miércoles, 4 de enero de 2017

El árbol de la felicidad

   
  Descuajado de su madre tierra, de esa pequeña colina en la que compartía morada con cientos de sus hermanos, acabó el árbol en el salón-recibidor de una diminuta morada, una de esas soluciones que con tantas alharacas el estado había proporcionado a un joven matrimonio mileurista. Obviamente era navidad. A pesar de que lo habían desgajado de su sustento primigenio, todavía mantenía constancia vital, una ínfima vida que se apagaba lentamente. -Quizás hubiera sido mejor no haber nacido o que me hubiese quemado rápidamente-, es posible que pensara para sí mismo rodeado de todo tipo de bártulos, guirnaldas y luces propias de las fiestas pascuales.

        Linda y Hanna, las habitantes del pisito, eran felices porque, dentro de su pertenencia al precariado, aquella clase social surgida al calor del terrible empobrecimiento de la sociedad capitalista, orgullosa de sí misma, podían presumir de una vida digna: ambas tenían empleo, lo cual garantizaba los ingresos de un trabajador de antaño,algo que, por desgracia, no podían asegurar la gran mayoría de sus conocidos. Vivían aparentemente cómodas en aquel cuchitril pensado para hacer creer a los pobres que no lo eran, que ya no existían diferencias de clase y que todos constituían la orgullosa clase media.
  Llevaban una vida aparentemente normal: la sociedad había aceptado de buen grado su homosexualidad y ambas disponían de una posición social aceptable. Entonces, casi de improvisto, se les echó encima la navidad y apareció el árbol. Hanna lo adquirió en una tienda sin apenas percatarse de que estaba recién talado, de que no era artificial. Linda, que era atea, no creía que hubiese nada que celebrar por esas fechas. Finalmente accedió a que su mujer maquillara el pequeño agujero en el que vivían con las típicas alharacas de la festividad que anuncia el inicio del invierno.
    Llegó la noche del día 24, después de una agotadora jornada laboral.  Hanna, que había librado todo el día, se había ocupado de preparar un ligero refrigerio y, por supuesto, de ultimar una abigarrada decoración hogareña. Linda, al abrir la puerta vio el árbol moribundo, suplicando  piedad, quizás un atisbo de humanidad para evitar prolongar la agonía que precede a una muerte dolorosa. Sin embargo ninguna de las dos podía percibir esa señal, ese espíritu atormentado que yacía lleno de bolitas de colores y luces intermitentes que arañaban sus extremidades provocando imperceptibles quemaduras. Después de cenar se sentaron a descansar y cayeron en un profundo sueño. Algo indefinible y que algunos expertos en descifrar el significado de las imágenes oníricas, en ocasiones tortuosas, que nuestro cerebro fabrica denominaría espíritu de la navidad poseyó a ambas con idénticos pensamientos.
   Al despertar, casi al mismo tiempo, nada se dijeron. Hanna y Linda habían visto difusamente la imagen de un bebé muy pequeño, casi recién nacido. Pero la criatura no estaba en una cunita, ni en un cesto acolchado, ni en un carrito. Estaba desvalido, desnudo en medio de un frondoso bosque de abetos. Al ver esa imagen ambas habían comenzado a sentir escalofríos y temor a que muriese de frío. Trataban de acercarse a él, que se retorcía y lloraba desconsoladamente. Entonces ocurría algo inconcebible y maravilloso cuando desde el tronco de un pequeño árbol junto al que reposaba su cuerpecito muchas ramas con sus hojas no punzantes se desprendían rodeando con absoluta perfección el diminuto cuerpo del niño, como formando una ligera y acolchada cunita.  Después de haber sido abrigado por el árbol, dejó de llorar y, al llegar a su lado, Linda y Hanna, cada una sin ser consciente de la presencia de la otra, lo tomaban y acurrucaban en sus brazos, esbozando el bebé una preciosa y dulce sonrisa de satisfacción.
     En el sueño había sido el árbol, de manera extraña, pues los abetos son de hoja perenne y no desprenden sus hojas, el que había salvado la vida al niño. Trascurrieron unas horas hasta que amaneció el día 25 y las dos salieron a pasear bajo la nieve, cogidas de la mano. Casi sin pensarlo y colisionando sus discursos, empezaron a relatar el sueño que habían tenido la noche anterior.  No acertaban a comprender el porqué habían soñado exactamente lo mismo: las mismas imágenes, el mismo paisaje invernal, el niño desvalido y el árbol, el mismo árbol que había perdido voluntariamente algunas de sus extremidades para salvarle la vida. No entendían nada, achacándo la pesadilla a los excesos acumulados de la gastronomía navideña.  Sin embargo, en su fuero interno, ambas seguían pensando que aquella circunstancia no era para nada corriente.
   En realidad nuestra pareja era inmensamente dichosa por haberse encontrado en la vida. Se amaban y no concebían la posibilidad de separarse jamás.  Sin embargo, aunque habían esquivado el tema por una u otra razón, siempre habían deseado ser madres, cuidando y ensanchando de esta manera los límites de su amor con la crianza de un niño. Cuando surgía el tema se ponían muy tristes: en aquella sociedad todavía no se permitía la adopción a las parejas del mismo sexo. Por ello habían solicitado repetidamente la adopción internacional, siempre con negativa o dilaciones. Siendo inmensamente felices habían ansiado la llegada de ese chiquillo que inundara más si cabe de alegría sus vidas, pero después de tantos años de espera, habían desistido con una gran amargura sobre sus conciencias.  
   Durante aquel día de navidad retornó recurrente el asunto del sueño compartido la noche anterior. Después de comer y abrigadas ante un pequeño brasero ante el televisor cayeron en una profunda siesta. El sueño regresó: allí estaba el niño sufriente, debajo del árbol que lo salvaba y entonces llegaban ellas. No podía ser casualidad. Al despertar no pudieron reprimir su ansiedad y revelaron el sueño compartido. ¿Sería acaso una señal?. Cuando se prepararon para ir a la glorieta, en dónde se situaba como cada año la feria de navidad, cogieron sus paraguas y, justo antes de cerrar la puerta, Hanna observó, al fondo de su perspectiva visual, al árbol de navidad que la observaba como en el sueño. Algo en su cabeza, como un resorte, se accionó al instante, quedando bloqueada en ese mismo momento, con el llavero de casa entre los dedos, como aturdida. Linda se percató de la actitud de su compañera y  preguntando que sucedía Hanna, a penas balbuceando, le advirtió de que era mejor que no saliesen, que hacía mucho frío.
    Asustada por la reacción de Hanna, Linda preguntó nerviosa qué es lo que ocurría a lo que esta le respondió haciendo un gesto de silencio. Entonces, le cogió la mano conduciéndola junto al sofá, al que dieron la vuelta para quedar frente al árbol de navidad. En silencio pasaron los minutos, un tiempo en el que, sin decir nada, Linda acabó de comprender. Allí estaba el árbol suplicando sin palabras, inmóvil. Su dolor era el dolor de toda la naturaleza. Él era el árbol. El árbol del sueño bifurcado, repetido.  ¿Era acaso una señal?. Linda, que siempre desconfió de espíritus y creencias, hubo de empezar a poner en orden sus ideas. Debía reconocer que estaba impresionada. Pero esa sensación no era nada en comparación con lo que a continuación sucedió.
   Unos minutos después sonó el timbre de la vivienda. Era un cartero. Ambas se extrañaron, pues era día festivo. El crepúsculo cercaba poco a poco la tenue luz diurna. Casi con ansiedad bajaron al portal. Había una carta oficial, del Ministerio de Exteriores. -Qué extraño, no hay repartos en navidad-,  pensaba Linda tratando de esquivar una parte de su mente que le decía que la razón no tiene porqué dominarlo todo en nuestra vida.
    Abrieron la carta en silencio, delante del árbol magullado. Ya era oficial: un país muy lejano daba permiso para adoptar. Ofrecían la posibilidad de la doble adopción en un plazo determinado de tiempo que habrían de emplear para viajar y tramitar toda la burocracia propia de estos asuntos. Ambas no salían de su asombro: serían gemelos, su felicidad no sería doble sino mucho mayor, incomensurable. No podían ser más dichosas, no podían haber tenido mejor regalo de navidad. Tras abrazarse entre llantos, a pesar de que la noche se les había echado encima, volvieron su mirada a aquel arbolito que les había traído la dicha. Lo desvistieron tranquilamente y lo envolvieron con sus mejores mantas. Llegaron a la helada sierra y, tras ascender por un raquítico camino forestal, a la luz de la luna, depositaron el árbol junto a sus hermanos. Linda no olvidó su pasado de incredulidad pero al lado de Hanna creyó para siempre en la existencia de algo tan etéreo como es la felicidad.

