jueves, 2 de agosto de 2018

El verano

El verano son montones de muebles destrozados escoltando al carromato de la basura... es calor transformado en chorros de sudor en las sienes, como una hiperhidrosis ya incontrolada... es salir de la ducha y ya seco volver a estar mojado... son cursos de formación absurdos algunas mañanas y playa de tarde cuando el sol ni hace cosquillas... son gelattos cuando cae el sol en el espectral centro histérico de Elche... es visitar museos vacíos en tu ciudad y bares llenos en las de al lado...es oler la mierda de la depuradora por las noches y ver amanecer desde lo alto de unas palmeras... es ir en el coche escuchando a toda hostia "I'm the walrus" mientras vas a pasar la ITV...es holgazanear cuando te dejan, acostarte a las tantas viendo gilipolleces de cocina o soldaduras en la tele... es seguir adelantando algo de trabajo para septiembre(aunque nadie se lo crea)... es atrincherarse algunos días en el piso con el aire acondicionado pintando piedras con tus hijos...es que se te joda (otra vez) la garganta y que te pase siempre en vacaciones...es estar tranquilo a las doce y media de la noche y recibir en el móvil (puto móvil) un mensaje de la policía "tiene cita para renovar su DNI"... es dormir en el sofá toda la noche después de estremecerte viendo un capítulo de "Black Mirror".... es gritar desesperado por la última rabieta de los niños ... es leer ese clásico pendiente en la página 54 desde hace 2 años... es intentar leer varios libros cuando puedes, llegar a esa página ciento y pico y dudar si regresarlos a su estante o mandarlos al infierno de la basura ... es, como no, un cubo de pintura después de blanquear esa cochina pared del pasillo...es escuchar noticias absurdas que enmascaran otras de extrema gravedad...hacer excursiones y comer chocolate gratis en La Vila... flipar cómo se difunden bulos ahora llamados ' fakes' para manipular a la peña con todo... es pasar de todo y no pasar de nada, Sabina...es, en definitiva, echarte como siempre de menos.

Foto: Luis G. Pueyo


viernes, 22 de junio de 2018

El hombre sin tiempo



  Partía levemente desde su hogar con el solo peso de un aguado café que le proporcionaba su desastrada cafetera eléctrica, antigua, siempre inmóvil frente al molinillo desconchado. Bajaba todavía durmiendo, soñando semiinconsciente con un futuro inaccesible e intangible ya para él, marchaba raudo hacia la larga cola que se formaba en Galdós. Quería llegar pronto para no acceder muy tarde a la oficina de desempleo: sólo quería perder su trabajo. Varias cadenas le habían tentado, mejor salario, más tiempo libre, un plus por error...todo ello había ido generando en su imaginario la ilusa pretensión de mejorar.
 Ahora que su popularidad no hacía más que incrementarse buscaba desesperadamente una salida. En aquellos recintos otrora lujosos y ahora desconchados además de buscar un subsidio se podía hurgar en los corchos en busca de una ocupación diferente, quizás peor remunerada que la actual. Quería despedirse, marcharse, dar un portazo antes de que le llegase la improbable carta de despido.
   La empresa no pensaba echarlo, todo lo contrario, pero es cierto que su prestigio como meteorólogo se había visto menguado hasta límites insoportables por alguien con una pizca siquiera de amor propio. De un tiempo a esta parte había sufrido la vergüenza de una caída descomunal en sus aciertos. Los errores habían sido de bulto. Anunció grandes lluvias en todo el levante durante la Semana Santa y se ganó una querella de varias cadenas hoteleras. El escándalo corrió como la pólvora por redes sociales y fue mofa en diferentes espacios, incluida su propia emisora. Más avanzada la primavera, unas semanas más tarde, pronosticó mal lo que claramente era la penetración de una enorme perturbación por el noroeste peninsular.
 En este caso las chanzas fueron excesivamente crueles, poniendo el énfasis en su aspecto desastrado, su chorreante cabello y su mirada desviada. Todo estaba en su contra como profesional pero la emisora sorprendentemente detectó una gran subida en las audiencias. Cada vez que se anunciaba la aparición del hombre del tiempo la cadena sobreponía el rótulo “El hombre sin tiempo” ante la mofa generalizada de las masas. Había morbo en toda esa gente fracasada por ver la caída, la hostia descomunal del otrora líder, del sabio que ahora daba vergüenza ajena. Sus ridículos siempre reconfortaban a aquellos individuos. Tanto éxito tenía que había llegado a igualar el share del partido de fútbol que se emitía en la cadena de la competencia.
   Quería huir, desaparecer, quizás buscando refugio fuera de los medios visuales. Regresar a la radio, dónde tan buenos momentos había pasado. Allí se sentía querido y respetado. Solo su afán de enriquecerse le hizo dar el salto a la pequeña pantalla, de lo que se arrepentía a diario. Su frágil sueño acabó en espasmos, despertares  frecuentes y casi siempre embadurnado en litros del sudor de la derrota. Por las mañanas había perdido peso, se sentía más ligero pero a la vez menos persona. Su aspecto barruntaba problemas serios de salud y su agente se inquietó. Cierto que en televisión todavía no se notaba su preocupante delgadez y sus inmensas ojeras moradas. Mientras el populacho se divertía, el ardía en deseos por anunciar la verdad, su verdad, su hartazgo, la vileza de los que le observaban. Anunciárselo a sus caras impávidas: sois unos miserables.

