viernes, 12 de diciembre de 2014

Orco

     Lleva solo dos semanas pero Juan no puede más. No es el agotamiento físico, el hambre o el frío, el terrible y penetrante frío seco de esa remota región a donde lo han conducido. Es algo peor. Ha comprendido, en el escaso  lapso temporal que transcurre desde su exilio forzado a la URSS hasta acabar en este agujero, que nada importa ya, que no hay salida. Sus convicciones, muy firmes desde que enseñaba a los más desvalidos durante la guerra, todo su idealismo, la igualdad, la lucha por un mundo mejor para nada sirven en donde se encuentra ahora.

   Todas las mañanas, bien ataviados con sus abrigos y ushankas raídas, marchan con sus picos y sus palas hacia un lugar cenagoso y húmedo. Allí extraen barro y tierra, también agua semicongelada, con una pétrea capa de hielo al amanecer. Los pies mojados se congelan todavía más cuando salen de la ciénaga, los dedos se dilatan y duelen cada día más, los pies se hinchan y resultan muy molestos. El tercer día apenas podía calzarlos. Muchos no regresan cada día. Juan ha aprendido que los sabañones se pueden soportar un poco mejor si envuelve sus dedos en las tiras de unas telas especiales que ha obtenido gracias a Miguel, otro español confinado en el infierno. Eso le anima, haber conocido a algún compatriota camarada. Reflexiona y piensa porqué utiliza ese término si ahora ya no tiene sentido. Piensa que, en realidad sigue siendo un idealista y que alguien muy depravado ha cometido un error, que él, republicano y socialista, que había luchado contra los facciosos no podía estar recluido como uno más de ellos.

   Un error. Sí, debe ser eso. Pero este error me esta saliendo muy caro, piensa. Me consideran un traidor por ser extranjero en suelo ruso, simplemente por no haber escapado, por no haberme trasladado (como si pudiera haberlo hecho) más allá de los Urales cuando se aproximaron los alemanes. ¿Por qué?. ¿Acaso podía huir?. Mientras Juan se hacía estas preguntas esperan en el barracón 14 a que llegara la sopa caliente. Realmente ya no tiene hambre. Esa sensación desesperada y ansiosa de engullir lo que fuese ha desaparecido hace muchos días, tras ingerir la basura con que a diario les obsequian.

   El pan está enmohecido y el caldo  lleva siendo de remolacha los últimos días. Y sin embargo no tiene apetito. Quizás el cansancio ha introducido un perverso mecanismo, mortal acaso, para adaptar al organismo a necesitar cada día menos. Quizás el metabolismo se prepara para la muerte por inanición o tal vez para la llegada de la tuberculosis o el tifus que periódicamente aparece, como por azar, en alguno de los presos, siempre los más débiles.

    A veces se consuela, se quiere  engañar a sí mismo. Lo necesita, quizás sea una de los pocos rastros de la humanidad que derrochó en otro tiempos. Habla con otros españoles, los pocos que van quedando, los que regresan de los pantanos y de esa pesadilla de obra gigantesca del canal. Tampoco estamos tan mal. Saben que somos de los suyos aunque nos traten así. Se debe a la guerra, la maldita guerra, que todo lo cambia, que todo lo perturba, hasta las mentes de la buena gente, de los camaradas. Tenemos un día libre a la semana y aunque ahora con el frío no se pueda ni siquiera salir de la barraca, podemos jugar a las cartas y comer un suplemento. No es consuelo, pero demuestra que somos diferentes. Ellos no nos consideran como la escoria nazi que se pudre en el campo y, por supuesto, nos separan de los asesinos y delincuentes de la cárcel. Nosotros saldremos adelante. 

  Todo esto lo dice sin convicción, los demás callan. Su inmensa capacidad docente le hace llevar la voz cantante pero sus compatriotas, los que luchan a diario por seguir abriendo los ojos un nuevo día, poder acaso seguir despiojándose todas las mañanas antes de acudir a las letrinas, ya no le escuchan. Se puede decir que habla solo. Sin darse cuenta Juan esta solo. No hay piedad para un solo humano en el agujero de hielo. No existe la compasión, nadie reza, nadie cree en nada, ni siquiera él, que trata de infundir un mensaje de optimismo en el orco. Nadie cree en el hombre. Allí se limitan a vivir o algo parecido a ello. 

viernes, 28 de noviembre de 2014

El libro prestado



      Había vivido gran parte de su vida en Corea, España. ¡Ah, Corea, la linda Corea!. La tranquila y limpia Corea, lamentaba desde su exilio particular. Había sido su barrio, su vida. Allí creció, cerca de las azarbes, al lado de la vereda, con las moreras y los gusanos de seda. Después de volver de la escuela se encaminaban con unos hilachos y anzuelos a por ranas que después guardaban en frascos de cristal. Esa fue su infancia. La huerta, tras su edificio de tres pisos, que se introducía en el barrio por la avenida. Allí pasaba las tardes, aquellas templadas tardes del invierno y otoño. Y en la primavera, cuando reverdecían los caminos de hierba mala y buena, las florecillas del agrillo mataban el hambre en los estómagos ayunos todavía del bocata vespertino. Ahora todo eran recuerdos difusos de una época desgraciada pero feliz al fin y al cabo. Desgraciada porque no fue bien amado de chiquilín, al menos no como lo debería ser un niño. Pero también tenía ahí dentro la felicidad de una infancia vivida en la calle, cuando todavía se podía jugar sin temor a nada ni a nadie. Sin embargo, en muchas ocasiones sentía un recuerdo de desagrado de su juventud, un malestar informe y poco definido que rápidamente desechaba su cerebro.

   La calle. Recordaba ahora, en su exilio forzado de Sonora, viejo y hundido en la soledad de una pequeña aldea sin asfalto, ojeroso por el insomnio, las caminatas hasta El Hondo, hasta aquel páramo de alamedas que tanto le impresionaba, y la vuelta por la carretera de Elche, sin arcén, saltando a los bancales cuando venía algún coche. Y luego la vaquería, con ese olor a cagarrutas, y los mosquitos y las libélulas, esos helicópteros suicidas que atravesaban el espacio y luego la vuelta por el desvío hasta regresar, extenuado, al pueblo. Recuerdos que se perdían lentamente en su ahuecada memoria, cada día más vacía, más liviana. Un día, sin embargo, recordó que alguien, en una ocasión, le había prestado un libro. Sólo eso.

