martes, 20 de julio de 2021

El suceso. I premio del IV certamen literario de relato corto "Raval d´Elx".

 El suceso. I premio del IV certamen literario de relato corto "Raval 

d´Elx". Categoría Adulto. 



Autor: Andrés Malabar (pseudónimo) 

      ¿A quién no se le ha pasado por la cabeza alguna vez matar a alguien?. No nos referimos a ese odio primario que nuestra frustración cotidiana trata de canalizar mediante reacciones extemporáneas. Matar puede llegar a ser una simple respuesta a un complejo callejón sin salida. O también puede carecer de explicación alguna. Matar, sí, deshacerse de alguien incómodo porque nos amarga la vida, porque nos ha ofendido o, simplemente, porque nos resulta molesto. Entonces el deceso del finado constituye una verdadera liberación. Pero, ¿hemos pensado que puede haber momentos en la vida en los que se asesina al prójimo sin más?. No hay móvil, no hay motivo, sencillamente se mata porque acontece un instante, como caen las hojas en otoño o como en primavera, en una tarde calurosa y soleada, de repente cae una granizada que lo destroza todo.

    Asunción, Asun, Xon era una joven trabajadora del calzado de baja desde hacía meses que un día sin saber muy bien por qué asesinó a una persona.  De buena mañana, después de haber depositado por unas horas a su bebé en una guardería cercana a su domicilio, en el carrer Fossar, acudió al mercado a por unas cuantas verduras y carne para la comida. Ese nuevo y acristalado mercado improvisado del que decidió regresar bajando las escaleras del puente de Canalejas,  pasando por el desvencijado edificio que había acogido la central de Correos. Poco después, cuando caminaba con su cesta de mimbre en una mano, al pasar por el puente más antiguo que atravesaba aquella rambla, la del Vinalopó, empujó con una fuerza descomunal a una señora mayor que estaba asomada mirando las pinturas en el hormigón, el leve transcurrir del agua por su acequia, un poco desbordada tras una noche de lluvias junto al tajamar, de tal modo  que propulsándola al vacío, pereció esta segundos después del impacto contra el sólido fondo  del decorado encauzado.  Ni siquiera se tomó la molestia de mirar el resultado de su acción. Era consciente de lo que había hecho e incluso sintió un helado escalofrío en la espalda al oír el grito desencajado y el crujido final del cráneo al estallar. Pero lo cierto es que prosiguió tranquilamente, solo acelerando levemente su marcha, hasta abandonar el puente de Santa Teresa.

 

      Fue sorprendente que nadie se percatara del hecho. Solo un anciano que circulaba por la otra acera en sentido opuesto, hacia el carrer major del Plá y que estaba ya cercano a abandonar el viaducto, al oír el grito, se giró y después, acercándose a la barandilla de enfrente, observó al fondo como la sangre del cráneo fracturado de la anciana coloreaba intensamente el abstracto dibujo del fondo. Ningún coche circulaba en aquel momento por el trayecto del pequeño pero profundo puente. Xon, Asución, había ya girado hacia su manzana, tres calles al sur del cauce, subiendo la cuesta de Porta Oriola y Sant Miquel. En realidad nada cambió en la ciudad porque las noticias afirmaron que una persona de avanzada edad se había lanzado al vacío de buena mañana. Paradójicamente Xon, la asesina, escuchaba la noticia mientras cuajaba una tortilla a la francesa y su marido miraba en el teléfono las típicas tonterías de un grupo de mensajería.

 

-Otra persona que se suicida. Vaya racha llevamos. Este último mes ya van cuatro-  decía el marido

-Sí, debe ser la crisis- contestó con indiferencia la asesina.

 

 Un suceso sin importancia. Era habitual en aquella ciudad que los suicidas utilizaran los numerosos puentes para acabar con todo. Nadie, por tanto, podía siquiera intuir que se trataba de un asesinato.


   Nadie excepto otra mujer. Esta mujer había visto algo desde el balcón de un octavo piso del bloque que había inmediatamente junto a la estrecha calle que conducía al puente, en la esquina con Juan Ramón Jiménez. Acababa de dar la última calada a un Chester justo en el momento que observó como la vieja se reventaba en la dura superficie de la rambla. En realidad había creído ver, casi en estado de conmoción, que mientras el bulto negro se estrellaba en el suelo seco de aquel río casi sin agua una mujer de mediana edad y con una bolsa en la mano aceleraba el paso y desaparecía de su vista con mucha prisa, como si algo muy urgente la impulsara a ello. Por allí pululaba también un hombrecillo calvo que había cruzado para mirar lo que acababa de acontecer. 

 

   Lo que vio ese día, pese a ser visto a una distancia considerable, la dejó tan sobrecogida que durante unos minutos permaneció sentada en el salón-comedor con vistas al cauce en silencio, cavilando qué era en realidad lo que acababa de presenciar. Obviamente era un suicidio,  se dijo al cabo del rato, algo de lo que la gente hablaba con frecuencia en aquellos tiempos más de lo habitual. Se acordaba de una vecina del Raval que había perdido así a sus dos hijos en un lapso de tres años. ¿Qué está pasando?, se preguntaba. Telefoneó a su hermana para contarle la anécdota, excitada todavía. Después de unas horas, mientras bajaba a pasear a Jackie, su bulldog inglés, pensó en aquella mujer que había visto correr como alma que lleva al diablo.


    ¿No era extraño que no se hubiese detenido ante aquella desgracia?. Pero, al fin y al cabo, ¿por qué debería de haberlo hecho?.¿Es que acaso no había gente que tras un atropello delante de sus narices, pasa rápidamente ante la escena sin inmutarse, escupiendo en el suelo las cáscaras de la bolsa de pipas?.¿Por qué tendemos a creer que todo el mundo tiene que ser tan morboso como nosotros?. Quizás aquella señora iba con prisa y no reparó en el suicidio o bien vio a la mujer antes de lanzarse al vacío y pensó que nada había ya que hacer. Pero entonces, si fue así, ¿no es de una crueldad extrema no intentar evitar la tragedia, quizás tratando de convencer a la suicida de que desista de su acción?. En este último caso ¿por qué nos vemos impelidos a evitar la muerte del prójimo?.En definitiva ¿no han tomado su fatal decisión libremente?. Entonces su muerte solo debería preocupar a un reducido número de personas, las que posiblemente la habían dejado de querer.

 

   Estas eran algunas de las preguntas que mientras paseaba atada a su perrita se realizaba la única persona que creía haber visto un suicidio que en realidad era un crimen. Un cruel y despiadado crimen, más vil si cabe por la intrascendencia otorgada por la homicida a su acción. Los inquisidores  dormían de un tirón tras largas jornadas escuchando a sus víctimas destrozarse la garganta suplicando. Lo cierto es que Xon había dormido muy bien, quizás igual de bien o mejor que cualquier otro día. Era consciente de que podía acabar en prisión, perder a su familia y a su querido hijo pero, tras reflexionar por un momento mientras fregaba los platos, visualmente recreó el instante, reparando de nuevo en que no había nadie en los alrededores y que, al fin y al cabo, estos no dejan de ser asuntos intrascendentes en una ciudad tan repleta de puentes y pasarelas. Sencillamente había ocurrido. No lo había planeado, tampoco era un accidente, era pura y sencillamente una decisión preclara pero sin maldad. Había matado, sí, pero no cabe duda, cavilaba, de que en realidad no había hecho daño a nadie. Esa señora ya había cumplido su ciclo vital y, desgraciada ella, había tenido la mala suerte de pasar a su lado aquella mañana por el puente, como la cucaracha que tiene la mala fortuna de cruzarse ante nosotros antes de que la destrocemos con contra el suelo. “Incidente”, eso era todo. Un terrible y lamentable incidente.