   Sus errores eran los beneficios de la emisora. Pronto comenzó a estudiar de nuevo todos sus manuales de meteorología, hasta los más anticuados, los que había estudiado en la facultad. Quería acertar, tenerlo todo atado y bien atado porque esa sería la única manera de que lo despidiesen: acertar. Cuanto más errara más fácil sería que le ofrecieran una irresistible oferta de renovación. Y él quería salir, olvidarse de las cámaras, pasar desapercibido en bares y restaurantes, no firmar ningún autógrafo más aunque los que firmase pusieran un nombre imaginario y desconocido. Pasaron unos días y su buen hacer comenzó a preocupar. Recibió un mensaje en su contestador: debía errar. La voz inconfundible del consejero delegado, ese delante del cual había firmado su contrato años atrás, ese que no lo había vuelto a llamar para agradecerle su sacrificio y su entrega sin límites a la empresa. Al día siguiente apareció por última vez en las pantallas. El tiempo estaba revuelto. Una baja presión muy potente en torno a la costa mediterránea hacía indicar la posibilidad de unas lluvias desaforadas. Investigando hasta el más mínimo detalle llegó a ofrecer la alerta meteorológica que ni siquiera la delegación del gobierno llegó a activar para la mañana siguiente. Anunció inundaciones y hasta precisó los barrancos que a cierta hora del mediodía arrastrarían con su flujo millones de toneladas de barro. En directo, en plena emisión sus compañeros de estudio reían a carcajadas, en las casas millones lloraban de la risa incontenida. Hasta se pudo registrar en el audio directo alguna carcajada del imbécil de Parres.

   Aquella noche estaba preocupado, tenía un amigo que vivía en aquella comarca en la que estaba seguro que una tragedia se avecinaba. Llamó a su teléfono pero nadie contestó. Prefirió no dejar un mensaje en el contestador. Después ingirió un somnífero y descansó hasta las diez de la mañana. Bajó a hacer la compra y se preparó  un frugal almuerzo. Tenía que marchar a los estudios a la una. Pero un mensaje llegó a su teléfono: estás despedido. El jefe. Estaba contento aunque desconocía los límites de la tragedia que  había pronosticado en directo. Relajado, sin obligaciones más que la de ir durante algunos de los siguientes siete días a recoger la carta de despido durmió ligeramente. Por la tarde encendió la televisión y descubrió el macabro hallazgo: más de 35 personas desaparecidas en el barranco de La Cala. 
  Una mezcla de incredulidad y de satisfacción corrían por sus venas. Después de cerciorarse de la buena salud de su amigo llamó a su agente para despedirlo. Nunca más esa sanguijuela le sacaría los cuartos. Por fin se sentía libre para elegir aunque esa libertad hubiese sido obtenida a costa del sufrimiento de muchos inocentes. Pero no tenía remordimientos, había hecho su trabajo y las risas se habían tornado en llantos. Volvía a ser el hombre del tiempo. Pronto se lo rifarían en cualquier empresa. Ahora podría decidir libremente su próximo destino o probablemente, con la indemnización, no regresase jamás a la popularidad. Había recuperado el tiempo que aquel nefasto trabajo de hombre del tiempo le había arrebatado: ya no sería más un hombre sin tiempo.