     En su desvencijada morada yucateca había logrado reunir una buena biblioteca que abordaba los más dispares saberes. Con una obstinación diligente tenía todos los volúmenes leídos. Una tarde, pensativo y taciturno, quiso comenzar de nuevo. Una necesidad primaria le impelía a ello, la necesidad de recuperar lo perdido, los fragmentos minúsculos que del pegamento de su memoria se habían desencolado. De pronto, al observar la cuarta estantería algo le llamó la atención. Era un volumen negro, sin título aparente. Una sensación de escalofrío recorrió su arrugado cuerpo, como un flechazo, frío y terrible a la vez. Al principio apartó la mirada de él. Bebió agua, dió un paseo por los recovecos de su morada. Transcurrieron varios minutos antes de armarse de valor y regresar a la habitación atestada de libros.

    Aquel libro. ¡Era aquel libro!. No recordaba cuántas décadas yacía allí, semioculto, en aquel mar de páginas leídas y releídas. Muchas veces su mirada se había cruzado con él pero su mente lo había despreciado, como cuando se desechan los hechos traumáticos que uno ha vivido. Pero en cambio ahora, ¿por qué?. ¿Por qué diablos estaba allí?. Ahora recordaba, se lo había prestado alguien. ¿Pero quién?.  Sí, poco a poco comenzaba a recordar. Quizás su exilio había fabricado una cortina de olvido en su cerebro. Recordaba mucha gente de su país, de aquellos años en los que quizás hubiese sido feliz algún día, aunque ya no lo recordase. Pasados unos instantes de zozobra una imagen difusa pero cada vez más definida fue apareciendo. Un amigo, quizás un enemigo, pero esa cara le era conocida.

   No quería agarrar el volumen para evitar el recuerdo definitivo. Tenía miedo, un miedo instintivo, como el de los animales. Algo muy desagradable y oscuro había ocurrido con ese ser al que se resistía a visualizar con total nitidez.  Quizás lo hubiese asesinado, quizás ese individuo al que no podía poner nombre ni lugar exacto de encuentro hubiera abusado de él, lo hubiese violentado sexualmente o quizás era todo una pesadilla. Pero no, no podía ser una imaginación, era real, había sucedido. Ahora la imagen ya estaba mucho más definida, veía además su cuerpo, era un hombre joven y alto, fuerte, muy fuerte, violento. La sensación era de una inconmensurable incomodidad. Volvió a levantarse de su butaca e intentó salir al porche a fumar. Entonces se dio cuenta de que había dejado el tabaco hacía años. ¿Qué sentido tenía todo aquello?. ¿No era un simple libro prestado?. ¿Qué importancia tenía quién se lo hubiese prestado?.

    Ese objeto lleno de letras y palabras, aparentemente inocente, sin título en su cubierta negra, comenzaba a poblar rápidamente su imaginación. ¡Era inconcebible!. Y lo peor era que el dueño de aquel símbolo había sido real, había tratado de olvidarlo, de difuminarlo, pero ahora volvía con mucha más fuerza a su vida, ya cercana al final. Su imagen martilleaba con una feroz intensidad su existencia. ¡Era insoportable!. Pero quizás por eso mismo no tuvo el valor de coger el libro de la estantería. Su simbolismo perpetuaría, allá arriba, en la cuarta estantería, sus miedos y sus angustias pero, la mismo tiempo, serviría para anquilosarlos, para petrificarlos. Bastaría con no volver a ver el libro, con que su cerebro y su mirada discriminasen de nuevo aquel infernal ejemplar que un día alguien le prestó. Lo mejor era olvidar y continuar viviendo.

martes, 25 de noviembre de 2014

Microcuentos IV

CIUDAD

  Ciudad dormida, inerte, vacía. Pero en las entrañas de la urbe laten palpitantes millones de  corazones singulares. Los de los desesperados, eternos seguidores de una vieja Edad de Oro, seres que quedaron estancados en una época de descreimiento y rebeldía. Ellos vegetan eternamente y en desolación.

DESOLACIÓN

  Desolación y tristeza. ¿Derrota definitiva?. Frank se repetía esas frases mientras caminaba lentamente por la ribera del río. Y sin embargo, miró al cielo y quizás encontró la respuesta. Derrota, sin duda. Porque Frank no era Frank. En realidad Frank no existía. Era solo el reflejo  que en la estratosfera la luz contra el agua del cauce depositaba sobre esa vereda inconclusa, inerme y fría.

FRÍA

  -Fría usted bien esos saquitos-, le repetía el encargado al pobre Mbala. Cerdo inmigrante, ¿por qué lo habrán contratado?, se oyó cuando tras golpear con rabia las puertas que separaban la cocina del salón-comedor del restaurante salió a repetir su odio con los demás. Pero en esta ocasión el sonido casi imperceptible arribó a la primera mesa que había a la izquierda de la barra del bar. Allí estaba Josué, antiguo inmigrante, ahora jefe de la oficina de extranjería. Llamó al encargado. Preguntó por sus sucias palabras. Le espetó que cerraría su bar por falta de higiene, que no era necesario ver las cocinas. -Usted no está capacitado para la vida porque usted está sucio y arrastra con su sola presencia toda esa ponzoña por donde va, dijo con gran parsimonia mientras tomaba notas en su moleskine. Él era negro como Mbala. El encargado estaba negramente carcomido por su propia ira. Años después el despreciable ser alcanzó a ser redimido cuando murió en África luchando contra una terrible epidemia.


EPIDEMIA

  Una terrible epidemia envolvió a los habitantes de aquel pequeño pueblecito. No era de odio, sino de extremada ingratitud, de sepulcral hastío hacia lo de fuera. Pensaron no comprar nada que no se produjera allí, autoabastecerse. Pero  pronto comenzó a escasear todo, el hambre llegó a tal extremo que hubo que hervir cinturones y zapatos. Como jamás fueron capaces de admitir que estaban enfermos, claudicaron como lo harían un grupo de hienas encerradas en una jaula: se comieron los unos a los otros.

