El concejal sacó de
improvisto una pistola de su abrigo. Un grito desgarrador se alzó en el pequeño hemiciclo donde se reunían algunos
corruptos aunque no sabemos a ciencia cierta de dónde procedía, acaso de la bancada reservada al pueblo. Después supimos que era de su cuñada, Rosita, la vendedora
de cosméticos, que solía asistir a los plenos para ver a su cariñito. Jesús
Escalambrín era concejal por los socialistas, aunque eso lo mismo da en esta historia.
Podría haber sido comunista o popular, incluso independiente. Eso no viene al
caso ahora. Lo más importante es el momento, el pleno del ayuntamiento y
Escalambrín con su pipa ( desconocemos su procedencia aunque lo que sí sabemos
es que jamás había manejado arma alguna, ni siquiera en la feria del pueblo y
tampoco en la mili, puesto que se libró de hacerla por ser hijo de viuda). La
cuestión es que el concejal alzó al cielo ( mejor, al techo) su pequeña arma.
Alguno guardaba la débil esperanza de que fuera un mechero, pero no, era un
arma de verdad, de las que hacen mucha, mucha pupa. Incluso hubo algunos que albergaban la idea de que se pegaría un tiro en la cabeza, puesto que el acto era televisado por local tv, y a Jesús siempre le había gustado mucho figurar. Pero no era esa su intención.
Llevó a cabo rápidamente
un giro circular con ambos brazos, bien asida la pistola y el pequeño salón
enmudeció bajo una insoportable tensión. Lo que muchos esperaban no se produjo, Jesús disparó al alcalde, compañero y sin embargo enemigo de partido. Como suele suceder en ocasiones, en tiradores inexpertos, la bala atravesó el corazón, el alcalde murió en el acto. Los gritos aumentaron de frecuencia. El jefe de la policía se abalanzó sobre el concejal y recibió otro tiro, en este caso en la pierna. Parece que podía tener más balas en la recámara y todo el mundo estaba expectante, como la tensión producida en el cinéfilo durante una película de Hitchkock. Finalmente, tras ser conminado a que entregara el arma por vecinos y picoletos locales, se descerrajó un tiro en toda la sién, cayendo a plomo sobre su sillón y embadurnando de sangre y materia cerebral toda la tarima y la pequeña tablet que había sido el último juguetito para los concejales regalado con fondos públicos, como debe ser.
Nadie entendía nada, pero todo tenía su explicación. Habría que remontarse a dos años antes, justamente en los meses previos a las elecciones municipales, en las que Jesús Escalambrín, tras desoir a su madre, ya anciana, accedió a formar parte de la lista. La lista negra, por lo que se pudo saber más adelante. Esa lista que depositaron en un cajón transparente 2349 personas y que lo convirtió después en concejal de urbanismo.
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