martes, 20 de agosto de 2013

La carta -I-





Buenos días, tardes o noches, no se muy bien que hora es puesto que llevo dos días encerrado en mi casa con las persianas bajadas. El único reloj que llevaba en la muñeca izquierda se cayó al suelo hace como un mes y no ha vuelto a funcionar. El resto de aparatos móviles y ordenadores los he inutilizado a propósito para que nadie me pueda localizar. Creo que voy a buscar el momento propicio para salir. Mejor por la noche. Escaparé de mi casa porque el hedor a cadáver es ya insoportable. Mirando por la mirilla de la puerta principal del tercer piso de la calle Hospital podré saber cuándo es de noche. Además el hambre provoca en mi estómago una serie de ruidos y dolores casi insoportables. He matado a mi mujer. Lo hice ayer después de dejarla inconsciente por un golpe en el cráneo. Fue muy desagradable porque no solo salió un enorme chorro de sangre, como disparado, hacia arriba y en todas direcciones, sino que los sesos han impregnado el pasillo que lleva al comedor, justamente cuando ella llevaba en una bandeja su desayuno, compuesto de un vaso de leche caliente con galletas. Para mi no había nada. Tal era el respeto que esa zorra me tenía. El día de antes de mi regreso al piso había invitado a mi casa a un joven bien parecido, un impresentable niñato diez años menor que ella y habían follado en mi cama de matrimonio. Cuando llegué los pille dándose una ducha en el baño, los dos juntos, follando como perros. Cuando ella notó mi presencia trató de secarse, echar rápidamente al niñato y venir al comedor a darme explicaciones. Pero no había nada que explicar.

   Me llamo Pedro y lo he tenido que hacer. No había elección. ¿Quién se  había creído que era la hija de puta esta?. Hace un mes que vivo en una pensión del extrarradio porque me dijo que lo nuestro había acabado. Con dos cojones. Que se había cansado de mi, de mis extravagancias ( a escribir le llama extravagancia), que prestaba más atención al teclado que a ella, que lo nuestro había terminado. Llevábamos tres felices años casados hasta que la muy zorra va y me dice que se había terminado.  Esa no es forma de tratar a alguien que se lo ha dado todo: que traía el dinero a casa, a pesar de estar en paro desde hace 2 años, mis apaños hacía, mis chanchullos ayudando a un amigo a distribuir maría. Ella, sin embargo, no movía un dedo. En paro desde hacía 5 años, ni siquiera madrugaba para ir a comprar, tenía la casa manga por hombro y, por supuesto, no había buscado trabajo desde hacía siglos. Era yo el que sostenía su insostenible manera de vivir. Porque ella no se privaba de nada, faltaría más. Derrochaba y derrochaba cual políticucho de tres al cuarto. Y un día va y me dice que se  ha enamorado de un hombre que la trata mejor que yo.

   Ella se llamaba Beatriz, como en el cuento de Dante y ese día había puesto en la escalera todas las cosas más preciadas. Me  había llamado por teléfono y me había dicho que fuese a mi casa. Cuál sería mi sorpresa cuando veo un cajón con mis libros, los más queridos, y ropa, mucha ropa. Intenté entrar sin llamar y la muy desgraciada estaba follándose al hijo de puta en la ducha. No se porqué no los  maté allí mismo. Pero le permití salir del piso casi en pelota. Ella, llorando, me dijo que no volviera más, que todo lo mío estaba en el pasillo del descansillo del edificio. -Y una mierda, le repliqué. Esta casa es mía, la compré yo y la he pagado yo porque tu, desde hace 4 años no aportas nada, vives de prestado en mi casa.

  Le remarqué que la casa era mía y que no se le ocurriera cambiar la cerradura o la denunciaría. Como ya estaba dentro decidí quedarme, hacer presión para que la guarra decidiera abrir la puerta blindada y se largase por sus propios medios. Pero nada, ella se quedó allí, mirándome, chuleándome, burlándose de mi, incitándome a tener sexo con ella, me sacaba la lengua y hasta hacía gestos libidinosos con algunas frutas. Yo me metí en mi cuarto y me encerré allí. Pasé la noche sin dormir hasta la mañana fatídica de los hechos. Cuando levanté ella se paseaba desnuda, provocandome o mejor, hiriendo mi sensibilidad. Ella sabía de mis problemas de erección desde hacía un año. Un síndrome de no se qué me impedia ponerme duro aunque se me pusiera delante la mismísima Charlize Theron en tanga. La muy zorra me provocaba, iba por el pasillo como desfilando por una pasarela para  humillarme más y  más. Entonces no pude más. Hice lo que se merecía. Ella cogió su bandeja de desayuno y yo cogí el martillo más grande que había en la galería, encima de la lavadora, en la caja de herramientas. Sin mediar palabra clavé en su cráneo con todas las fuerzas que tenía, con un odio infernal que desconocía, una fuerza fuera de lugar. Le hinqué la parte que saca los clavos, la más afilada y aquelló pegó un reventón espectacular. Yo mismo me manché de sesos y sangre. El muñeco cayó boca abajo.


    No sentí nada en particular. Solo que un peso muy pesado se había ido para siempre. Me sentía ligero, sin remordimientos, ¡¡que cojones¡¡, era lo que se merecía. Arrastré el cadáver desnudo hasta la bañera y allí lo dejé. Limpié lo que pude porque el olor a sangre y sesos es muy desagradable, deja un ambiente agrio, como a cítricos podridos. Casi tanto más que la podredumbre de un cuerpo en descomposición.  Utilicé lejía y agua y el suelo lo sequé incontables veces, fregándolo sin descanso. Después me deshice en bolsas de basura del mocho y el cubo. Los trapos y demás productos que usé para dejar niquelado el pasillo también lo apelmacé en una gran bolsa de basura. 

Ahora me toca  deshacerme del cadáver pero estoy  reventado y me voy a acostar. Antes voy a cerrar la puerta del baño a cal y canto y a poner algo que impida que el olor llegue al resto de la casa. Me voy a dormir, creo que voy a dormir bien por primera vez en muchos años, he hecho lo que debía de haber hecho hace mucho tiempo.


Imagen: el santuario del rock.com

lunes, 19 de agosto de 2013

Exámenes en Toledo II

 
 Pero parecía no tener fin, ese conjunto informe de callejones y callejas sin salida. El agobio pronto se apoderó de nuestras ya perturbadas mentes. Nuestra Ariadna era invisible y el hilo lo deberíamos buscar con denuedo en las siguientes horas.  Por suerte para los dos la llovizna se transmutó en lluvia o chubasco veraniego y nos calamos hasta los huesos. Ahora si que parecíamos almas en pena en un  Toledo resbaladizo, empedrado y volátil. Tanteábamos algunas paredes al girar por Santa Úrsula, que no villagrán. La luz se había ido en todo el casco viejo. Solo la luna, cerrada por el momento por unos cumulonimbos espesos, podría guiarnos en esa maraña tupida. Yo sugerí girar a la izquierda, por un pasadizo cubierto de chapas y andamios por alguna de las recurrentes obras de restauración. 

  Por uno de esos azares que ofrece Toledo aparecimos en la Plaza del Ayuntamiento tras casi caernos por unos peldaños que nos dejaron en el lugar más esplendoroso de la urbe. A nuestra vista se encontraba la majestuosa fachada principal de la Catedral Primada. Solo veímos sombras en lo que eran arquivoltas y, con la luz ya despejada de la luna, pudimos observar el enorme campanario coronado con una flecha metálica reluciente que un flamenco levantó en el XV. Nuestro deseo de salir de aquel laberinto primó más que la necesidad de contemplar la maravilla gótica que teníamos delante. Solo la triste y desangelada puerta del infierno pareció llamarnos la atención y, solo de pensarlo, pusimos pies en polvorosa por la rampa que asciende hacia arco de palacio en donde, tras un requiebro, vislumbramos la salida por Hombre de Palo, todavía lejana, casi a tientas avanzábamos en línea recta, lo cual nos tranquilizó. Yo observé a Juan que esta sería la mejor decisión: la recta siempre nos sacaría hacia afuera. De repente la luz urbana regresó mientras la lluvia había escampado dejando un fulgor en el empedrado maravilloso. Algunos comercios comenzábamos a ver con sus escaparates. A su calle habíamos arribado. La amplitud de la calle y su animación lumínica relajó nuestra ansiedad enormemente. Casi sin voluntad seguimos andando como yo había pensado anteriormente: el tramo recto es la mejor manera de salir de un laberinto. Y así llegamos de repente a la gran Zocodóver donde algunos incautos todavía permanecían resguardados en sus soportales mientras tomaban algún refrigerio. Sugerí a Juan tomar algo antes de buscar la salida lumínica que era evidente por la cuesta de armas. Se negó, estaba obcecado y aturdido, el miedo había hecho mella después de nuestra primera y única experiencia juntos por las calles de un Toledo aterrorizador. 

