Todos los días viajo, todavía medio dormido, hacia mi centro de trabajo. Y hay algo que no acabo de entender: la falta de movilización de un profesorado atacado y vilipendiado desde hace un par de años, cuando se comenzó a meter la tijera de los recortes. Miles de compañeros que se han quedado en paro, algunos amigos, otros que ya saben, casi a ciencia cierta que jamás, repito, jamás volverán a dar clases en la pública. Y sin embargo parece que no pasa nada, es más, parece que las cosas se hayan arreglado, por la pasividad que veo en los docentes.
Reconozco que no es lo mismo tener plaza fija que ser interino, "precario", como se dice en italiano. Y que este año, por la eliminación de estos puestos de trabajo, el nivel de protesta ha disminuído, pero no entiendo muchas cosas. El año pasado asistimos, todos unidos, a varias macro-manifestaciones, en Valencia y Alicante. En ellas no solo vimos a compañeros y excompañeros interinos, sino a las planas mayores de nuestros bienamados institutos. Nos poníamos un día a la semana la camiseta verde de los recortes, asistíamos a asambleas para proponer modelos de protesta. Se trataba de estar unidos, de buscar salidas a esta encrucijada de tremendo ataque al estado de bienestar que nos imponen desde Europa vía Madrid- Valencia.
Entonces, ¿ a qué viene esta pasividad actual?. Nadie asiste a manifestaciones, nadie se atreve a ponerse la camiseta, a poner carteles reivindicativos, a luchar, en definitiva ( estoy siendo injusto con muchos que sí lo hacen). Pero hablo a un nivel superior, aquellas grandes marchas de 40-50 mil personas por las calles alicantinas. Aquello fue grande y emocionante. Yo aporto mi granito de arena, modesto,insuficiente, firmando cuantas propuestas en defensa de los derechos sociales, también de los interinos y de cualquier causa justa y honrada, estaría dispuesto a asistir a marchas, a movilizaciones, a explicar a mis alumnos la importancia de una educación pública y de calidad y a poner carteles reivindicativos, los que hiciesen falta.
Y se me podrá decir que la gente está muy quemada, que está muy cansada de todos los escándalos de corrupción a todos los niveles que inundan los telediarios y noticiarios de todo tipo y pelaje. Y puede que tengan parte de razón. Ayer un profesor afirmó delante de otros 15, reunidos en un seminario, que no oye ya las noticias. Que la situación político-social le abochorna y que vive más tranquilo así, no escuchando, no oyendo. Y es algo que ya voy oyendo cada vez más en la sociedad. Que los escándalos que surgen desde la más alta magistratura del Estado, de manera piramidal, descendiendo hasta la base política no están tan mal. Que siempre ha habido corrupción y que cuando la crisis pase todo se olvidará. Y quizás tenga razón. Es probable que muchos deberíamos hacer lo mismo, dar la espalda a unos corruptos medios de comunicación al servicio de los partidos políticos que destruyen a la sociedad que tanto costó construir, que destruyen la educación pública primando a la privada, fuente de amiguismo y clientelismo, a la par que salida más ventajosa para los más favorecidos.
Pero yo creo que, precisamente ahora, es cuando más atentos hemos de estar. Porque ahora, con toda esta corrupción, con todo este ruido, pretenden agotarnos por la vía del cansancio, por hastío. Y debemos seguir atentos, en la lucha, cada uno a su nivel, los sindicatos haciendo su papel, para eso les pagan, aunque sean sindicatos estatales, pues reciben financiación estatal, lo que limita su posibilidad de crítica al sistema. Pero el profesorado debería volver a levantarse, especialmente ese colectivo amenazado de muerte laboral, los precarios, pero también los funcionarios de carrera, que volveremos a sufrir más recortes, más humillaciones. Ya sabemos que la huelga no es la solución en un país donde hacer huelga ataca radicalemente a la subsistencia de las personas. Pues habrá que hacer cosas, como escribir textos como estos o salir por las tardes, después de nuestro horario laboral. Recientemente me decía un compañero y , a pesar de eso amigo, que se había vuelto de Alicante humillado y desanimado al ver una movilización con no más de 100 personas ante la delegación del gobierno valenciano, Paseo Doctor Gadea. Y yo no estaba, lo reconozco, me hubiera gustado poder ir a todas.
Debemos reaccionar, no se como, no alcanzo a ver de que manera podemos hacer algo provechoso, si podemos concienciar a nuestros vecinos, dar pequeños pasos, como granitos de arena, hablar con la gente, hacernos entender, explicarnos mejor, que para eso somos profesores.
Pero no lo veo, no veo ánimos, no veo reacciones. Sólo veo sonrisas fáciles tras unas breves vacaciones hacia algún paraíso cercano, que algunos ya no nos podemos permitir. Veo complacencia y resignación y creo que eso nos llevará a la destrucción de nuestro modelo educativo en muy poco tiempo. Si nadie hace nada, si todas las discusiones en la cantina versan sobre la cantidad de lluvia que ha caído en Semana Santa, en cómo están las carreteras y nadie habla de como el sistema se está desmoronando, yo no pienso quedarme callado. Por de pronto llevo entre mis manos un valioso libro ( para mi) que explica gran parte de lo que pasa. A veces no tengo tiempo de leer nada, pero lo llevo para que los demás lo vean. Algo es algo. Esa indignación que tan bien canalizó el 15-M ha desaparecido o, al menos, en los que más deberíamos hacer para dar ejemplo, parece oculta en un manto de complacencia, de chistes fáciles, de redes sociales absurdas que no aportan nada mientras ellos, nuestros enemigos, la casta de oligarcas, la casta extractiva, formada por un pequeño grupo de políticos profesionales (no más de 4 o 5) que llevan 30 años dirigiendo este país, se frontan las manos. Pronto la sanidad y la educación será privada, para la mayor parte de la población, menos, como pasa en otros lares, para los deseredados, los desposeídos, que contarán con un auxilio social, habremos vuelto a los años 40. Pero no pasará nada, nuestros queridos compañeros, excelentes profesionales, habrán vuelto a ir de vacaciones, habrán hecho senderismo, habrán ( habremos) reído escuchando las tristes situaciones en locales donde actuan excelentes monologuistas.
La risa, ¡¡qué importante es la risa!!. Reirse es sano, casi curativo. Pero un país que solo sabe reírse y admite toda la mafia corrupta que le gobierna no tiene perdón de Dios ( esto es una frase hecha que viene muy al pelo, por si alguien cree que soy religioso). No tiene dignidad y acabará, como siempre si analizamos nuestra historia contemporánea, tragando todo lo que le pase, se merecerá lo que le haya pasado y de nada valdrán las voces críticas, los hombres y mujeres que habían callado, habían llorado, habían reído, habían, en definitiva, vivido, incluído yo, el que suscribe estas palabras, que he callado más de la cuenta. Pero seguiré escribiendo, seguiré criticando y si alguien tiene alguna propuesta que hacer, que hable conmigo, estoy dispuesto a hacer lo posible, lo que humanamente podamos hacer todos juntos para luchar contra este envilecimiento y esta barbarie.

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