jueves, 11 de abril de 2013

Sueños

  El insomnio hacía estragos en su alma, en su vida, en su libertad. Lo había atrapado por completo. Recurrió noblemente a la drogadicción, siquiera controlada o, mejor dicho, incontrolada por un facultativo. Pero pronto, se hizo insuficiente y hubo de recurrir a más y más dosis de las pastillas mágicas. La ansiedad se apoderaba de el, ahora que sentía que había perdido demasiado tiempo en disquisiciones absurdas. El sueño aparecía en breves y fugaces rachas sin continuidad, podía aparecer incluso en horas de trabajo, guarneciéndose decorosamente de las personas en lugares oscuros e imposibles de habitar. No llegaba a atrapar el ansiado sueño, estaba muy cerca, pero ni siquiera esas terribles pastillas narcotizantes, conseguían que sus neuronas le dejasen tranquilo por unas horas y poder dejar de mirar al techo, a las antiguas escayolas. 
   Pensó seriamente en el suicidio, quizás la fórmula más atractiva para poder dormir de una vez por todas, además de la manera más limpia y convincente de dejar de sufrir esa terrible dismorfobia que se iba agravando con el paso del tiempo, con ese rostro cada vez más fatigado, mirada perdida, cámara de fotos en la mano para retratar los últimos instantes de su vida. Pensó diversos sistemas puesto que las medicaciones no hacían para nada efecto. Buscó en sus relatos soluciones escapistas que imitar pero no le parecía nada romántico, como él era, lanzarse de cabeza por un puente, por mucha seguridad que diese una altura desmesurada y un suelo granítico, hormigonado. Pensó en una película que acababa de ver,  Quadrophenia, con ese final motero en el acantilado. Ese acantilado era un lugar ya memorable y un lugar mágico, mucho más romántico que el del puente. Decidió viajar a la isla de Inglaterra para arribar a un finisterre, o mejor dicho, finisvitae. Era la mejor solución y por mucho tiempo así lo consideró.

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