  

 ¿Por qué tenemos ese interés en lo macabro, en la muerte?. Los programas de televisión se pueblan de morbosos crímenes y alcanzan grandes cuotas de audiencia. Es posible que cumplan una función social y que, gracias a ellos, nuestro instinto criminal se atenúe. Por eso se informa a diario, en primera plana, de todo tipo de sucesos macabros que nos enganchan al morbo mientras nos aleccionan sobre lo que no debemos hacer. Pero también es posible que esa sobredosis macabra infunda valor a quién está ya pergeñando su terrible idea. 

 

Mariana daba el último trago al Cardhu desde el balcón con vistas al río mientras meditaba sobre el suicidio. De repente una idea comenzó a rondarle en la cabeza. ¿Cómo es posible que alguien sea tan frío para no dar importancia a que una persona se esté encaramando a la baranda del puente y no trate de impedirlo?. Si es así, esa persona bien podría matar a otra sin sentir nada, con total y pulcra frialdad. Llamó inquieta a Manuel, todavía era pronto  y sabía que su turno acababa a aquella hora.

 

-Hola Manu.

-Hombre, cuanto tiempo, guapa. Hacía semanas que no llamabas.

-Escucha. ¿Sabes que el otro día vi el suicidio de la vieja?.

-¿El del puente de Santa Teresa?. No me digas. Pobre mujer, la soledad, el hastío. ¿Sabes que cobraba 250 euros y vivía sola en un quinto sin ascensor?.

-Creo que no fue suicidio. Creo que la tiraron. No me digas cómo, porque no lo vi, pero es una intuición. Esa mujer...

-¿Estás segura de lo que dices?. ¿De qué mujer hablas?

-Justo cuando cayó al vacío vi a una mujer corriendo en la parte final del puente. Al principio pensé que sería alguien pidiendo ayuda. Pero ahora no paro de darle vueltas y creo algo no encaja.

-Bueno. Puede que sea solo una sensación, una simple intuición de las muchas que tenemos pero que no pasan de eso. El forense dice que la caída fue limpia.  No hay indicios de violencia ni impresiones en el cuerpo más allá de las provocadas por el impacto....la abuela no tenía ya a nadie. Todo encaja, no le des más vueltas.

-Sí, es fácil decirlo cuando tienes una pelota que no te deja comer en la boca del estómago.

-Bueno, de todas formas le echaré un vistazo al asunto. Ya sabes que yo no tengo mando en plaza pero algo puedo hacer. No te preocupes, Marian, relájate, yo te llamo en unos días.

-Gracias, tengo tanto que agradecerte Manu.

- Tanto tiempo sin vernos. Pero ya verás cómo no es nada, de verdad. A ver si  nos volvemos a ver pronto.

-Un beso, Manolico.

 

 

 Manuel preguntó por el asunto. Mariana siguió con el runrún durante varios días y esperaba firmemente su llamada. El Jueves al acabar el turno le llamó. Había algo. Una cámara de seguridad de una tienda que tenía una posición oblicua al puente había registrado una sombra oscura junto a la anciana antes de caer en picado. Era imposible saber si aquello era un efecto de la cámara o verdaderamente otra persona que estaba junto a la supuesta suicida. Lo cierto es que se apreciaba a otra persona circulando a buen ritmo en línea recta después de la caída. Ya era algo. No obstante se dieron instrucciones para que aquello no saliera de allí. Solo Manuel había roto la confidencialidad: Mariana ya lo sabía. Era suficiente. Nadie sabría explicar la forma concreta en que la noticia saltó a la prensa. La forma en que el rumor había llegado a la redacción del diario L. y poco después se había convertido en la comidilla de todo el barrio sería extremadamente difícil de averiguar pero no difícil de intuir.

 

  El asunto como era lógico llegó pronto a oídos de Xon. No obstante se seguía sintiendo segura. Tan interiorizada tenía su inocencia que continuó con su anodina vida. Incluso comentaba con las vecinas la barbaridad de lo acontecido. En el fondo, pensaba, no había obrado erróneamente. La vida te ofrece, en contadas ocasiones, la posibilidad de ayudar a alguien a dejar de sufrir, era un pensamiento en el que creía firmemente desde la época en que había visto morir de cáncer terminal a su madre. No obstante también era consciente de que la mente juega en ocasiones muy malas pasadas.  Aquellos rumores insistentes: era una mujer joven, había que atraparla a toda costa porque podía volver a matar, un ser así no se merecía vivir... Toda aquella opresión moral comenzó a hacer mella en su propias convicciones. Semanas después comenzó a sentirse mal, realmente mal. Lo que en un principió se achacó a su sobrevenida menopausia, fruto de la intervención en dónde se le extrajo el último ovario que todavía producía óvulos, acabó convirtiéndose en una terrible y fulminante depresión nerviosa. De repente, era ella ahora la que sentía la necesidad de  ayuda, era ella y solo ella la que se veía cayendo por aquel puente. No era tanto una duda sobre si su acción fue correcta como un temor a que, en realidad, todo hubiese correspondido a su drama. Aquel terrible drama con el que se le había privado para siempre de la posibilidad de crear nueva vida.

 

   Por las mañanas, casi como si se tratase de una obsesión enfermiza, cuando regresaba con la compra se detenía un buen rato en el lugar en el que había sucedido el incidente, aquel lamentable instante en el que había arrebatado una vida. Depositaba las bolsas en el suelo y se apoyaba en la baranda como lo había hecho la pobre anciana. Después de observar la zona del impacto en el hormigón que contenía todavía una tonalidad más oscura fruto de la abundancia de la sangre, porque aquel río reseco no solía más que llevar un minúsculo hilo de agua, permanecía con la mirada perdida sin hacer ningún movimiento. Se sorprendía de que todavía se pudiese distinguir. O quizás estaba enloqueciendo y solo ella lo veía. Miraba hacia la iglesia de San Juan, hacia las casas que despuntaban desde la mitad del casalicio con la imagen de San Agatángelo. Pero no podía dejar de volver a mirar al suelo, al criminal suelo.


  Uno de aquellos días Mariana, Marian para los íntimos, estaba apoyada en la baranda, asomada a su balcón y, como era su costumbre, la mirada se fijaba en el lugar. El destino quiso que aquella mañana fuese a la misma hora en la que Mariana meditaba sobre si era preciso el suicidio. Observó a la joven mujer y algo que no sabría describir le reveló que era ella. Poco después Xon se derrumbaba ante el comisario. Solo entonces tomó verdadera conciencia de la trascendencia de su acción: no por el crimen sino por lo que este suponía para la colectividad y las devastadoras consecuencias que en el futuro se cernirían sobre su familia, sobre su hijo y el estigma que le acompañaría para siempre. Ella sería la asesina del puente de la virgen, de la que todo el mundo hablaría.  La ciudad, conteniendo el aliento, respiró aliviada: un breve respiro en aquel mar de cotidianeidad de una ciudad poco acostumbrada al crimen pero sí a la muerte autoinflingida. El barrio se sintió un poco menos culpable. 



