
Era uno de sus deseos más íntimos. Tanto que ni siquiera su familia más próxima, esposa e hijos, conocían su secreto. Desde niño había fantaseado con la posibilidad de ser invisible, de entrar en aquellos grandes almacenes y tumbarse en las camas o sentarse en aquel butacón de piel negro. Mientras tanto, la gente seguía con su cansina rutina consumista. Pensaba en eso cuando miraba los escaparates engalanados para la navidad y años después recordaría aquel sueño en vigilia que tanto le reconfortaba. Pero esa idea de invisibilidad, de pasar desapercibido, había ido madurando en su psique hasta un punto de no retorno que amenazaba con dejar a sus hijos huérfanos y a su mujer viuda.
Y sin embargo jamás barajó la posibilidad del suicidio. Era un cobarde, lo sabía. No tenía los arrestos necesarios para quitarse de en medio. Pero no quería dejar a sus hijos todavía, cuando ni siquiera habían finalizado la segunda enseñanza. Eso le quitaba el sueño con frecuencia. Fue por entonces cuando en su cabeza una idea fija no cesó de dar vueltas. Al principio de manera esporádica, después como una obsesión enfermiza. Todas las mañanas esa idea necrófila le recibía al nuevo día como una pesadilla tangible. Nada más despertar, antes de ingerir el pertinente café concentrado y golpear el agua fría contra su rostro, ella estaba allí. Lo había imaginado como quien imagina la mayor de las tragedias de sus familiares más queridos, como un escalofrío que rápidamente se marchaba. Verse colgado de una lámpara o, como en las películas, de los barrotes del ventanuco de una cárcel le parecía incluso una osadía por su parte. Jamás lo haría. No entendía porque su cabeza le jugaba esa mala pasada.
Después esa idea fue madurando y mutando como un virus incurable. Quizás su misión en la vida, su aportación vital, estaba ya realizada. Había ofrecido dos criaturas, se había casado, tenía una cómoda posición socio-laboral. Estaba ya todo hecho pensándolo bien. Por tanto lo más oportuno, tras hacer las cosas razonablemente bien, dignamente, sin haber robado, sin haber estafado, sin haber matado como solía ser norma común en aquella patria era desaparecer para siempre. Pero no quitándose o siendo quitado por alguien de circulación. Porque bien podría haber contratado a algún individuo que lo ejecutara en algún lugar remoto. Pero no era esa ya la idea. Quería huir, marcharse y cambiar de identidad. Vivir otra vida, quizás peor, volver a nacer, vivir de nuevo, conocer a gente quizás menos agradable, casarse quizás con una mujer menos cariñosa, tener hijos,¿por qué no?. Fue entonces cuando de manera casual se cruzó en su vida un extraño personaje que le facilitó las cosas.
En una cafetería nueva que acababa de inaugurarse cerca de su centro de trabajo y a la que acudió desesperado por encontrar un café digno entabló conversación con él. Tenía unos cincuenta y pico, moreno, pelo lacio, ojos glaucos, mirada extraviada, frente siempre sudorosa, que impregnaba el cabello caído y dejaba entrever profundas entradas. Sin venir a cuento, tras un intrascendente comentario sobre la noticia que ocupaba todas las televisiones aquel día, una noticia decían que histórica y trascendental para el país, dejó caer su verdadera intención: "me gustaría desaparecer, me da tanta vergüenza lo que veo que me iría y si pudiera cambiaría de identidad". Eso está hecho, dijo el frío conversador. Pronto descubrió que era posible. Él prepararía toda la documentación, falsa por supuesto. Debía tener las maletas hechas dos días después en la estación de Madrid, depositar en la consigna los seis mil euros y recoger en otra, cuya llave le había dado aquella misma mañana. Allí tendría el carnet, la nueva documentación y su nueva vivienda. No debería de preocuparse por nada: oficialmente habría fallecido tras años de búsqueda, realmente habría renacido en un nuevo lugar y con un nuevo pasado.
Salió pronto, a las siete. No preparó maleta para que su mujer no sospechase nada. Simplemente se limitó a llevarse una vacía que cogió del trastero antes de salir a la calle. Se despidió con un frío y convencional beso. Antes había mirado con ternura a sus hijos, todavía dormitando en sus camas. Durante el trayecto cientos de imágenes pasaron por su cabeza: los años de felicidad cuando novios, los sinsabores tras la boda, las mujeres que había amado, los amores no correspondidos, los hijos, cada uno un regalo celestial, los amigos y las cervezas después de una mañana agotadora de trabajo, sus semanales visitas al cine, sus lecturas, su gigantesca biblioteca de libros sin leer. Aturdido por tales pensamientos llegó a las consignas de la estación con el dinero que con muchas dificultades había conseguido reunir y lo depositó en la casilla correspondiente. A continuación abrió la de la documentación. Allí estaba su nueva vida, en un pequeño espacio. Asombrado por su nuevo nombre (jamás hubiera pensado que se llamaría así algún día) cogió el expreso hacia Irún. Después solo tendría que cambiar de medio de locomoción siete veces más para llegar a una pequeña casita en un remoto pueblo de piedra en los montes vascos. Aquello le recordó la "Vacas" de Médem, y las ansias que siempre tuvo de vivir en un caserío semejante. Por fin lo había conseguido: había desaparecido para siempre. El olvido hizo el resto.
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