martes, 25 de octubre de 2016

El hombre en el balcón


    Todas las mañanas, cuando me despertaba ya tarde para casi todo, después de una de mis continuas y agitadas noches, al levantar la persiana estaba ya allí, impertérrito, en el sexto piso de un edificio que, como la mayoría del barrio en el que habitaba, como en mi desvencijado habitáculo, carecían de ese invento que realmente revolucionó el mundo llamado ascensor. Ese hombre obeso, sentado ya en su banqueta y oteando el horizonte y mayormente el suelo, la calle y al resto de vecinos que tenía a su alcance, a la espera de no se sabe qué, acaso un rápido y amargo final, se me aparecía a mí como un vulgar James Stewart en la ventana indiscreta pero sin ningún glamour. Observaba y se doraba con un sol que comenzaba a esas horas a castigar con fiereza. Con total seguridad llevaba ya algunas horas muertas allí, probablemente tantas como su alma.


    Mientras me vestía lo observaba y nos devolvíamos las miradas, aunque siempre, rápidamente, las apartábamos. Supongo que actuaba así instintivamente, también con el resto de insectos que tenía a su alcance, ya necesariamente bien memorizados, aprendidos a fuerza de soledad y balcón. Alguien que no había yo logrado identificar le proporcionaba un sustento básico, subiéndole algo de comida porque ese hombre, el hombre en el balcón, presa de alguna enfermedad, quizás coronaria, no podía subir y bajar escaleras. Estaba atrapado en sus alturas atrapando con su mirada las vidas de los demás, vidas que él ya no podía vivir, viendo pasar el tiempo y a aquellas pequeñas cucarachas, el resto de la humanidad,  que se vanagloriaban ante sus ojos de tener piernas y brazos, de poder hablar los unos con los otros, delante de su cara, con total impunidad.

   La gran paradoja que me inquietaba y me mantuvo bastante tiempo cavilando era desazonadora: ese hombre siempre estaba allí arriba y no podía bajar, ese hombre que había levantado el país ahora no podía ni siquiera descender al mismo y,  pensándolo bien, era bastante probable que ese despojo que ahora se encontraba incapacitado, posiblemente diabético y  abandonado por sus hijos y mujer, porque vivía solo, se hubiese pasado casi toda su vida en el tajo. Sin estudios primarios más allá de las cuatro reglas, analfabeto funcional, habría comenzado a trabajar a los 7 u 8 años en el campo, quizás antes, y pronto habría venido a esta ciudad ya industrializada para meterse 12 o 13 horas de fábrica por día. Aunque parte de su salario habría sido en negro, una bagatela obviamente, era de los que llevaban ya cotizados al menos 40 años, acabando con una pensión bastante modesta precisamente porque algún empresario corrupto no le quiso dar de alta o no le pagaba las cotizaciones sociales íntegras. Debería por tanto ser bastante infeliz, tener algún rencor guardado y alguna mala intención en la mollera. Pero todo eran conjeturas mías, sin ningún fundamento de peso, más allá que del que tenía esa abigarrada figura sentada en una banqueta de playa, vegetando durante horas frente al mundanal ruido.

  Quizás bien pensado esto era eso lo más desesperanzador, pensar que todo aquello era lo más probable. Además conforme habían ido pasado los días, días turbios y malhadados, me había inquietado también otro aspecto de su físico: su mirada. Si en principio era sencilla y aparentemente tranquila, concisa, ojeadora, cotilla y socarrona...ahora era una mirada diferente, extraña, torva. Y eso me empezó a preocupar hondamente, agravándose mi pesar con el paso de la estación, con la misma lentitud que su cambio, con la misma lentitud que mi recuperación. Ese hombre había ido cambiando poco a poco y cada vez era peor persona o eso se me imaginaba a mí. En los últimos tiempos no apartaba sus ojos de mi cuando se percataba de mi presencia, nada más levantar la persiana, el hombre gordo y desgarbado me sostenía la mirada, fijamente, sin temor alguno a ser descubierto. Yo trataba de apartarla rápidamente marchándome a otra habitación, tratando de quitar hierro al asunto, desayunando algo ligero, lavándome la cara. Mas cuando regresaba a la habitación casi instintivamente, casi sin quererlo, volvía a mirar arriba y con horror descubría que el obeso seguía mirando a la casa, mirándome a los ojos.



miércoles, 1 de junio de 2016

Salvación


       La verdad, la justicia...son valores universales que jamás deben dejar de guiar nuestros destinos. Cuando cualquiera se enfrenta a una dura batalla, a la enfermedad crónica y parece arribar a la postrera esperanza de sanación pero tan solo la atisba, lejana, cual diminuta luz en una oscura y tenebrosa cueva, solo quedan los recuerdos borrosos del horror, del miedo y la angustia. Ya está ahí, la luz se entrevé, sabemos que se puede enmascarar ese terrible terror y eso coloca ante nosotros la borrosa senda de la salvación. Todo parece estar al alcance, las yemas de los dedos se preparan, los tendones de las manos se endurecen y contraen, las pupilas se dilatan, presintiendo firmemente que puedes alcanzarla.


