viernes, 10 de octubre de 2014

Paternidad

   Ser padre a cierta edad no resulta nada fácil a pesar de que lo hubieras planificado y pensado durante tiempo. Tu forma de vida va a sufrir unas transformaciones radicales. Una revolución de magnitudes imposibles de cuantificar llama a tu puerta. Ya no puedes estar en la cama los fines de semana hasta las tantas, ya no puedes ir al cine, al teatro, a escuchar un buen concierto o a tomar unas copas hasta las mil. Siendo así, ser padre de dos criaturas al mismo tiempo, dos pequeños seres humanos hermanos pero distintos, diferentes, con sus ritmos y maneras de vivir resulta una tarea agotadora.  Si a eso le añadimos el ser padre primerizo el agotamiento, el cansancio, la dureza de la adaptación a esa nueva realidad resulta una tarea hercúlea. Y sin embargo, a pesar de todo o incluso gracias a todo ello se acaba disfrutando mucho, inmensamente. "Todos llevamos un niño dentro". Suena a tópico pero es cierto: yo he descubierto que llevaba dos. Doble infancia, doble regreso a la infancia por tanto. Entonces, en esos momentos mágicos y especiales, imposibles de describir con palabras cuando, esos cuatro ojos claros apuntan hacia mi nariz (es lo más prominente del rostro) todo ese sufrimiento se volatiliza como por arte de birlibirloque. El cansancio está ahí, y los nervios y los malos rollos cotidianos, pero verlos despertar de su siesta y, como mecánicamente, giran sus cuellos de cristal hasta alcanzar mis ojos quietos, impasibles y raudamente sonrientes supera todas las necesidades que un humano pueda desear. 

   No hay más quejas, hay plena y rotunda satisfacción, pleno desarrollo como ser vivo y mucho más que todo eso, plena consciencia del sentido de la vida: dar vida, crear y no destruir, construir paso a paso un nuevo mundo dentro de millones de otros mundos. Una nueva esfera de libertad, de vida y de esperanza que nos redima, que me redima de tanta ponzoña y desazón cotidianos. No una sino dos.

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