En Orihuela, ni su pueblo ni el mío, se me ha muerto para siempre Manuela García Vallés.
Madre, mamá, Manuela, Manolita, tu que la vida me entregaste, que alcanzaste aquella inmensa gesta de once meses: ofrecer entre tinieblas a la luz dos pequeñas criaturas, invisibles e inseguras del porvenir , pero cargadas de esperanza por tu colosal lucha diaria, sufrida, inmensa. Tu que aislada por esa malnacida sordo-ceguera nos criaste a trompicones, te encuentras de nuevo encinta, con un embarazo ascítico, plena de líquido, como aquel en el que navegaba todavía ignoto, sin sexo, sin nombre, sin nada, solo en tus entrañas, tus vísceras, tu vida. Aquellos latidos que dicen que escuchamos son los que ahora, agotada, suenan cada vez con más fuerza, como no queriendo pararse nunca, como esprintando hacia la meta final, inconsciente ya de tu futuro.
Mamá, aquellas aguas cristalinas se han tornado ahora en opaco residuo de un hígado cirrótico. Tu vientre se hincha orgulloso mientras tu lívido cuerpo, agotado ya, prosigue su descenso constitucional hacia la nada. Cantidades ingentes de sangre derramada sobre tus entrañas te han mantenido con vida, permitiéndonos el lujo de seguir teniéndote , maravillas de la ciencia médica moderna que ya renunció a la curación , solo al engrosamiento, a la hinchazón de las cifras de envejecimiento del país, como se hinchan tus piernas y tus manos, ya irreconocibles.
Pero ahora te nos vas yendo, madre, y me resisto a que ello suceda porque has luchado infatigablemente, con casi nula ayuda, contra viento y marea y porque me has querido, como yo te he querido a ti. Tu corazón se debilita, corre y se detiene exhausto. Tu y tus huesos que ya se han quebrado después de aquella desgraciada caída dáis signos claros de un evidente final. Ahora madre, mamá, te falta ya poco y sigues luchando, porque eres más fuerte que cualquier persona que haya conocido, mas todo comienzo tiene un inevitable y desagradable final. Te lloramos y te lloraremos, te echaremos de menos, te añoraré y te recordaré como lo que has sido, una mujer admirable e indomable, ciega y casi sorda, muchas veces ayuna de cariño, pero que ha sabido sacar siempre fuerzas de flaqueza para criar a sus hijos, para sacarnos adelante frente a las adversidades.
Todavía no eres consciente de que te vas a marchar, que abandonas ese sufrido cuerpo para no recuperarlo más. Sonríes, ya sin dolor, y te agarro la mano que tus fuerzas aprietan sobre la mía, acordándote de alguna absurda anécdota del pueblo, de tu pueblo, Minaya. No me ves y casi no me entiendes pero en el fondo de ti algo intuyes. Duermes ya con una sedación muy ligera, respiras con dificultad, con pequeñas apneas, toses y te hinchas porque orinas ya muy poco, de un color muy tostado . Pero te apagas feliz y yo lo disfruto sufriendo, derramando a escondidas algunas lágrimas de frustración y pena. Fue muy duro aquella noche en la cueva del dolor verte pararte por completo, en shock brutal, tu dulce corazón a cero, los ojos desorbitados, pero volviste a la vida y prolongaste tu lenta agonía, mi agonía, nuestra agonía. Quiero seguir cogiéndote la dilatada mano, cada vez con la piel más tirante y sedosa y estar a solas contigo, como durante aquellos nueve meses en los que finalmente me diste la luz un mediodía en el que perdiste parte de ella por los terribles esfuerzos.