  Pero entonces, ¿Por qué sufrir?. ¿Tiene sentido recordar esas negligencias absurdas que disparan el amargo sabor metálico en tu boca?. Si la curación está ya arribando, ¿Por qué continuar pensando en lo que pasó pero no concluyó?. Es cierto, la sangre emana sin límites, quizás fruto de una mala coagulación, quizás fruto de una perforación intestinal, o de una herida en cualquier zona cercana a la operación. La maldita ansiedad retorna y la cabeza es incapaz de pensar con claridad, viendo ante tus ojos el final o, lo que es peor, la enfermedad en su estadio más avanzado, la desesperanza y pesadumbre, el infierno de lo fútil.

   No obstante, la salvación postrera no debe de ofuscar la mente más preclara: el hospital carece de urgencias y tan solo queda taponar la herida, que chorrea incesantemente, cual mutilación maldita y sufrir en silencio una lenta espera, una noche oscura enfrente de una escuela infantil todavía huérfana de colegiales, curiosa metáfora para un docente, deseando que al alba de la mañana no se haya perdido todo, para que, en un heroico final el cirujano prematuramente llegado cauterice la diminuta cicatriz que provoca lo metálico, la palidez y esos rojizos ríos que ya inundan la cama y parte de la habitación.

  ¿Habrá sido el  nefasto sondaje que produce un dolor todavía no experimentado?. ¿Saldrá sangre por una terrible e irreparable perforación?. Todo eso queda ahora en el más profundo de los olvidos que, no obstante, retorna en la mente ofuscada, en lo onírico, cuando, sudando y dolorido, despierta el enfermo todavía con la imagen en la embotada cabeza de aquella cueva oscura, luz ahora rojiza, porque ahora la habitación es ya toda roja, de un terrorífico rojo intenso, coagulado, casi negro. ¿Por qué seguir sufriendo?. Por la justicia, esa amiga invisible que pulula incesante alrededor de nuestras vidas por su lamentable ausencia.  Por la verdad, la única capaz de redimirnos y de apaciguar nuestras más tristes penas. Si todo lo sucedido, la negra cueva, la tensa espera, la roja sangre, el intenso dolor, la aguda retención, el frío colegio vacío, la lúgubre luz al fondo de la ventana en una noche cerrada, si todo eso, digo, no es evacuado en unas titubeantes y ofuscadas líneas de papel de nada serviría escribir, pensar o sentir. De nada serviría palidecer junto al ser querido a la espera de aquella agónica salvación.

jueves, 12 de mayo de 2016

El dolor (parte 2)

   Existen tres peldaños en la escalera del dolor, de manera gráfica, la doctora te explica en un papelito. Cuando todo lo que tomas para aplacar el terrible e insoportable malestar es como si bebieras un vaso de agua, subes el primer peldaño que suele estar compuesto de medicación que usas solo en casos extremos. Digamos que el metamizol (nolotil)se convierte en una droga blanda, puro caldo de gallina al lado del tramadol,derivado sintético similar al opio pero no opiáceo todavía. Pero hace unos días, tras una crisis aguda de dolor, previa a una próxima intervención, retrasada en el tiempo por propia voluntad y un exceso de responsabilidad para con el trabajo (me dedico a enseñar a adolescentes cosas del mundo en el que se tendrán que desenvolver el resto de sus vidas), entonces, digo, ascendí al tercer y último escalón. Había llegado por primera vez en mi vida al ámbito de los opiáceos, que poco se distinguen de los morfínicos. Me encontraba cara a cara con productos que en contadas ocasiones se recetan por un dolor agudo y que en muchas se prescribe en dolores oncológicos. El pinchazo subcutáneo hace el efecto de un parche: la sustancia entra en el torrente sanguíneo durante 24 horas pero sus efectos fueron inmediatos para mi mente. Una especie de mareo, como de embotamiento, unido a una fuerte somnolencia me hicieron detener el vehículo en el arcén de la carretera de dos carriles (otrora llamada "nacional"). Allí quedé postrado, vacío, indoloro momentáneamente. Lo que era un alivio pasaba a convertirse en una extraña sensación de desagrado, aderezado con unas persistentes arcadas que solo el primperán en el trasero evitó ensuciar irremediablemente la tapicería del Córdoba TDI, otrora pulcra, ahora estercolero infantil. Y finalmente pude alcanzar el hogar, postrado, condolido, mareado. Había rebasado la barrera de lo admisible, había escalado una alta cima, al tercer grado no de libertad sino de esclavitud, de ese negrero impío llamado dolor.

viernes, 29 de abril de 2016

Principios

-Los bellos y nobles principios suelen tener finales, las más de las veces horribles y nefastos.

-En un principio quiso ser feliz, mas al final regresó al principio.

-Sin principios no se pueden tener finales.

-Al principio era buena persona, al final solo logró ser persona.

domingo, 13 de marzo de 2016

Mi querido tío Paco (in memoriam)

 

  Te fuiste como el rayo, sin avisar, sin dejarme oírte siquiera por teléfono una vez más. "Quiero minar la tierra hasta encontrarte, y besarte la noble calavera, y desamordazarte y regresarte" (M.H.). Era consciente de que tu salud era delicada pero no imaginaba ni remotamente que todo este doloroso proceso fuera el final definitivo. Porque tu siempre amenazabas con irte y siempre te quedabas, a última hora. Tu falta última de movilidad podía ser debida , como me decías hace poco más de un mes, a una cuestión nerviosa, un pinzamiento de un jodido nervio, justo cuando yo pasaba por mis mayores dolores neuropáticos, en eso estábamos igualados pero separados, para tu desgracia, por más de 40 años de dolencias y pérdidas irreparables, la última la de tu querida Mari, a la que tanto añorabas. Quizás ahora estás con ella, eso me alivia, pero no me consuela. Has sido un luchador, no enumeraré tus visitas al hospital porque son infinitas. Bromeabas, bromeábamos con ello, y el gasto que para la sanidad habías supuesto (no salías a cuenta al erario público).


   Eras (eres y serás) mi tío más querido, mi tío Paco, con tu pelo blanquecino y duro, con el que más me reía, con tus sonrisas medianas, irónicas y dulces, socarronas siempre, trufadas de esas miradas sinceras de ojos claros, con tus anécdotas que ya habías contado mil veces y que yo seguía escuchando con el mismo interés que cuando era un niño. Hubiera querido que fueses mi Jaques Tatí particular, que me recogiera en bicicleta y me llevara al colegio, como el maestro del humor francés.
Pero vivíamos lejos, demasiado lejos, no en distancia pero si en encuentros. Nos veíamos poco, demasiado poco...

