miércoles, 4 de enero de 2017

El árbol de la felicidad

   
  Descuajado de su madre tierra, de esa pequeña colina en la que compartía morada con cientos de sus hermanos, acabó el árbol en el salón-recibidor de una diminuta morada, una de esas soluciones que con tantas alharacas el estado había proporcionado a un joven matrimonio mileurista. Obviamente era navidad. A pesar de que lo habían desgajado de su sustento primigenio, todavía mantenía constancia vital, una ínfima vida que se apagaba lentamente. -Quizás hubiera sido mejor no haber nacido o que me hubiese quemado rápidamente-, es posible que pensara para sí mismo rodeado de todo tipo de bártulos, guirnaldas y luces propias de las fiestas pascuales.

        Linda y Hanna, las habitantes del pisito, eran felices porque, dentro de su pertenencia al precariado, aquella clase social surgida al calor del terrible empobrecimiento de la sociedad capitalista, orgullosa de sí misma, podían presumir de una vida digna: ambas tenían empleo, lo cual garantizaba los ingresos de un trabajador de antaño,algo que, por desgracia, no podían asegurar la gran mayoría de sus conocidos. Vivían aparentemente cómodas en aquel cuchitril pensado para hacer creer a los pobres que no lo eran, que ya no existían diferencias de clase y que todos constituían la orgullosa clase media.
  Llevaban una vida aparentemente normal: la sociedad había aceptado de buen grado su homosexualidad y ambas disponían de una posición social aceptable. Entonces, casi de improvisto, se les echó encima la navidad y apareció el árbol. Hanna lo adquirió en una tienda sin apenas percatarse de que estaba recién talado, de que no era artificial. Linda, que era atea, no creía que hubiese nada que celebrar por esas fechas. Finalmente accedió a que su mujer maquillara el pequeño agujero en el que vivían con las típicas alharacas de la festividad que anuncia el inicio del invierno.
    Llegó la noche del día 24, después de una agotadora jornada laboral.  Hanna, que había librado todo el día, se había ocupado de preparar un ligero refrigerio y, por supuesto, de ultimar una abigarrada decoración hogareña. Linda, al abrir la puerta vio el árbol moribundo, suplicando  piedad, quizás un atisbo de humanidad para evitar prolongar la agonía que precede a una muerte dolorosa. Sin embargo ninguna de las dos podía percibir esa señal, ese espíritu atormentado que yacía lleno de bolitas de colores y luces intermitentes que arañaban sus extremidades provocando imperceptibles quemaduras. Después de cenar se sentaron a descansar y cayeron en un profundo sueño. Algo indefinible y que algunos expertos en descifrar el significado de las imágenes oníricas, en ocasiones tortuosas, que nuestro cerebro fabrica denominaría espíritu de la navidad poseyó a ambas con idénticos pensamientos.
   Al despertar, casi al mismo tiempo, nada se dijeron. Hanna y Linda habían visto difusamente la imagen de un bebé muy pequeño, casi recién nacido. Pero la criatura no estaba en una cunita, ni en un cesto acolchado, ni en un carrito. Estaba desvalido, desnudo en medio de un frondoso bosque de abetos. Al ver esa imagen ambas habían comenzado a sentir escalofríos y temor a que muriese de frío. Trataban de acercarse a él, que se retorcía y lloraba desconsoladamente. Entonces ocurría algo inconcebible y maravilloso cuando desde el tronco de un pequeño árbol junto al que reposaba su cuerpecito muchas ramas con sus hojas no punzantes se desprendían rodeando con absoluta perfección el diminuto cuerpo del niño, como formando una ligera y acolchada cunita.  Después de haber sido abrigado por el árbol, dejó de llorar y, al llegar a su lado, Linda y Hanna, cada una sin ser consciente de la presencia de la otra, lo tomaban y acurrucaban en sus brazos, esbozando el bebé una preciosa y dulce sonrisa de satisfacción.
     En el sueño había sido el árbol, de manera extraña, pues los abetos son de hoja perenne y no desprenden sus hojas, el que había salvado la vida al niño. Trascurrieron unas horas hasta que amaneció el día 25 y las dos salieron a pasear bajo la nieve, cogidas de la mano. Casi sin pensarlo y colisionando sus discursos, empezaron a relatar el sueño que habían tenido la noche anterior.  No acertaban a comprender el porqué habían soñado exactamente lo mismo: las mismas imágenes, el mismo paisaje invernal, el niño desvalido y el árbol, el mismo árbol que había perdido voluntariamente algunas de sus extremidades para salvarle la vida. No entendían nada, achacándo la pesadilla a los excesos acumulados de la gastronomía navideña.  Sin embargo, en su fuero interno, ambas seguían pensando que aquella circunstancia no era para nada corriente.
