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sábado, 30 de mayo de 2020

Muerte Negra

 Era hasta cierto punto esperable, tras un confinamiento quasi medieval,  como en una especie de Muerte Negra  postmoderna, repleta de pantallas con las que ver el sufrimiento ajeno, como si se tratasen de espejos en los que reconocernos a nosotros mismos,  que aquel malhadado pueblo, en cuanto se abriera un poco el puño del autoritarismo constitucional saliera en desbandada a terrazas, saraos y fiestas varias sin la mínima cordura higiénica,  propagando irremediablemente el bicho entre los más cercanos. El  esperable cierre, en esta ocasión por distritos,  se aderezó de nuevo con leoninas multas.

 La ayuda sicológica tampoco entonces  llegó a tiempo para salvar a cientos de las sogas y los balcones donde en un ritual macabro los aplausos se tornaron en quejidos desgarrados por un tardío sentimiento de culpa. Gran parte de la sobremortalidad registrada también se debió al descuido en la atención primaria que ofrecía días de angustia ante un teléfono que jamás quiso sonar. 

Aquel verano lo hubiera dado todo por tener un buen refugio en el campo y haber abandonado este mundo incivilizado para encerrarme como Bocaccio en ese lugar apartado con el que siempre había soñado, sin la molestia de los impertinentes viajantes ocasionales ni los ridículos parlanchines del apocalipsis de la libertad.  Encerrarme en mi laberinto particular formado por castillos de papel y celuloide y olvidarme de todo ese desagradable ruido estrambótico provocado por bandas de desalmados que pastan del presupuesto. Desgraciadamente jamás pudo haber sido así. 

miércoles, 22 de abril de 2020

Ignominia


Y los peores sentimientos emergieron cual destructor iceberg. Mientras millones se veían engullidos por un miedo insoportable, ante un borrascoso futuro, ante la concreta  posibilidad de tener que mendigar por los contenedores de basura, como antaño lo habían tenido que hacer sus antepasados, miles de honrados ciudadanos de dudosa moralidad, muchos de misa diaria, envueltos en las enseñas de todos, despreciaban la necesidad imperiosa de no dejar morir de hambre a aquel desdichado pueblo.

 Desde sus mezquinos púlpitos preferían azuzar las contradicciones inherentes a una situación insoportable. Se mofaban de estos, los más necesitados, como en el pasado se habían burlado impunemente de otros.   

Las contradicciones se exacerbaron mientras las libertades eran, de nuevo, puestas en entredicho. Fue entonces cuando los vendedores de humo, los que despreciaban el conocimiento basado en evidencias, agitaron aun más a una población que empezaba de nuevo a señalar al diferente , a etiquetar al disidente, aquel que hundido en un pozo oscuro de ansiedad, no aparecía cada día a la hora acordada. 

Sí, aquella sociedad enfrentada, dislocada y anhelosa de agarrarse a alguna certidumbre. Y millones cayeron en la trampa. Despreciaron la veracidad para abrazar aquella ignominiosa y abyecta falsedad. De nuevo no fue posible la concordia y el odio volvió a infiltrarse en las descorazonadas almas de los más desdichados culpando de nuevo al diferente e inevitablemente a los que siempre habían luchado por sus intereses. 


Imagen:page 76 of "Diccionario enciclopédico hispano-americano de literatura, siencias y artes. Edición profusamente ilustrada con miles de pequeños grabados intercalados en el texto y tirados aparte