*Hecho verídico ocurrido en Alicante el 22 de Julio de 1999
Acababa de llegar de la calle. Había adquirido en la tienda de la calle Garbinet el suficiente número de víveres para pasar aquel fin de semana en mi antiguo apartamento de 30 de Marzo. La última vez que había habitado allí parecía muy lejana pero era solo imaginación mía. En realidad había estado allí hacía, tan solo, 15 días. Había regresado a mi domicilio en la vega para visitar a mi familia. Era un día caluroso, las dos de la tarde, en pleno verano mediterráneo, era ya hora de comer. Abrí el portón de la calle con serias dificultades, asediado por el sudor y el peso de las dos bolsas de plástico que herían mis manos, estaba empezando a vislumbrar mis dedos azulados, casi amoratados, por la presión del plástico sobre ellos. Dejé la compra abajo para dejar el peso de mi maleta arriba, en la primera planta de aquella escalera de caracol. Introduje la llave en la cerradura anquilosada, antigua, casi enrobinada por su falta de uso. Giré la llave alargada y desplacé la barra de acero hacia la derecha, dejando la puerta semiabieerta. En ese momento tuve una sensación desagradable por el pútrido olor que llegaba hasta mi. No era un olor excesivamente ácido pero si lo suficientemente asqueroso para entrar con ciertas precauciones.
- Ya me he dejado la basura sin bajar durante dos semanas, esta cabeza mía- pensé con cierto agrado, con regocijo de que solo fuera eso. Pero era algo mucho peor. Antes que nada, penetré en la salita de estar y abrí las vetustas puertas desconchadas y férricas. La luz penetró poniendo a su trasluz todo el polvo que flotaba en el habitáculo, mostrando la luz en haces, quasi fasciculados. Pero el olor lo inundaba todo. No era visible pero casi se podía percibir su silueta. Raudo, corrí hacia la pequeña cocina, al cubo de basura. Con mucho temor levanté la tapa mugrienta y descubrí un vacío que me alegró, de una manera un tanto absurda, casi infantil. Esbocé una sonrisa atontada. Sin embargo, el peligro no había pasado porque el aroma perduraba indeleblemente.
Abrí cajones de diversos armarios, penetré en el minúsculo aseo, otrora balcón reformado, con la esperanza de encontrar algún deshecho orgánico petrificado, que justificase la desagradable situación. No obstante carecía de poca fe, porque no era ese el olor que percibía mi nariz. Algo más desagradable se encontraba dentro del piso, algo nunca imaginado ni pensado, algo más allá de lo humanamente comprensible y que iba a desatar en breves momentos una peligrosa reacción que a punto estuvo de acabar con mi existencia. Después de , agotado por la búsqueda incansable, una terrible hora en la que hube de fabricarme una especie de filtro con un par de trapos viejos anudados a mi cuello y tapándome medio rostro, cual forajido del antiguo oeste, salí a uno de los balconcitos que daban a la estrecha y ruidosa calle, respiré aire contaminado puro, para mi constituía un aire absolutamente límpido, un aire propio de Ordesa. Mis pulmones se llenaron y mi espíritu retornó a su inquietud. ¿Qué terrible material se habría desparramado en la vivienda y, sobre todo, de qué naturaleza era?.¿Sería algún tipo de gas que hubiese penetrado mágicamente por las paredes o bien procediera del subsuelo y, por infiltración en los gruesos muros de carga de sillares, hubiese ascendido hasta la primera planta?. Pero no podía ser así, eso era un locura y comenzaba a mostrar síntomas de cierta demencia. ¿Qué descabellada idea era esa?. De ser así, en la vivienda de abajo, habitada por un ser quasi novelesco, anciano de barba blanca, habría dado la voz de alarma mucho antes. Pero nada de esto había ocurrido.
Entonces un sudor frío me invadió cuando comprendí que había un único lugar que todavía no había explorado: la nevera. Y lo cierto es que la atención debía de haberse dirigido a ella en primer lugar, puesto que estaba cerrada. Nunca después de abandonar el apartamento durante más de 15 días y haber apagado el interruptor general de la corriente alterna había dejado la nevera cerrada. Y ahora, ante mi, aparecía la pequeña y blanca máquina de enfriar, totalmente cerrada y, lo que es peor, el cable de alimentación estaba en el suelo, sin conectar a la luz. En ese momento vino a mi mente la solución al enigma: algo había quedado dentro de la nevera y yo, por error, la desconecté de la luz sin vaciarla. Lo que fuera estaba todavía por adivinar pero, obviamente, tampoco podía esperar mucho más en ese ambiente insano con lo cual la solución fue armarse de un enorme valor y abrir la puerta magnéticamente sellada. Volví al pañuelo en la boca y abrí de sopetón, no cabía más esperas.