  Ya no estás aquí, aunque siento que sigues estando y no me acabo de hacer a la idea de que no podré volver a verte. Ya ves, tardábamos tanto en vernos y ahora ya no nos veremos más. Cuando escribo estas líneas ya hace unos días que te vi por última vez detrás de un cristal. Ha sido triste y descorazonador y todo ello me hace sentir una rabia infinita. Pero se que lo que más nos consuela como seres humanos es recordar los buenos momentos. Veo tu imagen viva de gentelman gracioso, con tu reloj de bolsillo o tu bastoncito para rascarte la espalda. Recuerdo muy precisas todas esas conversaciones generalmente después de la comida,a los postres, esas sobremesas repletas de mil anécdotas,  de conversaciones sesudas sobre cine clásico, sobre Lang o Wilder, sobre tu videoteca VHS, pasión que me transmitiste como tantas otras cosas, sobre política y fútbol, sobre todo fútbol. Pero hay mucho más: tu eras el fotógrafo de la familia, mis escasas fotos de pequeño las atrapaste tu con tu antigua cámara de carrete, fotos robadas, de escasa calidad, pero fotos al fin y al cabo. En la playa del postiguet o con cara de cabreo por cualquier cosa. Eras un atrevido, años más tarde, con aquella inmensa cámara de video VHS que compraste para grabar los mejores momentos de bodas y demás eventos familiares. Has sido la memoria gráfica de toda la familia.

   Es posible que aprendiera a nadar junto a ti. Todavía recuerdo en San Juan tus brazos sosteniendo mi cuerpo tratando de mantenerme a flote. Esas comidas en plena playa, tortilla incluída y sol y descanso...tus siestas, siempre de rigor, pasase lo que pasase. Esos veranos de sombrilla y sin coche, porque sacaste el carnet tarde, nunca te agradó el volante, y venías con toda la familia en autobús a Alicante a comer a tu casa, la casa en la que tantos años viviste, la casa de la yaya paquita, nuestro piso. Después con ese Renault tuyo que acabó abandonado, nunca cambiaste de coche, y ni falta que hizo. Ese con el que tuviste aquel accidente en Elche en el que se te mencionó en Radio Nacional (con nombres y apellidos, todavía no existía la "ley del honor" postgolpe 23-F) y que casi le cuesta un infarto a tu madre, mi abuela paquita, que escuchaba el noticiario, un susto sin importancia.

  Siempre recordaré tus vivencias, mil veces relatadas, y mil veces escuchadas con agrado, los sucesos de aquel Alicante de la postguerra, aquella ciudad canalla, tu desfile de mini falangista camisita azul, había que aparentar, ya se sabe. Lo de tu cartilla de racionamiento doble, aprovechando una triquiñuela paterna, más tabaco para la casa y aquellos pitillos que seguramente le sisarías con el tiempo al abuelo Enrique. Las historias de tus tíos sevillanos o del catedrático de la Escuela de Comercio. 

  El hambre, que se pasaba más en las ciudades, y el tifus, que cogiste de niño y casi te lleva por delante, como a tantos en aquella época miserable, salvado milagrosamente en casa de un amigo familiar en Catral, jamón mediante. O aquellas anécdotas de los chavales del barrio (como una apuesta a ver quién aguantaba más mirando al sol) y tu educación en academias para sacarte el bachillerato, aquel bachillerato tan duro y el examen de estado. 

 Las chinches, que tan doloroso recuerdo dejaban, los refugios en la guerra (aunque eras muy pequeño para concretar) o tu macabro humor, años más tarde, trayéndote a casa huesos humanos de la facultad de medicina que dejabas bajo la cama para horror y espanto de tu madre.

  Tu pasión por la historia, por el coleccionismo de sellos y otros objetos, como los llaveros, tu meticulosidad con esas colecciones interminables de revistas de historia (desde el número 1, año 75) sin faltar nunca al quiosco, me la transmitiste en parte tu. Me hubiera gustado que siguiéramos eternamente hablando del nuevo número o de aquel reportaje que te pareció escaso. Ahora todo son recuerdos,recuerdos inolvidables. 

  Aquellas conversaciones sobre fútbol, otra de tus pasiones. Azulgrana hasta la médula, es posible que aquella pasión me alegrase los días de juventud aunque el Barça entonces no era lo que ha llegado a ser. Después el Hércules y aquellos legendarios partidos a los que asistimos con los primos en plenos años 80: aquel partido contra el Madrid de la "Quinta" y los Ultra Sur liándola y haciéndonos salir antes de terminar o uno contra el Barça de Schuster en el que casi nos apalean por la calle por llevar banderas blaugranas. Más tarde, hace poco, me confesarías que eras más del Alicante y sobre todo del Elche, que era más equipo y más todo.  Pero al menos tu barsa te ha dado infinitas alegrías en los últimos años. Eso que te llevas.


  Naciste en plena república en una Málaga turbulenta y viniste a Alicante pronto, sin acento andaluz como tu hermano, falleciste en Elda 81 años después, en una España otra vez convulsa, pronta hacia nuevos escenarios de cambio que quizás para tu suerte, ya no verás. Eras antifranquista y siempre nos transmitías tus ideas, con las que no siempre estuve de acuerdo, siempre escorado hacia los de abajo, siempre echando pestes de los de arriba, de tus jefes de la empresa, de sus fraudes a la hacienda. Al final acabé por converger en muchas de tus reflexiones.  Recuerdo que encontraste una vez un sobre con mucho dinero por la calle y lo devolviste a su legítimo dueño, un humilde trabajador. Y es que eras una persona decente e íntegra, hasta en esos pequeños detalles, al menos así yo te recuerdo.
   

 Pudiste viajar aunque como bien decías la jubilación debía de darse en la juventud, cuando uno está fuerte y sano y después, de adulto y mayor trabajar.... Aunque tu cojiste todos los viajes del Imserso que pudiste hasta que llegó la enfermedad de la tía. Porque has viajado, eso que te llevas por delante, aunque seguro que fue el de París el viaje que más te llenó el corazón....esas fotos con Mari, el Sacre Coeur, la Torre Eiffel...tanto que repetisteis...viajes para ti inolvidables....bien merecidos te los tenías, os los teníais.