   Descendimos convencidos de regresar pronto a la  pensión. Pronto descubrimos la Puerta del Sol y el camino de llegada al casco antiguo. Pensamos en bajar a ver a Don Carlos el Primero de España y Quinto de Alemania antes de regresar por una avenida más concurrida que las lúgubres calles de la Antequeruela. Así lo hicimos, rendimos pleitesía al más grande monarca de nuestra cruel historia y, sin demora, llegamos a la rotonda que enfilaba el puente de la avenida que llegaba, tras cruzar el Tajo, a la bella estación de ferrocarril neomudéjar. Lo habíamos conseguido. Estábamos vivos, había que celebrarlo pero nuestros ingresos no daban para nada. Además no había ni un triste garito abierto en aquella alejada zona. Entramos en la pensión del infierno, último piso. Eran las 4 de la mañana, el tren salía a las 10. ¿Quién podría dormir después de esta aventura?. Yo desde luego no: los tremendos dolores que la muela del juicio superior me estaban provocando se agravaba por el asfixiante calor. La mañana despuntó por la ventana apenas tapada por una triste persiana verde desenrollada. No podía más, quería coger el tren, necesitábamos llegar a Madrid para enlazar con Murcia.  La bella estación toledana iba quedando atrás. Nuestras ilusiones también. La  primera impresión de mi vida de Toledo quedó para siempre grabada en mi memoria y de que manera. Madrid, con su Museo del Prado esperaba,  legañosos, nuestra indigna visita.

viernes, 16 de agosto de 2013

Exámenes en Toledo

   Aquella mañana habíamos llegado demasiado pronto a la estación de Atocha. El talgo para Murcia salía a las dos de la tarde y eran las once de la  mañana. Nuestra peripecia en Toledo había sido en general bastante desagradable, no por el fracaso conjunto en los exámenes, ya previsto, sino por el asfixiante calor de la pensión que nos mantuvo en vela los dos días que experimentamos esas noches infernales. Toledo en Julio es una especie de lugar romántico convertido en el infierno de Dante. No obstante tuvimos la enorme sorpresa de una lluvia fina, casi inapreciable, que nos animó a cruzar el puente sobre el Tajo la tarde después de las primeras pruebas. Habíamos cenado de manera lamentable en uno de esos bares típicos que bien recordaban a un  cuéntame avinagrado. El estómago, fruto del nerviosismo atenazante que nos había invadido desde que estuvimos cerca de llegar tarde a la universidad laboral por un atasco, no daba más de si. El ardor y las flatulencias eran cada vez más acuciantes. Pero ya no teníamos que volver a leer hasta cinco días después. Evidentemente nuestro plan era regresar a casa al día siguiente y volver nuevamente aunque sin muchas esperanzas de consguir la ansiada plaza que nos despejara definitivamente el incierto futuro que se ceñía sobre nuestras vidas. 

    Cruzamos por el puente menos romántico, un puente de metal sin mucha gracia, sin historia, por el que pasa la carretera principal de entrada a la ciudad desde Madrid. El camino era arduo puesto que empezaba a anochecer y la pensión se iba alejando de nuestra vista de manera kilométrica. La primera idea que nos vino a la cabeza fue la de regresar: estábamos hechos cenizas. Una noche sin conciliar a penas el sueño, una mañana ajetreada de exámenes y una tarde bochornosa que alcanzó la cuarentena de centígrados había minado nuestro físico y nuestra psique. Pero la visión de Toledo y las tímidas gotitas de lo que fuera refrescó el ambiente y nuestro ánimo. Llegamos a la glorieta que da acceso al casco histórico de la imperial ciudad. No teníamos nada mejor que hacer, no teníamos nada que perder. Bordeamos la ciudad por la antequeruela después de haber callejeado por un barrio sin vida, mortecino, casi a oscuras. Por Azacanes llegamos a la cuesta de Carretas, a la altura de la majestuosa visión de la Puerta del Sol, con su bello arco mozárabe. Nunca habíamos visitado Toledo, jamás el casco antiguo. Solo conocíamos los fríos e insulsos barrios del extrarradio, ardientes del calor de mediados de Julio. Ni siquiera contábamos con un triste plano. Por esas circunstancias y otras que no vienen al caso no ascendimos la cuesta ya que habíamos hecho una subida muy sufrida y pensamos que esa rampa no llevaba a ningún lado. Así, casi sin darnos cuenta, evitamos Zocodóver, el corazón de la ciudad nueva y bajamos hasta la inmortal puerta de Bisagra, con la efigie del emperador Carlos esperándonos impertérrito. 
   Fue en ese momento cuando Juan pensó en acceder al corazón de Toledo, al centro neurálgico: a  la Catedral. Yo asentí y propuse bordear las murallas que ya percibíamos a luz de gas. Echamos a andar después de un breve descanso en Merchán y ascendimos levemente por Recaredo. Pronto percibimos que no era ese el mejor camino para lograr nuestro objetivo pero como quiera que ya habíamos andado mucho pensamos en continuar hasta donde la fortificación ofreciera una puerta para penetrar en ese Toledo mágico y sublime. Antes de llegar a la puerta de los Cambrones tuvimos un breve y animado encuentro con unas cortesanas que por aquella época todavía eran paisanas. Ellas nos guiaron correctamente sin pedir nada a cambio. Tampoco hubiéramos podido satisfacer nuestros ocultos deseos porque no teníamos ni para un triste refresco. 

   Nuestro objetivo era encontrar rápidamente el corazón de la legendaria urbe, almenada y fortificada, para regresar cuanto antes a nuestra horrorosa morada. Nuestro pensamiento estaba ya en casa, en ese regreso menos que triunfal a la estación del Carmen para después soñar con un golpe extraordinario de suerte que solucionara nuestros quebraderos  de cabeza. Era tarde. Todo aquel recorrido demoledor y oscuro, taciturno, había minado nuestras ganas de ver la inmortal en todo su esplendor, en rememorar unas calles solitarias y mojadas, casi siniestras. Pero sacamos fuerzas de flaqueza al atravesar Cambrón y ascender casi a tientas hasta San Juan de los Reyes que se nos mostró majestuosa presidida por la blanca efigie de la Católica Isabel. Proseguimos arduamente nuestra frugal y ciega visita a Toledo por la interminable Reyes Católicos hasta ascender por unas pequeñas escaleras que avecinaban hacia unos callejones lúgubres: los del Taller del Moro. Casi sin saberlo atravesábamos lugares históricos que habíamos estudiado arduamente en los libros y que dejábamos atrás sin ninguna preocupación. Tan solo queríamos salir de un callejero que, cada vez más, asemejaba para nosotros el laberinto de aquel ser mitad toro y necesitábamos una ariadna silente que nos lanzara un hilo de gratitud con el que regresar hasta aquella antequeruela humana y cercana.

viernes, 9 de agosto de 2013

Para Dante o Fernando

Cigoto unido por gametos, ahora eres mórula o amalgama de células
ávidas de nutrición gestataria, en pocos instantes serás
conjunto de células informe y sin sentido,
llegaste como el rayo inesperado, en una noche de tormenta estival,
retuerces ahora como una granada los aceros de la verja de nuestra vida
planteas una ilusión desconocida, mágica de algo que, ya existiendo,
todavía no se puede comunicar. 

Eres el desconocido que llamará a nuestra puerta algún día
llevándonos la buenanueva de tu esperanza vital, de tu armonía
con la creación, das carta de naturaleza desde ahora que no te vemos 
ni escuchamos. Pequeño Dante, futuro Fénix de los ingenios,
próximo buscón que comienzas ya tus travesuras
apareciendo reluciente en nuestras despreocupadas vidas
ayudando a trasmutar un bello cuerpo, en la belleza suprema del ser.

Sin nombre seguro, solo con seudónimo pero sí con identidad forjada
en múltiples batallas libradas en los microscópicos genes entremezclados,
serán tus luchas acuáticas sutiles frente a las dificultades mundanas,
que te esperan próximas y que seguirán siendo hostiles cuando llegues
porque Dante, el mundo en el que has aparecido está lleno de sinsabores 
que tu sabrás endulzar cuando salgas de la amiosis al aire y vueles
como un pequeño pajarillo amamantado de dichas y parabienes.

Fernando, que también así te llamarás, bendice con tu progreso la inquietud
de nuestras vidas. Flota, navega por ese mundo de oscuridad al que nosotros 
nos asomaremos algún día, para verte palpitar. Ahora solo eres un pequeño
renacuajo sin extremidades ni ojos. Mañana serás un feto bello y dulce, que
aumentarás de volumen para dar el salto mortal que supone el  momento
de tu vida más traumático aunque nunca jamás lo vayas a recordar.