OTROS

   Otros. Indudablemente eran otros. Siempre habían sido otros. Aquellas estructuras anquilosadas eran incapaces de asumir su derrumbe. El comisario no recordaba haber torturado a nadie. Ni siquiera reconocía haber dado órdenes para que sus subordinados lo hiciesen. Pero cuando aparecieron aquellos cadáveres putrefactos, encorvados, maniatados y despellejados, cuando la ignominia cubrió por entera a aquella comisaría, otros fueron los que acabaron cargando con la culpa.


CULPA

   -¿Culpa?. No, culpa no, necesidad diría yo-. Afirmaba impotente el pastor ante el agente que lo interrogaba. El asesinato despiadado y planificado concienzudamente de aquel malnacido, el que tantas vidas había sustraído, no era un acto humano, era obra de Dios.

DIOS

   Dios, en su omnipotencia, jamás imaginó que un insignificante mortal se atrevería a jurar en su nombre. Después de constatarlo, decidió desaparecer para siempre.

lunes, 20 de octubre de 2014

Microcuentos III

RECORDARLO

Recordarlo para poder saborear, paladear su victoria. Vivirlo como si de verdad lo hubiese vivido y recordar. Esa era su ansiedad, su deseo. Acordarse, recordar aquella vida.

VIDA

Vida sin freno. Luis había vivido por encima de su propia posibilidad de autoengaño. Era megalómano y había llegado a creer que era alguien importante. Un día, de madrugada, se durmió precipitadamente y recordó en sueños quién había sido realmente.

REALMENTE

Realmente sabía el origen de aquel chasquido. Era un hombre elegante, como él, pero no tan sincero como para admitir que había venido para liquidar su último aliento.

ALIENTO

Aliento agrio, sudor frío, ojos vidriosos, enrojecidos. Era el resultado de aquella noche sin límites que los había conducido al apartamento.

APARTAMENTO

Apartamento con vistas. Treinta metros cuadrados con ducha. Verano tórrido frente a la playa. Arena rebozando sus coloradas pieles. Ansiosa espera. Sexo a la luz de la luna. Todo eso en unos cuantos minutos.

MINUTOS

Minutos de alegría. Momentos de difícil expresión. Perplejidad ante una nueva vida a la que alimentar, cuidar y amar. Todo eso y mucho más sentía Mar cuando dejaron a la pequeña, recién lavada, encima de su pecho.

PECHO

Pecho frío. Javier había agarrado un fuerte resfriado.  Calculó mal la distancia desde el portal de su casa hasta el coche, tres calles atrás. Quizás debí dejarlo a un metro de la puerta, pensó. Esto te servirá de escarmiento, se decía. No volvería a intentar caminar por la ciudad.

miércoles, 15 de octubre de 2014

Microcuentos II

PREDECIBLE

Predecible era la vida, la libertad, el amor. Pero toda aquella certeza se tornó improbable presidio, odio y  muerte.

MUERTE

Muerte dulce, esa muerte que todos desearíamos. Siempre deseó eso, morir en paz. Y aunque parezca un milagro finalmente logró vivir.

VIVIR

Vivir, sufrir, alegrarse por lo vivido y sufrido. En ello se basaba su existencia. En definitiva ser feliz.

FELIZ

Feliz estaba aquella mañana de primavera cuando descubrió el gran misterio. Había encontrado, casi por casualidad, a aquella persona que constituía la última pieza del rompecabezas de su enigma personal.

PERSONAL

Personal de vuelo, embarque por la tres. Esas palabras, escuchadas por todos en el aeródromo, le dejaron frío. Sólo el sabía que aquel avión llevaba en sus entrañas el explosivo que acabaría con tantas esperanzas. Y, sin embargo, nada podía hacer porque mudo de la impresión, paralizado, había quedado al conocer los planes de aquel ruín ser humano.

HUMANO

Humano y can, can y humano, paseaban alegres por la pradera del Parque Central. Entonces ocurrió aquello. El perrito hubo de abandonar a su dueño. El dueño hubo de marchar con su nuevo amo.

AMO

-Amo todo aquello que merece ser la pena amado. Pero por encima de todo amo el afán de conocimiento, de búsqueda de mi verdad. Y entonces, mientras pronunciaba aquellas palabras ante el auditorio pensó, tal y como había hecho en otras ocasiones, que quizás su verdad era una gran mentira.

MENTIRA

Mentira o verdad, lo cierto es que McGovern dió con sus huesos en la cárcel de máxima seguridad. Quizás no hubiese robado aquel camión blindado pero era altamente probable que hubiese dejado las llaves encima del mostrador. Sin embargo, ni siquera el mismo era capaz de recordarlo.

lunes, 13 de octubre de 2014

Carmen



 
Carmen.
Das y diste vida con tu entrega infinita,
con tu tenaz capacidad de sacrificio.
¿Quien más puede darte lecciones, Carmen?. ¿Quién?.

¿Quién puede osar levantar la mirada soberbia ante tu rostro?
Tu rostro del dolor, demacrado, ahora deslubrante, triunfante.
¿Acaso no fuiste tú  la que sacrificaste tu vida
 para entregar dos nuevas y esperanzadoras almas, Carmen?.

Pero la temible parca hubo de esperar 
y tu lucha titánica contra la negra adversidad
ha tenido ya su luminosa recompensa.

Cuidas ahora de dos almas gemelas diferentes
 pero iguales, porque llevan tu sangre, Carmen.
Llevan tu sangre de alegría, esperanza y superación.

Nadie te puede ya discutir nada, Carmen.
Tu eres el mundo, tu eres la entrega, tu eres la vida.

¡¡Diste, das y darás vida!!.
Carmen.

viernes, 10 de octubre de 2014

Paternidad

   Ser padre a cierta edad no resulta nada fácil a pesar de que lo hubieras planificado y pensado durante tiempo. Tu forma de vida va a sufrir unas transformaciones radicales. Una revolución de magnitudes imposibles de cuantificar llama a tu puerta. Ya no puedes estar en la cama los fines de semana hasta las tantas, ya no puedes ir al cine, al teatro, a escuchar un buen concierto o a tomar unas copas hasta las mil. Siendo así, ser padre de dos criaturas al mismo tiempo, dos pequeños seres humanos hermanos pero distintos, diferentes, con sus ritmos y maneras de vivir resulta una tarea agotadora.  Si a eso le añadimos el ser padre primerizo el agotamiento, el cansancio, la dureza de la adaptación a esa nueva realidad resulta una tarea hercúlea. Y sin embargo, a pesar de todo o incluso gracias a todo ello se acaba disfrutando mucho, inmensamente. "Todos llevamos un niño dentro". Suena a tópico pero es cierto: yo he descubierto que llevaba dos. Doble infancia, doble regreso a la infancia por tanto. Entonces, en esos momentos mágicos y especiales, imposibles de describir con palabras cuando, esos cuatro ojos claros apuntan hacia mi nariz (es lo más prominente del rostro) todo ese sufrimiento se volatiliza como por arte de birlibirloque. El cansancio está ahí, y los nervios y los malos rollos cotidianos, pero verlos despertar de su siesta y, como mecánicamente, giran sus cuellos de cristal hasta alcanzar mis ojos quietos, impasibles y raudamente sonrientes supera todas las necesidades que un humano pueda desear. 