   A rebufo de una memoria prodigiosa, la de tu hermano mayor, mi padre, tuviste siempre un carácter más cercano y protector, más sociable y templado, más cálido que me acogía como a un padre y amigo. Quizás por eso te admiraba todavía más, sin olvidar tu inmensa sabiduría de años de lecturas de todo tipo, incluídas las taurinas. Todo eso sigue en mi memoria y me acompañará hasta el final de mis días, recuerdos indelebles, claros como el agua pura de un arroyo, como tu imagen, no última, de mortuorio, sino la auténtica, la bondadosa, la simpática, con tu nariz recortada por el tumor en la piel, esa imagen de enfermo perpetuo pero sano al fin y al cabo. Te has ido para no volver, tío, mi tío, tío Paco, D. Francisco Pueyo Quirant, como tenías sellado en los libros de tu biblioteca. Te sigo echando de menos, aunque solo hace diez días que te fuiste. Pero por mucho que el tiempo pase, jamás te olvidaré. Ahora eres solo ceniza, arena, polvo, como todos, como el resto....en la inmensidad del universo.



 

miércoles, 10 de febrero de 2016

El dolor

   Dolor lacerante, depresión, ansiedad. Ese dolor continuo y sordo, cortante, incapacitante. Lo que más rabia da es que imposibilita pensar con claridad. Y esa sensación de que por tratarse de una neuropatía rara, es intratable y tiene uno que acostumbrase a que sea crónico el maldito dolor, como crónico era el mal que fue extirpado hace unas semanas en aquel matadero.

   Sustituir una enfermedad crónica por un dolor igualmente crónico crea en el ser humano una impotencia imposible de describir. Que si en Nantes o en Aix-en-Provence podría haber algún tipo de tratamiento...y si no....la droga, la analgesia. Después escuchas que en Valencia o Gandía podría haber algún tipo de solución para este mal impúdico. Pero pasan los días y las semanas de baja, sin vislumbrar una luz al final del túnel, sin vislumbrar la sanación. Uno llega a desesperarse tanto que se  plantea recurrir a medicinas alternativas, incluyendo en este conjunto el último de los recursos: la magia...tan desesperado he llegado a estar. 

  Que si era una operación rutinaria, sencilla, que tras una semana pasándolo mal, todo volvía a la normalidad: mucho más, todo volvía a ser como fue hace años, la anormalidad de un dolor innecesario pero lo suficientemente vergonzoso como para ser tratado de raíz. Todo había acabado. Y después llega la decepción y la depresión, la falta de ilusión por todo: por lo que más te gusta, hasta por la familia, a la que uno descuida hasta límites inaceptables salvo para aquellos seres que se han  encerrado tanto en sí mismos que carecen de vida más allá de las yemas de sus dedos, de sus globos  oculares, cuando uno se encierra en la burbuja del dolor, más allá de utilizar analgésicos milagrosos que podrían haber recuperado antes la enfermedad. Pero yo me pregunto ¿Se puede uno recuperar de una enfermedad si no es uno mismo, si ha mutado, repletos sus vasos sanguíneos de drogas de última generación extraídas de parajes remotos?. 

  ¿Es la misma persona, alguien que no siente el dolor que le es propio?. ¿Puede alguien soportar la vida si su vida depende de abandonar unas sustancias nocivas para su propia vida?. No, he de volver a vivir mi vida, he de hacer lo que haga falta. Las pruebas de neurología no son negativas por ahora, vamos cerrando el círculo y todo se enreda en el punto inicial, en la molestia que maltrató una existencia mortecina años ha. Hay que ser valiente y si el quirófano resulta el amigo con el que uno se ha de encontrar en más de una ocasión, habrá que pertrecharse con la fuerza necesaria para afrontar el reto, este nuevo reto que extirpe de una vez por todas el maldito, odioso, terrible y vengativo dolor.

jueves, 28 de enero de 2016

Su bozo



 Sí, era aquel bozo casi imperceptible formado por el sudor en sus labios después de una partida al aire libre el que me volvía loco, del que no podía apartar la mirada, aunque ella creyera que eran, ojos de bovino degollado los que amigablemente la miraban a los ojos. Eran sin duda bellos, inocentes, apetecibles, pero no eran aquellas luciérnagas las que perturbaban mi sueño. Era su bozo, su boca, sus labios, atractivos y furibundos, lejanos, inalcanzables, mucho más aquella noche en que estaban solo a unos centímetros de los míos.


    Hubiera querido tenerlo, hubiera querido apropiarme de esas toxinas que había liberado y que, como escamas, salpicaban sus hermosas comisuras, aquellos perfectos perfiles adornados con un diminuto y transparente vello. Y absorberlos, lamer el agua, hasta dejarlo límpido, brillante, en carne viva. Porque su bozo era bello pero era algo más: era imposible de olvidar, imposible de evitar, incluso en las noches de dolor e insomnio tras la operación y el abandono. Ya solo podía verlo en la boca de aquella actriz voluptuosa que jadeaba después del amor, aquella belleza rara que tanto se le asemejaba: era el bozo. Su bozo, sus labios, su boca.

jueves, 1 de octubre de 2015

Felicidad

    Me busco pero no me encuentro. Me busco pero no me encuentro. En este momento me estoy buscando y me están buscando o eso espero. Temo mi propio temor, quizás lo más terrible de todo. Pero he de ser fuerte y espabilar. Y vaya si espabilaré...saldré a pasear, abandonaré esta prisión permanente, este arresto irracional. Veré la luz, sí, la veré y volveré a  ver a los míos, a mis sobrinos, a mis queridos camaradas de partida, a mis clientes, iré al cine...seguro que sí. Desconozco verdaderamente cuanto tiempo he permanecido encerrado aquí. Es posible que se hayan marchado y esté solo, con lo cual, en el mejor de los casos podría resistir una semana. Tengo tres botellas de agua y un pequeño puchero con patatas y acelgas. Es lo último que me dejaron. Lo que no soporto es el olor. Soy alérgico a esta podredumbre. Me paso el día estornudando, mi garganta va a estallar, necesito antiinflamatorios y, probablemente, antibióticos. Toso mucho y este olor...me repugna. En mi antiguo hogar, antes de estar aquí (parece que ocurrió hace muchos años) no aguantaba mucho dentro del lavabo...ahora vivo en él. Nadie ha limpiado nunca este ponzoñoso rincón escondido. 