Estaremos pendientes de tu vida, de tu evolución, de tu alma ya transmutada en 
las nuestras, imbrincada por una cuerda umbilical de emociones que por siempre
serán nuestras y, sobre todo, tuyas. Te esperamos en la luz Fernando, Dante, Dante, 
Fernando o como tu te llames, bello garbanzo de vida, luz en la oscuridad intrauterina.


jueves, 8 de agosto de 2013

El reloj de arena

  
   Una mañana de agosto Antigua barría el suelo sin adoquinar de una pequeña habitación. Encima de la repisa de la chimenea, todavía humeante, los rescoldos saltarines mirando en rededor, se encontraba un enigmático reloj de arena. Era un reloj extraño, por cuyo cristal se deslizaban de tanto en tanto arenillas de colores del tiempo pasado, imperceptibles al oído, pero implacables en cualquier caso.  La anciana que habitaba la sala había cumplido ya cien años y recordaba desde muy niña al reloj de arena parda que solo cobraba vida si otra vida lo giraba caprichosamente. Jamás, desde que su marido murió, hacía ya más de cinco décadas, había abandonado aquel lugar. Nadie le impedía salir, nadie le prohibía percibir, de vez en cuando, la leve brisa del amanecer o los calurosos vientos del estio. Selló con la vida un feroz pacto de silencio, un alejamiento consciente de la realidad común. No tenía hijos aunque, muy joven, dió a luz un feto de cuatro meses al que bautizó como Hemógenes por ser ese el día del santo. Decidió enterrarlo en el centro de esa diminuta sala de la chimenea y el reloj. Allí, treinta años más tarde, había sepultado en silencio a su esposo, agricultor, que con sus rudas  manos pasaba las tardes girando y dando vida al reloj.

   Una tarde de Agosto, en plena canícula estival, ambos mataban el tiempo jugando al cinquillo y al parchís, cuando el reloj de arena, no se sabe muy bien por que circunstancia, abandonó su lugar en la repisa y cayó precipitadamente al suelo de tierra del pequeño hogar. Ambos quedaron un tanto desconcertados puesto que ningún temblor de tierra, ningún soplido de viento que se hubiese colado por las rendijas del portón de madera llena de grietas había podido precipitar su caída y posterior estallido en el suelo. Esa tarde hacía exactamente un mes. Era el mismo día de la semana y el mismo día del mes, que Antigua había abortado precipitadamente a su todavía prehumano Hermógenes. Antigua pensó en la presencia del infante y que era un aviso de que estaba junto a ellos. El marido, Juan, que era anticlerical y no creía en cuentos del otro mundo, quitó importancia al asunto. A pesar de todo, Antigua obligó a Juan a restaurar el reloj de arena. Sin pensárselo dos veces el marido barrió toda la arena que el reloj contenía y parte de la que quedaba en el suelo, muy cerca del lugar de donde habían sepultado el pequeño cuerpecito de Hermógenes. Años después Antigua, sola y abandonada, en ese retiro voluntario, como si de un arresto domiciliario se tratase, pensaba que dándole vueltas al reloj, periódicamente, mantenía consigo el alma de su pequeño. 

   Una tarde de Agosto, muchos años depués, Antigua murió de lo mayor que era. Desde hacía unos meses notaba que su esposo y su hijo non nato la llamaban desde el centro de la habitación. El reloj de arena parecía, ahora, perceptible para sus sordos oídos. Se sentaba en una avejentada silla de mimbre en el centro de la habitación, debajo de sus restos, delante de los caprichosos rescoldos de la chimenea y pasaba las horas viendo como giraba el reloj, volteándolo cada cinco inteminables minutos. Ella creía que en el reloj estaban las almas de sus dos seres queridos y que cuando cobraba vida y la arena parda comenzaba a moverse y descender estaba mucho más cerca de alcanzar su deseo, su único y desesperado deseo: morir pronto para estar con ellos en el reloj de arena.

miércoles, 24 de julio de 2013

Madre

 

*Dedicado a mi querida Mamá, a la que nunca llamé por ese nombre, pero con quien tanto quiero.

    
  Pequeño hilo de luz que percibes por tus dulces ojos oscuros, ojeras negras de tanto llorar por un futuro incierto que te lleva irremediablemente al final de tus días de luz y tu acceso al mundo de las tinieblas. Pero siempre serás aquella que nos dió la vida, la única que nos dió su cariño. Muy triste para mi era verte darte golpes en las piernas, llenar de moratones tu delicado cuerpo. Pero siempre salías adelante, tu sola, sin ayudas, hacías la compra, hacías la casa, luchabas por tus hijos y les dabas todo el amor que necesitabamos y que no podíamos percibir de quién si veía.  
    Jamás una reprimenda, siempre libertad, la que tu no gozaste por vivir bajo la tiránica esclavitud de tu padre, energúmeno radical que solo pensaba en su ego y en su barriga mientras tu trabajabas la simiente de los campos de castilla. Has sido y serás la persona con más luz que he conocido, una luz que apenas ya percibes, que no logras alcanzar desesperada por las tardes. Pero tu no te rindes, tu haces la comida y sales a la calle sola, jugándote la vida por los tuyos, cruzando peligrosas calles en la casi total oscuridad. 

   Es una pena que tu vida se acabe, que la luz se apague, auque sigas viva. Me duele en el alma verte sufrir, verte discutir con ese hombre brillante que te acompaña pero que no lo da todo. Pero siempre me tendrás ahí, dulce mujer, sabia mujer de pueblo sin educación, con mentalidad arcaica pero con un amor que traspasará siempre las fronteras de tu delicada retina. Una retina que se cierra, un nervio óptico que periclita en tu lucha constante por sobrevivir.

   A ti, a quien tanto querré, aunque ya no estés aquí, para vernos, para ver a tus hijos y familiares....seguirás entre nosotros, te cuidaremos y te amaremos como tu te lo has merecido,  a pesar de tu carácter irascible y tu dureza de corazón. Eres mi madre y siempre te echaré de menos, simpre pensaré que cómo hubiera sido mi vida si tu hubieses podido ver bien. Yo no sería el mismo ni nadie de la familia lo sería: tu has cambiado y nos has cambiado para mejor, al menos en mi  caso. Me siento orgulloso de ir contigo de la mano, cogiéndote el brazo y ayudándote a cruzar la calle. Se que antes, en mi inmadurez, llegué a sentir vergüenza. Eso me martirizó durante años, pero ahora se que eres lo más grande que hemos tenido en esta familia. Eres y serás mi querida mamá, aunque no te llamara así nunca. Te quiero y siempre me tendrás a tu lado.


lunes, 1 de julio de 2013

El psiquiatra demente

  -"Ese culito, ese culito"- vociferaban desde la sala acolchada un nutrido grupo de locos de atar. Las puertas estaban bien selladas pero en los rostros de las enfermeras y de Don Gregorio, el psiquiatra titular de la plaza del sanatorio mental de La Camarga, en Valdecebreros, se apreciaba una creciente preocupación por lo que parecía ser el inicio de un motín de insospechadas consecuencias.
   Manolita, la enfermera jefe, 30 años de duro servicio abnegado a los perturbados más peligrosos de la provincia comentó con el flemático doctor: -tengo miedo, Gregorio. En los años que llevo aquí jamás había visto algo igual. Y es que, efectivamente, en la sala acolchada los gritos que ya eran audibles por el resto de los enfermos, parecían indicar que una paranoia colectiva había desatado un estado de excitación que era imposible de detener.  
   Todo provenía de los experimentos de Don Gregorio. El venerable anciano, todavía no jubilado por la crisis económica, había decidido saltarse a la torera todos los protocolos de seguridad y comenzar a administrar dosis cada vez más grandes de placebo en parte achuchado por los recortes en medicamentos. Si bien la escasez era acuciante el facultativo por su cuenta y riesgo y, seguramente, por su avanzado estado de demencia senil, había tomado una decisión harto peligrosa. Después de 40 años administrando todo tipo de barbitúricos acompañados de sesiones interminables de electro-shock, ahora salía con la excéntrica idea de que para sanar todo tipo de enfermedades mentales solo cabía una cura definitiva que el llamaba "cura de humildad". 
  Nadie sabía muy bien a qué se refería con ello. Pero Manolita, antigua amante de Don Gregorio, trató de convencerlo de sus disparatadas obsesiones. 
-Gregor, mi vida, deja de hacer tonterías, recapacita. Debes  administrar lorazepam de 5 miligramos al grupo de los psicóticos sexuales que últimamente los veo desatados- 
A lo que el médico respondía:-el placebo está haciendo sus efectos,¿es qué no te das cuenta de que todos los piropos van hacia ti?. 
-¿Qué pasa, que porque haya cogido unos kilitos últimamente no me pueden piropear-
-Bueno querida el problema no son tus kilos sino tu acuciante estado de flaccidez.
Y Manolita salió llorando del despacho después de dar un estruendoso portazo. La llamada cura de humildad consistía en administrar caramelos sin azucar de diversos sabores, con forma de pastillas. Los dos primeros días después de la orden del jefe del sanatorio los enfermos sexuales más desatados comenzaron a dar muestras de un feroz instinto sexual durante largos años reprimidos. Comenzaron a piropear de una manera bastante chabacana y grosera al personal médico, no solo a enfermeras, sino también a celadores y administrativos. El tercer día Manolita, al entrar en la sala acolchada, pudo ver en sus ojos rojos y llenos de pequeños derrames, fruto evidente de sus  tres días sin dormir, una furia descomunal. Después de administrar los caramelos, un par de locos se le acercaron y empezaron a acosarla sexualmente. Tuvo suerte de alcanzar la salida antes de que la agarraran y poder cerrar convenientemente la puerta de seguridad, pero una espuma blanquecina salía de sus bocas acompañada de gritos cada vez más violentos. A través de los pequeños ojos o mirillas de la puerta pudo ver a varios de ellos masturbándose con tal fuerza que sus penes comenzaban a sangrar. La habitación se había llenado por momentos de semen mezclado con el rojo de las heridas. La paranoia sexual comenzaba en camino de no retorno que conduciría al preventorio de locos de Valdecebreros hasta el desastre final.

