
Acaso sea cierto ese tópico de que nacemos y morimos solos. Verdaderamente también vivimos solos toda nuestra existencia. Podremos gozar de dulces y estimulantes compañías, podremos percibir a través del nervio óptico la luz y las sombras, los bellos cuadros de Durero, las magníficas panorámicas del Monte Perdido y las perturbadoras arquitecturas romanas, intrincadas e inexplicables en ocasiones. Resulta verosímil que, durante nuestra corta vida, banalicemos nuestra soledad escribiendo y plasmando ciertas ideas que brotan de nuestro imaginario, dejemos nuestras impresiones sobre películas pésimas y horribles o hermosas y placenteras. Incluso podremos alcanzar a atrapar nuestras propias angustias a través de pueriles fotografías, algún mediocre plano rebuscado para disponer de ingentes cantidades de imágenes que quedarán grabadas en un lugar etéreo llamado nube. En todo caso aunque descarguemos nuestra soledad con imágenes y lecciones que nadie aprenderá sobre el pasado de nuestras sociedades, las que vivieron nuestros congéneres siglos atrás y las que han vivido nuestros progenitores durante su aislamiento, no conseguiremos nunca salir de una terrible y angustiosa soledad, una brutal y oscura marginación . Tan solo las palabras, las narraciones esporádicas, dejarán constancia fehaciente del devenir de estos seres denominados como humanos que siempre viven solos, por mucho que lleguen a comunicase. Quizás el único período en el que la soledad no tiene lugar es en el vientre materno, flotando en un líquido que tragamos, sin respirar todavía el corrompido aire que nos atenaza y a salvo por poco tiempo de la opresión carnívora de la sociedad estatalizada.
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