miércoles, 19 de diciembre de 2012

Evaluaciones

  Esperando para entrar a una evaluación. ¿evaluación de qué?. ¿Tiene sentido en la escuela del siglo XXI, en la escuela de las TIC's, en la escuela de los cañones de proyección, ordenadores portátiles individualizados y pizarras digitales evaluar un pedazo de papel escrito a la manera del siglo XIX, es decir, con tinta embolsada en un artilugio llamado bolígrafo?.  Ante la patente realidad que nos dice que ya no se podría dar una clase normal, por las contínuas "disrupciones" puberales, es decir, por que habría siempre en las aulas un nutrido grupo de infantes que no querrían ejercer su derecho a la educación y, por tanto, molestarían a profesor y compañeros ávidos de aprendizajes, la casta de los "psicopedagogos" llegó  a una conclusión curiosa: evaluemos el comportamiento, la actitud de los niños. 
    Algo que se había dado por supuesto en la escuela tradicional, que el alumno estaba allí para aprender, que callaría para escuchar a su maestro y absorber todo tipo de contenidos teóricos. Esta tesis preestablecida se había venido abajo de forma estrepitosa. Y como no se podría hacer nada para remediar este problema, inventaron la evaluación actitudinal. Con objeto de complementar este rompecabezas en el que se convertía el proceso de evaluación pusieron sobre la mesa el concepto de la evaluación procedimental que no era otra cosa que el trabajo que el alumno hace en casa y su libreta de clase. Toma castaña: habían inventado la dinamita.  
   Y en eso seguimos actualmente en la escuela 2.0 o algo así. Tenemos que evaluar las actitudes y los procedimientos. Cierto es que no debemos olvidarnos de evaluar los conceptos, es decir, los contenidos, la teoría, lo que se debería asimilar, lo que se debería aprender: las tablas de multiplicar, la célula o la Revolución Industrial, pero según esa tribu de psicólogos en manos de los cuales cayó impunemente por deseo expreso de la clase política la educación, debíamos quitarle peso a los conocimientos y valorar cada vez más los otros dos apartados. 
   Ya no tiene sentido examinar. Ese precioso y preciso verbo carece de sentido en la segunda enseñanza española. Es mejor valorar la actitud y el trabajo. No obstante, eventualemente, se pude seguir haciendo un examen teórico del contenido de la materia en cuestión para constatar la nulidad de conocimientos que no albergan esas infantiles cabecitas. Pero solo a la manera de un test, de una encuesta de situación. No contentos con este disparate, la pandilla de psicopedagogos vuelve a lucirse con otro invento genial, del doctor Franz de Copenhague: la evaluación por competencias.
    Se supone que debemos valorar, evaluar digamos, si un discente ha sido capaz de demostrar que es competente, que sabe aplicar al día a día, una competencia determinada: la competencia matemática, la competencia social, la competencia lingüística, la competencia en nuevas tecnologías, etc. En definitiva lo importante no es saber algo, sino demostrar que se sabe aplicar ese conocimiento a la vida cotidiana. Y yo me pregunto: ¿cómo se puede aplicar a la vida cotidiana la constatación de que la célula possee en su interior lisosomas, vacuolas o mitocondrias?. ¿cómo evaluamos que alguien ha sabido utilizar una herramienta tan difusa como la coronación del emperador Carlos V?. Pues malamente, que diría aquel. 
    En definitiva todo este trajín de cambios, de neologismos, de palabras vacías, huecas no ha servido para mejorar nuestra escuela, en la que nosotros tan bien aprendimos a disfrutar viendo una diapositiva del divino Rafael Sanzio, a manejar el microscopio y observar patidifusos que en un pequeño charco del patio había cientos de bacterias. Se trata de eso, de disfrutar, algo que estos individuos han tratado de extirpar de la escuela: disfrutar aprendiendo. Y los exámenes, como toda la vida.
   

No hay comentarios:

Publicar un comentario