   Tengo esperanza, porque tengo un plan. He creído conveniente elaborar un plan. Lo tengo todo en la cabeza. He recreado en mis largas noches (o días porque no lo puedo adivinar del todo, a no ser porque oigo remotamente los sonidos de los pájaros) un mapa. He pensado que estoy en el interior de un edificio extraño, vacío, quizás una de esas obras a medio terminar antes de que estallara la burbuja. Lo cierto es que no recuerdo en qué momento llegué aquí. Me veo por la noche bebiendo un gin-tónic, el tercero o cuarto. Después recuerdo haber salido a la calle a vomitar y sentarme mareado en un escalón, solo. Es posible que me diera un vahído y me durmiera. Ahora recuerdo que estaba en una calle estrecha, lateral a la discoteca, nadie pasaba por allí y hacía mucho frío, era fin de año, era principio de año nuevo. Me pasé con la bebida, llevaba mucho tiempo bebiendo sin sentido. Lo hacía mecánicamente, quizás para sumergirme en otra realidad, quizás para escribir o que tuviera alguna inspiración nueva. Desde que publiqué mi primer libro había intentado encontrar un tema, un asunto,  un motivo. Pero no lo hallaba, bien al contrario, me sentía atenazado, odiaba escribir. Entonces bebí, bebí mucho. Tanto que tuve una crisis hepática. El médico me aconsejó reposo, sobre todo mental. Pero no le hice caso. 

   Muchas noches cogía el coche y conducía hacia el primer lugar que pensara, sin planificar nada. Al llegar a ese pueblo o lugar buscaba un bar o discoteca y bebía. En uno de aquellos lugares encontré a Felicidad. Así se llamaba aquella bonita y joven chica con el pelo liso y corto con la que acabé aquella misma noche en  una pequeña habitación en un piso compartido. Era extranjera o al menos eso me dijo. No recuerdo su cara, se ha difuminado, solo esos ojos que me llamaban en sueños, cuando conseguía dormir en este infestado suelo. Ella era toda mi esperanza y sin embargo solo fui capaz de verla una vez. Cuanto daría por saber cuál fue su pasado: si acabó la carrera, si encontró la pareja ideal, si consiguió trabajo y encontrarse a sí misma. La amé, estoy seguro. Ahora mismo la sigo amando y la recuerdo, difuminada. 

   Cuando pierdo toda esperanza de abandonar este lugar pienso en ella y en aquel amor furtivo que duró una fracción de mi vida. Debo salir para encontrala y preguntarle qué fue de ella, qué vida vivió mientras yo no vivía. Si, ahora la veo. Esta con sus hijos y su marido, paseando cogidos de la mano por la playa. Es verano y han alquilado un apartamento en la costa brava. Están bañándose y ven a lo lejos un pequeño barco metálico, una ruina flotante, un viejo mercante varado. Ese mercante soy yo. Quiero avanzar pero el ancla me lo impide. Estoy atrapado y pronto llegará de nuevo el invierno y las mareas me escupirán hacia las rocas haciéndome añicos. Pero todo puede cambiar si logro evadirme de este infierno asqueroso. Al principio pensé en gritar, en hacer ruido de cualquier forma, pero no tengo voz. La he perdido y quizás jamás regrese. Podría hacer ruido con el orinal pero no me apetece esparcir más el olor.

  Veamos: la habitación tiene más o menos dos por dos metros y mide también lo mismo hasta el techo. Parece casi un cubo solo que asquerosamente mugriento, sucio y lleno de imperfecciones y rugosidades en sus paredes. Como ya no hay nadie puedo intentar poner en marcha la estrategia. Mi idea es quedarme inmóvil durante una hora y coger las máximas fuerzas posibles. He perdido masa muscular pero no ósea y mi cabeza es quizás el conjunto de huesos más fuerte de mi cuerpo.


      Lanzaré un terrible cabezazo hacia la pared por donde me pasaban la comida. Con suerte, después de unos minutos semi-inconsciente habré logrado abrir alguna grieta en ella, sobre todo si, como pienso, el ladrillo no es superior a los quince centímetros. Quizás el cráneo se me abra y pierda abundante sangre pero todavía recuerdo aquel golpe contra el muro de la escuela, al poco tiempo de aprender a montar. Mi cabeza debe ser muy dura si es que la solidez permanece indeleble en la osamenta humana. Podría estar enloqueciendo pero mi muerte por inanición será espantosa. Pienso en algunas imágenes de televisión o en aquella chica que murió de anorexia. Estaré loco, pero he de intentarlo a cualquier precio. Me voy a sentar en el rincón opuesto al de todos esos excrementos secos. He de tener fe, yo que siempre fui un agnóstico militante. Fe en algo, siquiera en la ley de la gravedad y en la dureza de los materiales. Estoy seguro de conseguirlo...lo lograré. Solo espero que mis cálculos hayan sido correctos. Y después recuperaré mi vida...volveré a vivir después de este abandono, después de que nadie pagara mi rescate y que los secuestradores me dejaran morir de hambre. Dentro de unos minutos estaré preparado para recibir el terrible impacto, el dolor, el mareo y  quizás, más tarde, la libertad. Creo firmemente que, a través  ese asqueroso boquete se vislumbra un lívido haz luminoso. Ahora o nunca, mi vida depende de ello.Lo voy a hacer...ahora¡.   

miércoles, 30 de septiembre de 2015

El sendero de atrás

      Lucía caminaba muy lentamente por el sendero de atrás. Su vida se tornó especial desde  que quedó postrada en una silla de ruedas, aquellos terroríficos golpes que machacaron sus vértebras. No pudo terminar los estudios, encerrada en casa provista de unos extraños adminículos que le permitían siquiera sobrevivir, casi sin movilidad, levantándose ocasionalmente, con la ayuda de Emma. Alberto caminaba rápido por el sendero de atrás. Su vida se tornó especial desde que terminó la universidad. Había aprendido varios idiomas y había vivido. Ahora era millonario y su vida se circunscribía a pasar media hora al día desconectado de todo, de la empresa, la familia, su  mundo. Por eso paseaba a la misma hora por ese sendero. Un día se cruzó con ella...Hola, fue la única palabra que pudo articular ante aquel amasijo de extraños elementos. Lucía le respondió con una leve sonrisa. Aquel encuentro fortuito constituyó el inicio de una relación extraña, oscura y enfermiza. Una vez por semana coincidía aquel hola y aquella sonrisa. Con el tiempo, poco a poco quedaron atrapados en un diario y casual encuentro que pronto comenzó a tornarse en obsesivo. Ella tenía algo especial en la mirada y él también. Sus rostros reflejaban mejor que ninguna otra cosa sus almas insanas y perturbadas. Jamás necesitaron dialogar mucho más. Al cabo del tiempo caminaban juntos, se cogían del brazo, se sustentaban en el sendero de atrás.

   Para ellos aquel espacio tenía un sentido muy especial. Era su mundo, su verdadero mundo, objetivo e irracional, inquietante. Ella ya casi no dormía esperando el encuentro en el sendero de atrás. Él lo había dejado todo: la familia, la empresa, su mundo. Solo quería regresar sin descanso al sendero de atrás. En ocasiones lo recorría al alba, a media mañana o antes de la comida, era un alma en pena por el sendero de atrás. Por la tarde hiciese calor o frío rondaba el camino, se agotaba. Era consciente de que lo que hacía era enfermizo, de que estaba dejando de vivir, pero algo extraño y repugnante lo atraía hacia allí.

