo, en relieve. Por la tarde estuve viendo el programa que me gusta tanto de Si lo se no vengo. Después volvimos al pueblo y sentí otra vez la desagradable sensación de vacío que penetra por mi estómago. Es Domingo porque, al llegar, están dando la serie Luz de luna.

Lunes, 3 de Mayo.

  Este fin de semana hemos ido a casa de mi tio. Como siempre nos ha contado las mismas historias de siempre, muy chulas aunque repetidas. Críticas sobre la comida, lo normal para sacar conversación. Otra vez, en casa de la abuela, ha venido el señor de la semana pasada. Parece que debe dinero a papá. Estaba escuchando en la habitación de las dos camas, al lado de la ventana que da a la galería. Decía que pronto le devolvería el dinero. La verdad es que no he querido preguntar nada por si papá se enfadaba. En el coche hablaba con mamá de que esta semana viajará dos días, que pedirá permiso en el trabajo. No se que es lo que tiene que hacer fuera porque nunca habla de lo que hace cuando se va. Solo dice que va a examinar en oposiciones, que no se muy bien lo que significa. Hoy estaba cansado en el colegio, en el patio le he tirado una piedra al Curro y después el director me ha dicho que hablarían con mis padres. Espero que no lo haga.

Jueves, 5 de Mayo.

   Cuando he llegado esta mediodía a la casa me he cruzado por las escaleras con el señor que he visto en el piso los fines de semana. Supongo que saldría de casa. Papá estaba ya allí. Había vuelto del viaje que hizo el martes. Estaba un poco nervioso, sudando mucho y, cosa rara, se ha dado una ducha. No se cuanto tiempo hace que no se duchaba. Además luego estaba agresivo, se  ha llegado a sacar la correa aunque, como suele ser habitual, después no pega. En el fondo es bueno, aunque me grite de manera desagradable.

Miércoles, 11 de Mayo.

Estoy muy nervioso pero creo que me tranquiliza escribir. Ayer cuando volvía del colegio el hombre estaba en la escalera. Me dijo que esperaba a mi padre y comenzó a tocarme la cara y el pelo. Yo me aparté pero él me abrazó y me tocó por todas partes. Menos mal que salí corriendo y salí a la calle. Tenía mucho miedo pero no podía contarle nada a mamá. Me daba vergüenza. Estoy muy triste por lo que ha pasado. Y pensar que ese hombre tiene tratos con papá. Desearía no haber nacido para no tener que  ver más a ese señor.

Lunes,  16 de Mayo.

El fin de semana lo pasé fatal. Creo que mamá ha notado algo porque no ha parado de preguntarme que qué me pasaba. He decidido olvidar lo que pasó, creo que no volverá a pasar y además si ese hombre me volviera a tocar le daría un buen puntapié el sus partes, para que escarmentara. Después que se quejase a mi simpático papá, que tiene relaciones con el asqueroso este.


A partir de aquí la letra se hace todavía más oscura e ilegible. Realmente ha sido un milagro poder transcribir esta parte pero era como si fuese recordando una a una las palabras. Instintivamente, desgraciadamente he tenido que recordar lo que jamás hubiese querido.

Miércoles, 18 de Mayo.

Ha venido a buscarme al colegio. Estoy muy asustado y creo que mis padres lo están notando. No logro recordar bien su rostro. Tengo pesadillas, veo a una masa informe avanzando hacia mi con unas manos como de plastilina que me atrapan y me sumergen en un  mar de plástico derretido, como cuando se quema en la hoguera. Me ha perseguido y me ha cogido cuando menos lo esperaba, al salir del campo del Quimpa, entre todo el carrizo que se acumula allí. Me ha obligado a hacer cosas que no quería. No lo quiero recordar. Tengo moretones por los brazos, me ha apretado con mucha fuerza y me duele. Tengo que guardar el secreto. Será mi secreto. Nadie lo debe saber. Espero que ese tipo no regrese...