   No hay más quejas, hay plena y rotunda satisfacción, pleno desarrollo como ser vivo y mucho más que todo eso, plena consciencia del sentido de la vida: dar vida, crear y no destruir, construir paso a paso un nuevo mundo dentro de millones de otros mundos. Una nueva esfera de libertad, de vida y de esperanza que nos redima, que me redima de tanta ponzoña y desazón cotidianos. No una sino dos.

jueves, 9 de octubre de 2014

Máximas de pacotilla V



La mejor forma de llegar tarde a un sitio es vivir en él.

Cuánto más lejos estemos de nuestra cita más puntuales seremos.

Cerca-lejos no es la antítesis sino una tesis sobre Barrio Sésamo.

La capacidad no se mide en un test sino en una "test-itura".

¿La tensitura es la madre de la descoyuntura?
 
Es duro morderse la lengua cuando uno no está hablando.

El deslenguado dudó ante sus propios infundios

Infundiendo terror se mejora la economía: se consigue un país de miedo

El miedo no es libre, está encarcelado en las profundidades de nuestro sistema límbico.

Estaba en un limbo sentimental: la quería pero deseaba querer a otra.

El amor es como el hielo: desaparece con el calor sofocante de las pasiones olvidadas por la distancia

Boutade: Clases de latín acelerado: ¿Paterna es la ciudad de los padres que no pintan "ná"?

viernes, 22 de agosto de 2014

Liberación V

      Jamás pensó que la oportunidad se le presentase de aquella manera. Un día de la semana, digamos que debía de ser un viernes, porque aquella noche había dormido menos de lo habitual gracias a unos fulanos demasiado habladores en la puerta del bar que había en la esquina de aquella ínsula. Sí, era viernes. La casualidad quiso que el siguiente eslabón en su cadena criminal apareciese por azar, sin prepararlo, sin buscarlo. Casi como un juego, había guardado en el interior de su bota remachada de acero una daga parecida a la vizcaína que tan bien había demostrado manejar en las clases de esgrima. Pero no era esta una de esas armas de vela, como la que gastaba y le proporcionaban en el gimnasio, dentada y destinada a acompañar a la espada, sin filo cortante, con el propósito de desviar la del contrario y asestar entonces la estocada precisa. Se trataba de otro tipo de daga que tenía en casa muchos años ha, de aquellos tiempos pretéritos en los que gustaba de coleccionar todo tipo de armas, fundamentalmente blancas, cuchillos, navajas y aquella daga de doble filo cortante adquirida en una visita a Barcelona.



    No pensaba hacer nada con ella, ni mostrársela a nadie, ni siquiera a alguno de los pocos vecinos que le saludaban si se lo cruzaba por alguna esquina, nervioso, cuando no le fluían las palabras y acostumbraba a terminar tartamudeando. Reservado, había sido poco propenso a mostrar ningún tipo de intimidades.  Y sin embargo en aquellos meses sí que se había producido una transformación en su carácter que desde el punto de vista ajeno varios en el barrio comentaron más tarde. Airear aquella cortante cuchilla y eventualmente mostrarla no iba a ser su única función aquella mañana aunque en ese momento no era consciente de la oportunidad de oro que el destino le iba a brindar. El día se mostraría muy pronto propicio para darle otro uso más pertinente y adecuado a sus fines más íntimos y perversos. Sin prisas y relajado se había acercado al mercado central, aquel vetusto edificio refugio de cientos de almas abatidas por el fascismo, en busca de una variedad especial de pepinillos agridulces que sólo allí vendían, en concreto en el pasillo dos de la planta baja. No era hombre de vicios extravagantes pero sí de gustos particulares, muy definidos, intransferibles.



   Después de comprar el manjar pensaba regresar al piso como había llegado, caminando lento, como una tortuga, deteniéndose en librerías y escaparates que siempre le habían llamado la atención. No tenía prisa, aquel mediodía comería medio pollo asado y patatas que compraría en una casa de comidas rápida, no tendría que preparar nada, comería en el propio envase de aluminio en el que se servía el manjar y quizás lo remataría con alguna manzana asada rápidamente en el microondas.  El sol clamaba inmisericorde y la deshidratación llamaba pronto a las puertas del caminante en aquella ciudad sin árboles.  Sin embargo,  poco antes de salir de aquella enorme madriguera de tenderetes y olores múltiples sintió la inaplazable necesidad de buscar un urinario. Lo cierto es que desde que se había puesto en pie, a la mañana, no había vuelto a acercarse a un retrete y fue en aquellas fechas cuando comenzó a sentir los primeros estragos de la displasia prostática que había heredado genéticamente. No es que fuese todavía preocupante pero lo cierto es que su aguante se había visto seriamente mermado.