miércoles, 2 de junio de 2021

Valores cristianos de verdad

  No confío mucho en las jerarquías. Y menos en la eclesiástica. Pero confieso que este Papa me despierta simpatías, por más que no se haya atrevido a una reforma, o un concilio que modernizase sustancialmente la iglesia católica. No obstante me confieso seguidor de valores cristianos aunque siga siendo agnóstico y ocasionalmente practicante. Creo que son valores universales en su mayoría. Por eso no podré votar nunca más (aunque confieso que llegué a hacerlo en el pasado) a partidos que se ríen de las "paguicas" para ayudar a los necesitados, que son partidarios del consumismo (y anticomunismo, claro está) a lo bestia y de esa competitividad tan yankee,en todo mooento, hasta en la escuela, incluso por encima de la salud pública, a la que maltratan con asiduidad, que hablan todo el día de "su nación" por encima  del resto de naciones que están reconocidas en España. De aquellos que deslizan palabras de discriminación hacia sectores minoritarios, como pueden ser homosexuales, transexuales, inmigrantes y funcionarios de corroes, de los que se suelen aprovechar, y que apuestan claramente por la desigualdad de clases que no de individuos (y así lo tiene por escrito algún expresidente como un valor "a preservar"). Por aquellos que desprecian la cultura hablando de "subvencionar" a la progresía ( todo el día con el calificativo de "rojos de mierda") como si no comieran miles de familias de todas esas empresas que hacen películas u obras  teatrales (el mundo de la cultura es un auténtico motor económico, parece mentira que ellos, defensores del capitalismo estén en contra de estas empresas por más subvenciones que reciban).

 De aquellos que invaden con las banderas de todos (la reconocida por la Carta Magna aunque no nos agrade a algunos) y luego evaden capitales e impuestos a " paraísos" en la tierra, por muy de misa diaria y confesión semanal que sean. Por aquellos que cuentan la misma Historia que contaban los nazifascistas o estalinistas a pesar de todas las verdades incontrovertibles que la ciencia historiográfíca ha demostrado, sin posibilidad de dudar de aquellos y estos genocidios. De los que piden bajar impuestos a los más ricos mientras lo suben a los más necesitados y que hacen creer a una falsa y supuesta "clase media" que no existe en realidad, que es a los más desposeídos a los que están "sableando" (aunque suba la luz y la gasolina, que fluctua en un supuesto mercado libre). Ellos que subieron al máximo el IVA, el impuesto más desigual entre los desiguales. De los que prefieren ver morir sufriendo a un ser querido antes que dar libertad de elegir al susodicho para no seguir padeciendo terribles dolores. Los que se espantan y juzgan a una joven que queda embarazada en las primeras semanas decide que no puede romper su propio proyecto de vida todavía sin posibilidad de emancipación. Valores cristianos, en definitiva.

viernes, 24 de julio de 2020

Principado

*Todo el diálogo y los personajes son ficticios y carecen de verosimilitud. Hablan en un despacho de una secretaría M y P.

M: -Paco, ¿Qué te parece lo del jefe?. ¡Menudo clan que tiene montado el hijo puta!.
P: -¡Calla, coño!. ¿Es que no ves que nos pueden escuchar?. Pareces lelo. Estamos en la Consejería.
M:- Tranquilo hombre. Si el viejo ya ha caído. Y a los hijos no los van a tocar. ¿No ves que tienen inmunidad?. Me lo dijo Pepe el otro día.
P:- ¿El fiscal?. Nos ha jodido, tonto no es. ¿O no recuerdas el viaje por el Caribe y otro que creo que hizo a Bali por aquel favor?.
M: - Si, claro. Y lo de la puta que se tiró mientras la mujer estaba en el spa. El cabrón se lo pasó de lujo a cambio de mirar para otro lado.
P:-Pues como tú y como yo, coño. Que aquí hemos trincado todos y...a todas, ja,ja,ja.
M: -En serio: a mi lo que me preocupa es lo del hijo mayor. ¡Ahora que estaba tan bien colocado!. Hay que evitar que nada le salpique. Un cortafuegos, eso es lo que necesitamos. El nos garantiza que todo siga igual. Había pensado en filtrar más dossieres, ¿qué dices?.
P: -Tranquilo, la prensa está huntada. Se lo van a cargar todo al viejo, hasta que la palme, que no creo que le falte nucho. Nos haría un buen favor el cabrón. Lo del dinero que se movía en la mansión, todos esos billetes en negro, todo eso era necesario que se supiese. ¡Nosotros decidimos lo que se filtra en este país!.
M: -Ya Paco, pero sabes que alguien se puede ir de la lengua. Y no te digo nada por ahí fuera. Esto no son los años 80. Ahora cualquier ganapán con móvil monta un digital o un trenddic de esos y te hunde la reputación. Sí, sí, ya se que nada saldría en las teles y que la mayoría no se enteraría pero si llegara a correrse el escándalo...
P: -Aquí los únicos que nos corremos somos nosotros, ja,ja,ja. Y al que no le guste, que se vaya del país. Les tengo un asco a todos esos que desprecian nuestras tradiciones, nuestro seny. Gentuza.
M: - Yo creo que hay que hacer algo, como un ataque preventivo. Golpear ahora, matar al viejo.
P: -Manolo, Manolo. Que ingrato eres. ¿Es que ya no recuerdas todo lo que le debemos a Dios?. Sois mala gente. A ver: podemos hablar con Pepe, que ahora tiene mando en plaza en el Superior. Se cerrará el caso pronto y Santas Pascuas, plin. Y si a algún tarao se le ocurre irse más de la lengua lo capamos o le hundimos la vida. ¿No recuerdas aquel imbécil que acabó suicidándose?. Lo grabamos con la negra haciendo el marica y no lo pudo soportar.
M: -Ya, pero sigo teniendo miedo. A lo mejor hay que pensar en dar otra imagen, hacer como si limpiamos, que caiga toda la mierda del clan en el enano y así nos liberamos los demás. Por supuesto haciendo una declaración, pringando de nuevo al BOE que es el nos sostiene el chiringuito, que pida perdón y montamos un monográfico con los mejores paniaguados del periódico alabando todo lo que hizo por nuestra independencia y alguna otra mentira más.
P: -Minimizar los daños. Que hijoputa eres. Estamos en ello ya chaval, que no te enteras. Esta mañana he hablado con Cimborrio el nuevo director que acabamos de poner y vamos a por ello desde ya. No hay porqué preocuparse. La ramoneta no volverá a hablar por ahora. Hemos soltado un pastón de fondos reservados. !Joder, me han jodido la comida anual en el asador!. ¿O te crees que la pagaba yo?.
M: -Lo que no se es que coño vio en él. Con lo feo que es el cabrón. Porque ella estaba buena, eh. Y cómo lograba que la parienta no se enterara.
P: -¿Pero eres tonto?. Ja,ja,ja. La parienta lo sabe desde que estaba embarazada del hereu. ¿Es qué no conoces aquella vez que ella entró al despacho y se la estaba chupando?. Se dio cuenta, se dio la vuelta y estuvo unos días con la prima en Londres, regando sus penas en Dom Perignon. Después regresó como de costumbre. ¡Iba ella a perder sus privilegios!.
M: -Bueno, bueno. Lo importante es que el hijo nos garantice seguir igual, nuestros sobres a fin de mes y nuestros viajes anuales. ¿Hay algún plan además de comprar a la prensa vieja?. Porque no la lee ya ni el tato. El otro día hablando con el gallego me dice que han cerrado varias imprentas. Que con una en Madrid les da. El futuro es lo digital, me dijo. Y eso es lo que más miedo me da. Ayer lo del viaje a lo Willy Fog, ¿Qué saldrá mañana?. Y si al final alguien canta La Traviatta..(nunca mejor dicho)....a tomar por culo todo.
P: -Hay varios que ya han aceptado. El jefazo está casi maduro. Si cae, todo arreglado. En cuanto a la prensa extranjera no hay que preocuparse. Lo importante es no caer en pánico e ir paso a paso.  Mira: lo primero es una cortina de humo muy potente, de las que montábamos en los 80 y 90. Además el bicho no nos ha venido del todo mal. Si todos saben que el viejo robaba, pues ya está. Lo asume la gente. Toda la mierda para él aunque los hijos se beneficiaran de la pasta ¡Qué se sacrifique joder!. Seguimos en camapaña Dixan. Jesús va a quedar más lustroso que su padre. Estamos en ello, no te preocupes .
M: -¿Hasta cuando Catilina abusarás de mi paciencia?. 
P: - ¿Qué dices, desgraciado?.
M: - Nada, estaba haciendo uso de mis años locos de latín. 
P: - Vaya pérdida de tiempo. Déjate de mariconadas que si nos dan vacaciones algún día en Alcalá-Meco ya tendrás tiempo de retomarlo, imbécil.
M: -Pero en el módulo de mujeres. Que la justicia es igual para todos. ¿O no te acordabas?. 
P: -En la nueva republiqueta también podemos comprarlos... ja,ja,ja,ja.
M: (con desdén) 
-Que listo fuiste siempre. Ja,ja,ja,ja.



