Eusebio Albricias y López era un triste oficinista encargado de lidiar a diario con los expedientes administrativos de cientos de casos olvidados en la oficina de objetos perdidos de la policía local de una triste ciudad del interior. Día a día pasaba el buen hombre los sinsabores de un oficio para el que nadie lo había preparado y para el que nunca había opositado. Él había estudiado ingeniería industrial en su juventud pero no había logrado encontrar empleo en lo suyo, como suele suceder. Finalmente había dado con sus huesos en esa cárcel de paredes desconchadas, con una olivette oxidada que funcionaba a ratos y que exasperaba su delicado sistema nervioso, ya de por si deteriorado desde que un accidente vascular perpetró en su cerebro un pequeño coágulo que le proporcionaba de uvas a peras alocadas visiones a las que temía sobremanera, pues se podían manifestar en cualquier momento obteniendo imágenes muy desagradables, más o menos las que aparecen en las pesadillas.
Desde aquel fatídico día de febrero de aquel año que no quería recordar, su obsesión se había centrado en encontrar un lugar tranquilo, un remanso de paz que le permitiera ganarse el pan sin excesivos engorros, sin alteraciones que perturbaran su delicado estado de ánimo. Finalmente obtuvo una plaza de interino gracias a una oferta pública de trabajo en un lugar en donde nunca había nadie porque los objetos perdidos se acumulaban en un cuarto anexo a su oficina y nadie los reclamaba durante años hasta que eran repartidos generosamente entre el sufrido cuerpo policial. Los días pasaban lentos y tediosos. Por las noches, en su domicilio, apenas si podía conciliar el sueño y cuando lo lograba su mente le impedía descansar con aberrantes pesadillas. Un terrible por no hablar de su imparable bruxismo, producto de una constante intranquilidad que se iba agravando con el paso de los meses. Últimamente había tenido que visitar a un caro dentista que, alarmado por su falta de dientes, había tratado de imponerle una terrible férula que trataría de salvar lo que le quedaba para llegar a las encías. Tal era su estado de intranquilidad crónica.
Ya habían pasado tres largos años desde que tomara posesión de su plaza desconociendo el porqué seguía trabajando allí durante tanto tiempo. Pero el caso es que aquella tarde de febrero más calurosa de lo habitual había tenido que teclear un enorme número de palabras sin sentido. Su cabeza se encontraba muy saturada, enormemente cargada, propicia para un estallido de su aneurisma o para una de las visiones infernales que le estaban conduciendo irremediablemente hacia la esquizofrenia, todavía controlable, no paranoide.
De repente escuchó un sonido hueco, un ruido estridente dentro del cajón cerrado con llaves de su mesa escritorio. Parecía como si algo que hubiese dentro hubiese lanzado un quejido, como intentando escapar de esa prisión de madera contrachapada y corroída por las termitas. No dió importancia a aquello porque pensó que era otro de sus delirios, últimamente cada vez más frecuentes. Sin embargo tan solo dos minutos y cuarenta y siete segundos después escuchó el mismo sonido acompañado ahora de un brutal golpe que hizo vibrar todo el tablón de aglomerado que componía su mesa de trabajo. Asustado por el tremendo zumbido saltó como si el sillón de cuero negro agujereado por las quemaduras de sus cigarros albergase un secreto muelle. Era aquella una época en la que la coacción del poder no había llegado hasta los límites del presente. Pero no nos desviemos de nuestra pequeña historia.
Ya habían pasado tres largos años desde que tomara posesión de su plaza desconociendo el porqué seguía trabajando allí durante tanto tiempo. Pero el caso es que aquella tarde de febrero más calurosa de lo habitual había tenido que teclear un enorme número de palabras sin sentido. Su cabeza se encontraba muy saturada, enormemente cargada, propicia para un estallido de su aneurisma o para una de las visiones infernales que le estaban conduciendo irremediablemente hacia la esquizofrenia, todavía controlable, no paranoide.
De repente escuchó un sonido hueco, un ruido estridente dentro del cajón cerrado con llaves de su mesa escritorio. Parecía como si algo que hubiese dentro hubiese lanzado un quejido, como intentando escapar de esa prisión de madera contrachapada y corroída por las termitas. No dió importancia a aquello porque pensó que era otro de sus delirios, últimamente cada vez más frecuentes. Sin embargo tan solo dos minutos y cuarenta y siete segundos después escuchó el mismo sonido acompañado ahora de un brutal golpe que hizo vibrar todo el tablón de aglomerado que componía su mesa de trabajo. Asustado por el tremendo zumbido saltó como si el sillón de cuero negro agujereado por las quemaduras de sus cigarros albergase un secreto muelle. Era aquella una época en la que la coacción del poder no había llegado hasta los límites del presente. Pero no nos desviemos de nuestra pequeña historia.