viernes, 20 de abril de 2018

El hundimiento


Relato presentado al II certamen literario de relato corto "Raval d'Elx"

    A la memoria de José Canals, Jacinto Agulló, Vicente Arroniz y Rafael Palao

  Aquel viernes todo predecía la llegada de un fin de semana tranquilo en la pequeña pero industriosa ciudad: hombres y mujeres marchaban a las fábricas y al campo. Muchas otras, ataviadas con sus mandiles o con pañuelos anudados a la cabeza, salían a comprar al mercado y después marchaban cargadas de ropa a los lavaderos de las acequias. Algunas, pacientemente, se acercaban a la fuente de la plaza a cargar las tinajas con su agua. Todo aparentaba normalidad, todo menos la miseria que se cernía sobre el pobre Pepe. José era un chico fuerte y trabajador pero pertenecía a una familia muy humilde, como la mayoría de las del barrio, una familia que necesitaba que todos los hijos trabajasen para subsistir en su normalizada pobreza. Pero ahora estaba parado porque para su desgracia hacía solo unos días se había lesionado en el partido del club Arrabal. Dolorido y deprimido, tenía que guardar reposo. Para animarlo, sus compañeros le habían prometido una parte proporcional de sus jornales pero Pepe se sentía extraño: no quería perjudicarles, ya que tampoco estos nadaban precisamente en la abundancia. Eran tiempos de postguerra y cartillas de racionamiento, de cara al sol y botijos en verano, de sol y moscas en una España todavía deprimida por la derrota.  

   La mañana de ese viernes había amanecido fresca y despejada en Elche. El sol comenzaba a calentar poco a poco aunque era más agradable acercarse al lado de la solana. Como solía ser habitual por aquellas fechas, a mediodía la temperatura era buena y podía uno pasear por el poble sin chaqueta. De repente, algo terrible sucedió. Como si de una imagen detenida en la pantalla del cine Alcázar se tratase, se escuchó un terrible y seco estruendo que dejó a todo el mundo paralizado y tras el breve pero intenso desconcierto, como las hormigas después de pisotear su hormiguero, todo el mundo empezó a correr desordenadamente en las cercanías del puente de Santa Teresa. Una joven mujer enlutada ni siquiera había podido terminar de santiguarse delante de los casalicios de San Agatángelo y la Mare de Déu. La fuerte explosión había ocurrido muy cerca, en la calle Alfonso XII. El humo blanco y denso subía hacia la fachada desde una tintorería y muchas personas se acercaron tras el desconcierto para ver lo que había sucedido. No tardaron en llegar desde la Plaza del Caudillo un par de guardias urbanos que avisaron a los servicios de emergencias: al parecer dos personas habían resultado heridas en el interior del negocio. Un coche ambulancia llegó pasados unos minutos desde la casa de socorro y se certificó la tragedia: dos fallecidos, calcinados por la explosión de la autoclave del negocio. Poco importaba que la fábrica de alpargatas de Sansano hubiese sufrido daños. La ciudad quedó conmocionada y en desde su casa José sintió un escalofrío que le recorrió todo el cuerpo. No había escuchado la explosión nítidamente pero había visto por la ventana a la gente ir y venir nerviosa entre lamentos y sollozos. Algo en él no andaba bien: sentía una sensación desagradable, como de desconsuelo y luto sobrevenido, de miedo al futuro, de desconcierto.