sábado, 30 de mayo de 2020

Muerte Negra

 Era hasta cierto punto esperable, tras un confinamiento quasi medieval,  como en una especie de Muerte Negra  postmoderna, repleta de pantallas con las que ver el sufrimiento ajeno, como si se tratasen de espejos en los que reconocernos a nosotros mismos,  que aquel malhadado pueblo, en cuanto se abriera un poco el puño del autoritarismo constitucional saliera en desbandada a terrazas, saraos y fiestas varias sin la mínima cordura higiénica,  propagando irremediablemente el bicho entre los más cercanos. El  esperable cierre, en esta ocasión por distritos,  se aderezó de nuevo con leoninas multas.

 La ayuda sicológica tampoco entonces  llegó a tiempo para salvar a cientos de las sogas y los balcones donde en un ritual macabro los aplausos se tornaron en quejidos desgarrados por un tardío sentimiento de culpa. Gran parte de la sobremortalidad registrada también se debió al descuido en la atención primaria que ofrecía días de angustia ante un teléfono que jamás quiso sonar. 

Aquel verano lo hubiera dado todo por tener un buen refugio en el campo y haber abandonado este mundo incivilizado para encerrarme como Bocaccio en ese lugar apartado con el que siempre había soñado, sin la molestia de los impertinentes viajantes ocasionales ni los ridículos parlanchines del apocalipsis de la libertad.  Encerrarme en mi laberinto particular formado por castillos de papel y celuloide y olvidarme de todo ese desagradable ruido estrambótico provocado por bandas de desalmados que pastan del presupuesto. Desgraciadamente jamás pudo haber sido así. 

martes, 28 de abril de 2020

Holocausto final

  Todo comenzó como había comenzado hacia poco con los humanos. Esos ingenuos impertinentes que se vanagloriaban de tener el privilegio de salir todos los días y a todas horas gracias a ellos. Esos fueron los primeros. Después, alguna lúcida mente, de esas que no suelen pensar, había concluido que para acabar con la epidemia se debían sacrificar a todos. Muerto el perro, se acabó la rabia, pero no solo el perro. Desde hacía décadas se conocían muy bien los coronavirus felinos. Entonces esa mente privilegiada creyó oportuno eliminarlos todos. Pronto se apreció un aumento de los roedores e insectos como las inquietantes cucarachas. Y esa mente dijo. "Bueno, no es significativo. Lo importante es la salud pública, la del ser humano". Acabaron con todos los felinos, tigres, leones, jaguares. Cientos de especies fueron siendo extinguidas o desaparecieron de forma natural al carecer de alimento, pasando a ser un lamentable pero "necesario" mal por un bien común mayor, acabar con las pandemias. Como el planeta vivía en estado de continua abnegación y sacrificio ni siquiera los ecologistas pudieron expresar en público su indignación.
   Los ecosistemas empezaron a resentirse y ante el aumento y descompensación entre especies, se ordenó el holocausto final. El planeta solo estaría habitado por una única especie: el homo sapiens sapiens. Los gobiernos, para entonces ya todos totalitarios contra los indefensos animales hicieron bien su trabajo. La matanza de todas las especies acabó, efectivamente, con la posibilidad de que virus animales afectarán al ser humano. Cierto que el sacrificio personal, íntimo, fue menor para los veganos. El resto tuvieron que acostumbrarse a comer solo verdura y sustituir la falta de proteína animal, carne, leche y sus derivados, con todo tipo de suplementos creados en laboratorios. Pasados unos meses del asesinato de especies apareció una epidemia aparentemente leve de un bacilo del que se desconocía su procedencia, solo se sabía que no se había originado en un animal. ¿Quizás en los insectos, alguno no exterminado, de esos enjambres que ahora poblaban las ciudades y villas a millones, formando extensas nubes que masacraban impunemente a todos los humanos porque previamente habían sido eliminados pájaros y los murciélagos?. El agua sucia, el agua sucia, la falta de desinfección, decían algunos científicos. Pero ya era tarde. La pandemia de estulticia acabó finalmente con la vida en el planeta tierra.

sábado, 25 de abril de 2020

Microcuento 1

Colorín, colorado este cuento ya ha empezado.

Colorín, colorado este cuento nunca ha comenzado.

Colorín, colorado este cuento jamás ha terminado.


Colorín, colorado este cuento ha naufragado.

FIN


miércoles, 22 de abril de 2020

Ignominia


Y los peores sentimientos emergieron cual destructor iceberg. Mientras millones se veían engullidos por un miedo insoportable, ante un borrascoso futuro, ante la concreta  posibilidad de tener que mendigar por los contenedores de basura, como antaño lo habían tenido que hacer sus antepasados, miles de honrados ciudadanos de dudosa moralidad, muchos de misa diaria, envueltos en las enseñas de todos, despreciaban la necesidad imperiosa de no dejar morir de hambre a aquel desdichado pueblo.

 Desde sus mezquinos púlpitos preferían azuzar las contradicciones inherentes a una situación insoportable. Se mofaban de estos, los más necesitados, como en el pasado se habían burlado impunemente de otros.   

Las contradicciones se exacerbaron mientras las libertades eran, de nuevo, puestas en entredicho. Fue entonces cuando los vendedores de humo, los que despreciaban el conocimiento basado en evidencias, agitaron aun más a una población que empezaba de nuevo a señalar al diferente , a etiquetar al disidente, aquel que hundido en un pozo oscuro de ansiedad, no aparecía cada día a la hora acordada. 

Sí, aquella sociedad enfrentada, dislocada y anhelosa de agarrarse a alguna certidumbre. Y millones cayeron en la trampa. Despreciaron la veracidad para abrazar aquella ignominiosa y abyecta falsedad. De nuevo no fue posible la concordia y el odio volvió a infiltrarse en las descorazonadas almas de los más desdichados culpando de nuevo al diferente e inevitablemente a los que siempre habían luchado por sus intereses. 


