viernes, 22 de agosto de 2014

Liberación V

      Jamás pensó que la oportunidad se le presentase de aquella manera. Un día de la semana, digamos que debía de ser un viernes, porque aquella noche había dormido menos de lo habitual gracias a unos fulanos demasiado habladores en la puerta del bar que había en la esquina de aquella ínsula. Sí, era viernes. La casualidad quiso que el siguiente eslabón en su cadena criminal apareciese por azar, sin prepararlo, sin buscarlo. Casi como un juego, había guardado en el interior de su bota remachada de acero una daga parecida a la vizcaína que tan bien había demostrado manejar en las clases de esgrima. Pero no era esta una de esas armas de vela, como la que gastaba y le proporcionaban en el gimnasio, dentada y destinada a acompañar a la espada, sin filo cortante, con el propósito de desviar la del contrario y asestar entonces la estocada precisa. Se trataba de otro tipo de daga que tenía en casa muchos años ha, de aquellos tiempos pretéritos en los que gustaba de coleccionar todo tipo de armas, fundamentalmente blancas, cuchillos, navajas y aquella daga de doble filo cortante adquirida en una visita a Barcelona.



    No pensaba hacer nada con ella, ni mostrársela a nadie, ni siquiera a alguno de los pocos vecinos que le saludaban si se lo cruzaba por alguna esquina, nervioso, cuando no le fluían las palabras y acostumbraba a terminar tartamudeando. Reservado, había sido poco propenso a mostrar ningún tipo de intimidades.  Y sin embargo en aquellos meses sí que se había producido una transformación en su carácter que desde el punto de vista ajeno varios en el barrio comentaron más tarde. Airear aquella cortante cuchilla y eventualmente mostrarla no iba a ser su única función aquella mañana aunque en ese momento no era consciente de la oportunidad de oro que el destino le iba a brindar. El día se mostraría muy pronto propicio para darle otro uso más pertinente y adecuado a sus fines más íntimos y perversos. Sin prisas y relajado se había acercado al mercado central, aquel vetusto edificio refugio de cientos de almas abatidas por el fascismo, en busca de una variedad especial de pepinillos agridulces que sólo allí vendían, en concreto en el pasillo dos de la planta baja. No era hombre de vicios extravagantes pero sí de gustos particulares, muy definidos, intransferibles.



   Después de comprar el manjar pensaba regresar al piso como había llegado, caminando lento, como una tortuga, deteniéndose en librerías y escaparates que siempre le habían llamado la atención. No tenía prisa, aquel mediodía comería medio pollo asado y patatas que compraría en una casa de comidas rápida, no tendría que preparar nada, comería en el propio envase de aluminio en el que se servía el manjar y quizás lo remataría con alguna manzana asada rápidamente en el microondas.  El sol clamaba inmisericorde y la deshidratación llamaba pronto a las puertas del caminante en aquella ciudad sin árboles.  Sin embargo,  poco antes de salir de aquella enorme madriguera de tenderetes y olores múltiples sintió la inaplazable necesidad de buscar un urinario. Lo cierto es que desde que se había puesto en pie, a la mañana, no había vuelto a acercarse a un retrete y fue en aquellas fechas cuando comenzó a sentir los primeros estragos de la displasia prostática que había heredado genéticamente. No es que fuese todavía preocupante pero lo cierto es que su aguante se había visto seriamente mermado.



