Navidad,
período del calendario vacacional, nacimiento del Cristo redentor, pesebre y arbolito en casa, rutina y obsolescencia, vacaciones.
Repetición de tópicos. Hastío, cansancio acumulado, ganas de no vivir,
belenes odiosos pululando por las ciudades, plaza de la catedral,
glorieta. La navidad ha sido siempre una época de alegrías infantiles y
odios adultos. Siempre nos recuerda algún acontecimiento funesto que se
produjo en estas fechas. La muerte de mi abuela, mi única y querida
abuela. Mi abuelita paquita.
Pero, al margen de recuerdos amargos, surge siempre esa misantropía
patológica, ese odio a todo lo que está colgado de las fachadas,
atravesando las calles y avenidas comerciales, las luces mágicas de la
navidad. El mercado navideño, lugar esplendoroso si uno vive en Madrid
por estos días, pero triste y aburrido si el lugar es una pequeña y
horrible ciudad sin personalidad más allá de un conjunto repetitivo de
árboles tropicales. Todo esto es para mi la Navidad, con mayúsculas. Los
buenos momentos, las comilonas, el engorde masivo de la especie, las
fiestas hasta el alba o casi, los días tirado en un sofá y el cine,
siempre el cine, pero un cine chabacano, pueril, repetitivo hasta el
hastío. Siempre el duro Hastío.
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