Imagen:page 76 of "Diccionario enciclopédico hispano-americano de literatura, siencias y artes. Edición profusamente ilustrada con miles de pequeños grabados intercalados en el texto y tirados aparte

viernes, 7 de diciembre de 2018

El objetivo

Aturdido todavía por las circunstancias, Javier, Javi, se mostraba dispuesto a lograr sus objetivos. El lugar incorporaba sutiles espacios para amortiguar sus pensamientos más destructivos. Una casa en la que todavía se mantenía el papel en las paredes, un mobiliario antiguo ( que no anticuado) y algunos matices de modernidad en los rincones, en donde estratégicamente se disponían diversos pufs para recostarse mientras uno podía contemplar tan acogedor espectáculo. 

Le había llamado indignada, soltando verdaderas diatribas contra el director, pero dispuesta, o eso creía él, a acordar unos sencillos pero firmes puntos de los que ambos eran partícipes: dureza, disciplina ante todo y ante todos, coherencia para abordar los retos que se les venían encima.  Se debían mostrar muy enérgicos para imponer la nueva situación, evitando cualquier desvío, cualquier salida de tono que desbaratara verdaderamente sus peliagudos propósitos.
 En muchas ocasiones Valeria había tratado de conllevar sus situaciones haciendo caso a aquellas aburridas normas de convivencia. El aula, los partes, aquellos expedientes. Pero ahora se mostraba implacable. Creía llegado el momento para establecer su dictadura educativa, aunque era consciente de que, por el momento, no contaba con las suficientes fuerzas dentro de aquella anarquía en que se había convertido el centro de trabajo. Ahora sus pensamientos se dirigían a conseguir algún apoyo, aunque fuera el de un triste profesor de filosofía. Ella siempre lo había tenido por un pusilánime. Pero había descubierto, con el paso del tiempo, que detrás de aquella máscara se escondía una persona retraída y acomplejada, sí, pero muy capaz de imponer su visión de la jugada. Era el compañero perfecto para su proyecto definitivo. 

Javi, Javier, esperaba en el suelo y meditaba convencido de poder contenerla. Sabía de sus intenciones y estaba convencido de la necesidad de un nuevo orden que cambiara para siempre su situación. No ansiaba el poder solamente por el sueldo y la notoriedad sino por lograr de una vez por todas, quizás la primera y la última, alcanzar algún objetivo auténtico en su vida... 


jueves, 29 de noviembre de 2018

Enderezar

La vida pasa, el tiempo vuela.
Un profesor pelea, se enfada, riñe.
El viento arquea las palmeras,
y enjambres de aves revolotean sobre sus cabezas.
El  profesor intenta que el gélido viento
no derribe las ilusiones de toda una generación, 
apoyado en la nostalgia por la historia.
Dura tarea, difícil edad.
¡Enderezar!. El único camino...
y no perder jamás la esperanza.



jueves, 2 de agosto de 2018

El verano

El verano son montones de muebles destrozados escoltando al carromato de la basura... es calor transformado en chorros de sudor en las sienes, como una hiperhidrosis ya incontrolada... es salir de la ducha y ya seco volver a estar mojado... son cursos de formación absurdos algunas mañanas y playa de tarde cuando el sol ni hace cosquillas... son gelattos cuando cae el sol en el espectral centro histérico de Elche... es visitar museos vacíos en tu ciudad y bares llenos en las de al lado...es oler la mierda de la depuradora por las noches y ver amanecer desde lo alto de unas palmeras... es ir en el coche escuchando a toda hostia "I'm the walrus" mientras vas a pasar la ITV...es holgazanear cuando te dejan, acostarte a las tantas viendo gilipolleces de cocina o soldaduras en la tele... es seguir adelantando algo de trabajo para septiembre(aunque nadie se lo crea)... es atrincherarse algunos días en el piso con el aire acondicionado pintando piedras con tus hijos...es que se te joda (otra vez) la garganta y que te pase siempre en vacaciones...es estar tranquilo a las doce y media de la noche y recibir en el móvil (puto móvil) un mensaje de la policía "tiene cita para renovar su DNI"... es dormir en el sofá toda la noche después de estremecerte viendo un capítulo de "Black Mirror".... es gritar desesperado por la última rabieta de los niños ... es leer ese clásico pendiente en la página 54 desde hace 2 años... es intentar leer varios libros cuando puedes, llegar a esa página ciento y pico y dudar si regresarlos a su estante o mandarlos al infierno de la basura ... es, como no, un cubo de pintura después de blanquear esa cochina pared del pasillo...es escuchar noticias absurdas que enmascaran otras de extrema gravedad...hacer excursiones y comer chocolate gratis en La Vila... flipar cómo se difunden bulos ahora llamados ' fakes' para manipular a la peña con todo... es pasar de todo y no pasar de nada, Sabina...es, en definitiva, echarte como siempre de menos.

Foto: Luis G. Pueyo


viernes, 22 de junio de 2018

El hombre sin tiempo



  Partía levemente desde su hogar con el solo peso de un aguado café que le proporcionaba su desastrada cafetera eléctrica, antigua, siempre inmóvil frente al molinillo desconchado. Bajaba todavía durmiendo, soñando semiinconsciente con un futuro inaccesible e intangible ya para él, marchaba raudo hacia la larga cola que se formaba en Galdós. Quería llegar pronto para no acceder muy tarde a la oficina de desempleo: sólo quería perder su trabajo. Varias cadenas le habían tentado, mejor salario, más tiempo libre, un plus por error...todo ello había ido generando en su imaginario la ilusa pretensión de mejorar.
 Ahora que su popularidad no hacía más que incrementarse buscaba desesperadamente una salida. En aquellos recintos otrora lujosos y ahora desconchados además de buscar un subsidio se podía hurgar en los corchos en busca de una ocupación diferente, quizás peor remunerada que la actual. Quería despedirse, marcharse, dar un portazo antes de que le llegase la improbable carta de despido.
   La empresa no pensaba echarlo, todo lo contrario, pero es cierto que su prestigio como meteorólogo se había visto menguado hasta límites insoportables por alguien con una pizca siquiera de amor propio. De un tiempo a esta parte había sufrido la vergüenza de una caída descomunal en sus aciertos. Los errores habían sido de bulto. Anunció grandes lluvias en todo el levante durante la Semana Santa y se ganó una querella de varias cadenas hoteleras. El escándalo corrió como la pólvora por redes sociales y fue mofa en diferentes espacios, incluida su propia emisora. Más avanzada la primavera, unas semanas más tarde, pronosticó mal lo que claramente era la penetración de una enorme perturbación por el noroeste peninsular.
 En este caso las chanzas fueron excesivamente crueles, poniendo el énfasis en su aspecto desastrado, su chorreante cabello y su mirada desviada. Todo estaba en su contra como profesional pero la emisora sorprendentemente detectó una gran subida en las audiencias. Cada vez que se anunciaba la aparición del hombre del tiempo la cadena sobreponía el rótulo “El hombre sin tiempo” ante la mofa generalizada de las masas. Había morbo en toda esa gente fracasada por ver la caída, la hostia descomunal del otrora líder, del sabio que ahora daba vergüenza ajena. Sus ridículos siempre reconfortaban a aquellos individuos. Tanto éxito tenía que había llegado a igualar el share del partido de fútbol que se emitía en la cadena de la competencia.
   Quería huir, desaparecer, quizás buscando refugio fuera de los medios visuales. Regresar a la radio, dónde tan buenos momentos había pasado. Allí se sentía querido y respetado. Solo su afán de enriquecerse le hizo dar el salto a la pequeña pantalla, de lo que se arrepentía a diario. Su frágil sueño acabó en espasmos, despertares  frecuentes y casi siempre embadurnado en litros del sudor de la derrota. Por las mañanas había perdido peso, se sentía más ligero pero a la vez menos persona. Su aspecto barruntaba problemas serios de salud y su agente se inquietó. Cierto que en televisión todavía no se notaba su preocupante delgadez y sus inmensas ojeras moradas. Mientras el populacho se divertía, el ardía en deseos por anunciar la verdad, su verdad, su hartazgo, la vileza de los que le observaban. Anunciárselo a sus caras impávidas: sois unos miserables.