Allí se confirmó la idea anteriormente esbozada: ante mi asombro observé un monstruo verdoso, absolutamente repugnante. Ni que decir tiene que mi primera reacción fue salir corriendo, abrí la puerta de la calle y abandoné el habitáculo. El corazón me latía demasiado aceleradamente para no haber hecho ningún ejercicio físico, el miedo se había apoderado de mi. Pero ahora, ya en la calle, pensé en qué podía ser aquello que había crecido dentro del frigorífico, debía llegar a un acuerdo con mi propia imaginación, poner las ideas en claro y, mediante la memoria fotográfica que tanto había desarrollado durante los largos años de oposiciones mirando láminas artísticas, recreé el ser que me había encontrado dentro. Volví a verlo: partiendo de un núcleo verdoso oscuro, casi ínfimo, como derretido, salían infinidad de ramificaciones, de finos tentáculos que se expandían en todas direcciones, colonizando por completo todo el espacio interior del electrodoméstico. Lo había visto si luz, porque no había encendido el aparato antes de abrirlo de sopetón, pero podía recrear su imagen. Esos tentáculos, casi hilillos pequeños, salían de manera prodigiosa del núcleo central disminuído. ¿Qué podía ser aquel monstruo casi cartilaginoso?. ¿Dé donde podía proceder?.
Miles de preguntas rebotaban en mi cráneo. Sería acaso algún hongo venido de no se sabe dónde que hubiera colonizado la nevera y, próximamente, colonizara todo el apartamento. Incluso recreé en mi mente aquel misterio de la invasión de los ladrones de cuerpos, la mítica película de Siegel. Pero todo era absurdo, tenía que subir y enfrentarme a lo que fuera porque tampoco había visto que tuviese vida, que se moviera, que emitiera algún sonido. ¿Tendría el valor suficiente para hacerlo?.
Pensé que era absurdo pensar en nada extrarodinario y, tras un tranquilizador paseo, cogí las llaves y abrí la puerta del edificio. Volví a subir la enrevesada y vetusta escalera de caracol y llegué al primer piso. Sin pensármelo dos veces, penetré en el piso y, raudo, me lancé contra el monstruo. Allí estaba todavía, inmóvil, con sus millones de pequeñas fibras en modo de tentáculos que salían del cuerpo central. Hice lo primero que se me vino a la cabeza, atestar un raudo y certero navajazo sobre el bulto que se encontraba en el centro. Para ello había abierto el cajón de los cubiertos y asido con enorme fuerza el cuchillo jamonero, el más largo que había podido encontrar.
La certera estocada penetró como si de un flan se tratara, tal era su cartilaginoso estado. Solté el cuchillo para ver la reacción de esa cosa tan horrible. Nada ocurrió salvo que esa masa empezó a menguar de forma prodigiosa. Al agujerearla había comenzado a expulsar los pútridos líquidos que todavía albergaba en su interior. Inmediatamente, en cuestión de segundos, quedó reducida al tamaño de un limón. El líquido pringaba ya hasta el suelo de la habitación. Decidí no seguir esperando y cogí un paño con el que pude coger el mango de cuchillo asido al monstruo. Con vigor, extraje de la maleza el pequeño núcleo menguante. Cuál fue mi sorpresa al reconocer en el ese color verduzco, como de sapo, del melón que había dejado, dos semanas atrás en pleno verano, dentro del frigorífico sin refrigeración. Los tentáculos no eran más que hilillos de moho que colgaban como si de un arbol se tratase. Quedaba mucho por hacer, en primer lugar una concienzcuda limpieza pero lo más importante era que el monstruo había muerto y que mi vida en aquella vivienda podría continuar.
Jajaja, ¡típico de los "pisitos de soltero" masculinos! Pero ahora en serio, el suspense es intenso durante todo el relato, sabes mantener la tensión como lo hubiera hecho el mismísimo Stephen King, y lo que lo hace genial, es ese toquecillo de humor negro del final, que ya te caracteriza ¡y que a mí me encanta!.
ResponderEliminarMuchas gracias, dentro del suspense debe haber humor porque si no es demasiado negro. Me alegro de que te guste. Saludos.
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