   Ese sábado habían quedado en el corazón del Raval, junto a la fuente. Ya se hacía tarde, la luz comenzaba a menguar. Entonces llegaron sus amigos, sus compañeros, que tenían un deber no solo humanitario, sino moral: en aquellos tiempos la solidaridad entre los desposeídos era tremendamente fuerte. Llegaron a la plaza y fueron depositando sus duros en la gorra del desdichado, que en el fondo sentía una enorme lástima no sólo por él mismo sino por ellos. De repente, la tierra comenzó a temblar y José, junto a cinco de sus amigos que estaban cerca del centro quedaron paralizados por el terror, esperando el desenlace desastroso que se avecinaba. Entonces, un terrible rugido surgido de lo más profundo del suelo los succionó bestialmente hacia el fondo. El refugio de la Guerra Civil se había venido abajo y la tierra se los había tragado con una voracidad insaciable, casi asesina. Aquel trepidante hundimiento provocó su caída hacia un fondo horripilante y oscuro, lleno de cascotes y escombros, tablas de madera y fragmentos metálicos de la propia fuente. Una notable columna de humo, provocada por la polvareda, se pudo notar por los alrededores pese a la escasez de luz. El ruido atroz hizo que decenas de personas, muchas de paseo y otras saliendo precipitadamente de sus casas, comenzasen a acercarse a aquel pozo sobrevenido cuando el polvo comenzó a escampar. Todo el barrio trataba de ver lo que había pasado mientras los seis desafortunados jóvenes se debatían entre la vida y la muerte en el fondo de aquel oscuro boquete, cuatro de ellos muy malheridos y dos, más afortunados, llenos de heridas y rasguños, pero todavía dotados de una cierta movilidad. Pepe trataba de chillar, pero su voz ahogada apenas llegaba a la superficie. Los sollozos y gritos de los otros, entre lamentos de todo tipo, comenzaron a percibirse entre el rumor inmenso que había generado el gentío. Un sereno y algunos guardias comenzaron a llegar, accionando sus silbatos ahogadamente por la tensión del momento. Todavía no sabían ante lo que se encontraban: si una bomba, un terremoto o un corrimiento de tierras.  Lo cierto es que el suelo se había hundido y el pánico a caer en el interior apartaba al gentío hacia los extremos de la plaza. Los bomberos, que pronto se personaron en el lugar, supieron de inmediato que la estructura del refugio se encontraba muy dañada por las infiltraciones de la propia fuente y que había una clara negligencia que nadie querría ni podría denunciar.

 Dentro del refugio de la infamia José se desvanecía lentamente bajo el peso de aquella enorme losa. No tenía apenas tiempo para pensar, para reaccionar. Luchaba con todas sus fuerzas por tratar de movilizar alguna parte de su cuerpo pero le era imposible. Frustrado, el aire le comenzó a faltar y poco tiempo después se fue desvaneciendo y su corazón apagando para siempre. Entonces Pepe fue libre. Alzó sus ojos y pudo percibir de manera muy luminosa aquella tragedia. No escuchaba sonido alguno, solo luz, cada vez más intensa, que le alejaba de aquel bullicio. A lo lejos pudo ver otras luces fugaces que lo llamaban. No obstante, trató de forzar el descenso para ayudar a los otros dos compañeros que todavía se retorcían entre el dolor, dentro de ese lodazal inmundo en que se había convertido ese agujero, pero algo lo impelía hacia las estrellas. Se sentía liviano, tranquilo y como si flotase, ligero, ingrávido.

  José, el pobre jugador de fútbol y sus desgraciados amigos vieron llorar a un pueblo pero, a pesar de todo, divisaron con gran satisfacción, desde el lugar en el que se encontraban, el rescate de Juan y Fermín y la fortaleza de todo un barrio, su barrio, el Raval, que supo sacar fuerzas de flaqueza y seguir adelante esperando mejores tiempos.