Eusebio Albricias y López lanzó un tremendo alarido cuando, tras un breve pero intenso momento de espera y expectación trufado de terror, se dispuso a abrir el cajón con la diminuta llave de la oficina. Nada más abrir el compartimento creyó ver una gran telaraña blanca. Lo que él veía era inenarrable. Veía como el cajón estaba completamente blanco, como repleto de nieve, pero en realidad cubierto con una fina tela translúcida que dejaba ver el fondo del habitáculo en el que reposaban tres enormes tarántulas que sabe Dios como habían llegado hasta allí. Estaba solo en la oficina y para tranquilizarse pensó que todo era un nuevo delirio provocado por su aneurisma así que lo mejor que podía hacer era cerrar de cuajo el cajón y fumarse un bisonte sin boquilla para relajarse. Así lo hizo y, tras respirar a pulmón abierto la fumata de la habitación, se sintió mucho más tranquilo. tanto es así que pudo incluso sentarse otra vez de manera sencilla, sin miedos e inseguridades en su asiento de eskai negro. Como podemos suponer en cuestión de segundos la mesa volvió a temblar y su cuerpo tomó una extraña rigidez, fruto del nerviosismo acumulado y de su enfermedad mental que, cuando se desencadenaba, amenazaba con paralizar toda su musculatura, convirtiéndose en un pedazo de carne en estado de catatonia. Entonces el cajón se abrió súbitamente y las tres tarántulas comenzaron a tejer sus telarañas hacia el suelo.
Eusebio Albricias y López creía que iba a morir. Inmóvil en el suelo, fruto de su aneurisma, pero consciente de todo lo que veía, observó aterrorizado como las tres tarántulas habían tejido tres caminos lechosos hacia él. Lentamente se iban acercando mientras de manera paciente comenzaban a envolverlo como tejiendo una fina sábana por encima de su cuerpo. Podía ver a la más grande acercarse rápidamente hacia su boca, con una velocidad endiablada. Intentando evitar que se colara en su cavidad bucal trató de cerrarla pero la parálisis lo impidió. Entonces dejó de veRla y comenzó a notar cómo el peludo arácnido continuaba su terrible misión en el interior.
A punto estuvo de perder el conocimiento, de desmayarse del horror siniestro que le invadía las venas y arterias. Pero mantuvo la consciencia a pesar de todo. Para ese momento la tarántula había conseguido acceder a su garganta y como correspondía a su criminal deseo, tejer una pastosa telaraña en su boca. El triste oficinista lo comprobó cuando notó que a penas podía inhalar el corrupto aire. Mientras, en el exterior de su cuerpo, las otras dos arañas gigantes habían llegado ya hasta su cuello, dejando sólo su cabeza al descubierto en un traje de crisálida amarillo. En un momento de desesperación e inundado de una energía que había logrado reunir en un último instante vital, logró vomitar todo el contenido de su estómago expulsando súbitamente a la tarántula que en su boca ahogaba su respiración. Su vómito atávico era tan desagradable que los tres arácnidos salieron despavoridos buscando el cajón del escritorio.
A punto estuvo de perder el conocimiento, de desmayarse del horror siniestro que le invadía las venas y arterias. Pero mantuvo la consciencia a pesar de todo. Para ese momento la tarántula había conseguido acceder a su garganta y como correspondía a su criminal deseo, tejer una pastosa telaraña en su boca. El triste oficinista lo comprobó cuando notó que a penas podía inhalar el corrupto aire. Mientras, en el exterior de su cuerpo, las otras dos arañas gigantes habían llegado ya hasta su cuello, dejando sólo su cabeza al descubierto en un traje de crisálida amarillo. En un momento de desesperación e inundado de una energía que había logrado reunir en un último instante vital, logró vomitar todo el contenido de su estómago expulsando súbitamente a la tarántula que en su boca ahogaba su respiración. Su vómito atávico era tan desagradable que los tres arácnidos salieron despavoridos buscando el cajón del escritorio.
Eusebio Albricias y López respiró aliviado aunque tosiendo repetitivamente. Su mayor disgusto llegó al comprobar como su cuerpo seguía en completa inmovilidad. Entonces apercibió que una de las tarántulas había mordido su yugular y la sangre teñía de colorado todo su traje de telarañas. Poco a poco se fue apagando, lentamente fue muriendo. A la mañana siguiente, al acceder un bedel al cuarto de la ruidosa máquina de escribir encontró su cuerpo sin vida, sin nada que lo cubriera, completamente rígido y pálido. Nada hacía sopechar que, en su mente, tres tarántulas asesinas se encontraban en un cajón del escritorio de aglomerado.
No hay comentarios:
Publicar un comentario