   Aquella escena impresionó a Manolita. Y para impresionarla a ella algo muy grave tenía que estar pasando puesto que había utilizado de manera implacable durante años las más sucias artimañas para drogar a los enfermos sin conocimiento del equipo médico habitual. Como si de una madre con síndrome de munchausen se tratase, daba medicamentos equivocados a propósito para que los desgraciados dementes enfermaran más si cabe, para después, en estado cercano a la muerte, cuidarlos de manera adorable. Esta situación fue descubierta por el Doctor Gregorio Esteban, el anciano facultativo 15 años antes. Pero su relación extramatrimonial con Manolita le llevó a no denunciarla y comenzar a tratarla psiquiátricamente con el objetivo de que esta no soltara prenda de sus prácticas sexuales. 

   El doctor Esteban temía más a su mujer que a la dulce enfermera. Sabía que si se enteraba de su romance sus días estaban contados. Su mujer padecía una severa deficiencia mental que la  había conducido por varios sanatorios mentales hasta que había dado con sus huesos en La Camarga, de donde Don Gregorio la sacó después de que mejorara en su perturbado estado mental. Ella, en agradecimiento, le concedió su vida como abnegada esposa y madre de tres hijos que, dicho sea de paso, tuvieron desde su nacimiento la consideración administrativa de idiota, imbécil y tonto, tal y como se describía clínicamente a los discapacitados intelectuales en los años 60. Pero Antía, su mujer, mantenía intactos sus instintos criminales y era capaz de cualquier cosa si una noticia de ese calibre llegaba a sus oídos. 

   Cuatro días después de aquel suceso se encontraban Don Gregorio y Manolita, junto al resto del personal de la clínica ante el espantoso aullido de los locos de atar. - Ese culito, ese culito- seguían gritando desde dentro de la sala. El doctor observó tras la mirilla las aberraciones más bestiales que en su larga y desastrosa vida había presenciado. Unos enfermos violaban a otros, produciendo una sangría inenarrable, unos alaridos de dolor insoportables. La situación era mucho peor que una situación dantesca. Y el resto de enfermos, desde sus habitaciones, a las tres de la madrugada, se levantaron alterados. Desde sus celdas, estas no acolchadas, se unían en coro a la alocución.  La "cura de humildad" comenzaba a volverse "castigo humillante" y Manolita quiso llamar por teléfono a la policía a lo que el senil médico se opuso con rotundidad. - Este es un asunto que me compete como profesional- aseveró. Pero la situación no tenía ya vuelta atrás. A fuerza de golpear las puertas los 45 enfermos que dormían consiguieron liberarse de su presidio. Fue curiosamente una loca llamada Etelvina la que tiró abajo la puerta. Era como si una rabia demoníaca hubiera poseído su anoréxico cuerpo. Ella se encargó de liberar al resto de enfermos. Desde la planta superior salieron con los rostros desencajados, algunos, otros sin ninguna expresión, como ausentes por completo pero poseídos de una histeria colectiva que amenazaba al personal clínico.

    Pronto llegaron a la habitación acolchada. Manolita y Gregorio lograron ponerse a salvo encerrándose en una pequeña celda sin ventilación ni luz, quedanto en total oscuridad. Mientras tanto los enfermos ya habían liberado a los paranoicos violadores y habían tomado por la fuerza a administrativos y celadores a los que habían obligado a practicar las más descomunales parafilias sexuales. Bien entrada la mañana  habían degollado como si de aves cualquiera se tratara a todos los trabajadores de Valdecebreros que suplicaban a los locos que tuviesen piedad y los degollasen rápidamente, tal era su estado de humillación por las violaciones y mutilaciones vergonzosas a los que habían sido sometidos.  Don Gregorio y Manolita permanecían en la más absoluta oscuridad. El senil anciano causante del desastre, por su obsesión enfermiza por suprimir los psicotrópicos y adminstrar placebo no dejaba de llorar desconsoladamente como un bebé que no puede dormir. Manolita había fallecido víctima de un infarto agudo de miocardio entre las tinieblas de la lúgubre celda de castigo. Todos los enfermos controlaban el preventorio de locos. El psiquiatra jefe, el que había electrocutado a miles de inocentes, llevándolos irremediablemente a la locura incurable, era ahora el prisionero. Nadie pudo avisar a la policía. La vida continuó en el sanatorio mental de La Camarga solo que ahora dirigían el establecimiento otros dementes.

  

viernes, 14 de junio de 2013

Culona


Porcino que estás en los cielos
Dulce sabor a la derrota por ti inflingida
Paca, eres la amorfa forma
Marte sañudo te recibió en el Hades

Culo estratosférico de sangre amamantado
paralizas una época amohinada
tapando con tus nalgas corrompidas
la libertad de los laboriosos contructores

Destruyes con tu ira la emoción contenida
Vapuleas laboriosas tareas de libertad
Oh, Paca, eres esa pelandrusca desvirgada
que jamás aceptó un embarazo de bienestar

El primer día acompañaste con tu vil fulgor
al señorito genocida que llegó a los 100 años
para romper por las bravas el concubinato
de tus hemorroides sangrantes de violación

Tu camarada Ramón que está en los infiernos
de la loca pulcritud atiborrada a camisas azules
atizas con tu rabo desfenestrador a luchadores
de paz imbuídos por la gracia divina del Sumo hacedor


Eres sincero, ese es tu nombre, la sinceridad
cuajada en franqueza de terror, de miedos
por ti paridos, por ti dibujados en un croquis
de firmas nerviosas y balas rompedoras

Eres Paca aquella pútrida basura, ese vertedero nacional
del olor con que atiborras a la nación, ese olor
inconfundible, innegable, deshonroso: el aroma de la cruel 
venganza contenida de quienes resplandecerán en sus sueños.




viernes, 7 de junio de 2013

SOLITUD



Acaso sea cierto ese tópico de que nacemos y morimos solos. Verdaderamente también vivimos solos toda nuestra existencia. Podremos gozar de dulces y estimulantes compañías, podremos percibir a través del nervio óptico la luz y las sombras, los bellos cuadros de Durero, las magníficas panorámicas del Monte Perdido y las perturbadoras arquitecturas romanas, intrincadas e inexplicables en ocasiones. Resulta verosímil que, durante nuestra corta vida, banalicemos nuestra soledad escribiendo y plasmando ciertas ideas que brotan de nuestro imaginario, dejemos nuestras impresiones sobre películas pésimas y horribles o hermosas y placenteras. Incluso podremos alcanzar a atrapar nuestras propias angustias a través de pueriles fotografías, algún mediocre plano rebuscado para disponer de ingentes cantidades de imágenes que quedarán grabadas en un lugar etéreo llamado nube. En todo caso aunque descarguemos nuestra soledad con imágenes y lecciones que nadie aprenderá sobre el pasado de nuestras sociedades, las que vivieron nuestros congéneres siglos atrás y las que han vivido nuestros progenitores durante su aislamiento, no conseguiremos nunca salir de una terrible y angustiosa soledad, una brutal y oscura marginación . Tan solo las palabras, las narraciones esporádicas, dejarán constancia fehaciente del devenir de estos seres denominados como humanos que siempre viven solos, por mucho que lleguen a comunicase. Quizás el único período en el que la soledad no tiene lugar es en el vientre materno, flotando en un líquido que tragamos, sin respirar todavía el corrompido aire que nos atenaza y a salvo por poco tiempo de la opresión carnívora de la sociedad estatalizada.