sábado, 31 de marzo de 2018

4 años

   Ya han pasado 4 años de aquel día internacional de la felicidad que casi se torna en tragedia, solo evitada por el valor y coraje materno, siempre luchador y tenaz. Habéis crecido sanos y fuertes, con biberón, fuísteis gordísimas criaturas, siempre parejos en todo menos en el carácter. Ahora ya tenéis una lengua materna asimilada y hasta os lanzáis a imitar el "We are the champions" de Freddy Mercury. Aunque os peleáis como buenos hermanos mellizos, aunque siguen habiendo noches de insomnio y días en los que las luchas y los gritos llegan casi hasta la extenuación, ha merecido la pena conoceros porque dais tanto amor que, en realidad, uno no sabe lo que un hijo puede dar hasta que lo recibe y, mucho más, por partida doble. Ha sido infinitamente duro, más si lo acompañamos de aquella terrible agonía de vuestra abuela, mi madre, de la que tan tristes os pusísteis al saber que no podía bajar del cielo. Ya sois personitas, con vuestras filias y fobias, con esas coletillas tan graciosas al hablar, como borrachos, ese "papá, repásame", los dientes antes de acostar o "necesito refrescarme" la boca antes de cerrar los ojos después del cuento. El descubrimiento del cole que os abrió el mundo a vuestros amiguitos que citáis a todas horas y a los parques de bolas, esa obsesión por pintar y dibujar estrambóticos y aberrantes monigotes, insaciable voracidad de papel, o esa última manía de medir el amor en metros y kilómetros. Y aunque todavía Fran, me pides que te acompañe al aseo para encenderte la luz y tu Álex te me echas encima para que juegue contigo, o para ver cualquier video de juegos en YouTube, son tantas las anécdotas, desde el casi balbuceo con 3 años a la retahíla contando una historia o un cuento, viles chivatos, porque no sabéis guardar un secreto, porque necesitáis vivir y reír, pero también llorar. Desde el estreñimiento crónico al aceitito para hacer caca, palabra que, cual imán, repetís con demasiada frecuencia. Espero que podamos seguir riendo y viviendo juntos muchas más aventuras. La lucha continúa, vuestra madre y primitas, el "toto" Fede, los yayos, siempre omnipresentes y salvadores, en fin, la tía Bienve o vuestro abuelito. Todos os quieren, y yo os adoro, enanos gruñones, nunca olvidadlo. Vuestro padre, Luis 


domingo, 4 de marzo de 2018

La mancha


Viví en aquellos meses de la primavera de 1986 una de las experiencias que más honda impresión dejaron sobre mi persona, marcando para siempre una fría, triste y pusilánime forma de ser que, solo con los años, logré matizar levemente en mi carácter. Sucedió todo durante la que fue mi corta infancia, súbitamente interrumpida para mi desgracia. Yo cursaba sexto de EGB, el equivalente al año escolar en el que se matriculan los niños de diez años aunque por aquellas fechas todavía tenía nueve. Al menos así lo recuerdo mientras escribo estas líneas. Durante mucho tiempo mi mente decidió eliminar aquellos desagradables momentos pero ahora han regresado de manera fragmentaria, aún incompletos, a mi cabeza, golpeándola fuertemente, hasta conducirme a mi actual estado de postración intelectual.

   Dejo a continuación paso a los escritos que encontré  en un perdido cajón del viejo mueble de madera lleno de carcoma y telarañas que durmió muchos años en un antiguo, desconchado y herrumboso pajar de la casa de mis tíos. Creo que son más ilustrativos que lo que yo mismo pudiera redactar en un recuerdo ya lejano que, no obstante, ha vuelto a retumbar en mi frágil memoria.

  Perdida para siempre, hubo un fatídico día: ese en el que descubrí aquella pequeña libretita de anillas rojiza, ya descolorida y cuarteada. Ella regresó como regresan en ocasiones los muertos, ávidos de justicia. Ese bloc de notas, de letra quasi ilegible, comenzó a hacerme recordar. Y es que, es bien sabido que aunque la memoria tiende a edulcorar o matizar buena parte de los sucesos traumáticos que nos suceden en la infancia, en especial los más desagradables, finalmente acaban por asentarse en el interior de nuestros pensamientos más lejanos y oscuros.