   Lucía se engalanaba con sus mejores ropas e incluso comenzó a maquillar su magullada cara. Sin duda alguna era una mujer bella pero no había querido hacerlo desde aquella noche, cuando después de hacer el amor descubrió el verdadero rostro de aquel que decía amarla. Sin embargo su convicción era endeble: no quería volver a conocer a nadie, solo quería permanecer junto a Emma. No podía existir sin Alberto. 
  
   Él siempre estaba allí, agotado y exhausto esperando en vano su encuentro, con el rostro desencajado, como enfermo, terminal. Verdaderamente, su cara era desagradable, su nariz estaba torcida, sus pómulos eran horrorosos y sus ojeras terribles, mucho más marcadas si cabe por la despigmentación de su faz, como si estuviera quemada. Había dejado de mirarse en el espejo hacía años, aquella terrible dismorfobia lo había hundido anímicamente.

   Algo indefinible marcaba aquellos encuentros, su atracción era extraña y carente de lógica alguna. Alberto era un tipo triste y abatido marcado por un exitoso fracaso en su camino vital. Lucía era una mujer hundida para siempre, destrozada por fuera y por dentro, que amaba a Emma y se había jurado no acercarse nunca más a un  hombre. Y sin embargo no podía evitar a diario salir con sus muletas adaptadas y sus herrajes incorporados a un cuerpo más artificial que natural. Salía y no se sabía porqué necesitaba ver a aquel espantajo humano que le había dicho hola un día caminado por el sendero de atrás..

lunes, 27 de julio de 2015

Lengua materna

     Ser locuaz siempre constituyó su esencia, su voluntad, su inalcanzable e irrealizable sueño. A él, solo a él, dedicó las más inhóspitas noches y los más luminosos días. Deseaba haber nacido con ese don, mas era todo lo contrario: hablaba mal, no tartamudeaba. De hecho casi todos con los que trató entendían perfectamente su voz pero, para su terrible desgracia, muy poca gente comprendía lo que su sistema fonador era capaz de articular a través de su boca.

    Su voz era fina, aflautada pero sin llegar al extremo de ser ridícula ni dar risa. De hecho, tras años de aprendizaje, había conseguido un tono aterciopelado, suave y lleno de matices. En el mercado, al pedir cuarto y mitad de bacaladilla las señoronas de abrigo con nutria giraban el pescuezo con un primor propio de la niña del exorcista. Todo el mundo admiraba su voz, era dulzona y agradable. 

   Sin embargo llegó a odiarla y a odiarse. Siempre se ha dicho que la voz de uno mismo resulta en extremo odiosa cuando es oída por su emisor. En nuestro caso, ese odio llegaba a extremos insoportables. Tanto era así que acabó por destruir todas las cintas en las que había grabado su voz, muchas casi constituían ya parte de la memoria de su vida. Pero su mayor problema estaba en el mensaje, en el contenido. 

  De joven le habían diagnosticado una extraña dislexia, tan rara que acabaron bautizando dicha variedad con su nombre. Leía con cierta soltura y llegó a escribir alguna novela que logró que le publicasen pagando, mas no era capaz de ser entendido por nadie excepto por su madre. Ella constituía la forma, la emisión, la traducción. El día en que ella murió quedó desconectado de la realidad porque hablaba una lengua que no era de este mundo. Un lenguaje propio, su lengua interior, única e intransferible. A partir de ese momento se aplicó en aprender la lengua vernácula, la común. 

  Visitó a cientos de especialistas que fracasaron en la primera sesión. Desalentado, acabó encerrándose en sí mismo, tornándose en un ser huraño que hasta retiró el saludo a los vecinos a los que toda la vida había tratado con lo que para nosotros hubiera sido un buenos días normal y corriente. Sin embargo un día, en la barandilla de una pasarela alguien le tocó por la espalda con un dedo. Podría haber sido cualquier persona, una niña pequeña o un triste anciano, un mendigo corriente o un oficinista en paro. Cualquiera podría haber sido el que evitase entonces su suicidio pero fue aquella chica de ojos límpidos y desmesurados que una vez había visto sentada en la misma sala en la que esperaba.

   Le preguntó que porqué quería hacerlo y él le respondió que porque nadie le entendía. Pero yo te entiendo, dijo ella. Asombrado, porque desde el fallecimiento de su madre no había encontrado a nadie con el que hablar, de sus ojos brotaron lágrimas incontenibles. Ella lo abrazó y lo invitó a hablar. Realmente nunca consiguió que nadie le entendiera durante el resto de su vida. Pero todo era distinto, ahora su voz encontraba el eco que siempre había ansiado. Ya no estaba solo, era suficiente, su vida había tenido sentido.


Elche, 27 de julio de 2015, 19:15

   

miércoles, 15 de julio de 2015

Paseo en medio de la nada

   Paseo en medio de la nada, fruto de la especulación de aquellos años salvajes. Un hombre, atravesando bancales, caminos y solares, algunos con los esqueletos oxidados por el paso de quinquenios de ignominia, camina sin descanso hacia algún sitio indeterminado. Va vestido de boda, encorbatado y engominado, pareciera todo un gánster. Pero no lo es, es simplemente un hombre. Es mayor y ha decidido salir a pasear, a recordar. El calor es asfixiante en estas fechas pero nunca había llegado a estos mínimos. El paisaje es desolador, el paisanaje lo es más todavía. 

    En su juventud, el hombre no pudo estudiar. Ahora no quieren, se dice mientras mira apesadumbrado los restos del naufragio. Los cascotes, las televisiones destrozadas, las neveras...todo roto, todo esparcido por un terreno inerte y sin sentido. Pasa por encima de la podredumbre de una realidad que le supera. Llega a la azarbe mayor y mira hacia el interior, hacia el agua que debe salvar alguna cosecha. Recuerda como de pequeño veía carneros destripados flotando en un agua turbia, grisácea. Ahora no ve nada, porque han enladrillado la azarbe. Solo ve granito y cemento y, al traspasarla recuerda el tablón de madera carcomido que juntaba ambas orillas. Se ve a si mismo cruzandolo con mucho terror, con aquel miedo al vacío y ese miedo inexplicable al agua, madre de todas las desgracias por aquellas tierras.