Madre fueron, han sido dos interminables años de penurias y sufrimientos, de desangramientos crónicos, como si algún maléfico vampiro te succionara por la noche parte de lo que habías recibido generosamente de nuestros compatriotas . Un perpetuo deterioro de varices sangrantes, de heces tiznadas de carbón, de melenas persistentes, de adelgazamiento y desazón, tuya y nuestra, de conocimiento y reconocimiento de un hospital como todos, de triste recuerdo, de visitas y análisis, de ingresos y altas, de día, tarde y noche cerrada, de gratas e ingratas compañeras de habitación, de insomnios y malos sueños en camas, camastros y sillones, finalmente de flebitis y de encallecimiento de tus venas, finas, quebradizas, imposibles, inservibles hasta desembocar en la terrible vía central de los últimos momentos . Todo eso y mucho más has sido capaz de soportar:pruebas, pruebas y más pruebas. Un médico, después otro y otro, pasándose una patata menguada pero siempre caliente. Te vas con la seguridad de que he hecho todo lo humanamente posible porque tu pervivencia entre nosotros fuese semana a semana, día a día, hora a hora, no sólo posible sino necesaria. Dejas muchos huecos en este puzzle que se deshace y que transcurre irremediable: nuestra familia, nuestra vida.
Madre, mamá, en mi memoria quedará siempre, hasta que exhale mi último aliento, tus cosas, tus furias, tus fobias y tus filias, tu amor y tus recuerdos, casi siempre simpáticos, a veces de una dureza inhumana. Porque has sido una fuente inagotable de recuerdos familiares :de la guerra y la represión de tu padre, preso por su obstinada manera de ver la vida (aunque lo cuentes de oídas porque todavía no habías nacido, de su primera mujer que era hermana de tu madre. De tus propias hermanas, tus hermanicas, las que ya no están y las que prosiguen su camino. Esas historias negras de cárcel, exilio interior y muerte, de muñones sangrantes y alcoholismo. De malos tratos y negro luto lorquiano en un poblachón manchego, todas esas historias que nos contabas asiduamente, repetitivamente, pero de las que nunca me cansaba de escuchar y grabar sin tu permiso. Los truculentos y simpáticos motes del pueblo (el muerto, cagada, el ahorcado, el mocho), esas historias extravagantes, hasta de una hermana y sobrina desconocida, extraconyugal. La falta de cariño, la dureza de una época ignominiosa, el desaliento, las operaciones y caídas fatales, la pérdida del sentido común, la soltería inevitable hasta que la pudiste evitar. La muerte casi en tus manos de tu propia madre, una mujer casada con su cuñado y que quedó encinta antes de la boda (por eso te registraron días después de nacer). Un padre dictador, que hubiese querido tener hijos y solo engendraba niñas y os endosaba esa vida dura de colegio de monjas y siembra en las viñas, de recolección de lentejas y yeros, de polvos para la uva. Las cosas de los jornaleros de las tierras de tu madre, de las mulas y los cerdos, de las matanzas del pueblo . Las historias del cine que tu padre regentaba, de los viajantes de películas, de la ruina y mala administración paterna, de fortunas robadas en forma de trigo y cebada, de tu madre, esa abuela que solo conozco por dos fotos, también disminuida físicamente por infartos y fracturas, siempre de luto, siempre de negro, cocinando las gachas o el potaje. Tu hermanastro, único varón de la prole, con el que os dejásteis de hablar para siempre, cosas de pueblo, cosas de una España muy profunda que en parte lo sigue siendo. Hay tantas y tantas historias detrás de tu historia que me resisto, un poco egoístamente, a dejar de oír, a proseguir con el árbol genealógico que nos permita saber, de una vez por todas, de donde viene la retinas que te sumergió en las oscuridades del mundo. Sólo hace unos días, todavía en el lecho del. Dolor recordaba a tus primas y a tu tía Dolores, discapacitada mental que a cogísteis en tu casa.
!Madre, no nos dejes nunca, no me dejes nunca¡. Ya se que, según el doctor, tu situación es irreversible y que te mueres, te nos vas para siempre, aunque no seas capaz de aceptarlo. Ahora ya no importa, te has ido sin conciencia exacta de lo que te estaba ocurriendo en estos aberrantes siete días, una de las ventajas de la impersonal e insufrible muerte amarga en un centro hospitalario. Ya duermes para siempre: ¡Descansa en paz guerrera, que nunca nadie se ganó tanto estar en una eternidad apacible y gloriosa, triunfante!. Te quise, te quiero y te querré. Siempre vivirás en mi y perpetuaré tu memoria el resto de mi vida entre tus nietos, a los que tanto has querido. Adiós, hasta luego, que te vaya bien, camarada.
Tu hijo, que jamás te olvidará y que te llevará siempre consigo. Luis G. Pueyo Noviembre de 2017
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