  No se si merece la pena escribir esto o debería dejarlo olvidado en el fondo de mi pensamiento. La verdad es que lo que viví me marcó, como marcaría a cualquier chaval de mi edad. Marcó una vida para siempre y, aunque mis padres y mi familia jamás lo supieron, no volví a ser el mismo. Yo solo recuerdo a un hombre y a una mancha, posiblemente un incipiente melanoma, que ojalá fuese terminal. Aquí acaba el relato de la libretita roja, al menos lo que encontré en aquel lugar. Es posible que las ratas y otros insectos comedores de papel hayan volatilizado algún recuerdo más referente a ese desagradable asunto. Les doy las gracias, ya que en mi memoria no existe nada más después del apunte final. Solo la mancha y lo que el propio texto me ha escupido a la cara vilmente. No quiero recordar pero habré de soportar esta pesada losa el resto de mis días.  

miércoles, 4 de enero de 2017

El árbol de la felicidad

   
  Descuajado de su madre tierra, de esa pequeña colina en la que compartía morada con cientos de sus hermanos, acabó el árbol en el salón-recibidor de una diminuta morada, una de esas soluciones que con tantas alharacas el estado había proporcionado a un joven matrimonio mileurista. Obviamente era navidad. A pesar de que lo habían desgajado de su sustento primigenio, todavía mantenía constancia vital, una ínfima vida que se apagaba lentamente. -Quizás hubiera sido mejor no haber nacido o que me hubiese quemado rápidamente-, es posible que pensara para sí mismo rodeado de todo tipo de bártulos, guirnaldas y luces propias de las fiestas pascuales.