   Sus errores eran los beneficios de la emisora. Pronto comenzó a estudiar de nuevo todos sus manuales de meteorología, hasta los más anticuados, los que había estudiado en la facultad. Quería acertar, tenerlo todo atado y bien atado porque esa sería la única manera de que lo despidiesen: acertar. Cuanto más errara más fácil sería que le ofrecieran una irresistible oferta de renovación. Y él quería salir, olvidarse de las cámaras, pasar desapercibido en bares y restaurantes, no firmar ningún autógrafo más aunque los que firmase pusieran un nombre imaginario y desconocido. Pasaron unos días y su buen hacer comenzó a preocupar. Recibió un mensaje en su contestador: debía errar. La voz inconfundible del consejero delegado, ese delante del cual había firmado su contrato años atrás, ese que no lo había vuelto a llamar para agradecerle su sacrificio y su entrega sin límites a la empresa. Al día siguiente apareció por última vez en las pantallas. El tiempo estaba revuelto. Una baja presión muy potente en torno a la costa mediterránea hacía indicar la posibilidad de unas lluvias desaforadas. Investigando hasta el más mínimo detalle llegó a ofrecer la alerta meteorológica que ni siquiera la delegación del gobierno llegó a activar para la mañana siguiente. Anunció inundaciones y hasta precisó los barrancos que a cierta hora del mediodía arrastrarían con su flujo millones de toneladas de barro. En directo, en plena emisión sus compañeros de estudio reían a carcajadas, en las casas millones lloraban de la risa incontenida. Hasta se pudo registrar en el audio directo alguna carcajada del imbécil de Parres.

   Aquella noche estaba preocupado, tenía un amigo que vivía en aquella comarca en la que estaba seguro que una tragedia se avecinaba. Llamó a su teléfono pero nadie contestó. Prefirió no dejar un mensaje en el contestador. Después ingirió un somnífero y descansó hasta las diez de la mañana. Bajó a hacer la compra y se preparó  un frugal almuerzo. Tenía que marchar a los estudios a la una. Pero un mensaje llegó a su teléfono: estás despedido. El jefe. Estaba contento aunque desconocía los límites de la tragedia que  había pronosticado en directo. Relajado, sin obligaciones más que la de ir durante algunos de los siguientes siete días a recoger la carta de despido durmió ligeramente. Por la tarde encendió la televisión y descubrió el macabro hallazgo: más de 35 personas desaparecidas en el barranco de La Cala. 
  Una mezcla de incredulidad y de satisfacción corrían por sus venas. Después de cerciorarse de la buena salud de su amigo llamó a su agente para despedirlo. Nunca más esa sanguijuela le sacaría los cuartos. Por fin se sentía libre para elegir aunque esa libertad hubiese sido obtenida a costa del sufrimiento de muchos inocentes. Pero no tenía remordimientos, había hecho su trabajo y las risas se habían tornado en llantos. Volvía a ser el hombre del tiempo. Pronto se lo rifarían en cualquier empresa. Ahora podría decidir libremente su próximo destino o probablemente, con la indemnización, no regresase jamás a la popularidad. Había recuperado el tiempo que aquel nefasto trabajo de hombre del tiempo le había arrebatado: ya no sería más un hombre sin tiempo.


viernes, 20 de abril de 2018

El hundimiento


Relato presentado al II certamen literario de relato corto "Raval d'Elx"

    A la memoria de José Canals, Jacinto Agulló, Vicente Arroniz y Rafael Palao

  Aquel viernes todo predecía la llegada de un fin de semana tranquilo en la pequeña pero industriosa ciudad: hombres y mujeres marchaban a las fábricas y al campo. Muchas otras, ataviadas con sus mandiles o con pañuelos anudados a la cabeza, salían a comprar al mercado y después marchaban cargadas de ropa a los lavaderos de las acequias. Algunas, pacientemente, se acercaban a la fuente de la plaza a cargar las tinajas con su agua. Todo aparentaba normalidad, todo menos la miseria que se cernía sobre el pobre Pepe. José era un chico fuerte y trabajador pero pertenecía a una familia muy humilde, como la mayoría de las del barrio, una familia que necesitaba que todos los hijos trabajasen para subsistir en su normalizada pobreza. Pero ahora estaba parado porque para su desgracia hacía solo unos días se había lesionado en el partido del club Arrabal. Dolorido y deprimido, tenía que guardar reposo. Para animarlo, sus compañeros le habían prometido una parte proporcional de sus jornales pero Pepe se sentía extraño: no quería perjudicarles, ya que tampoco estos nadaban precisamente en la abundancia. Eran tiempos de postguerra y cartillas de racionamiento, de cara al sol y botijos en verano, de sol y moscas en una España todavía deprimida por la derrota.  

   La mañana de ese viernes había amanecido fresca y despejada en Elche. El sol comenzaba a calentar poco a poco aunque era más agradable acercarse al lado de la solana. Como solía ser habitual por aquellas fechas, a mediodía la temperatura era buena y podía uno pasear por el poble sin chaqueta. De repente, algo terrible sucedió. Como si de una imagen detenida en la pantalla del cine Alcázar se tratase, se escuchó un terrible y seco estruendo que dejó a todo el mundo paralizado y tras el breve pero intenso desconcierto, como las hormigas después de pisotear su hormiguero, todo el mundo empezó a correr desordenadamente en las cercanías del puente de Santa Teresa. Una joven mujer enlutada ni siquiera había podido terminar de santiguarse delante de los casalicios de San Agatángelo y la Mare de Déu. La fuerte explosión había ocurrido muy cerca, en la calle Alfonso XII. El humo blanco y denso subía hacia la fachada desde una tintorería y muchas personas se acercaron tras el desconcierto para ver lo que había sucedido. No tardaron en llegar desde la Plaza del Caudillo un par de guardias urbanos que avisaron a los servicios de emergencias: al parecer dos personas habían resultado heridas en el interior del negocio. Un coche ambulancia llegó pasados unos minutos desde la casa de socorro y se certificó la tragedia: dos fallecidos, calcinados por la explosión de la autoclave del negocio. Poco importaba que la fábrica de alpargatas de Sansano hubiese sufrido daños. La ciudad quedó conmocionada y en desde su casa José sintió un escalofrío que le recorrió todo el cuerpo. No había escuchado la explosión nítidamente pero había visto por la ventana a la gente ir y venir nerviosa entre lamentos y sollozos. Algo en él no andaba bien: sentía una sensación desagradable, como de desconsuelo y luto sobrevenido, de miedo al futuro, de desconcierto.

