martes, 25 de octubre de 2016

El hombre en el balcón


    Todas las mañanas, cuando me despertaba ya tarde para casi todo, después de una de mis continuas y agitadas noches, al levantar la persiana estaba ya allí, impertérrito, en el sexto piso de un edificio que, como la mayoría del barrio en el que habitaba, como en mi desvencijado habitáculo, carecían de ese invento que realmente revolucionó el mundo llamado ascensor. Ese hombre obeso, sentado ya en su banqueta y oteando el horizonte y mayormente el suelo, la calle y al resto de vecinos que tenía a su alcance, a la espera de no se sabe qué, acaso un rápido y amargo final, se me aparecía a mí como un vulgar James Stewart en la ventana indiscreta pero sin ningún glamour. Observaba y se doraba con un sol que comenzaba a esas horas a castigar con fiereza. Con total seguridad llevaba ya algunas horas muertas allí, probablemente tantas como su alma.


    Mientras me vestía lo observaba y nos devolvíamos las miradas, aunque siempre, rápidamente, las apartábamos. Supongo que actuaba así instintivamente, también con el resto de insectos que tenía a su alcance, ya necesariamente bien memorizados, aprendidos a fuerza de soledad y balcón. Alguien que no había yo logrado identificar le proporcionaba un sustento básico, subiéndole algo de comida porque ese hombre, el hombre en el balcón, presa de alguna enfermedad, quizás coronaria, no podía subir y bajar escaleras. Estaba atrapado en sus alturas atrapando con su mirada las vidas de los demás, vidas que él ya no podía vivir, viendo pasar el tiempo y a aquellas pequeñas cucarachas, el resto de la humanidad,  que se vanagloriaban ante sus ojos de tener piernas y brazos, de poder hablar los unos con los otros, delante de su cara, con total impunidad.

   La gran paradoja que me inquietaba y me mantuvo bastante tiempo cavilando era desazonadora: ese hombre siempre estaba allí arriba y no podía bajar, ese hombre que había levantado el país ahora no podía ni siquiera descender al mismo y,  pensándolo bien, era bastante probable que ese despojo que ahora se encontraba incapacitado, posiblemente diabético y  abandonado por sus hijos y mujer, porque vivía solo, se hubiese pasado casi toda su vida en el tajo. Sin estudios primarios más allá de las cuatro reglas, analfabeto funcional, habría comenzado a trabajar a los 7 u 8 años en el campo, quizás antes, y pronto habría venido a esta ciudad ya industrializada para meterse 12 o 13 horas de fábrica por día. Aunque parte de su salario habría sido en negro, una bagatela obviamente, era de los que llevaban ya cotizados al menos 40 años, acabando con una pensión bastante modesta precisamente porque algún empresario corrupto no le quiso dar de alta o no le pagaba las cotizaciones sociales íntegras. Debería por tanto ser bastante infeliz, tener algún rencor guardado y alguna mala intención en la mollera. Pero todo eran conjeturas mías, sin ningún fundamento de peso, más allá que del que tenía esa abigarrada figura sentada en una banqueta de playa, vegetando durante horas frente al mundanal ruido.

  Quizás bien pensado esto era eso lo más desesperanzador, pensar que todo aquello era lo más probable. Además conforme habían ido pasado los días, días turbios y malhadados, me había inquietado también otro aspecto de su físico: su mirada. Si en principio era sencilla y aparentemente tranquila, concisa, ojeadora, cotilla y socarrona...ahora era una mirada diferente, extraña, torva. Y eso me empezó a preocupar hondamente, agravándose mi pesar con el paso de la estación, con la misma lentitud que su cambio, con la misma lentitud que mi recuperación. Ese hombre había ido cambiando poco a poco y cada vez era peor persona o eso se me imaginaba a mí. En los últimos tiempos no apartaba sus ojos de mi cuando se percataba de mi presencia, nada más levantar la persiana, el hombre gordo y desgarbado me sostenía la mirada, fijamente, sin temor alguno a ser descubierto. Yo trataba de apartarla rápidamente marchándome a otra habitación, tratando de quitar hierro al asunto, desayunando algo ligero, lavándome la cara. Mas cuando regresaba a la habitación casi instintivamente, casi sin quererlo, volvía a mirar arriba y con horror descubría que el obeso seguía mirando a la casa, mirándome a los ojos.



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