   Y sin embargo aquel inicio de la enfermedad, un mal que no por resultar familiar dejaba de ser odioso, le proporcionó por obra y gracia del destino, ese en el que nunca había creído, una oportunidad imposible de desaprovechar, un azar que iba a ser determinante en el final de una vida y el principio de una egolatría difícil de controlar. Al entrar a los aseos, recientemente repasados por el personal de limpieza, que anotaba escrupulosamente en una cuartilla clavada en un tablón de corcho la hora y minutos en los que habían impedido la entrada a los presurosos meones, vio a un tipo de mediana edad, bien vestido, de corbata y traje, como para un funeral o una boda, que suelen gastar el mismo tipo de vestimenta. Al principio no cayó en la cuenta. Jamás había podido orinar al lado de otra persona, una especie de fobia que no había logrado curar, como todas las demás, en todos aquellos años. Se apartó como a tres fuentes de distancia y no pudo comenzar a expulsar el amarillento y cálido elemento hasta que el personaje abandonó su posición y salió de su línea visual. El individuo apretó el botón del lavabo y comenzó a lavarse las manos mientras se ojeaba en el enorme cristal. Entonces, quizás por intuición, o por curiosidad acaso, giró la cabeza y lo reconoció al instante. Le llamaba la atención que estuviese allí, solo, sin ningún acompañante. Siempre creyó que este tipo de personajes solía llevar adosado, como si de una lapa se tratase, algún tipo de guardia, un escolta quizás o tal vez una mínima precaución que delimitara mucho las posibilidades del atentado personal. Pero no era así, estaba solo ante el espejo, secándose arduamente las manos con la estruendosa máquina compresora de aire. Entró entonces un tendero, algún pescadero, con el peto sanguinolento y las manos rojas pero se introdujo en una de las puertas de los retretes, cerrando con el pestillo interior.


    Ahora la situación era mucho más delicada porque no estaban solos y, además, cualquiera podía entrar allí. Su primer pensamiento cuando había reconocido al corrupto había sido apuñalarle con la daga, quizás con un poco de suerte degollarlo con soltura, esconderla donde la llevaba y salir tan campante. Aunque no era lo que había planeado procelosamente, su estilo debería dejar huella, imprimir carácter, esa expresión que tanto le machacaron en los escolapios durante su niñez. Y una pieza de ese calibre, una oportunidad singular e irrepetible que le evitara tener que planearlo todo con la meticulosidad de un cirujano, no se iba a volver a repetir y lo sabía. Notó que el tipejo seguía mirándose en el espejo y pasándose una especie de maquillaje por las ojeras y la nariz. Ese era el mejor momento, una piltrafa humana como ese ex-concejal ahora trabajador a sueldo del famoso constructor, debía de desaparecer de la faz de la tierra. Cuanto antes mejor. Sacó sigilosamente la daga de la bota y aprovechando el momento en el que el ocupante de uno de los wáteres descargaba el líquido elemento asestó dos puñaladas traperas por la espalda, a la altura de los riñones que provocaron un estallido brutal de sangre en haces, en chorros hacia los laterales, el espejo totalmente embadurnado y goteando, el tipejo cayendo desplomado boca abajo. No obstante el líquido no manchó excesivamente al criminal, tan solo unas manchas en el pantalón que se podrían confundir con cualquier suciedad común y alguna gotita en el rostro que rápidamente se lavó con agua. No había expulsado todo el contenido de la arteria renal, obviamente seccionada, ya que parecía como si el cerdo quisiese también retener su propia linfa, deseoso de robar hasta el último aliento de su propia vida. Acto seguido guardó el arma y salió raudo y sin alterarse a la plaza del 25 de Mayo. Pronto observó movimientos acelerados de mucha gente pero decidió sentarse en un banco, al lado de la estatua de un pintor, tranquilo, con parsimonia, para ver el espectáculo. 


  Realmente había sido un verdadero milagro que no lo cogieran. Nadie había entrado a los servicios en ese minuto de tiempo transcurrido desde que descargó su orín y después, con tranquilidad aparente y fría, abandonó el mercado. Todo tan rápido que no se explicaba como el ruido de la cisterna, que es cierto que era atronador,  hubiese solapado el grito estridente de dolor del sinvergüenza al caer desplomado al suelo. Por lo que escuchó en casa, donde llegó sin ganas de comer, estaba vivo pero muy grave, pues las heridas eran mortales de necesidad. Exultante, dejó los pepinillos y los demás pertrechos en la mesa camilla, lavó tenazmente su daga, la guardó en su funda y después, en chanclas, limpió meticulosamente las botas que contenían abundante sangre en su interior. Después, abatido por el cansancio y por el éxito sobrevenido, se lanzó a la cama, en la que transcurrió buena parte de la tarde.

domingo, 17 de agosto de 2014

Microcuentos I

ESCRITOR

   Tras una noche meditando con la almohada, que se tornó musa incorpórea, llegó la aurora y con ella su decisión de dejar de escribir. Con sus años, estaba decidido a llegar a la más lejana ancianidad por el único capricho de leer sus textos. Nunca los publicaría nadie, desaparecerían entre el gigantesco magma de la creatividad humana y solo tendrían un lector efímero, su propio autor, él.

EL

  Él era sólo un científico lunático, brillante pero loco. En sus acaloradas conferencias iluminaba demasiado a la concurrencia, tanto que esta acabó quemada. Tras muchos años de auto-exilio acabó en el psiquiátrico, dónde solo lo visitaba ella.

ELLA 

   Ella era un mundo, inteligente, bella y sagaz, un universo que mostraba a diario un pequeño y refulgente meteoro de felicidad. Después de su caída, muchos afirmaron haberla visto deslucida, oscura y taciturna: la verdad.




VERDAD

   Todo era verdad, por mucho que se empeñaran los periodistas en que fuese mentira, a pesar de su vanidad de nostalgia.


NOSTALGIA

    No quería vivir porque recordaba demasiado su compañía. Se alimentaba de sus palabras, de su sapiencia, de su dulzura. Después de su partida la siguió añorando en la lejanía recordando su despedida tras un leve abrazo ciñiendo su cara contra su cuello dándole un beso.


BESO

   Su boca áspera manaba un desierto, una aridez. Sus glándulas salivales, por una extraña enfermedad, habían dejado de funcionar. No podía tragar, no podía hablar, no podía besar. Toda su vida la hubiese entregado en hecatombe por no tener sed.


SED

     De tanto esperar esperando que esperaran dejó de sentir sed de vivir, de innovar, de no comulgar con ruedas de molino. Entonces su sed de venganza también desapareció, como se esfumó también su último aliento de vida.

VIDA

    En clase trataba de inculcar sagaces enseñanzas. En definitiva de lo que se trataba era de aprender a desaprender. Tan ardua tarea abría sus días y cerraba sus noches en blanco. No era fácil convencer a tantas personas de que tenían que empezar a conocer, a tener idea de las cosas. Habían sido muchos años de negación de cualquier noción de libertad y de vida improbable.