sábado, 1 de junio de 2013

La telaraña en el cajón


  Eusebio Albricias y López era un triste oficinista encargado de lidiar a diario con los expedientes administrativos de cientos de casos olvidados en la oficina de objetos perdidos de la policía local de una triste ciudad del interior. Día a día pasaba el buen hombre los sinsabores de un oficio para el que nadie lo había preparado y para el que nunca  había opositado. Él había estudiado ingeniería industrial en su juventud pero no había logrado encontrar empleo en lo suyo, como suele suceder. Finalmente había dado con sus huesos en esa cárcel de paredes desconchadas, con una olivette oxidada que funcionaba a ratos y que exasperaba su delicado sistema nervioso, ya de por si deteriorado desde que un accidente vascular perpetró en su cerebro un pequeño coágulo que le proporcionaba de uvas a peras alocadas visiones a las que temía sobremanera, pues se podían manifestar en cualquier momento obteniendo imágenes muy desagradables, más o menos las que aparecen en las pesadillas.
     Desde aquel fatídico día de febrero de aquel año que no quería recordar, su obsesión se había centrado en encontrar un lugar tranquilo, un remanso de paz que le permitiera ganarse el pan sin excesivos engorros, sin alteraciones que perturbaran su delicado estado de ánimo. Finalmente obtuvo una plaza de interino gracias a una oferta pública de trabajo en un lugar en donde nunca había nadie porque los objetos perdidos se acumulaban en un cuarto anexo a su oficina y nadie los reclamaba durante años hasta que eran repartidos generosamente entre el sufrido cuerpo policial. Los días pasaban lentos y tediosos. Por las noches, en su domicilio, apenas si podía conciliar el sueño y cuando lo lograba su mente le impedía descansar con aberrantes pesadillas. Un terrible por no hablar de su imparable bruxismo, producto de una constante intranquilidad que se iba agravando con el paso de los meses.  Últimamente había tenido que visitar a un caro dentista que, alarmado por su falta de dientes, había tratado de imponerle una terrible férula que trataría de salvar lo que le quedaba para llegar a las encías. Tal era su estado de intranquilidad crónica.

 Ya habían pasado tres largos años desde que tomara posesión de su plaza desconociendo el porqué seguía trabajando allí durante tanto tiempo. Pero el caso es que aquella tarde de febrero más calurosa de lo habitual había tenido que teclear un enorme número de palabras sin sentido. Su cabeza se encontraba muy saturada, enormemente cargada, propicia para un estallido de su aneurisma o para una de las visiones infernales que le estaban conduciendo irremediablemente hacia la esquizofrenia, todavía controlable, no paranoide. 

   De repente escuchó un sonido hueco, un ruido estridente dentro del cajón cerrado con llaves de su mesa escritorio. Parecía como si algo que hubiese dentro hubiese lanzado un quejido, como intentando escapar de esa prisión de madera contrachapada y corroída por las termitas. No dió importancia a aquello porque pensó que era otro de sus delirios, últimamente cada vez más frecuentes. Sin embargo tan solo dos minutos  y cuarenta y siete segundos después escuchó el mismo sonido acompañado ahora de un brutal golpe que hizo vibrar todo el tablón de aglomerado que componía su mesa de trabajo. Asustado por el tremendo zumbido saltó como si el sillón de cuero negro agujereado por las quemaduras de sus cigarros albergase un secreto muelle. Era aquella una época en la que la coacción del poder no había llegado hasta los límites del presente. Pero no nos desviemos de nuestra pequeña historia.

     Eusebio Albricias y López lanzó un tremendo alarido cuando, tras un breve pero intenso momento de espera y expectación trufado de terror, se dispuso a abrir el cajón con la diminuta llave de la oficina. Nada más abrir el compartimento creyó ver una gran telaraña blanca. Lo que él veía era inenarrable. Veía como el  cajón estaba completamente blanco, como repleto de nieve, pero en realidad cubierto con una fina tela translúcida que dejaba ver el fondo del habitáculo en el que reposaban tres enormes tarántulas que sabe Dios como habían llegado hasta allí. Estaba solo en la oficina y para tranquilizarse pensó que todo era un nuevo delirio provocado por su aneurisma así que lo mejor que podía hacer era cerrar de cuajo el cajón y fumarse un bisonte sin boquilla para relajarse. Así lo hizo y, tras respirar a pulmón abierto la fumata de la habitación, se sintió mucho más tranquilo. tanto es así que pudo incluso sentarse otra vez de manera sencilla, sin miedos e inseguridades en su asiento de eskai negro.  Como podemos suponer en cuestión de segundos la mesa volvió a temblar y su cuerpo tomó una extraña rigidez, fruto del nerviosismo acumulado y de su enfermedad mental que, cuando se desencadenaba, amenazaba con paralizar toda su musculatura, convirtiéndose en un pedazo de carne en estado de catatonia. Entonces el cajón se abrió súbitamente y las tres tarántulas comenzaron a tejer sus telarañas hacia el suelo. 

    Eusebio Albricias y López creía que iba a morir. Inmóvil en el suelo, fruto de su aneurisma, pero consciente de todo lo que veía, observó aterrorizado como las tres tarántulas habían tejido tres caminos lechosos hacia él. Lentamente se iban acercando mientras de manera paciente comenzaban a envolverlo como tejiendo una fina sábana por encima de su cuerpo. Podía ver a la más grande acercarse rápidamente hacia su boca, con una velocidad endiablada. Intentando evitar que se colara en su cavidad bucal trató de cerrarla pero la parálisis lo impidió. Entonces dejó de veRla  y comenzó a notar cómo el peludo arácnido continuaba su terrible misión en el interior.

    A punto estuvo de perder el conocimiento, de desmayarse del horror siniestro que le invadía las venas y arterias. Pero mantuvo la consciencia a pesar de todo. Para ese momento la tarántula había conseguido acceder a su garganta y como correspondía a su criminal deseo, tejer una pastosa telaraña en su boca. El triste oficinista lo comprobó cuando notó que a penas podía inhalar el corrupto aire. Mientras, en el exterior de su cuerpo, las otras dos arañas gigantes habían llegado ya hasta su cuello, dejando sólo su cabeza al descubierto en un traje de crisálida amarillo. En un momento de desesperación e inundado de una energía que había logrado reunir en un último instante vital, logró vomitar todo el contenido de su estómago expulsando súbitamente a la tarántula que en su boca ahogaba su respiración. Su vómito atávico era tan desagradable que los tres arácnidos salieron despavoridos buscando el cajón del escritorio. 

   Eusebio Albricias y López respiró aliviado aunque tosiendo repetitivamente. Su mayor disgusto llegó al comprobar como su cuerpo seguía en completa inmovilidad. Entonces apercibió que una de las tarántulas había mordido su yugular y la sangre teñía de colorado todo su traje de telarañas. Poco a poco se fue apagando, lentamente fue muriendo. A la mañana siguiente, al acceder un bedel al cuarto de la ruidosa máquina de escribir encontró su cuerpo sin vida, sin nada que lo cubriera, completamente rígido y pálido. Nada hacía sopechar que, en su mente, tres tarántulas asesinas se encontraban en un cajón del escritorio de aglomerado.

viernes, 24 de mayo de 2013

Sueño sobre El proceso de Kafka o la intención de desaparecer

   
Aquella mañana desperté de sopetón, sudando después de haber tenido una terrible pesadilla: ese sería mi último día en la faz de la tierra. Estaba todavía asustado, pensando que todo había sido un mal sueño, cuando sonó el ruidoso timbre de la vetusta vivienda. Era el cartero y venía a entregar una carta certificada. Todavía estaba envuelto en el horroroso batín de felpa azulado con extrañas figuras protozoicas cuando abrí el portón marrón y apareció un señor bajito, treméndamente bajito, con un enorme bigote que le ocultaba por completo la boca. -Aquí tiene una carta certificada. Firme aquí- creí entender. Su presencia desagradable propició una rápida firma sin que llegase a  percatarme del remitente de la misiva. 

  Sin pensar en ello cogí el sobre y me fuí a la cocina a preparar el necesario café que me permitiría aguantar las primeras horas de la mañana, hasta el mediodía, despierto  y activo. Dejé el sobre apoyado en el cenicero metálico repleto de colillas de cigarros a mitad de fumar. Estaba intentando dejar el tabaco desde hacía tres meses y los intentos habían acabado en desesperantes sesiones en las que me atracaba a fumar antes de dormir. Cogí el café y, cuando me dispuse a probar el primer trago de la hirviente solución, vi casi de refilón el remitente de la carta: Ministerio de Hacienda. 

   Ni que decir tiene que me quemé el labio inferior y buena parte de la lengua que me quedó como de estropajo durante todo el día, aquel nefasto día de todos los santos del año 6.
    Me puse muy nervioso. ¿Qué querrían los del fisco?. Yo había hecho correctamente la declaración, si bien el señor que me asesoró dijo que me podía desgravar un concepto de traslado de domicilio por estar viviendo en una vivienda diferente a la del lugar de mi trabajo, a 40 kilómetros de la ciudad. Antes de abrir la carta no sospechaba que un inspector de hacienda estaba investigando mi declaración desde hacía más de dos años y que había descubierto una incidencia, como ellos llaman a los "errores" que cometen los asesores fiscales al intentar aumentar las desgravaciones y que en realidad significa: te hemos pillado y lo vas a pagar muy caro por no ser un ladrón de guante blanco.

