lunes, 31 de diciembre de 2012

Los infortunios de Pertinax Daponte ( I )

LA INFANCIA
                                                                     
-I-


   Era nuestro protagonista un personaje peculiar: de pequeño sus padres habían decidido, no sin muchos meses de disputas conyugales, endosarle el curioso nombre de Pertinax. El padre, profesor de historia apartado de su cargo por acumulación de expedientes sancionadores prefería Cesar Augusto, la madre, pintora frustrada, vendedora ambulante de manualidades en un mercadillo dominical y ama de casa forzosa por la crisis del petróleo, quería Giorgio, por su gran admirado Chirico, el italiano surrealista. Baste decir que ambos eran españoles, los dos de origen italiano. La familia del padre procedía de una vieja estirpe de catedráticos de economía aunque indagando en sus orígenes sus antepasados procedían de catania, la bella ciudad siciliana. El  abuelo de ella, de origen argentino, también procedía de la isla del Etna. Se rumorea que alguno de sus antepasados más lejanos habían acabado presos en una isla del mediterráneo y que después, por orden de Carlos III, había poblado un pequeño islote frente a las costas levantinas. Se apellidaba Follana. Era nuestro héroe así llamado Pertinax Daponte Follana . El origen de tan peculiar nombre se debió finalmente al azar. Como sus progenitores no se ponían de acuerdo, decidieron echarlo a suertes. Finalmente decidiron un sorteo puro entre todos los emperadores, desde Augusto a Rómulo Augústulo. Utilizaron un sofisticado sistema llenando de bolas un bombo y el resultado fue el que ya sabemos.
   Comenzaba para Pertinax su primer y principal infortunio en la juventud de su vida, tener por nombre el de un emperador romano inútil, que apenas duró unos días en el cargo y que no se distinguió por nada en absoluto. Por si este hecho no fuera suficiente, habría de ser en el futuro pasto de las sornas y burlas de sus compañeros de la primera y segunda enseñanzas. Ya sabemos el significado obtuso y cambiante en forma de mofa que suelen hacer los infantes con el solo objeto de humillar y reirse del más desvalido.  Eso que se conoce en los tiempo modernos con el anglicismo de mobbing y que sufríamos muchos en nuestro primer periplo escolar sin darle apenas importancia. Utilizaban también su apellido con sornas como " Perti puente", " el mal follao" y otras bromas por el estilo. Su nombre marcaría su trayectoria vital porque, como sabemos, uno es en primer lugar su propio nombre ya que no podemos discurrir por la existencia sin tener, como mínimo, una nomenclatura. Es lo único necesario para ser humano, al margen de todo el bagaje que pueda un niño ir adquiriendo con esa cosa tan denostada llamada educación.
    Uno de sus primeros recuerdos humillantes transcurrió siendo verdaderamente joven, apenas contando con unos 3 años de edad. En la calle en la que jugaba al balón con otros chavales. Apareció mezclándose en estos juegos un niño travieso, algo obeso. En principio Pertinax no le dió ninguna importancia y éste comenzó a jugar con el resto. No era un chaval del barrio, pertenecía a otro lugar del microcosmos infantil que es un pequeño pueblo de provincias. Un día apareció el susodicho con unas cañas extraídas de una azarbe cercana o quizás de una era próxima ( hay que tener en cuenta que el pueblo en cuestión era muy pequeño, apenas unos 8.000 habitantes). Debía de ser entorno al mediodía, faltaba poco para la hora de la comida. La madre del protagonista ya tenía el puchero en la mesa. Atrayéndo a Pertinax a un portal contiguo al de su piso empezó con el llamado "juego de los médicos".  Nuestro héroe era el paciente, como se puede suponer. El chico gordo era el doctor y tenía que hacer un tracto rectal.  Introdujo las  cañas por el recto y después salió corriendo. Pocos segundos después Pertinax era descubierto con los pantalones bajados, llenos de sangre y llorando desconsoladamente. No tardó su madre en encontrar a la  madre del individuo obeso. Al final todo quedaría en una reprimenda y la típica excusa de "son cosas de niños". Pero esa situación quedaría indeleble en su memoria y supondría una humillación de la que más adelante guardaría consecuencias poco agradables. 
   El otro recuerdo no demasiado agradable se produjo cuando su madre lo llevaba un día a la guardería. Ese día la señorita, es decir, la encargada de cuidar de los niños, advirtió a su madre de una posible enfermedad de Pertinax. Señora, dijo, su hijo, que es muy inquieto y está todos los días de arriba para abajo, hoy no se ha movido de su asiento. Y era cierto. La razón no era otra que una defecación incontrolada del nene. Por pudor, estuvo toda la mañana pegado a su pequeño pupitre. Después, de regreso al hogar, reconoció su culpa, aunque la madre no le dió apenas importancia y se echó a reir en casa, el quedó humillado para siempre, o al menos durante unos días. Quedaba así, desde la más tierna infancia unido a la escatología, no porque entendiera de asuntos filosóficos, sino por los problemas que salva sea la parte le reportarían ya de adulto. Que nadie espere que en esta biografía vaya a aparecer más adelante, en la primavera de su vida, relaciones coprófagas o algo por el estilo.

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