IMPROBABLE

    Siempre tuvo la sensación de que era imposible. Tan inalcanzable resultaba que acabó por serlo. Esa búsqueda, esa lucha por un amor aparecido sin buscarlo, que había anidado en él durante unos meses, se tornó en idolatría y finalmente en obsesión.  Pero indeleblemente siempre estuvo presente la idea de que era improbable que ella pudiese sentir lo mismo que él. Tan improbable que, después del período de luto por su muerte amorosa, todo se volvió probable y posible, predecible.

miércoles, 16 de julio de 2014

El tullido por necesidad


    Nunca pensó que llegaría el momento pero el diez de enero la sentencia, su sentencia se cumplió. Había esperado en vano que los recursos se sucediesen indefinidamente, que las dilaciones, los retrasos, las sucesivas interinidades en el juzgado acabaran por atascar tanto su asunto que por arte de birlibirloque un día, todo se había esfumado. Soñaba despierto que quizás en un descuido su expediente se había triturado por error o en aquellas inundaciones de octubre, en alguno de esos sótanos anegados de lodo, se habían disuelto las evidencias, las pruebas documentales. Aunque le doliese, aunque le fastidiase, volver a testificar, volver a empezar de nuevo sería como una tregua y, con un poco de suerte, más pronto que tarde el asunto se perdería en algún cajón. Después esperaría pacientemente la prescripción, una figura que todavía se contemplaba por aquellos días.  A eso se agarraba el infeliz. Pero ahora todo había acabado. Tendría que ingresar en prisión, a pesar de su estado físico, de su endeble salud. Que muchos delincuentes salían del talego si estaban enfermos, pero él no era un delincuente cualquiera: era un delincuente común. Y eso pesaba mucho. Era conocido, su caso era vox populi y las autoridades querían ejemplaridad. Escarmiento. 



   En aquel tiempo de luchas y tristezas había que agarrarse a lo que fuera. Las necesidades básicas dejaron de estar cubiertas. Ni siquiera el racionamiento había servido, como en otras postguerras, para paliar mínimamente el hambre y el vicio popular. La desesperanza se había apoderado de las personas que moraban aquellos barrios otrora de lujo y ahora simplemente periferia depauperada de las grandes ciudades del país. Tenían aire acondicionado pero no se podía encender por los continuos cortes de luz. Tenían lavadora, secadora, lavavajillas, nevera...pero de nada servía. Habían regresado a un estadio anterior de civilización. Muy de mañana se podían observar a personas cargadas de ropa sucia que bajaban hasta el pequeño arroyo antes contaminado, ahora sucio simplemente. Allí frotaban las ropas contra las piedras de la orilla para asear sus enseres más íntimos. No merece la pena seguir describiendo aquel estado de postración, aquella infamia, ellos, que de jóvenes habían conocido la prosperidad y la burbuja, el despilfarro y la sanidad gratuita.

    En una de esas barriadas de edificios de caravista y cristal, ahora en un estado lamentable, sucios, abandonados, las calles sin baldear, los adoquines de las aceras fragmentados, como puzzles descompuestos, en un desangelado entorno urbano como aquel, Enrique esperaba con impaciencia que sonara el timbre de la infamia. Porque era una vergüenza que él, que no había hecho nada contra nadie, sino contra sí mismo, tuviese que ingresar en prisión. Un año antes había decidido, ante lo apremiante de su situación personal y familiar, ante el hambre que sus hijos comenzaban a manifestar sin tapujos, que los juegos y carantoñas ya no funcionaban con aquellos bebés,  conseguir algo de dinero de la manera más drástica. Era muy duro para él, un hombre de acción, una persona íntegra y honesta, tener que llegar a ese extremo. Pero quizás era ya la única manera posible de comer, de afrontar por un tiempo al menos, las deudas pendientes. Y, además, era la única posibilidad que le quedaba a sus hijos, la única opción de que algún día pudiesen estudiar y aprender idiomas para emigrar al mundo desarrollado, ese del que su país se había descolgado décadas atrás. Debía amputarse alguna extremidad.

   Pero aquel incidente con el brazo derecho, porque esa fue su última elección, él que no era zurdo y ya no podría escribir jamás, porque quería dejarlo todo, solo obtener el suficiente dinero para los suyos, fue el inicio de una pesadilla todavía más profunda y obtusa que la de la propia amputación. Ahora le amputaban también su vida, a sus hijos, a su esposa, a los escasos amigos que habían podido no emigrar. Ingresaría en lugar sin posibilidad de volver a salir. La condena era a perpetuidad. Nadie podía osar en aquel tiempo atentar contra la hacienda del Estado. Las leyes había sido modificadas años atrás. La economía primaba y tratar de obtener una ayuda que saliera de las arcas públicas indebidamente se consideraba más grave que asesinar a una persona. Porque, decían los legisladores de aquel régimen, el atentado era hacia toda la nación. Y en una sociedad de emergencia, donde la Carta Magna había sido suspendida sine die por el poder ejecutivo, donde los jueces habían sido suplantados por burócratas del partido, sucedió lo que toda la familia temía: la máxima pena.

   Doce furgones blindados se oyeron llegar por la avenida paralela. Después toda la policía de la ciudad, por mandamiento judicial, abarrotaba las aceras de la manzana, como en el último desahucio. Llamaron a la puerta y las últimas lágrimas corrieron por sus ojeras. -Adiós- se limitó a balbucear mientras esposaban su único brazo, el izquierdo. Enrique, las cámaras de televisión en la calle, perdió la entereza como ser humano. Pero todos veían en directo el escarmiento. El mensaje se entendía de manera meridiana: no se podía ser tullido por necesidad. Nadie podía auto lesionarse.  En aquel sistema de control de las masas solo estaba permitido el suicidio.  

jueves, 26 de junio de 2014

Crónica de una desaparición


  Era uno de sus deseos más íntimos. Tanto que ni siquiera su familia más próxima, esposa e hijos, conocían su secreto. Desde niño había fantaseado con la posibilidad de ser invisible, de entrar en aquellos grandes almacenes y tumbarse en las camas o sentarse en aquel butacón de piel negro. Mientras tanto, la gente seguía con su cansina rutina consumista. Pensaba en eso cuando miraba los escaparates engalanados para la navidad y años después recordaría aquel sueño en vigilia que tanto le reconfortaba. Pero esa idea de invisibilidad, de pasar desapercibido, había ido madurando en su psique hasta un punto de no retorno que amenazaba con dejar a sus hijos huérfanos y a su mujer viuda.

