Viendo un vídeo de la banda sonora de Matar a un ruiseñor he sentido de nuevo la vida, he sentido, tras erizarse toda mi piel, que merece la pena vivir, que la vida es hermosa y que existe esperanza. El ser humano puede ser el más bello de los seres viendo a Atticus al lado de Tom, el negro injustamente acusado de violación. Las lágrimas inundan mis ojos tan solo al recordar pasajes de la película, rememoro por un instante los títulos de crédito y la banda sonora, ese pueblo de la américa profunda en los años 60, la américa sureña, los niños jugando en el cálido verano y asustándose del personaje misterioso que vive en la casa de al lado, ese odio racial, el blanco y negro espléndido y ese personaje extraordinario que interpreta Gregory Peck, quizás su mejor interpretación. La película ofrece múltiples sensaciones y las más dulces y placenteras de ellas son la verdad, la justicia, la reconciliación, la libertad...ahí es nada. El condado de Maycomb, Alabama, lugar de intensidad penetrante, personajes muy bien dibujados. Extraordinaria obra de arte. Obras así, y lo más importante, su recuerdo, te enseñan a reconciliarte con ese ser huraño y despiadado llamado hombre.
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