jueves, 28 de enero de 2016

Su bozo



 Sí, era aquel bozo casi imperceptible formado por el sudor en sus labios después de una partida al aire libre el que me volvía loco, del que no podía apartar la mirada, aunque ella creyera que eran, ojos de bovino degollado los que amigablemente la miraban a los ojos. Eran sin duda bellos, inocentes, apetecibles, pero no eran aquellas luciérnagas las que perturbaban mi sueño. Era su bozo, su boca, sus labios, atractivos y furibundos, lejanos, inalcanzables, mucho más aquella noche en que estaban solo a unos centímetros de los míos.


    Hubiera querido tenerlo, hubiera querido apropiarme de esas toxinas que había liberado y que, como escamas, salpicaban sus hermosas comisuras, aquellos perfectos perfiles adornados con un diminuto y transparente vello. Y absorberlos, lamer el agua, hasta dejarlo límpido, brillante, en carne viva. Porque su bozo era bello pero era algo más: era imposible de olvidar, imposible de evitar, incluso en las noches de dolor e insomnio tras la operación y el abandono. Ya solo podía verlo en la boca de aquella actriz voluptuosa que jadeaba después del amor, aquella belleza rara que tanto se le asemejaba: era el bozo. Su bozo, sus labios, su boca.

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