  Ahora he vuelto a recordar. El país vivía momentos convulsos y yo vivía con mis padres en un pequeño pueblo al que habíamos sido destinados por el azar de la administración. Este es el inicio de una redacción confusa, de letra casi ilegible, pues por entonces padecía una profunda disgrafía que nunca he acabado de desterrar. Mi formación paleográfica me ha permitido desentrañar esos deformes garabatos que, finalmente, me dispongo a trascribir. No se muy bien porqué lo hago, quizás para que en el futuro, estas cosas no vuelvan a ocurrir.

  Viernes, 23 de Abril 

   Estoy enfadado y por eso escribo. Me he cabreado mucho esta mañana, en el colegio. Antonio me ha escupido en la cara. No se muy bien el porqué, he hablado con la señorita María y lo ha castigado. Después me he sentido mal, porque no quería que lo castigasen. En el fondo yo tenía la culpa, había estado chinchándole toda la semana con lo del partido de fútbol. Luego, cuando he llegado a casa, mi madre estaba llorando. No entiendo le pasa eso, no lo entiendo. Creo que mi madre sufre por algo de mi padre. Él está siempre fuera, solo viene a casa a comer y después se vuelve a ir al trabajo, quizás esta semana iremos al piso de mi abuela como solemos hacer.

Lunes, 26 de Abril.

  Estoy cansado. Este fin de semana hemos hecho lo de siempre, viajar. Cuando vamos de fin de semana mis padres me recogen a las 5, después del colegio. Siento una sensación en el estómago cuando el coche coge un badén, como si me subiera para arriba. No se si es bueno o malo, pero me siento mal así que estaré malo. Cuando llegamos a la ciudad papá tarda mucho en aparcar. Después lo típico. El sábado vino un señor que no conozco y estuvo hablando con mi padre un buen rato. Tiene muy mal aspecto y una mancha muy oscura que le marca la sien derecha. Se les oyó hablar más alto de la cuenta, pero yo estaba viendo la televisión, los dibujos animados. Mi madre había comprado una torta de azúcar que tanto me gustan. Está riquísima, es de hojaldre y me la como toda de un tirón. El domingo no fuimos al parque como acostumbramos a hacer después de salir de misa. Mi padre fue a llamar por teléfono y yo me quedé con mamá viendo el mapa de España que hay en el suelo, en relieve. Por la tarde estuve viendo el programa que me gusta tanto de Si lo se no vengo. Después volvimos al pueblo y sentí otra vez la desagradable sensación de vacío que penetra por mi estómago. Es Domingo porque, al llegar, están dando la serie Luz de luna.

Lunes, 3 de Mayo.

  Este fin de semana hemos ido a casa de mi tio. Como siempre nos ha contado las mismas historias de siempre, muy chulas aunque repetidas. Críticas sobre la comida, lo normal para sacar conversación. Otra vez, en casa de la abuela, ha venido el señor de la semana pasada. Parece que debe dinero a papá. Estaba escuchando en la habitación de las dos camas, al lado de la ventana que da a la galería. Decía que pronto le devolvería el dinero. La verdad es que no he querido preguntar nada por si papá se enfadaba. En el coche hablaba con mamá de que esta semana viajará dos días, que pedirá permiso en el trabajo. No se que es lo que tiene que hacer fuera porque nunca habla de lo que hace cuando se va. Solo dice que va a examinar en oposiciones, que no se muy bien lo que significa. Hoy estaba cansado en el colegio, en el patio le he tirado una piedra al Curro y después el director me ha dicho que hablarían con mis padres. Espero que no lo haga.

Jueves, 5 de Mayo.

   Cuando he llegado esta mediodía a la casa me he cruzado por las escaleras con el señor que he visto en el piso los fines de semana. Supongo que saldría de casa. Papá estaba ya allí. Había vuelto del viaje que hizo el martes. Estaba un poco nervioso, sudando mucho y, cosa rara, se ha dado una ducha. No se cuanto tiempo hace que no se duchaba. Además luego estaba agresivo, se  ha llegado a sacar la correa aunque, como suele ser habitual, después no pega. En el fondo es bueno, aunque me grite de manera desagradable.

Miércoles, 11 de Mayo.

