sábado, 30 de mayo de 2020

Muerte Negra

 Era hasta cierto punto esperable, tras un confinamiento quasi medieval,  como en una especie de Muerte Negra  postmoderna, repleta de pantallas con las que ver el sufrimiento ajeno, como si se tratasen de espejos en los que reconocernos a nosotros mismos,  que aquel malhadado pueblo, en cuanto se abriera un poco el puño del autoritarismo constitucional saliera en desbandada a terrazas, saraos y fiestas varias sin la mínima cordura higiénica,  propagando irremediablemente el bicho entre los más cercanos. El  esperable cierre, en esta ocasión por distritos,  se aderezó de nuevo con leoninas multas.

 La ayuda sicológica tampoco entonces  llegó a tiempo para salvar a cientos de las sogas y los balcones donde en un ritual macabro los aplausos se tornaron en quejidos desgarrados por un tardío sentimiento de culpa. Gran parte de la sobremortalidad registrada también se debió al descuido en la atención primaria que ofrecía días de angustia ante un teléfono que jamás quiso sonar. 

Aquel verano lo hubiera dado todo por tener un buen refugio en el campo y haber abandonado este mundo incivilizado para encerrarme como Bocaccio en ese lugar apartado con el que siempre había soñado, sin la molestia de los impertinentes viajantes ocasionales ni los ridículos parlanchines del apocalipsis de la libertad.  Encerrarme en mi laberinto particular formado por castillos de papel y celuloide y olvidarme de todo ese desagradable ruido estrambótico provocado por bandas de desalmados que pastan del presupuesto. Desgraciadamente jamás pudo haber sido así. 

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