   Abrí la carta lentamente, como deseando íntimamente que el sobre cambiara de contenido, como invocando una plegaria al Ser Supremo que borrara la tinta impresa de la notificación o la transmutara en una cordial felicitación navideña o algo por el estilo aunque no me hacía muchas esperanzas ni era tan ingenuo para creerme mis deseos. Desdoblé la hoja y comencé su lectura, pausada pero directa. Era como un golpe en el bajo vientre: tenía que reintegrar más de 10.000 talegos.

   Se confirmaban para mí mis peores temores, el error contable era superior a lo imaginable. Además se acompañaba de una multa por incumplir la ley tributaria. De confirmase la sanción, si no presentaba recurso ordinario, me vería en la más absoluta quiebra, seguramente tendría que acabar viviendo debajo de algún puente, solo que en la ciudad no había ningún puente y, en ese caso, sería aun peor: debería vivir a ras de calle, en algún cajero automático o portal con las únicas y exclusivas pertenencias que unos cartones y algún tetra-brick de vino dulce que obtendría pidiendo en la calle principal, la más comercial de la urbe. Lo del recurso era una broma pesada: ya había recurrido alguna que otra multa por circular demasiado rápido en patinete hacía unos cuantos lustros y, tras el recurso, llegó una condena superior. Así que de recurrir ni pensarlo. Entrar en esa burocracia podía conducirme a la situación de Josef K, a un sinfín de ventanillas, personajes siniestros y adevenedizos sin piedad que podían llevarme al colapso nervioso.

    No sabía muy bien que hacer, barajé diversas opciones: acudir al asesor con un cuchillo de cocina lo suficientemente afilado para obligarle a reintegrarme el dinero, porque solo de él era la culpa, el descalabro absoluto de mis finanzas exiguas. Pero no era práctico y, además, podía dormir aquella misma noche en prisión porque no tenía ningún amigo en el gobierno que presionara a algún banquero para que depositara la costosísima fianza que me impondrían. No era del establishment, era del lumpen de las clases anteriormente medias reconvertidas actualmente en clase suelo, una nueva clasificación inventada por un grupo de personas  conocidas como sociólogos que se dedican en su día a día a falsear estadísticas y que abarcaba a aquellas personas que, no teniendo nada, debían cantidades astronómicas a los bancos, habían perdido su dignidad y su vivienda y el sistema financiero les llevaba a vivir eternamente en crecimiento negativo, en unos ingresos negativos, palabreja inventada por los ministros y tertulianos llamados economistas para no decir la mágica palabra decrecimiento. 

   Como no era amigo de ningún político pensé también en huir del país, marchar al extranjero, allí en donde las leyes de la nación no tuviesen vigencia. Naturalmente la mejor opción sería latinoamérica por el idioma. No había conseguido aprender a entender a las personas que hablan en inglés porque el sistema educativo solo nos había enseñado a entender algunas palabras escritas en un papel. Eso me cerraba muchas posibilidades, fundamentalmente el sureste asiático, lugar al que había viajado con la imaginación en numerosas ocasiones y que siempre había ansiado visitar algún día. El destino debía ser desde la raya del Río Grande hasta tierra de fuego. Opté finalmente por pensar en Yucatán porque, a pesar de las mafias asesinas de las drogas, podría dar clases de alfabetización y subsistir misérrimamente en alguna de las chabolas de la selva virgen o bien haciendo de guía de alguno de los múltiples yacimientos arqueológicos. Sinceramente era la opción que más me atraía.

   Sin embargo, una sensación de malestar se apoderó de mis entrañas, un miedo atávico a lo desconocido, a salir de mi casa, de mi ciudad, de mi país, de vivir solo y alejado del mundo, de no volver a saber nada de mis seres queridos y todo por culpa del sistema, de la desgraciada incidencia. ¿Qué podía hacer?. La ansiedad iba en aumento, nada ni nadie podían pararla. Tenía que poner fin a aquel estado de frustración y de sopor en el que me encontraba. Ya lo había pensado más de una vez en otras ocasiones y pensé que en esta era la mejor, como dicen, la ocasión la pintan calva y yo ya estaba en un proceso irreversible de cicatrización de la calvicie imparable. ¿Qué mejor opción que segar mi vida, una vida frustrada y frustrante, una vida que me había maltratado hasta ese momento, que me había apartado del mundo y que tan solo, en breves momentos de embriaguez, me devolvía algo positivo?. Si, era cierto. Era la mejor opción. Ni raudo ni perezoso pensé en la mejor manera. Algo limpio, indoloro, inodoro e insípido, como el agua. A ser posible que nadie encontrara jamás mi cadáver y quedara como desaparecido y así, fastidiar a Hacienda y al sistema, haciendo que los gastos por mi búsqueda superaran a la deuda que con ellos tenía. Entonces recordé aquella visita al vertedero de basuras, entre fétidos olores aquella mañana primaveral del año 4. Aunque era una visita protocolaria, fruto de una encerrona laboral con un grupo de adolescentes, recordaba unas máquinas trituradoras que deshacían raudamente todo lo que pasaba a través de ellas, enterrándolo todo con unos enormes martillos que apisonaban todo el material del que se apropiaban. La opción me sedujo, acabar debajo de una montaña de basura, yo, que había vivido una vida de mierda. Era hasta poético. Cogí un autobús que me dejó a 5 kilómetros del vertedero, ya anocheciendo, y conseguí introducirme en el complejo del hedor ciudadano. Entre la oscuridad y, gracias al machacón sonido, llegúe al lugar escogido, casi a ciegas. Había una persona allí, dirigiendo la máquina pero, agazapado, intenté esperar antes de lanzarme a la trituradora asesina a que el personaje se quedara durmiendo. Las horas pasaban y el momento llegó sobre las 6 de la mañana. Estaba a punto de amanecer, la luz en el horizonte empezaba a despuntar. En aquel preciso momento el operario bajó la cabeza, con la máquina todavía rodando, las cuchillas deshaciendo la basura. Me aupé a una pequeña plataforma y me tiré de cabeza contra el monstruo de las cuchillas. Sentí un dolor enorme en la cabeza, como un estallido, como si me golpearan fuertemente en el occipital. Estaba a punto de morir. En ese momento vi el rostro de una persona, era mi mujer, que me acababa de golpear fuertemente en los carrillos de la cara.  Estaba delirando. Todo había sido un mal sueño aunque minutos después de beber un helado vaso de agua se oyó el timbre de la calle. Era el cartero con una notificación. ¿Sería del fisco?.

viernes, 10 de mayo de 2013

Star 6,35 mm. 20:30

  

 Pistola Star 6,35 mm. o de calibre 22, 20:30 horas del 29 de Marzo de 1956. La hora es aproximada, pero por redondear lo dejaremos a las 8 de la tarde. Dos hermanos, uno de 18 años, con varios meses de instrucción militar en la Academia de Zaragoza y el otro, adolescente de 14 años. El primero empuñará el arma y disparará al segundo, matándolo de un tiro en la cabeza.

   Su familia,  importante y de rancio abolengo en la Historia de un vetusto país, alarmada por el disparo, acude al piso superior del palacete. Allí encuentran al pequeño con la cara destrozada y desangrándose en el suelo. Su cráneo ha sido atravesado por la bala asesina en una trayectoria que, en diagonal, atraviesa la nariz para salir por detrás del cráneo. La muerte es casi instantánea. El joven de 18 años, militar por imposición, ha realizado el disparo. Su padre le hace jurar ante una bandera de España que no ha disparado a propósito, sino que ha sido un accidente trágico. 

  La versión oficiosa será que la pistola se ha disparado sola, en un accidente lamentable. Pero no se investiga, no hay autopsia, solo un médico certifica la muerte. Rápidamente se celebran las exequias y ni siquiera se informa inmediatamente del suceso. Tan solo se dirá que el joven adolescente ha muerto a consecuencia de un accidente  mientras  manipulaba un arma. Todo es una gran patraña para ocultar que el hermano mayor, experto en armas, ha asestado un disparo a la cara de su hermano menor, acabando con su vida. Pero hay que ocultar la realidad puesto que este joven de 18 años tiene una misión en su vida de gran trascendencia. Deberá ser el sucesor de un dictador, un sanguinario dictador que arrebató a su pueblo la libertad y que masacró a la poca oposición que no huyó a tiempo después de una cruel guerra. No conviene sembrar dudas acerca de la honorabilidad del joven, futuro jefe de Estado.