   Y sin embargo jamás barajó la posibilidad del suicidio. Era un cobarde, lo sabía. No tenía los arrestos necesarios para quitarse de en medio. Pero no quería dejar a sus hijos todavía, cuando ni siquiera habían finalizado la segunda enseñanza. Eso le quitaba el sueño con frecuencia. Fue por entonces cuando en su cabeza una idea fija no cesó de dar vueltas. Al principio de manera esporádica, después como una obsesión enfermiza. Todas las mañanas esa idea necrófila le recibía al nuevo día como una pesadilla tangible. Nada más despertar, antes de ingerir el pertinente café concentrado y golpear el agua fría contra su rostro, ella estaba allí. Lo había imaginado como quien imagina la mayor de las tragedias de sus familiares más queridos, como un escalofrío que rápidamente se marchaba. Verse colgado de una lámpara o, como en las películas, de los barrotes del ventanuco de una cárcel le parecía incluso una osadía por su parte. Jamás lo haría. No entendía porque su cabeza le jugaba esa mala pasada.

   Después esa idea fue madurando y mutando como un virus incurable. Quizás su misión en la vida, su aportación vital, estaba ya realizada. Había ofrecido dos criaturas, se había casado, tenía una cómoda posición socio-laboral. Estaba ya todo hecho pensándolo bien. Por tanto lo más oportuno, tras hacer las cosas razonablemente bien, dignamente, sin haber robado, sin haber estafado, sin haber matado como solía ser norma común en aquella patria era desaparecer para siempre. Pero no quitándose o siendo quitado por alguien de circulación. Porque bien podría haber contratado a algún individuo que lo ejecutara en algún lugar remoto. Pero no era esa ya la idea. Quería huir, marcharse y cambiar de identidad. Vivir otra vida, quizás peor, volver a nacer, vivir de nuevo, conocer a gente quizás menos agradable, casarse quizás con una mujer menos cariñosa, tener hijos,¿por qué no?.  Fue entonces cuando de manera casual se cruzó en su vida un extraño personaje que le facilitó las cosas.

   En una cafetería nueva que acababa de inaugurarse cerca de su centro de trabajo y a la que acudió desesperado por encontrar un café digno entabló conversación con él. Tenía unos cincuenta y pico, moreno, pelo lacio, ojos glaucos, mirada extraviada, frente siempre sudorosa, que impregnaba el cabello caído y dejaba entrever profundas entradas. Sin venir a cuento, tras un intrascendente comentario sobre la noticia que ocupaba todas las televisiones aquel día, una noticia decían que histórica y trascendental para el país, dejó caer su verdadera intención: "me gustaría desaparecer, me da tanta vergüenza lo que veo que me iría y si pudiera cambiaría de identidad". Eso está hecho, dijo el frío conversador. Pronto descubrió que era posible. Él prepararía toda la documentación, falsa por supuesto. Debía tener las maletas hechas dos días después en la estación de Madrid, depositar en la consigna los seis mil euros y recoger en otra, cuya llave le había dado aquella misma mañana. Allí tendría el carnet, la nueva documentación y su nueva vivienda. No debería de preocuparse por nada: oficialmente habría  fallecido tras años de búsqueda, realmente habría renacido en un nuevo lugar y con un nuevo pasado.  

  Salió pronto, a las siete. No preparó maleta para que su mujer no sospechase nada. Simplemente se limitó a llevarse una vacía que cogió del trastero antes de salir a la calle. Se despidió con un frío y convencional beso. Antes había mirado con ternura a sus hijos, todavía dormitando en sus camas. Durante el trayecto cientos de imágenes pasaron por su cabeza: los años de felicidad cuando novios, los sinsabores tras la boda, las mujeres que había amado, los amores no correspondidos, los hijos, cada uno un regalo celestial, los amigos y las cervezas después de una mañana agotadora de trabajo, sus semanales visitas al cine, sus lecturas, su gigantesca biblioteca de libros sin leer.  Aturdido por tales pensamientos llegó a las consignas de la estación con el dinero que con muchas dificultades había conseguido reunir y lo depositó en la casilla correspondiente. A continuación abrió la de la documentación. Allí estaba su nueva vida, en un pequeño espacio. Asombrado por su nuevo nombre (jamás hubiera pensado que se llamaría así algún día) cogió el expreso hacia Irún. Después solo tendría que cambiar de medio de locomoción siete veces más para llegar a una pequeña casita en un remoto pueblo de piedra en los montes vascos. Aquello le recordó la "Vacas" de Médem, y las ansias que siempre tuvo de vivir en un caserío semejante. Por fin lo había conseguido: había desaparecido para siempre. El olvido hizo el resto. 

miércoles, 11 de junio de 2014

Máximas de pacotilla III


-El alcohólico iba de bar en peor hasta la cirrosis final.

- La alcohólica romántica tenía las puertas de su corazón abiertas de bar en bar.

-Alcoholismo ahora mismo¡¡¡.

-El abstemio de democracia sumergió su frustración en litros de ignominia.

-El borracho murió de coma etílico y el cínico murió de coma ético.

-De tanto lamer culos acabó con una indigestión de almorranas.

-El cinismo es la única ideología viable en una sociedad de incultos.

-El profesor culto cultiva su oficio abonando fecundas ideas en sus pupilos .

 -El meapilas mojó la cama de su dignidad.

-Lapidado por dilapidar.

-Ideología imperante: Dilapidemos sin pudor hasta el coma por cohecho.

-De hecho, cometió un cohecho, señaló el juez prevaricador

viernes, 30 de mayo de 2014

El enfermo de literatura


   Leía compulsivamente,  como poseído por un fervor demoníaco. Su drama era no tener tiempo y por eso iba siempre en busca de él. Su trabajo, sus otras ocupaciones, fundamentalmente el cuidado de una anciana madre, debilitada hasta la caquexia por el párkinson le impedía alcanzar los minutos necesarios para devorar libros, su gran pasión. Fernando era así con todo: excesivo con la vida, excesivo con el trabajo, excesivo con la literatura . Sus largas jornadas laborales se veían prolongadas por largas noches de insomnio trayendo y llevando, medicando, limpiando, luchando con su mamá. Sólo los domingos, el día en el que libraba, podía dedicar algo más de unos minutos a la lectura.

