No pensaba hacer nada con ella, ni mostrársela a nadie, ni siquiera a
alguno de los pocos vecinos que le saludaban si se lo cruzaba por alguna
esquina, nervioso, cuando no le fluían las palabras y acostumbraba a terminar
tartamudeando. Reservado, había sido poco propenso a mostrar ningún tipo de
intimidades. Y sin embargo en aquellos meses sí que se había producido
una transformación en su carácter que desde el punto de vista ajeno varios en
el barrio comentaron más tarde. Airear aquella cortante cuchilla y
eventualmente mostrarla no iba a ser su única función aquella mañana aunque en
ese momento no era consciente de la oportunidad de oro que el destino le iba a
brindar. El día se mostraría muy pronto propicio para darle otro uso más
pertinente y adecuado a sus fines más íntimos y perversos. Sin prisas y
relajado se había acercado al mercado central, aquel vetusto edificio refugio
de cientos de almas abatidas por el fascismo, en busca de una variedad especial
de pepinillos agridulces que sólo allí vendían, en concreto en el pasillo dos
de la planta baja. No era hombre de vicios extravagantes pero sí de gustos
particulares, muy definidos, intransferibles.
Después de comprar el manjar pensaba regresar al piso como había llegado,
caminando lento, como una tortuga, deteniéndose en librerías y escaparates que
siempre le habían llamado la atención. No tenía prisa, aquel mediodía comería
medio pollo asado y patatas que compraría en una casa de comidas rápida, no
tendría que preparar nada, comería en el propio envase de aluminio en el que se
servía el manjar y quizás lo remataría con alguna manzana asada rápidamente en
el microondas. El sol clamaba inmisericorde y la deshidratación llamaba
pronto a las puertas del caminante en aquella ciudad sin árboles. Sin
embargo, poco antes de salir de aquella enorme madriguera de tenderetes y
olores múltiples sintió la inaplazable necesidad de buscar un urinario. Lo
cierto es que desde que se había puesto en pie, a la mañana, no había vuelto a
acercarse a un retrete y fue en aquellas fechas cuando comenzó a sentir los
primeros estragos de la displasia prostática que había heredado genéticamente.
No es que fuese todavía preocupante pero lo cierto es que su aguante se había
visto seriamente mermado.
Y sin embargo aquel inicio de la enfermedad, un mal que no por resultar
familiar dejaba de ser odioso, le proporcionó por obra y gracia del destino,
ese en el que nunca había creído, una oportunidad imposible de desaprovechar,
un azar que iba a ser determinante en el final de una vida y el principio de
una egolatría difícil de controlar. Al entrar a los aseos, recientemente
repasados por el personal de limpieza, que anotaba escrupulosamente en una
cuartilla clavada en un tablón de corcho la hora y minutos en los que habían
impedido la entrada a los presurosos meones, vio a un tipo de mediana edad,
bien vestido, de corbata y traje, como para un funeral o una boda, que suelen
gastar el mismo tipo de vestimenta. Al principio no cayó en la cuenta. Jamás
había podido orinar al lado de otra persona, una especie de fobia que no había
logrado curar, como todas las demás, en todos aquellos años. Se apartó como a
tres fuentes de distancia y no pudo comenzar a expulsar el amarillento y cálido
elemento hasta que el personaje abandonó su posición y salió de su línea
visual. El individuo apretó el botón del lavabo y comenzó a lavarse las manos
mientras se ojeaba en el enorme cristal. Entonces, quizás por intuición, o por
curiosidad acaso, giró la cabeza y lo reconoció al instante. Le llamaba la
atención que estuviese allí, solo, sin ningún acompañante. Siempre creyó que
este tipo de personajes solía llevar adosado, como si de una lapa se tratase,
algún tipo de guardia, un escolta quizás o tal vez una mínima precaución que
delimitara mucho las posibilidades del atentado personal. Pero no era así,
estaba solo ante el espejo, secándose arduamente las manos con la estruendosa
máquina compresora de aire. Entró entonces un tendero, algún pescadero, con el
peto sanguinolento y las manos rojas pero se introdujo en una de las puertas de
los retretes, cerrando con el pestillo interior.
Ahora la situación era mucho más delicada porque no estaban solos y,
además, cualquiera podía entrar allí. Su primer pensamiento cuando había
reconocido al corrupto había sido apuñalarle con la daga, quizás con un poco de
suerte degollarlo con soltura, esconderla donde la llevaba y salir tan campante.
Aunque no era lo que había planeado procelosamente, su estilo debería dejar
huella, imprimir carácter, esa expresión que tanto le machacaron en los
escolapios durante su niñez. Y una pieza de ese calibre, una oportunidad
singular e irrepetible que le evitara tener que planearlo todo con la
meticulosidad de un cirujano, no se iba a volver a repetir y lo sabía. Notó que
el tipejo seguía mirándose en el espejo y pasándose una especie de maquillaje
por las ojeras y la nariz. Ese era el mejor momento, una piltrafa humana como
ese ex-concejal ahora trabajador a sueldo del famoso constructor, debía de
desaparecer de la faz de la tierra. Cuanto antes mejor. Sacó sigilosamente la
daga de la bota y aprovechando el momento en el que el ocupante de uno de los wáteres
descargaba el líquido elemento asestó dos puñaladas traperas por la espalda, a
la altura de los riñones que provocaron un estallido brutal de sangre en haces, en chorros hacia los laterales, el espejo totalmente embadurnado y goteando, el tipejo cayendo desplomado boca abajo. No obstante el líquido no manchó excesivamente al criminal, tan solo unas manchas en el pantalón que se podrían confundir con cualquier suciedad común y alguna gotita en el rostro que rápidamente se lavó con agua. No había expulsado todo el contenido de la arteria renal, obviamente seccionada, ya que parecía como si el cerdo quisiese también retener su propia linfa,
deseoso de robar hasta el último aliento de su propia vida. Acto seguido guardó
el arma y salió raudo y sin alterarse a la plaza del 25 de Mayo. Pronto observó
movimientos acelerados de mucha gente pero decidió sentarse en un banco, al
lado de la estatua de un pintor, tranquilo, con parsimonia, para ver el
espectáculo.
Realmente había sido un verdadero milagro que no lo cogieran. Nadie había
entrado a los servicios en ese minuto de tiempo transcurrido desde que descargó
su orín y después, con tranquilidad aparente y fría, abandonó el mercado. Todo
tan rápido que no se explicaba como el ruido de la cisterna, que es cierto que
era atronador, hubiese solapado el grito estridente de dolor del
sinvergüenza al caer desplomado al suelo. Por lo que escuchó en casa, donde
llegó sin ganas de comer, estaba vivo pero muy grave, pues las heridas eran
mortales de necesidad. Exultante, dejó los pepinillos y los demás pertrechos en
la mesa camilla, lavó tenazmente su daga, la guardó en su funda y después, en
chanclas, limpió meticulosamente las botas que contenían abundante sangre en su
interior. Después, abatido por el cansancio y por el éxito sobrevenido, se
lanzó a la cama, en la que transcurrió buena parte de la tarde.
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