  Pero, si sabemos que la versión oficial es falsa, ¿por qué nadie ha investigado el caso?.   La muerte de su hermano jamás se investigará, no se podrá acceder a su cadáver para realizarle las oportunas pesquisas forenses ante una muerte violenta, cubriendo el suceso con un manto de olvido y no se puede ahora porque ese personaje tan importante es ininmputable, es el único ser en toda la nación que no puede ser investigado. Y eso es ley, está por escrito en un papel que sirvió para su propia legitimación. 

   Cierto es que el homicidio podía ser accidental, siendo entonces un homicidio imprudente. Ello nos llevaría a otras hipótesis, algunas más acomodaticias, como que el descuidado cadete militar tuviera la sangre fría de empuñar un arma y apuntar a la cabeza de su hermano y que el arma se le disparara sin querer. Sigue siendo, no obstante, el causante de una muerte violenta. Aunque se le quiera llamar accidente, no es ni más ni menos que un homicidio imprudente. Ello si aceptamos la hipótesis después difundida por los hagiógrafos del capitoste, los aduladores del heredero del dictador. 
    Porque, ¿quién nos puede asegurar con total certeza que esta última versión oficial sea verdadera?. ¿Por qué creer en ella y no caminar sobre la tesis de un homicidio?. ¿Por qué dijeron que el muerto se había disparado accidentalmente cuando después aseguraron que su hermano, heredero de un dictador, había apretado el gatillo por accidente?. El homicidio cambiaba muchas cosas, hay que pensar que eliminado su hermano se quitaba un posible rival en su carrera política, en su apetencia de poder y en la posibilidad incómoda de tener una espada de damocles encima esperando su caída para ocupar su lugar, para usurpar lo que ya era suyo por mor de la voluntad del asesino jefe del gobierno.

  Porque, en un momento dado, este incómodo hermano podía ser el recambio, apoyado por diferentes grupos de presión política, que sustituyera, depusiera, detuviera y encarcelara o bien, exiliara, al joven ávido de poder, sustituyéndolo en la cúpula del poder. Con su desaparición terminaba esa posible incertidumbre para el presunto homicida.

   Otras posibilidades, los celos terribles que tenía el hermano mayor del pequeño. En una mente todavía inmadura, aunque 18 años y varios meses de disciplina militar estricta hacen madurar a cualquiera, podía albergar ese sentimiento de envidia por ser su hermano el preferido de su padre. Unos celos patológicos, una envidia primaria y cruel, que llegara al extremo de matar a su hermano. Una vuelta al mito de Caín y Abel, de Rómulo y Remo, pero en una aristocrática familia de mediados del siglo XX. ¿Pudieron ser los celos el causante del disparo, siendo por tanto, en este último caso la causa de  un asesinato?. Es una posibilidad que no se debe descartar.
  Después, al no aclararse jamás del todo el suceso, pueden surgir nuevas hipótesis. Porque cuando lo que se hace es tapar un acontecimiento luctuoso de esta magnitud, poco queda que decir. Siempre estará ahí, la duda, la conspiración, la trama, el  misterio. 

  La historia comienza en Estoril, en una lujosa mansión. Toda la familia regresa de un servicio religioso en pleno Jueves Santo. Los dos hermanos suben al primer piso y el resto de la familia se encuentra en la planta baja. Al llegar arriba el hermano mayor, el posiblimente aunque poco creíble inmaduro, coge la pistola, regalo de su padre, con la que ambos habían estado disparando a las farolas de la calle en días previos, con la permisividad de sus irresponsables padres.  
   Una vez que la tiene en sus manos, la carga y elimina los seguros que disopone. Obviamente tiene intención de disparar, de usarla. Si no fuese así no hubiera eliminado los seguros y cargado el percutor.  ¿Qué macabro juego piensan hacer los hermanos para tener una pistola cargada y lista para ser detonada?. ¿Están los dos hermanos en esto o es cosa únicamente del que va a disparar después?. De ser así, o es un verdadero mentecato irresponsable, que va a bromear , a gastar una pesada broma a su hermano poniendo en peligro su propia vida o estamos ante un auténtico homicida, ante un frío y calculador asesino. Nunca se sabrá. 

   El misterio quedará para siempre enterrado en ese primer piso de la villa, de la lujosa mansión en la que un  Jueves Santo de 1954 desapareció una vida y continuó otra por obra y gracia de una Star del calibre 22. La historia de una vetusta nación pudo haber dado un giro de 180º. ¿ Y si el que hubiese cogido el arma hubiese sido el pequeño?.¿Y si hubiese destrozado el cráneo del joven de 18 años preparado para asumir destinos inimaginables por él en aquel instante?.

jueves, 9 de mayo de 2013

El monstruo dentro de la nevera




*Hecho verídico ocurrido en Alicante el 22 de Julio de 1999

Acababa de llegar de la calle. Había adquirido en la tienda de la calle Garbinet el suficiente número de víveres para pasar aquel fin de semana en mi antiguo apartamento de 30 de Marzo. La última vez que había habitado allí parecía muy lejana pero era solo imaginación mía. En realidad había estado allí hacía, tan solo, 15 días. Había regresado a mi domicilio en la vega para visitar a mi familia. Era un día caluroso, las dos de la tarde, en pleno verano mediterráneo, era ya hora de comer. Abrí el portón de la calle con serias dificultades, asediado por el sudor y el peso de las dos bolsas de plástico que herían mis manos, estaba empezando a vislumbrar mis dedos azulados, casi amoratados, por la presión del plástico sobre ellos.  Dejé la compra abajo para dejar el peso de mi maleta arriba, en la primera planta de aquella escalera de caracol. Introduje la llave en la cerradura anquilosada, antigua, casi enrobinada por su falta de uso. Giré la llave alargada y desplacé la barra de acero hacia la derecha, dejando la puerta semiabieerta.  En ese momento tuve una sensación desagradable por el pútrido olor que llegaba hasta mi. No era un olor excesivamente ácido pero si lo suficientemente asqueroso para entrar con ciertas precauciones. 

 - Ya me he dejado la basura sin bajar durante dos semanas, esta cabeza mía- pensé con cierto agrado, con regocijo de que solo fuera eso. Pero era algo mucho peor. Antes que nada, penetré en la salita de estar y abrí las vetustas puertas desconchadas y férricas. La luz penetró poniendo a su trasluz todo el polvo que flotaba en el habitáculo, mostrando la luz en haces, quasi fasciculados. Pero el olor lo inundaba todo. No era visible pero casi se podía percibir su silueta. Raudo, corrí hacia la pequeña cocina, al cubo de basura. Con mucho temor levanté la tapa mugrienta y descubrí un vacío que me alegró, de una manera un tanto absurda, casi infantil. Esbocé una sonrisa atontada. Sin embargo, el peligro no había pasado porque el aroma perduraba indeleblemente.

   Abrí cajones de diversos armarios, penetré en el minúsculo aseo, otrora balcón reformado, con la esperanza de encontrar algún deshecho orgánico petrificado, que justificase la desagradable situación. No obstante carecía de poca fe, porque no era ese el olor que percibía mi  nariz. Algo más desagradable se encontraba dentro del piso, algo nunca imaginado ni pensado, algo más allá de lo humanamente comprensible y que iba a desatar en breves momentos una peligrosa reacción que a punto estuvo de acabar con mi existencia. Después de , agotado por la búsqueda incansable, una terrible hora en la que hube de fabricarme una especie de filtro con un par de trapos viejos anudados a mi cuello y tapándome medio rostro, cual forajido del antiguo oeste, salí a uno de los balconcitos que daban a la estrecha y ruidosa calle, respiré aire contaminado puro, para  mi constituía un aire absolutamente límpido, un aire propio de Ordesa. Mis pulmones se llenaron y mi espíritu retornó a su inquietud. ¿Qué terrible material se habría desparramado en la vivienda y, sobre todo, de qué naturaleza era?.¿Sería algún tipo de gas que hubiese penetrado mágicamente por las paredes o bien procediera del subsuelo y, por infiltración en los gruesos muros de carga de sillares, hubiese ascendido hasta la primera planta?. Pero no podía ser así, eso era un locura y comenzaba a mostrar síntomas de cierta demencia. ¿Qué descabellada idea era esa?. De ser así, en la vivienda de abajo, habitada por un ser quasi novelesco, anciano de barba blanca, habría dado la voz de alarma mucho antes. Pero nada de esto había ocurrido.

   Entonces un sudor frío me invadió cuando comprendí que había un único lugar que todavía no había explorado: la nevera. Y lo cierto es que la atención debía de haberse dirigido a ella en primer lugar, puesto que estaba cerrada. Nunca después de abandonar el apartamento durante más de 15 días y haber apagado el interruptor general de la corriente alterna había dejado la nevera cerrada. Y ahora, ante mi, aparecía la pequeña y blanca máquina de enfriar, totalmente cerrada y, lo que es peor, el cable de alimentación estaba en el suelo, sin conectar a la luz. En ese momento vino a mi mente la solución al enigma: algo había quedado dentro de la nevera y  yo, por error, la desconecté de la luz sin vaciarla. Lo que fuera estaba todavía por adivinar pero, obviamente, tampoco podía esperar mucho más en ese ambiente insano con lo cual la solución fue armarse de un enorme valor y abrir la puerta magnéticamente sellada. Volví al pañuelo en la boca y abrí de sopetón, no cabía más esperas. 