   Ese sábado habían quedado en el corazón del Raval, junto a la fuente. Ya se hacía tarde, la luz comenzaba a menguar. Entonces llegaron sus amigos, sus compañeros, que tenían un deber no solo humanitario, sino moral: en aquellos tiempos la solidaridad entre los desposeídos era tremendamente fuerte. Llegaron a la plaza y fueron depositando sus duros en la gorra del desdichado, que en el fondo sentía una enorme lástima no sólo por él mismo sino por ellos. De repente, la tierra comenzó a temblar y José, junto a cinco de sus amigos que estaban cerca del centro quedaron paralizados por el terror, esperando el desenlace desastroso que se avecinaba. Entonces, un terrible rugido surgido de lo más profundo del suelo los succionó bestialmente hacia el fondo. El refugio de la Guerra Civil se había venido abajo y la tierra se los había tragado con una voracidad insaciable, casi asesina. Aquel trepidante hundimiento provocó su caída hacia un fondo horripilante y oscuro, lleno de cascotes y escombros, tablas de madera y fragmentos metálicos de la propia fuente. Una notable columna de humo, provocada por la polvareda, se pudo notar por los alrededores pese a la escasez de luz. El ruido atroz hizo que decenas de personas, muchas de paseo y otras saliendo precipitadamente de sus casas, comenzasen a acercarse a aquel pozo sobrevenido cuando el polvo comenzó a escampar. Todo el barrio trataba de ver lo que había pasado mientras los seis desafortunados jóvenes se debatían entre la vida y la muerte en el fondo de aquel oscuro boquete, cuatro de ellos muy malheridos y dos, más afortunados, llenos de heridas y rasguños, pero todavía dotados de una cierta movilidad. Pepe trataba de chillar, pero su voz ahogada apenas llegaba a la superficie. Los sollozos y gritos de los otros, entre lamentos de todo tipo, comenzaron a percibirse entre el rumor inmenso que había generado el gentío. Un sereno y algunos guardias comenzaron a llegar, accionando sus silbatos ahogadamente por la tensión del momento. Todavía no sabían ante lo que se encontraban: si una bomba, un terremoto o un corrimiento de tierras.  Lo cierto es que el suelo se había hundido y el pánico a caer en el interior apartaba al gentío hacia los extremos de la plaza. Los bomberos, que pronto se personaron en el lugar, supieron de inmediato que la estructura del refugio se encontraba muy dañada por las infiltraciones de la propia fuente y que había una clara negligencia que nadie querría ni podría denunciar.

 Dentro del refugio de la infamia José se desvanecía lentamente bajo el peso de aquella enorme losa. No tenía apenas tiempo para pensar, para reaccionar. Luchaba con todas sus fuerzas por tratar de movilizar alguna parte de su cuerpo pero le era imposible. Frustrado, el aire le comenzó a faltar y poco tiempo después se fue desvaneciendo y su corazón apagando para siempre. Entonces Pepe fue libre. Alzó sus ojos y pudo percibir de manera muy luminosa aquella tragedia. No escuchaba sonido alguno, solo luz, cada vez más intensa, que le alejaba de aquel bullicio. A lo lejos pudo ver otras luces fugaces que lo llamaban. No obstante, trató de forzar el descenso para ayudar a los otros dos compañeros que todavía se retorcían entre el dolor, dentro de ese lodazal inmundo en que se había convertido ese agujero, pero algo lo impelía hacia las estrellas. Se sentía liviano, tranquilo y como si flotase, ligero, ingrávido.

  José, el pobre jugador de fútbol y sus desgraciados amigos vieron llorar a un pueblo pero, a pesar de todo, divisaron con gran satisfacción, desde el lugar en el que se encontraban, el rescate de Juan y Fermín y la fortaleza de todo un barrio, su barrio, el Raval, que supo sacar fuerzas de flaqueza y seguir adelante esperando mejores tiempos.

sábado, 31 de marzo de 2018

4 años

   Ya han pasado 4 años de aquel día internacional de la felicidad que casi se torna en tragedia, solo evitada por el valor y coraje materno, siempre luchador y tenaz. Habéis crecido sanos y fuertes, con biberón, fuísteis gordísimas criaturas, siempre parejos en todo menos en el carácter. Ahora ya tenéis una lengua materna asimilada y hasta os lanzáis a imitar el "We are the champions" de Freddy Mercury. Aunque os peleáis como buenos hermanos mellizos, aunque siguen habiendo noches de insomnio y días en los que las luchas y los gritos llegan casi hasta la extenuación, ha merecido la pena conoceros porque dais tanto amor que, en realidad, uno no sabe lo que un hijo puede dar hasta que lo recibe y, mucho más, por partida doble. Ha sido infinitamente duro, más si lo acompañamos de aquella terrible agonía de vuestra abuela, mi madre, de la que tan tristes os pusísteis al saber que no podía bajar del cielo. Ya sois personitas, con vuestras filias y fobias, con esas coletillas tan graciosas al hablar, como borrachos, ese "papá, repásame", los dientes antes de acostar o "necesito refrescarme" la boca antes de cerrar los ojos después del cuento. El descubrimiento del cole que os abrió el mundo a vuestros amiguitos que citáis a todas horas y a los parques de bolas, esa obsesión por pintar y dibujar estrambóticos y aberrantes monigotes, insaciable voracidad de papel, o esa última manía de medir el amor en metros y kilómetros. Y aunque todavía Fran, me pides que te acompañe al aseo para encenderte la luz y tu Álex te me echas encima para que juegue contigo, o para ver cualquier video de juegos en YouTube, son tantas las anécdotas, desde el casi balbuceo con 3 años a la retahíla contando una historia o un cuento, viles chivatos, porque no sabéis guardar un secreto, porque necesitáis vivir y reír, pero también llorar. Desde el estreñimiento crónico al aceitito para hacer caca, palabra que, cual imán, repetís con demasiada frecuencia. Espero que podamos seguir riendo y viviendo juntos muchas más aventuras. La lucha continúa, vuestra madre y primitas, el "toto" Fede, los yayos, siempre omnipresentes y salvadores, en fin, la tía Bienve o vuestro abuelito. Todos os quieren, y yo os adoro, enanos gruñones, nunca olvidadlo. Vuestro padre, Luis 


domingo, 4 de marzo de 2018

La mancha


Viví en aquellos meses de la primavera de 1986 una de las experiencias que más honda impresión dejaron sobre mi persona, marcando para siempre una fría, triste y pusilánime forma de ser que, solo con los años, logré matizar levemente en mi carácter. Sucedió todo durante la que fue mi corta infancia, súbitamente interrumpida para mi desgracia. Yo cursaba sexto de EGB, el equivalente al año escolar en el que se matriculan los niños de diez años aunque por aquellas fechas todavía tenía nueve. Al menos así lo recuerdo mientras escribo estas líneas. Durante mucho tiempo mi mente decidió eliminar aquellos desagradables momentos pero ahora han regresado de manera fragmentaria, aún incompletos, a mi cabeza, golpeándola fuertemente, hasta conducirme a mi actual estado de postración intelectual.

   Dejo a continuación paso a los escritos que encontré  en un perdido cajón del viejo mueble de madera lleno de carcoma y telarañas que durmió muchos años en un antiguo, desconchado y herrumboso pajar de la casa de mis tíos. Creo que son más ilustrativos que lo que yo mismo pudiera redactar en un recuerdo ya lejano que, no obstante, ha vuelto a retumbar en mi frágil memoria.

  Perdida para siempre, hubo un fatídico día: ese en el que descubrí aquella pequeña libretita de anillas rojiza, ya descolorida y cuarteada. Ella regresó como regresan en ocasiones los muertos, ávidos de justicia. Ese bloc de notas, de letra quasi ilegible, comenzó a hacerme recordar. Y es que, es bien sabido que aunque la memoria tiende a edulcorar o matizar buena parte de los sucesos traumáticos que nos suceden en la infancia, en especial los más desagradables, finalmente acaban por asentarse en el interior de nuestros pensamientos más lejanos y oscuros.