   En realidad nuestra pareja era inmensamente dichosa por haberse encontrado en la vida. Se amaban y no concebían la posibilidad de separarse jamás.  Sin embargo, aunque habían esquivado el tema por una u otra razón, siempre habían deseado ser madres, cuidando y ensanchando de esta manera los límites de su amor con la crianza de un niño. Cuando surgía el tema se ponían muy tristes: en aquella sociedad todavía no se permitía la adopción a las parejas del mismo sexo. Por ello habían solicitado repetidamente la adopción internacional, siempre con negativa o dilaciones. Siendo inmensamente felices habían ansiado la llegada de ese chiquillo que inundara más si cabe de alegría sus vidas, pero después de tantos años de espera, habían desistido con una gran amargura sobre sus conciencias.  
   Durante aquel día de navidad retornó recurrente el asunto del sueño compartido la noche anterior. Después de comer y abrigadas ante un pequeño brasero ante el televisor cayeron en una profunda siesta. El sueño regresó: allí estaba el niño sufriente, debajo del árbol que lo salvaba y entonces llegaban ellas. No podía ser casualidad. Al despertar no pudieron reprimir su ansiedad y revelaron el sueño compartido. ¿Sería acaso una señal?. Cuando se prepararon para ir a la glorieta, en dónde se situaba como cada año la feria de navidad, cogieron sus paraguas y, justo antes de cerrar la puerta, Hanna observó, al fondo de su perspectiva visual, al árbol de navidad que la observaba como en el sueño. Algo en su cabeza, como un resorte, se accionó al instante, quedando bloqueada en ese mismo momento, con el llavero de casa entre los dedos, como aturdida. Linda se percató de la actitud de su compañera y  preguntando que sucedía Hanna, a penas balbuceando, le advirtió de que era mejor que no saliesen, que hacía mucho frío.
    Asustada por la reacción de Hanna, Linda preguntó nerviosa qué es lo que ocurría a lo que esta le respondió haciendo un gesto de silencio. Entonces, le cogió la mano conduciéndola junto al sofá, al que dieron la vuelta para quedar frente al árbol de navidad. En silencio pasaron los minutos, un tiempo en el que, sin decir nada, Linda acabó de comprender. Allí estaba el árbol suplicando sin palabras, inmóvil. Su dolor era el dolor de toda la naturaleza. Él era el árbol. El árbol del sueño bifurcado, repetido.  ¿Era acaso una señal?. Linda, que siempre desconfió de espíritus y creencias, hubo de empezar a poner en orden sus ideas. Debía reconocer que estaba impresionada. Pero esa sensación no era nada en comparación con lo que a continuación sucedió.
   Unos minutos después sonó el timbre de la vivienda. Era un cartero. Ambas se extrañaron, pues era día festivo. El crepúsculo cercaba poco a poco la tenue luz diurna. Casi con ansiedad bajaron al portal. Había una carta oficial, del Ministerio de Exteriores. -Qué extraño, no hay repartos en navidad-,  pensaba Linda tratando de esquivar una parte de su mente que le decía que la razón no tiene porqué dominarlo todo en nuestra vida.
    Abrieron la carta en silencio, delante del árbol magullado. Ya era oficial: un país muy lejano daba permiso para adoptar. Ofrecían la posibilidad de la doble adopción en un plazo determinado de tiempo que habrían de emplear para viajar y tramitar toda la burocracia propia de estos asuntos. Ambas no salían de su asombro: serían gemelos, su felicidad no sería doble sino mucho mayor, incomensurable. No podían ser más dichosas, no podían haber tenido mejor regalo de navidad. Tras abrazarse entre llantos, a pesar de que la noche se les había echado encima, volvieron su mirada a aquel arbolito que les había traído la dicha. Lo desvistieron tranquilamente y lo envolvieron con sus mejores mantas. Llegaron a la helada sierra y, tras ascender por un raquítico camino forestal, a la luz de la luna, depositaron el árbol junto a sus hermanos. Linda no olvidó su pasado de incredulidad pero al lado de Hanna creyó para siempre en la existencia de algo tan etéreo como es la felicidad.

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