jueves, 28 de marzo de 2013

Sentencia de muerte

   El hermoso joven vestía de manera informal, llevaba unas zapatillas de deporte, pantalones vaqueros y una camiseta de propaganda de una marca de cosméticos. 
-¿Realmente eres de Uruguay?, le pregunté para sacar algo de conversación.
-No, solamente que trabajé allí durante un año y por eso los colegas me dicen uruguayo. 
Entonces comprendí que todas las ideas previas que me había formado sobre el eran verdaderamente erróneas.
-De todas formas te había notado yo cierto acento.
-Es posible, ya te digo que al estar todo un año conviviendo y relacionándote con la gente algo de acento siempre se te tiene que quedar.
-Es cierto- aseveré. -Yo mismo tenía cierto acento murciano después de vivir en un pueblo durante dos años. Cuando llegué a esta ciudad todo el mundo pensaba que era murciano, algo que me desagradaba muchísimo-.
-Por cierto, ¿Por qué te conocen como el tuerto si no lo eres?, me dijo.
-No estoy seguro, pero cuando comencé a trabajar de pasante en el despacho de abogados algunos desgraciados me bautizaron con ese sobrenombre. Es posible que tuviera relación con la venta de productos financieros de riesgo, que así llamábamos a la estafa que hacíamos con algunos de nuestros clientes en aquella época, aunque no acierto a adivinarlo todavía.
-¿Y no lo preguntaste?, porque yo, en tu caso, no hubiera descansado hasta saberlo.
-Es posible- dije lacónicamente. - Pero no perdamos más el tiempo y comencemos ya la misión que se nos ha encomendado-. Teníamos que entrar en aquel lugar cerrado e inhóspito. Lo cierto es que hacía muy mala noche. Había estado lloviendo durante todo el día y el barro cubría buena parte las calles sin asfaltar de aquel lugar de la ciudad, cercano al puerto. El viento helado hacía sus estragos en nuestros cuerpos desprovistos de abrigo.
-¿Te das cuenta de que van a quedar posiblemente huellas de nuestros calzados y cuando llegue la policía tendrán pistas sobre nosotros?- dijo mi compinche "el dóberman". Nunca quise saber porque tenía ese sobrenombre. -Sí, es cierto, pero no te preocupes porque después del golpe destruiremos todas nuestras ropas, calzado incluído- 
   Había una vieja verja oxidada, en la que eran perceptibles marcas en la forja de la metralla que cayó en ese lugar durante la guerra civil. Era preciso encaramarse a ella y entrar en el recinto olvidado. - Espero que no hayas olvidado guantes- le susurré. -No te preocupes, tuerto, había pensado en eso también, aquí los tengo- y sacó de su bolsillo dos guantes de látex. -Pero esos guantes no sirven, imbécil. No te das cuenta de que se pueden romper- le dije exasperado. Pero no cabía ya rectificación. Había que hacer el trabajo que nos encargaron por correo tres días antes. Saltamos a trompicones la verja y, con ciertas dificultades llegamos a la nave central del recinto. Aparentamente parecía abandonado pero en realidad sabíamos de la existencia de vigilancia. 
   
    Debíamos apoderarnos de unas pequeñas figurillas de barro que nos habían dicho que tenían gran valor. Eran de la prehistoria o algo así. Estaban custiodadas en ese recinto, que pertenecía al museo arqueológico. Nos habían enviado unas fotos en la misiva tres días anterior. Yo solo veía unos horribles objetos, como amuletos, pintados con vivos colores. No sabía nada más de ellos, solo el lugar de su localización en un pequeño croquis que acompañaba a la carta. 
   Estábamos en un pequeño corredor lateral que se situaba entre la nave central y las laterales. Había unas pequeñas ventanas por las que íbamos a intentar penetrar.
-Dóberman- le dije- tendrás que hacer de apoyo para que pueda subir hasta ahí. Depués de entrar saltas y yo te agarro.-¿y por qué no lo hacemos al revés?- me dijo.-calla, imbécil, aquí el que manda soy yo. Si no me obedeces me puedo deshacer de ti en menos que canta un gallo. Haz lo que te digo o te dejo seco-. No volvió a articular palabra hasta que terminamos el trabajo. Sabía de mi historial de crímenes que, sin embargo, jamás me había llevado a estar entre rejas. Lo tuvo muy presente el resto de la noche.

    Conseguí abrir el pequeño ventanuco de manera muy sencilla. Era una ventana de aluminio cerrada herméticamente y sólo tuve que hacer un poco de palanca para abrirla sin romper el cristal. Parece mentira, pero la falta de seguridad suele ser constante en estas instituciones. 

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