  Ahora he vuelto a recordar. El país vivía momentos convulsos y yo vivía con mis padres en un pequeño pueblo al que habíamos sido destinados por el azar de la administración. Este es el inicio de una redacción confusa, de letra casi ilegible, pues por entonces padecía una profunda disgrafía que nunca he acabado de desterrar. Mi formación paleográfica me ha permitido desentrañar esos deformes garabatos que, finalmente, me dispongo a trascribir. No se muy bien porqué lo hago, quizás para que en el futuro, estas cosas no vuelvan a ocurrir.

  Viernes, 23 de Abril 

   Estoy enfadado y por eso escribo. Me he cabreado mucho esta mañana, en el colegio. Antonio me ha escupido en la cara. No se muy bien el porqué, he hablado con la señorita María y lo ha castigado. Después me he sentido mal, porque no quería que lo castigasen. En el fondo yo tenía la culpa, había estado chinchándole toda la semana con lo del partido de fútbol. Luego, cuando he llegado a casa, mi madre estaba llorando. No entiendo le pasa eso, no lo entiendo. Creo que mi madre sufre por algo de mi padre. Él está siempre fuera, solo viene a casa a comer y después se vuelve a ir al trabajo, quizás esta semana iremos al piso de mi abuela como solemos hacer.

Lunes, 26 de Abril.

  Estoy cansado. Este fin de semana hemos hecho lo de siempre, viajar. Cuando vamos de fin de semana mis padres me recogen a las 5, después del colegio. Siento una sensación en el estómago cuando el coche coge un badén, como si me subiera para arriba. No se si es bueno o malo, pero me siento mal así que estaré malo. Cuando llegamos a la ciudad papá tarda mucho en aparcar. Después lo típico. El sábado vino un señor que no conozco y estuvo hablando con mi padre un buen rato. Tiene muy mal aspecto y una mancha muy oscura que le marca la sien derecha. Se les oyó hablar más alto de la cuenta, pero yo estaba viendo la televisión, los dibujos animados. Mi madre había comprado una torta de azúcar que tanto me gustan. Está riquísima, es de hojaldre y me la como toda de un tirón. El domingo no fuimos al parque como acostumbramos a hacer después de salir de misa. Mi padre fue a llamar por teléfono y yo me quedé con mamá viendo el mapa de España que hay en el suelo, en relieve. Por la tarde estuve viendo el programa que me gusta tanto de Si lo se no vengo. Después volvimos al pueblo y sentí otra vez la desagradable sensación de vacío que penetra por mi estómago. Es Domingo porque, al llegar, están dando la serie Luz de luna.

Lunes, 3 de Mayo.

  Este fin de semana hemos ido a casa de mi tio. Como siempre nos ha contado las mismas historias de siempre, muy chulas aunque repetidas. Críticas sobre la comida, lo normal para sacar conversación. Otra vez, en casa de la abuela, ha venido el señor de la semana pasada. Parece que debe dinero a papá. Estaba escuchando en la habitación de las dos camas, al lado de la ventana que da a la galería. Decía que pronto le devolvería el dinero. La verdad es que no he querido preguntar nada por si papá se enfadaba. En el coche hablaba con mamá de que esta semana viajará dos días, que pedirá permiso en el trabajo. No se que es lo que tiene que hacer fuera porque nunca habla de lo que hace cuando se va. Solo dice que va a examinar en oposiciones, que no se muy bien lo que significa. Hoy estaba cansado en el colegio, en el patio le he tirado una piedra al Curro y después el director me ha dicho que hablarían con mis padres. Espero que no lo haga.

Jueves, 5 de Mayo.

   Cuando he llegado esta mediodía a la casa me he cruzado por las escaleras con el señor que he visto en el piso los fines de semana. Supongo que saldría de casa. Papá estaba ya allí. Había vuelto del viaje que hizo el martes. Estaba un poco nervioso, sudando mucho y, cosa rara, se ha dado una ducha. No se cuanto tiempo hace que no se duchaba. Además luego estaba agresivo, se  ha llegado a sacar la correa aunque, como suele ser habitual, después no pega. En el fondo es bueno, aunque me grite de manera desagradable.

Miércoles, 11 de Mayo.

Estoy muy nervioso pero creo que me tranquiliza escribir. Ayer cuando volvía del colegio el hombre estaba en la escalera. Me dijo que esperaba a mi padre y comenzó a tocarme la cara y el pelo. Yo me aparté pero él me abrazó y me tocó por todas partes. Menos mal que salí corriendo y salí a la calle. Tenía mucho miedo pero no podía contarle nada a mamá. Me daba vergüenza. Estoy muy triste por lo que ha pasado. Y pensar que ese hombre tiene tratos con papá. Desearía no haber nacido para no tener que  ver más a ese señor.

Lunes,  16 de Mayo.

El fin de semana lo pasé fatal. Creo que mamá ha notado algo porque no ha parado de preguntarme que qué me pasaba. He decidido olvidar lo que pasó, creo que no volverá a pasar y además si ese hombre me volviera a tocar le daría un buen puntapié el sus partes, para que escarmentara. Después que se quejase a mi simpático papá, que tiene relaciones con el asqueroso este.


A partir de aquí la letra se hace todavía más oscura e ilegible. Realmente ha sido un milagro poder transcribir esta parte pero era como si fuese recordando una a una las palabras. Instintivamente, desgraciadamente he tenido que recordar lo que jamás hubiese querido.

Miércoles, 18 de Mayo.

Ha venido a buscarme al colegio. Estoy muy asustado y creo que mis padres lo están notando. No logro recordar bien su rostro. Tengo pesadillas, veo a una masa informe avanzando hacia mi con unas manos como de plastilina que me atrapan y me sumergen en un  mar de plástico derretido, como cuando se quema en la hoguera. Me ha perseguido y me ha cogido cuando menos lo esperaba, al salir del campo del Quimpa, entre todo el carrizo que se acumula allí. Me ha obligado a hacer cosas que no quería. No lo quiero recordar. Tengo moretones por los brazos, me ha apretado con mucha fuerza y me duele. Tengo que guardar el secreto. Será mi secreto. Nadie lo debe saber. Espero que ese tipo no regrese...


  No se si merece la pena escribir esto o debería dejarlo olvidado en el fondo de mi pensamiento. La verdad es que lo que viví me marcó, como marcaría a cualquier chaval de mi edad. Marcó una vida para siempre y, aunque mis padres y mi familia jamás lo supieron, no volví a ser el mismo. Yo solo recuerdo a un hombre y a una mancha, posiblemente un incipiente melanoma, que ojalá fuese terminal. Aquí acaba el relato de la libretita roja, al menos lo que encontré en aquel lugar. Es posible que las ratas y otros insectos comedores de papel hayan volatilizado algún recuerdo más referente a ese desagradable asunto. Les doy las gracias, ya que en mi memoria no existe nada más después del apunte final. Solo la mancha y lo que el propio texto me ha escupido a la cara vilmente. No quiero recordar pero habré de soportar esta pesada losa el resto de mis días.  

domingo, 21 de enero de 2018

Máximas de pacotilla X (Cronos)

-Sin pasado no habría presente, por tanto no tiene sentido vivir el presente sin aprender del pasado.
-El presente es el espejo en el que se deforma la visión del pasado.
-El pasado se hace presente cíclicamente aunque la mayoría ya no lo recuerde.
-Pasado más presente son igual a futuro, siempre incierto.