jueves, 12 de mayo de 2016

El dolor (parte 2)

   Existen tres peldaños en la escalera del dolor, de manera gráfica, la doctora te explica en un papelito. Cuando todo lo que tomas para aplacar el terrible e insoportable malestar es como si bebieras un vaso de agua, subes el primer peldaño que suele estar compuesto de medicación que usas solo en casos extremos. Digamos que el metamizol (nolotil)se convierte en una droga blanda, puro caldo de gallina al lado del tramadol,derivado sintético similar al opio pero no opiáceo todavía. Pero hace unos días, tras una crisis aguda de dolor, previa a una próxima intervención, retrasada en el tiempo por propia voluntad y un exceso de responsabilidad para con el trabajo (me dedico a enseñar a adolescentes cosas del mundo en el que se tendrán que desenvolver el resto de sus vidas), entonces, digo, ascendí al tercer y último escalón. Había llegado por primera vez en mi vida al ámbito de los opiáceos, que poco se distinguen de los morfínicos. Me encontraba cara a cara con productos que en contadas ocasiones se recetan por un dolor agudo y que en muchas se prescribe en dolores oncológicos. El pinchazo subcutáneo hace el efecto de un parche: la sustancia entra en el torrente sanguíneo durante 24 horas pero sus efectos fueron inmediatos para mi mente. Una especie de mareo, como de embotamiento, unido a una fuerte somnolencia me hicieron detener el vehículo en el arcén de la carretera de dos carriles (otrora llamada "nacional"). Allí quedé postrado, vacío, indoloro momentáneamente. Lo que era un alivio pasaba a convertirse en una extraña sensación de desagrado, aderezado con unas persistentes arcadas que solo el primperán en el trasero evitó ensuciar irremediablemente la tapicería del Córdoba TDI, otrora pulcra, ahora estercolero infantil. Y finalmente pude alcanzar el hogar, postrado, condolido, mareado. Había rebasado la barrera de lo admisible, había escalado una alta cima, al tercer grado no de libertad sino de esclavitud, de ese negrero impío llamado dolor.

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