Tradicionalmente se entendía como persona bien educada aquella que nos daba los buenos días, la que cedía el asiento del autobús a una mujer embarazda o a un anciano o ese individuo que nos ofrecía una sonrisa cada vez que nos cruzábamos con el. Otra vertiente del concepto afirmaba que el bien educado era aquel que en una comida esperaba a que todos estuvieran en la mesa para comenzar a desgustar los platos o cuando, en el mismo acto, solicitábamos que nos pusieran agua en el vaso en vez de que nos echaran agua. También las formas eran importantes, el tono de voz era fundamental, un tono suave, pausado, lejos de estridentes alaridos. A todo esto y a algunas cosas más que no vienen al caso se le llamaba educación.
Como la sociedad tiende a evolucionar, no siempre por fortuna de manera positiva, hemos podido comprobar como "manca finezza". La educación ha dejado de significar todo eso. Podemos pensar incluso que una persona es extremadamente educada, equiparándolo a poseer un extraordinario curriculum, una formación prodigiosa a nivel intelectual obviando su forma de comportarse en la cotidianidad e incluso en el trato con los demás. Esta sería una versión de la buena educación contemporánea. Una persona es educada como sinónimo de formada, cultivada e incluso inteligente. Desde este punto de vista contemporáneo es probable que pensemos que la gran mayoría de la sociedad e incluso nuestros alumnos sean unos completos maleducados.
Y aquí viene quizás lo más triste del modelo social al que hemos sido conducidos. Los adolescentes de hoy son maleducados en el antiguo concepto y en el, digamos, contemporáneo. En su gran mayoría detestan los conocimientos humanísticos a la vez que son desconsiderados, histriónicos, escasamente solidarios. Y esta reflexión conlleva naturalmente una injusticia de base: no podemos generalizar, no todos los jóvenes son iguales, hay extraordinarios chavales que colaboran en organizaciones de ayuda social, que ofrecen diariamente una extraordinaria sonrisa y un estupendo buenos días. Faltaría más, añade el que suscribe. Es este un tema que me irrita sobremanera: no poder generalizar cuando sabemos que la mayor parte de un colectivo se comporta de una manera detestable, volvemos a lo políticamente correcto. Pues no, desgraciadamente no es así. Extrapolando a toda la sociedad, se han perdido las formas, las buenas maneras y, desgraciadamente, se han despreciado desde los propios ámbitos docentes el esfuerzo en el estudio, el aprendizaje memorístico e incluso la recepción de conocimientos, el propio papel tradicional del profesor.
El papel del docente, la renuncia a luchar, a seguir luchando es algo que se percibe a diario en nuestros institutos de enseñanza media, que antes ese nombre tenían. Es penoso comprobar la falta de interés y motivación del profesorado e incluso la corrupción moral de muchos de ellos. Me resulta sorprendente que una maestra de literatura jamás haya leído a Borges. Es algo que podría ser comprensible en una docente joven, recién salida de la facultad, pero no en una profesora cercana a la cincuentena. Ejemplos del deterioro de la docencia: la falta de ambición, el contagio de esa generalización del desprecio por la cultura y el saber. También me resulta llamativo que una profesora de historia acepte que el rey de España o su familia sean corruptos porque todas las monarquías lo son y esta nos ha traído un avance de 50 años. Cosas como estas son las que imposibilitan una regeneración social.
Y es quizás este el aspecto más decepcionante del asunto. Que la parte de la sociedad que supuestamente debe formar, educar, enseñar haya renunciado a hacerlo.

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