        Linda y Hanna, las habitantes del pisito, eran felices porque, dentro de su pertenencia al precariado, aquella clase social surgida al calor del terrible empobrecimiento de la sociedad capitalista, orgullosa de sí misma, podían presumir de una vida digna: ambas tenían empleo, lo cual garantizaba los ingresos de un trabajador de antaño,algo que, por desgracia, no podían asegurar la gran mayoría de sus conocidos. Vivían aparentemente cómodas en aquel cuchitril pensado para hacer creer a los pobres que no lo eran, que ya no existían diferencias de clase y que todos constituían la orgullosa clase media.
  Llevaban una vida aparentemente normal: la sociedad había aceptado de buen grado su homosexualidad y ambas disponían de una posición social aceptable. Entonces, casi de improvisto, se les echó encima la navidad y apareció el árbol. Hanna lo adquirió en una tienda sin apenas percatarse de que estaba recién talado, de que no era artificial. Linda, que era atea, no creía que hubiese nada que celebrar por esas fechas. Finalmente accedió a que su mujer maquillara el pequeño agujero en el que vivían con las típicas alharacas de la festividad que anuncia el inicio del invierno.
    Llegó la noche del día 24, después de una agotadora jornada laboral.  Hanna, que había librado todo el día, se había ocupado de preparar un ligero refrigerio y, por supuesto, de ultimar una abigarrada decoración hogareña. Linda, al abrir la puerta vio el árbol moribundo, suplicando  piedad, quizás un atisbo de humanidad para evitar prolongar la agonía que precede a una muerte dolorosa. Sin embargo ninguna de las dos podía percibir esa señal, ese espíritu atormentado que yacía lleno de bolitas de colores y luces intermitentes que arañaban sus extremidades provocando imperceptibles quemaduras. Después de cenar se sentaron a descansar y cayeron en un profundo sueño. Algo indefinible y que algunos expertos en descifrar el significado de las imágenes oníricas, en ocasiones tortuosas, que nuestro cerebro fabrica denominaría espíritu de la navidad poseyó a ambas con idénticos pensamientos.
   Al despertar, casi al mismo tiempo, nada se dijeron. Hanna y Linda habían visto difusamente la imagen de un bebé muy pequeño, casi recién nacido. Pero la criatura no estaba en una cunita, ni en un cesto acolchado, ni en un carrito. Estaba desvalido, desnudo en medio de un frondoso bosque de abetos. Al ver esa imagen ambas habían comenzado a sentir escalofríos y temor a que muriese de frío. Trataban de acercarse a él, que se retorcía y lloraba desconsoladamente. Entonces ocurría algo inconcebible y maravilloso cuando desde el tronco de un pequeño árbol junto al que reposaba su cuerpecito muchas ramas con sus hojas no punzantes se desprendían rodeando con absoluta perfección el diminuto cuerpo del niño, como formando una ligera y acolchada cunita.  Después de haber sido abrigado por el árbol, dejó de llorar y, al llegar a su lado, Linda y Hanna, cada una sin ser consciente de la presencia de la otra, lo tomaban y acurrucaban en sus brazos, esbozando el bebé una preciosa y dulce sonrisa de satisfacción.
     En el sueño había sido el árbol, de manera extraña, pues los abetos son de hoja perenne y no desprenden sus hojas, el que había salvado la vida al niño. Trascurrieron unas horas hasta que amaneció el día 25 y las dos salieron a pasear bajo la nieve, cogidas de la mano. Casi sin pensarlo y colisionando sus discursos, empezaron a relatar el sueño que habían tenido la noche anterior.  No acertaban a comprender el porqué habían soñado exactamente lo mismo: las mismas imágenes, el mismo paisaje invernal, el niño desvalido y el árbol, el mismo árbol que había perdido voluntariamente algunas de sus extremidades para salvarle la vida. No entendían nada, achacándo la pesadilla a los excesos acumulados de la gastronomía navideña.  Sin embargo, en su fuero interno, ambas seguían pensando que aquella circunstancia no era para nada corriente.
   En realidad nuestra pareja era inmensamente dichosa por haberse encontrado en la vida. Se amaban y no concebían la posibilidad de separarse jamás.  Sin embargo, aunque habían esquivado el tema por una u otra razón, siempre habían deseado ser madres, cuidando y ensanchando de esta manera los límites de su amor con la crianza de un niño. Cuando surgía el tema se ponían muy tristes: en aquella sociedad todavía no se permitía la adopción a las parejas del mismo sexo. Por ello habían solicitado repetidamente la adopción internacional, siempre con negativa o dilaciones. Siendo inmensamente felices habían ansiado la llegada de ese chiquillo que inundara más si cabe de alegría sus vidas, pero después de tantos años de espera, habían desistido con una gran amargura sobre sus conciencias.  
   Durante aquel día de navidad retornó recurrente el asunto del sueño compartido la noche anterior. Después de comer y abrigadas ante un pequeño brasero ante el televisor cayeron en una profunda siesta. El sueño regresó: allí estaba el niño sufriente, debajo del árbol que lo salvaba y entonces llegaban ellas. No podía ser casualidad. Al despertar no pudieron reprimir su ansiedad y revelaron el sueño compartido. ¿Sería acaso una señal?. Cuando se prepararon para ir a la glorieta, en dónde se situaba como cada año la feria de navidad, cogieron sus paraguas y, justo antes de cerrar la puerta, Hanna observó, al fondo de su perspectiva visual, al árbol de navidad que la observaba como en el sueño. Algo en su cabeza, como un resorte, se accionó al instante, quedando bloqueada en ese mismo momento, con el llavero de casa entre los dedos, como aturdida. Linda se percató de la actitud de su compañera y  preguntando que sucedía Hanna, a penas balbuceando, le advirtió de que era mejor que no saliesen, que hacía mucho frío.
    Asustada por la reacción de Hanna, Linda preguntó nerviosa qué es lo que ocurría a lo que esta le respondió haciendo un gesto de silencio. Entonces, le cogió la mano conduciéndola junto al sofá, al que dieron la vuelta para quedar frente al árbol de navidad. En silencio pasaron los minutos, un tiempo en el que, sin decir nada, Linda acabó de comprender. Allí estaba el árbol suplicando sin palabras, inmóvil. Su dolor era el dolor de toda la naturaleza. Él era el árbol. El árbol del sueño bifurcado, repetido.  ¿Era acaso una señal?. Linda, que siempre desconfió de espíritus y creencias, hubo de empezar a poner en orden sus ideas. Debía reconocer que estaba impresionada. Pero esa sensación no era nada en comparación con lo que a continuación sucedió.
   Unos minutos después sonó el timbre de la vivienda. Era un cartero. Ambas se extrañaron, pues era día festivo. El crepúsculo cercaba poco a poco la tenue luz diurna. Casi con ansiedad bajaron al portal. Había una carta oficial, del Ministerio de Exteriores. -Qué extraño, no hay repartos en navidad-,  pensaba Linda tratando de esquivar una parte de su mente que le decía que la razón no tiene porqué dominarlo todo en nuestra vida.
    Abrieron la carta en silencio, delante del árbol magullado. Ya era oficial: un país muy lejano daba permiso para adoptar. Ofrecían la posibilidad de la doble adopción en un plazo determinado de tiempo que habrían de emplear para viajar y tramitar toda la burocracia propia de estos asuntos. Ambas no salían de su asombro: serían gemelos, su felicidad no sería doble sino mucho mayor, incomensurable. No podían ser más dichosas, no podían haber tenido mejor regalo de navidad. Tras abrazarse entre llantos, a pesar de que la noche se les había echado encima, volvieron su mirada a aquel arbolito que les había traído la dicha. Lo desvistieron tranquilamente y lo envolvieron con sus mejores mantas. Llegaron a la helada sierra y, tras ascender por un raquítico camino forestal, a la luz de la luna, depositaron el árbol junto a sus hermanos. Linda no olvidó su pasado de incredulidad pero al lado de Hanna creyó para siempre en la existencia de algo tan etéreo como es la felicidad.