
La verdad, la justicia...son valores universales que jamás deben dejar de guiar nuestros destinos. Cuando cualquiera se enfrenta a una dura batalla, a la enfermedad crónica y parece arribar a la postrera esperanza de sanación pero tan solo la atisba, lejana, cual diminuta luz en una oscura y tenebrosa cueva, solo quedan los recuerdos borrosos del horror, del miedo y la angustia. Ya está ahí, la luz se entrevé, sabemos que se puede enmascarar ese terrible terror y eso coloca ante nosotros la borrosa senda de la salvación. Todo parece estar al alcance, las yemas de los dedos se preparan, los tendones de las manos se endurecen y contraen, las pupilas se dilatan, presintiendo firmemente que puedes alcanzarla.
Pero entonces, ¿Por qué sufrir?. ¿Tiene sentido recordar esas negligencias absurdas que disparan el amargo sabor metálico en tu boca?. Si la curación está ya arribando, ¿Por qué continuar pensando en lo que pasó pero no concluyó?. Es cierto, la sangre emana sin límites, quizás fruto de una mala coagulación, quizás fruto de una perforación intestinal, o de una herida en cualquier zona cercana a la operación. La maldita ansiedad retorna y la cabeza es incapaz de pensar con claridad, viendo ante tus ojos el final o, lo que es peor, la enfermedad en su estadio más avanzado, la desesperanza y pesadumbre, el infierno de lo fútil.
No obstante, la salvación postrera no debe de ofuscar la mente más preclara: el hospital carece de urgencias y tan solo queda taponar la herida, que chorrea incesantemente, cual mutilación maldita y sufrir en silencio una lenta espera, una noche oscura enfrente de una escuela infantil todavía huérfana de colegiales, curiosa metáfora para un docente, deseando que al alba de la mañana no se haya perdido todo, para que, en un heroico final el cirujano prematuramente llegado cauterice la diminuta cicatriz que provoca lo metálico, la palidez y esos rojizos ríos que ya inundan la cama y parte de la habitación.
¿Habrá sido el nefasto sondaje que produce un dolor todavía no experimentado?. ¿Saldrá sangre por una terrible e irreparable perforación?. Todo eso queda ahora en el más profundo de los olvidos que, no obstante, retorna en la mente ofuscada, en lo onírico, cuando, sudando y dolorido, despierta el enfermo todavía con la imagen en la embotada cabeza de aquella cueva oscura, luz ahora rojiza, porque ahora la habitación es ya toda roja, de un terrorífico rojo intenso, coagulado, casi negro. ¿Por qué seguir sufriendo?. Por la justicia, esa amiga invisible que pulula incesante alrededor de nuestras vidas por su lamentable ausencia. Por la verdad, la única capaz de redimirnos y de apaciguar nuestras más tristes penas. Si todo lo sucedido, la negra cueva, la tensa espera, la roja sangre, el intenso dolor, la aguda retención, el frío colegio vacío, la lúgubre luz al fondo de la ventana en una noche cerrada, si todo eso, digo, no es evacuado en unas titubeantes y ofuscadas líneas de papel de nada serviría escribir, pensar o sentir. De nada serviría palidecer junto al ser querido a la espera de aquella agónica salvación.
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