   Sigue adelante, hacia algún lugar en el que antes había alcachofas y algodón. Hace mucha calor, sofocante. Con su indumentaria oscura suda sin descanso pero continua. No quiere parar. No puede parar. Su mundo no es este y va en busca de otro lugar, quizás es ya imposible encontrarlo. Busca el mar. Casi desfallecido llega bordeando un camino pedregoso a una pequeña sierra tras la que se haya la  playa. Al cruzar al carretera descubre con espanto que donde solo había unas cuantas casitas ahora hay cientos, quizás miles. Cemento, se dice. Horrible escenario. Calles vacías, asfalto requemado, espejismos a lo lejos. Habrá que proseguir, piensa. Ve a un  niño. Trata de hablar con el pero no lo entiende aunque habla su mismo idioma. Se esboza una leve sonrisa en su agrietada faz. 

  La visión infantil le ha insuflado ánimos. Atraviesa un jardín vacío y observa con perplejidad que el agua sale disparada de entre la hierba por unos aparatos negros. Gira y le moja. Se refresca. Prosigue su camino y desciende la carretera todavía sin arcén, como en su juventud. Llega a un cruce de caminos redondo. Hay una mujer joven sentada en una hamaca, con un parasol que la protege del ardiente sol. Observa que algún coche rodea y regresa por donde venía. De repente levanta su pesada mirada, apesadumbrada ya, y ve una lámina marrón a lo lejos. No es el mar, es la vieja pinada, en la que con sus amigos venía algunos domingos a pasar el día. Delante estaba el mar. No lo ve. No ve nada más allá, solo un terrible vacío, una especie de desierto blanco, como una salina desecada pero inabarcable.

   La visión lo perturba. ¿Qué ha pasado?, piensa muy agitado. El calor acumulado y los nervios le precipitan a un mar de sudor. Desciende por la carretera hacia la masa boscosa con la esperanza de que el mar siga existiendo. Ve personas acampadas entre los pinos, en furgones, ropa tendida. Vuelve a su imaginación el recuerdo de aquella ropa blanca, la colada que su madre tendía en varias cuerdas sostenidas en cañizos. Llega a la playa, todavía desierta piensa porque no es verano. Ve el bar casi sumergido en las dunas y no ve el mar. Solo ve dunas y más dunas. Con mucho esfuerzo, casi a punto de desfallecer, observa un promontorio y asciende, aunque tropieza sofocado y cae al suelo. Su boca se llena de arena, como aquella que probaba ingenuamente de pequeño o cuando daba una dentellada a un bocadillo y tenía que escupir porque había entrado. Esa sensación desagradable se apodera de su ser.

  Llega a la cima y un inmenso desierto amarillo se levanta entorno suyo. Cuando mira hacia atrás ve a lo lejos la arboleda y más atrás la colina llena de casas sin sentido. Sin darse cuenta ha penetrado más de tres kilómetros en la muralla que formaba el mar solo que ese mar ya no existe. No se divisa el agua. Trata de buscar la isla plana. La ve. Se podría llegar hasta ella caminando. Una sensación de desamparo se une a sus agotadas fuerzas, a su boca reseca y todavía llena de tierra. Piensa, que desolación, que desastre, que  vacío. Ya no hay nada.

viernes, 1 de mayo de 2015

La mano


   Ella apareció inesperadamente, como cuando espera uno al amor y se lo encuentra al ir a abrir una puerta. Venía de la compra, un regalo para alguien de la familia. Con una amable e irresistible sonrisa le invitó a que oliera el perfume de su grácil mano. Él la sostuvo suavemente, como para que no se notase su temblor, para no herirla y acercó su nariz a ella. Años después seguía obsesionado con esta escena. A lo largo del tiempo, cada mañana había recordado aquella pérdida, aquel abandono no premeditado. Una huida inconsciente de la responsabilidad de un amor por conquistar, de una vida que haber vivido. 



   Su regreso diario a la vida consistía en recordar la escena, en aquel salón gigantesco al que se accedía por una pequeña portezuela azul desde un campo normalmente florido en primavera e inerte en otoño. Una sala grande llena de personajes diversos sin ninguna conexión más allá que ejercer la misma rutinaria y mohína profesión. La mano, huesuda, alargada, irresistiblemente bella. Las uñas pintadas de rosa hacía días, un tanto quebradizas. Los tendones marcados, el anillo en su anular y la sinuosidad de sus yemas al contactar con la piel fresca y fría de sus congeladas manos. 

    Aquel tiempo desperdiciado. La mano que conducía hacia sus enormes ojos, limpios como el aire fresco del invierno después de una copiosa lluvia. Sin embargo había sucedido algo en su memoria. Después de cumplir los sesenta había comenzado a olvidar aspectos significativos de su biografía. Primero fueron algunos amigos, paisajes, sensaciones, tristezas. Más tarde se le difuminó el recuerdo de su propia familia, hasta dejar de conocer a sus hijos y su mujer. Llegó el día que salió sin compañía por un sendero repleto de flores de agrillo y no supo regresar al hogar. Pasaron días de pérdida, de frío y de necesidad vital de subsistir con lo primero que tenía a mano. Comía raíces y chupaba el tallo de esas flores camineras, ácido y amargo. A pesar de aquel estado de incivilización, sabía que una vez había tenido agarrada suavemente aquella mano.

   Cuando por fin dieron con él quedó sumido en un estado quasi vegetativo, tumbado en  una cama, muerto de frío, con unas fiebres muy altas. Todos intuían el final. Hacía algunos días que ya no comía ni hablaba, su delgadez era extrema. El médico solo acertó a inyectarle una suerte de calmante porque tenía espasmos musculares fruto del esfuerzo. Una mañana despertó y trató de caminar pero cayó al suelo abatido por la pérdida muscular. En el suelo exhaló su último aliento, solo, abatido, abandonado. Pero aunque parezca imposible, en aquel cerebro corroído por el olvido, murió feliz. Porque justo antes del último estertor recordó aquella imagen, aquella mano.

martes, 31 de marzo de 2015

Máximas de pacotilla VII

-"¿Qué pensará?"- pensaba sin pensar el pensador.

Huimos hacia una cárcel para evitar la soledad de la multitud.

Después de haber muerto abyectamente, ¿sería posible una vida digna?

La indignidad es la motivación máxima de los cobardes.

¡Qué poco dura la vida cuando se pierde el tiempo!.

La mentira repetida infinitamente sigue siendo mentira, aunque tenderá infinitamente a la verdad.

La verdad repetida infinitamente sigue siendo una verdad, aunque se torne en mentira por la insistencia.

La verdad no difundida, jamás pasará de pueril inconveniente.

Puede pasar mucho tiempo para que la mentira difundida sea descubierta y para entonces la mentira oficial será verdad y la verdad oculta una simple anécdota histórica.

La libertad es el régimen de poder en el que la verdad oculta acaba emergiendo y la mentira está bajo control.

Es más manipulador el que sabe la verdad y no la difunde que el que no sabiendo que dice una mentira la defiende.

A pesar de las mentiras es preferible siempre vivir en una falsa democracia que en una dictadura verdadera.