   Allí se confirmó la idea anteriormente esbozada: ante mi asombro observé un monstruo verdoso, absolutamente repugnante. Ni que decir tiene que mi primera reacción fue salir corriendo, abrí la puerta de la calle y abandoné el habitáculo. El corazón me latía demasiado aceleradamente para no haber hecho ningún ejercicio físico, el  miedo se había apoderado de mi. Pero ahora, ya en la calle, pensé en qué podía ser aquello que había crecido dentro del frigorífico, debía llegar a un acuerdo con mi propia imaginación, poner las ideas en claro y, mediante la memoria fotográfica que tanto había desarrollado durante los largos años de oposiciones mirando láminas artísticas, recreé el ser que me  había encontrado dentro. Volví a verlo: partiendo de un núcleo verdoso oscuro, casi ínfimo, como derretido, salían infinidad de ramificaciones, de finos tentáculos que se expandían en todas direcciones, colonizando por completo todo el espacio interior del electrodoméstico.  Lo había visto si luz, porque no había encendido el aparato antes de abrirlo de sopetón, pero podía recrear su imagen. Esos tentáculos, casi hilillos pequeños, salían de manera prodigiosa del núcleo central disminuído. ¿Qué podía ser aquel monstruo casi cartilaginoso?. ¿Dé donde podía proceder?.
   Miles de preguntas rebotaban en mi cráneo. Sería acaso algún hongo venido de no se sabe dónde que hubiera colonizado la nevera y, próximamente, colonizara todo el apartamento. Incluso recreé en mi mente aquel misterio de la invasión de  los ladrones de cuerpos, la mítica película de Siegel. Pero todo era absurdo, tenía que subir y enfrentarme a lo que fuera porque tampoco había visto que tuviese vida, que se moviera, que emitiera algún sonido. ¿Tendría el valor suficiente para hacerlo?. 

   Pensé que era absurdo pensar en nada extrarodinario y, tras un tranquilizador paseo, cogí las llaves y abrí la puerta del edificio. Volví a subir la enrevesada y vetusta escalera de caracol y llegué al primer piso. Sin pensármelo dos veces, penetré en el piso y, raudo, me lancé contra el monstruo. Allí estaba todavía, inmóvil, con sus millones de pequeñas fibras en modo de tentáculos que salían del cuerpo central. Hice lo primero que se me vino a la cabeza, atestar un raudo y certero navajazo sobre el bulto que se encontraba en el centro. Para ello había abierto el cajón de los cubiertos y asido con enorme fuerza el cuchillo jamonero, el más largo que había podido encontrar. 

  La certera estocada penetró como si de un flan se tratara, tal era su cartilaginoso estado. Solté el cuchillo para ver la reacción de esa cosa tan horrible. Nada ocurrió salvo que esa masa empezó a menguar de forma prodigiosa. Al agujerearla había comenzado a expulsar los pútridos líquidos que todavía albergaba en su interior. Inmediatamente, en cuestión de segundos, quedó reducida al tamaño de un limón. El líquido pringaba ya hasta el suelo de la habitación. Decidí no seguir esperando y cogí  un paño con el que pude coger el mango de cuchillo asido al monstruo. Con vigor, extraje de la maleza el pequeño núcleo menguante. Cuál fue mi sorpresa al reconocer en el ese color verduzco, como de sapo, del melón que había dejado, dos semanas atrás en pleno verano, dentro del frigorífico sin refrigeración. Los tentáculos no eran más que hilillos de moho que colgaban como si de un arbol se tratase. Quedaba mucho por hacer, en primer lugar una concienzcuda limpieza pero lo más importante era que el monstruo había muerto y que mi vida en aquella vivienda podría continuar.
  

viernes, 3 de mayo de 2013

EL CONCEJAL ( III)

    La idea había quedado clara para Pepito y sus compinches. Había que comenzar por la intimidación, con un golpe contundente para evitar males mayores. Hablaron con algunos del puticlub, amigotes de toda la vida del alcalde accidental, ya ex-alcalde provisionalmente y otros que no eran de la zona, extranjeros de oriental procedencia, dispuestos a romper alguna pata ( no de una mesa precisamente) si hiciera falta para llevar el pan a sus hijos. Era gente sin escrúpulos, desalmada, que habían atracado billares y lugares de poca monta y habían estado algunos meses en chirona. Allí forjaron un pacto de hierro, como aquel de las oligarquías de Michells. Primero irían una noche, probablemente la siguiente e irrumpirían en la casa de Jesús, el filósofo, dejando algún "recado". En principio pensaron en notas amenazantes pero Pepito quería algo más contundente, algo más auténtico que decantara rápido la balanza hacia su mafioso proceder electoral. Y así se llevó a cabo: la tarde siguiente, después del café que Escalambrín solía tomar en el pub Albarán, el más antiguo del pueblo, lo siguieron estos amigos de lo ajeno contratados previamente por el corrupto y ladrón saqueador de bienes públicos. Al doblar por el callejón que da a la plaza mayor, la del obispo Culiáñez, el callejón de los patos, se acercaron por detrás y lo rodearon. Dos de ellos estaban vigilando a los extremos de la pequeña calleja, con el objetivo de que nadie pasara por allí o bien avisar si la bofia hacía acto de presencia.  Comenzaron a pegar bofetadas a Jesús, este cayó al suelo y recibió unas cuantas patadas bastante duras, que le fisuraron unas cuantas costillas. Magullado, quedó tumbado en el suelo. Había recibido correctamente el mensaje, mientras era pateado escuchó: -tu no vales para político, tu eres un gilipollas profesor- y -ni se te ocurra tomar posesión de concejal o esto será una broma para lo que te haremos a ti o a tu mujer-. Corriendo salieron por el otro lado del callejón y cogieron el coche que les esperaba. Jesús, a duras penas, podía tenerse en pié. Había quedado muy magullado y humillado. Y de inmediato, como buen ciudadano que se creía, dió parte al cuartelillo de la Guardia Civil, afirmando punto por punto lo que le habían recomendado. La denuncia quedó archivada cuando no fue capaz de identificar a ninguno de sus agresores.
  Sintió en su interior la desprotección típica que suele quedar en el subconsciente después de una paliza y la consiguiente abulia de las fuerzas de seguridad para buscar al responsable, más si estaba relacionado con Pepito o su entorno, al que se le consentía casi todo en aquella comarca. Pero, sin embargo, Jesús decidió seguir adelante. Magullado, con los ojos amoratados y la nariz partida, un con unas muletas, se paseó al día siguiente por toda la plaza, hablando con unos y con otros. Habló con sus ahora compañeros de partido y decidió seguir adelante con su carrera política aunque en ello le fuese la vida. Su moral era inquebrantable, era un partidario de las reformas democráticas, de la limpieza pública de las administraciones. Todavía era un poco ingénuo puesto que nunca había tocado el poder real, pero esa ingenuidad la transmitía como un virus entre sus vecinos. Al saber de la paliza gran parte del pueblo se dirigió en manifestación, espontánea, ante la casa del Alcalde. Este, abrumado por la situación, no tuvo la valentía de salir al balcón, agachó las orejas y decidió esperar, incluso pensó que podría perder el poder momentáneamente, que ya daría un golpe de mano comprando a algunos concejales y, tras la oportuna moción de censura, volvería tan campante a su privilegiada atalaya. Pero nuevamente sus planes volvieron a torcerse.
  Había fallado su faceta matonil, su intención de amedentrar con violencia al díscolo ciudadano, dispuesto a democratizar y abrir las ventanas para aireara aquel olor a putrefacción moral que se respiraba hasta en el mismo salón de plenos. Por su parte Escalambrín y el resto de concejales tomaron posesión de sus cargos, previa declaración jurada de bienes ante el secretario municipal. Se acercaba el día de la sesión de investidura, donde se elegiría al nuevo alcalde. Este sería el líder de su partido, Jose Joaquín, el "patas", como era conocido en el pueblo. Ni que decir tiene que Jesús carecía de apodo porque su apellido ya servía de apodo por si mismo. Él era el "escalambrín", el resto todos tenían el suyo. De su partido, Pedro era el "cuentas", Alberto " el boyo" , María "la ahorcada", por que un tatarabuelo suyo se ahorcó por un asunto de deudas. Y así podríamos seguir. El patas iba a ser alcalde porque los socialistas ya habían firmado un acuerdo con el grupo independiente, al que cedían la cartera de urbanismo, la más golosa en cualquier consistorio. De este pacto saldrían muchos de los problemas a los que se enfrentarían en adelante.