   Su obsesión literaria era desaforada, en especial por la la novela clásica y no quería en modo alguno abandonar este mundo de sinsabores sin haber leído las grandes obras reconocidas por todos, unos hermanos Karamazov,  una Ana Karenina, a Hugo, Dickens o Galdós. Detestaba las novedades no porque despreciara la literatura de su tiempo sino porque sabía que jamás tendría el tiempo necesario para llegar siquiera a los años 30. No seguía un orden cronológico estricto, pero sí respetaba los siglos y el siglo de la novela había sido el XIX. Estaba obsesionado con esos literatos que tienen, por lo general, ingentes obras y por motivos obvios sufría frecuentes ataques de ansiedad, se frustraba por no poder acabar los enormes tochos en los que se adentraba.

   Cansado y exhausto, una tarde a punto de cerrar la oficina se le ocurrió una peregrina idea para poder, de una vez por todas, terminar sus lecturas, muchas inacabadas o interrumpidas y vueltas a interrumpir por mil banalidades. Él se había dado cuenta de que en los tiempos muertos de su vida, cuando realmente no tenía nada que hacer, era cuando avanzaba sustancialmente en las novelas. Un día en un parque, en el metro, en momentos tan desagradables como la consulta de un urólogo. En la sala de espera del hospital, sobre todo ahí, cuando había tenido que llevar a su anciana madre a urgencias había llegado a leer un libro entero, de principio a fin, si bien este era escuálido. Es cierto que en estos establecimientos infectos en donde lo mismo se deja morir de un infarto a una persona como se le corta la pierna a un pobre individuo aquejado de un uñero se pierde mucho tiempo, especialmente en esas abarrotadas salas llenas de enfermos tosiendo y expandiendo virus al por mayor. Fue allí donde pergeñó su idea final: ponerse enfermo para poder leer.

   Primero fue una simple baja por gastritis fingida, previa visita a Don Josué, su médico de cabecera. No le resultó complicado habida cuenta de lo sencillo que resulta fingir unos síntomas tan peregrinos. Cuestión de un par de días. Pero no era suficiente. Durante ese breve tiempo había leído frenéticamente Cien Años de soledad, novela que nunca tuvo paciencia para terminar. Siempre se detenía en la tercera generación de protagonistas. No solo la releyó y terminó sino que pudo agenciarse Pantaleón y las Visitadoras y algún que otro relato de Vargas Llosa por el camino. La experiencia había sido altamente gratificante a pesar de su agotamiento físico y mental. Verdaderamente presentaba el tercer día de regreso a su trabajo un aspecto demacrado, fruto del insomnio acumulado y los días de trajín entre las letras y páginas de sus volúmenes.

  Más tarde buscó la baja prolongada, no más de tres semanas, lo suficiente para no verse en la indigencia que supone, a su edad, el paro fulminante. Entonces comenzó a saborear a los franceses, Flaubert y  Balzac, Zola, todo lo que había acumulado durante décadas en una desastrada habitación en la que los volúmenes dormitaban entre el polvo y los trastos. Dando saltos temporales llegó a Camus, después retrocedió hasta Proust para regresar sin tiempo de pausa con Faulkner y los americanos, incluyendo los relatos terroríficos de un Lovecraft o el genial Poe. Se replegó sobre Galdós nuevamente, Hesse, viajó a los clásicos y terminó, reventado, los ojos enrojecidos y llenos de pequeñas venitas fruto del derrame, en manos de Pedro Páramo, Borges y Chesterton.

   Tal trajín de autores, novelas y páginas produjo en él en una inflacción de letras, un desbordamiento incontrolado de la necesidad de vomitar ideas pero vivía solo, con una madre casi inexistente, últimamente vegetal. Nada había que hacer a ese respecto.  Fue entonces cuando Fernando comenzó a establecer la posibilidad de crear un personaje, un ser que, ante su falta de amistades, ante su aislamiento pudiese debatir, discutir, platicar sobre lo que ambos habían leído. No podemos hablar de esquizofrenia porque el lector era consciente de lo ficticio de su compañero. Estaba dentro de su cabeza pero sabía perfectamente que era un constructo propio, un ente no real que él ponía en marcha, como si de un ingenio que funcionara dándole cuerda. Esto fue una liberación, al menos tenía quien le escuchara y que, además, había leído lo mismo que él. Todo ello lo animó a perpetrar un nefasto plan para tener todo el tiempo del mundo para leer.

  Pero ahora no iba a ser una enfermedad fingida, sino una real. Tan solo necesitaba enfermar, de alguna enfermedad lo suficientemente grave como para disponer de una baja médica sine die y seguir cobrando de su empresa. Debía de ser enfermedad laboral, al menos que se demostrase que se había producido bien en el puesto en sí (cosa harto difícil por lo poco arriesgado de su ocupación) o en el trayecto de ida o de vuelta a casa, eso le garantizaría el cobro íntegro de su salario. Había que hacerlo bien, que nada ni nadie, especialmente la inspección de trabajo, supiese jamás de su descabellado plan. Este era sencillo, como no sabía cómo enfermar, lo más apropiado era hacerlo de manera directa, es decir, con un golpe, que rompiera algo en su enclenque cuerpo. El accidente de tráfico. Pero, ¿Qué hacer con su madre?. Bien pensado, con su situación precaria, el estado se haría cargo de ella y, de paso, se libraría de su pesada carga.

   El golpe fue contra un semáforo de la avenida del puerto, por la noche. No quedó excesivamente mal, solo unas cuantas costillas, y las dos piernas rotas. En el hospital reclamó la ayuda pública para su enferma madre y, algo que llamó la atención a los enfermeros, solicitó que alguien le llevara al hospital los libros del coche. La policía, después de inspeccionar el vehículo no entendía algo: el maletero estaba completamente lleno de libros, no cabía ni uno más. Y lo más curioso era que solo había novelas y algo de poesía. No siendo viajante o comercial, algo no encajaba. Argumentó en el atestado posterior que la dirección falló pero nada se pudo demostrar en el juicio. En la cama del hospital continuó, a pesar de los calmantes, con su enfervorecida pasión lectora. Fue así como Fernando hizo realidad, ya desdoblado en dos seres, su pasión más íntima y secreta, poseer toda la literatura solo que para ello tuvo que enfermar gravemente, enfermedad de la que jamás se recuperaría. 

Elche, finales de Mayo de 2014