   Y sin embargo aquel inicio de la enfermedad, un mal que no por resultar familiar dejaba de ser odioso, le proporcionó por obra y gracia del destino, ese en el que nunca había creído, una oportunidad imposible de desaprovechar, un azar que iba a ser determinante en el final de una vida y el principio de una egolatría difícil de controlar. Al entrar a los aseos, recientemente repasados por el personal de limpieza, que anotaba escrupulosamente en una cuartilla clavada en un tablón de corcho la hora y minutos en los que habían impedido la entrada a los presurosos meones, vio a un tipo de mediana edad, bien vestido, de corbata y traje, como para un funeral o una boda, que suelen gastar el mismo tipo de vestimenta. Al principio no cayó en la cuenta. Jamás había podido orinar al lado de otra persona, una especie de fobia que no había logrado curar, como todas las demás, en todos aquellos años. Se apartó como a tres fuentes de distancia y no pudo comenzar a expulsar el amarillento y cálido elemento hasta que el personaje abandonó su posición y salió de su línea visual. El individuo apretó el botón del lavabo y comenzó a lavarse las manos mientras se ojeaba en el enorme cristal. Entonces, quizás por intuición, o por curiosidad acaso, giró la cabeza y lo reconoció al instante. Le llamaba la atención que estuviese allí, solo, sin ningún acompañante. Siempre creyó que este tipo de personajes solía llevar adosado, como si de una lapa se tratase, algún tipo de guardia, un escolta quizás o tal vez una mínima precaución que delimitara mucho las posibilidades del atentado personal. Pero no era así, estaba solo ante el espejo, secándose arduamente las manos con la estruendosa máquina compresora de aire. Entró entonces un tendero, algún pescadero, con el peto sanguinolento y las manos rojas pero se introdujo en una de las puertas de los retretes, cerrando con el pestillo interior.


    Ahora la situación era mucho más delicada porque no estaban solos y, además, cualquiera podía entrar allí. Su primer pensamiento cuando había reconocido al corrupto había sido apuñalarle con la daga, quizás con un poco de suerte degollarlo con soltura, esconderla donde la llevaba y salir tan campante. Aunque no era lo que había planeado procelosamente, su estilo debería dejar huella, imprimir carácter, esa expresión que tanto le machacaron en los escolapios durante su niñez. Y una pieza de ese calibre, una oportunidad singular e irrepetible que le evitara tener que planearlo todo con la meticulosidad de un cirujano, no se iba a volver a repetir y lo sabía. Notó que el tipejo seguía mirándose en el espejo y pasándose una especie de maquillaje por las ojeras y la nariz. Ese era el mejor momento, una piltrafa humana como ese ex-concejal ahora trabajador a sueldo del famoso constructor, debía de desaparecer de la faz de la tierra. Cuanto antes mejor. Sacó sigilosamente la daga de la bota y aprovechando el momento en el que el ocupante de uno de los wáteres descargaba el líquido elemento asestó dos puñaladas traperas por la espalda, a la altura de los riñones que provocaron un estallido brutal de sangre en haces, en chorros hacia los laterales, el espejo totalmente embadurnado y goteando, el tipejo cayendo desplomado boca abajo. No obstante el líquido no manchó excesivamente al criminal, tan solo unas manchas en el pantalón que se podrían confundir con cualquier suciedad común y alguna gotita en el rostro que rápidamente se lavó con agua. No había expulsado todo el contenido de la arteria renal, obviamente seccionada, ya que parecía como si el cerdo quisiese también retener su propia linfa, deseoso de robar hasta el último aliento de su propia vida. Acto seguido guardó el arma y salió raudo y sin alterarse a la plaza del 25 de Mayo. Pronto observó movimientos acelerados de mucha gente pero decidió sentarse en un banco, al lado de la estatua de un pintor, tranquilo, con parsimonia, para ver el espectáculo. 


  Realmente había sido un verdadero milagro que no lo cogieran. Nadie había entrado a los servicios en ese minuto de tiempo transcurrido desde que descargó su orín y después, con tranquilidad aparente y fría, abandonó el mercado. Todo tan rápido que no se explicaba como el ruido de la cisterna, que es cierto que era atronador,  hubiese solapado el grito estridente de dolor del sinvergüenza al caer desplomado al suelo. Por lo que escuchó en casa, donde llegó sin ganas de comer, estaba vivo pero muy grave, pues las heridas eran mortales de necesidad. Exultante, dejó los pepinillos y los demás pertrechos en la mesa camilla, lavó tenazmente su daga, la guardó en su funda y después, en chanclas, limpió meticulosamente las botas que contenían abundante sangre en su interior. Después, abatido por el cansancio y por el éxito sobrevenido, se lanzó a la cama, en la que transcurrió buena parte de la tarde.

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