lunes, 25 de marzo de 2013

Rutinas diabólicas

   Igual que Borges, que pretendía aparecer y encontrarse a sí mismo moribundo en un hotel, indicando lugar, día y hora de su fallecimiento, me encuentro en la rutina de observar a diario el mismo itinerario y verme a través del espejo del retrovisor, reflejado en los cristales del automóvil, impávido, taciturno, casi dormido, casi soñando, casi despierto en expectativa de inyectarme vía oral una dosis pequeña de cafeína, un asqueroso café de máquina en la sala de profesores. Después llegando por el frío, triste y desangelado corredor techado, feo y mugriento, accediendo al aulario, me vuelvo a ver reflejado en el cristal, todo alterado, con una irritación irrefrenable por la rutina diabólica de acceder al aula tras evidenciar los rostros huraños e impávidos de los infantes, ya no tanto, más bien niñatos malcriados que ni siquiera tienen la pequeña decencia de traer una libreta con hojas para disimular que apuntan las correcciones del profesor.
   En el aula dejo mis libros encima de la mesa central, presidiendo mi propio yo, observo en el fondo del aula una silla vacía y me imagino a mi mismo ahí sentado, observando con ojillos relucientes y ávidos de conocimiento lo que tengo que decirme, lo que tengo que instruirme, la lección del día, el período de entreguerras, el ascenso del fascismo, Mussolini, Franco, Chamberlain, Dadalier. Tomo notas, para después buscar más información en la enciclopedia Larousse que mi padre acababa de comprar a un viajante de libros y por la que nos han regalado una máquina de escribir eléctrica. Estoy ansioso por llegar a casa y librarme del acoso de otros alumnos desgraciados, de sus vejaciones por tener interés, de sus risas por mi cara ojerosa, por mis defectos, por mis cicatrices.
   Ahora estoy yo delante de todos ellos, de toda esa muchachada, infantiloide e irascible, de mi mismo y quiero castigar a todos, quiero inflingir el más duro castigo pero soy impotente, no me atrevo a castigar a la clase porque se que me estaría castigando a mi mismo. Tan solo esbozo a vuelapluma algunas palabras: copiar cien veces, disciplina, amonestación. Carezco de los arrojos para efrentarme a la muchedumbre incompetente e irrelevante. Sin embargo muestro un especial cariño por toda esa infame e informe masa, tan fácilmente manipulable por los medios de comunicación y tan poco maleable por los docentes. 

    Acierto a decir: -Pueyo, váyase usted a la puta calle-, rememorando las palabras de Baeza, mi profesor de matemáticas en aquella fría mañana de enero del 91 en Almoradí después de mi impertinente risa durante sus explicaciones.
   Entonces el grupo de chavales se queda inmóvil, se detiene en el tiempo, rompe el ruido insoportable en el que se hallaba la sombría y ridícula habitación del encerado. El silencio escalofriante se apodera del aula. El miedo más atroz al ridículo trepa hasta las entrañas del profesor. Nuevamente me veo, pero ahora me veo tal y como soy. Desde un pupitre veo mis gesticulaciones ridículas, mi rictus facial a penas esbozado, mi boca abierta sin emitir ningún sonido. Soy yo, únicamente yo frente a mi, me está hablando, me está diciendo que abandone la sala, que me vaya a la calle. Pero veo mi propio arrepentimiento, mis dudas, mi mala conciencia y esa falta de valor para expulsar a alguien de la sacrosanta institución. No me lo puedo creer pero es como si una cámara de vídeo estuviera dentro de mi cerebro observandome desde el fondo de la clase. Veo las cabezas de todos los chicos y me veo ojeroso, demacrado por mi situación, incapaz de articular palabra, con la boca abierta. De repente empiezo a hablar, mi voz es aguda y desagradable, nasal, pero es perceptible. Mis gritos son desagradables, retumban en todo el habitáculo y me crispan los nervios. Sinceramente opino que debo ser un profesor notable puesto que sin haber siquiera empezado mi discurso he dicho ya casi toda la lección, en dos frases he resumido, he condensado todo el saber humano sobre el tema de la lección. He conseguido sintetizar todo el capítulo del manual de Antonio Fernández. Aunque no soy objetivo: me estoy oyendo a mí mismo y me doy cuenta enseguida de que es esas frases está la totalidad del tema porque yo lo conozco al dedillo. Es posible que el resto del aula ni siquiera sepa todavía de que estoy hablando.
    Pasan los minutos y enciendo el proyector para escribir en la pizarra digital. Dejo la tiza encima del poyete que hay en la pizarra tradicional, en el encerado chirrioso de polvo blanco. Empiezo a anotar ideas en el moderno artilugio y veo mi imagen, mi silueta, mi enorme cabeza sobreada sobre la superficie blanca. Veo mi pelo largo y poco cuidado, mi flequillo finísimo, a punto de extinguirse. Estoy entendiendo que soy percibido doblemente por los discentes, curiosa palabra. Ahora veo con claridad que mi doble y yo estamos delante de todos. Ellos ven mi doble personalidad, la amargada y la jovial que muestro todas las mañanas al trasformarme y actuar entre bambalinas delante de todos. Y la quiero esconder, apago raudo el proyector y me siento, permanezco inmóvil mientras el estruendo de los gritos resuena en mi subsconciente, quedando ya como una persona incapaz, impotente, irrelevante a los ojos de todos. He desaparecido, ya ni siquiera yo me veo desde el fondo. No soy nada, nunca lo fuí aunque por algunos momentos llegué a creer que realizaba una labor social,, que ayudaba a la gente a ser alguien, no  como yo que no soy ni siquiera docente porque solo enseño para mi, para mi imagen reflejada en un vórtice espacio-temporal del infinito que es el mundo.

No hay comentarios:

Publicar un comentario