Entrar en coma, coma profundo, debe ser una de las maneras de evitar el sufrimiento, de aplazar los sinsabores e, incluso, de buscar una salida reconfortante a la sucia y deprimente realidad en la que nos movemos en ocasiones. Puede causar un gran dolor a los seres queridos, a los más próximos y a los no tanto, pero es una forma de quitarse de enmedio durante un período lo suficientemente amplio para que los asuntos más peliagudos se hayan resuelto. Un poco la táctica Rajoy, de dejar pudrirse los asuntos, no hacer nada, para que el propio tiempo, inexorablemente, marque el nuevo momento, las nuevas condiciones de partida, las nuevas reglas sobre el tablero, partiendo de la base de que muchas partidas ya podrían haberse terminado y aclarado. Es una tentativa más atrayente que la del suicidio por las muchas ventajas que ofrece. Este te lanza a una realidad desconocida, irreversible de todo punto, incierta para los agnósticos y creyentes, cierta para los ateos.
Nosotros, los agnósticos, tan solo sabemos que no sabemos lo que hay, no entendemos que pueda haber algo después de la muerte. Pero podría haberlo, nunca lo sabremos (hasta que hayamos muerto). Por eso, la mejor opción es el coma. Cuando alguien está absolutamente desesperado, está totalmente irritado e incomprendido, cuando se siente solo rodeado de muchos amigos, cuando no sabe como afrontar los problemas que todo esto le causa día a día y cuando ve un país en el que vive que es un desastre sin salida a priori, es mejor quitarse de enmedio pero dejar una ventana abierta al regreso, quien sabe si por la puerta triunfal, para poder ver un futuro mejor.
Porque, veamos: cuando una persona hace todo lo que está en su mano para que las cosas salgan bien, cuando intenta cambiar su mundo y la realidad y cuando, después de haber luchado incansablemente por sus intereses y los de los que más quiere, observa que los resultados son inícuos, irrelevantes, que todo esta todavía por hacer, que ha clamado en el desierto de la icomprensión, se encuentra en ocasiones sin salida, escuálido tras luchar por todo lo que pensaba que era lo correcto: la educación, la sociedad, el mundo, el amor, la familia, los amigos, todo lo humamente abarcable.
Porque, veamos: cuando una persona hace todo lo que está en su mano para que las cosas salgan bien, cuando intenta cambiar su mundo y la realidad y cuando, después de haber luchado incansablemente por sus intereses y los de los que más quiere, observa que los resultados son inícuos, irrelevantes, que todo esta todavía por hacer, que ha clamado en el desierto de la icomprensión, se encuentra en ocasiones sin salida, escuálido tras luchar por todo lo que pensaba que era lo correcto: la educación, la sociedad, el mundo, el amor, la familia, los amigos, todo lo humamente abarcable.
Dios me libre (siendo agnóstico) de querer entrar en coma, pero no cabe duda de que es un buen punto de vista, como en la película El Dormilón, de Woody Allen, despertar tras una balsámica crionización en otra sociedad, en otra época en la que habría que seguir luchando, pero en la que se partiría de cero, amén del descanso producto de ese retiro tras el desfallecimiento total producto de una lucha sin igual. Se podría haber hecho más, pero no se podía hacer menos.
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