Estoy muy nervioso pero creo que me tranquiliza escribir. Ayer cuando volvía del colegio el hombre estaba en la escalera. Me dijo que esperaba a mi padre y comenzó a tocarme la cara y el pelo. Yo me aparté pero él me abrazó y me tocó por todas partes. Menos mal que salí corriendo y salí a la calle. Tenía mucho miedo pero no podía contarle nada a mamá. Me daba vergüenza. Estoy muy triste por lo que ha pasado. Y pensar que ese hombre tiene tratos con papá. Desearía no haber nacido para no tener que  ver más a ese señor.

Lunes,  16 de Mayo.

El fin de semana lo pasé fatal. Creo que mamá ha notado algo porque no ha parado de preguntarme que qué me pasaba. He decidido olvidar lo que pasó, creo que no volverá a pasar y además si ese hombre me volviera a tocar le daría un buen puntapié el sus partes, para que escarmentara. Después que se quejase a mi simpático papá, que tiene relaciones con el asqueroso este.


A partir de aquí la letra se hace todavía más oscura e ilegible. Realmente ha sido un milagro poder transcribir esta parte pero era como si fuese recordando una a una las palabras. Instintivamente, desgraciadamente he tenido que recordar lo que jamás hubiese querido.

Miércoles, 18 de Mayo.

Ha venido a buscarme al colegio. Estoy muy asustado y creo que mis padres lo están notando. No logro recordar bien su rostro. Tengo pesadillas, veo a una masa informe avanzando hacia mi con unas manos como de plastilina que me atrapan y me sumergen en un  mar de plástico derretido, como cuando se quema en la hoguera. Me ha perseguido y me ha cogido cuando menos lo esperaba, al salir del campo del Quimpa, entre todo el carrizo que se acumula allí. Me ha obligado a hacer cosas que no quería. No lo quiero recordar. Tengo moretones por los brazos, me ha apretado con mucha fuerza y me duele. Tengo que guardar el secreto. Será mi secreto. Nadie lo debe saber. Espero que ese tipo no regrese...


  No se si merece la pena escribir esto o debería dejarlo olvidado en el fondo de mi pensamiento. La verdad es que lo que viví me marcó, como marcaría a cualquier chaval de mi edad. Marcó una vida para siempre y, aunque mis padres y mi familia jamás lo supieron, no volví a ser el mismo. Yo solo recuerdo a un hombre y a una mancha, posiblemente un incipiente melanoma, que ojalá fuese terminal. Aquí acaba el relato de la libretita roja, al menos lo que encontré en aquel lugar. Es posible que las ratas y otros insectos comedores de papel hayan volatilizado algún recuerdo más referente a ese desagradable asunto. Les doy las gracias, ya que en mi memoria no existe nada más después del apunte final. Solo la mancha y lo que el propio texto me ha escupido a la cara vilmente. No quiero recordar pero habré de soportar esta pesada losa el resto de mis días.  

domingo, 21 de enero de 2018

Máximas de pacotilla X (Cronos)

-Sin pasado no habría presente, por tanto no tiene sentido vivir el presente sin aprender del pasado.
-El presente es el espejo en el que se deforma la visión del pasado.
-El pasado se hace presente cíclicamente aunque la mayoría ya no lo recuerde.
-Pasado más presente son igual a futuro, siempre incierto.

jueves, 14 de diciembre de 2017

Prefiero morir


Prefiero morir deprisa
junto a mis seres queridos,
consciente de mi despedida, 
llorando por iniciar un viaje a lo desconocido. 

Preferiría morir tumbado frente al sol 
que amanece viendo, si es posible, y escuchando los sonidos latentes de la naturaleza y de mis amigos, sentir sus manos en las mías, descansando en libertad.

Marcharme dulcemente pensando que la vida sigue plena, sin amarguras.

Hubiera preferido vivir viviendo,sin victorias ni derrotas,
siendo feliz pese a la vida, no habiendo llorado por los que murieron agónicamente.

Hubiera preferido no morir en vida
cuando los míos y los tuyos agonizaban tristemente en un frío hospital. 

Por eso quiero vivir la muerte en paz, escuchando Brandenburgo o Pink Floyd, sin drogas, solo pensando que se acaba todo para mi y empieza la nada para los que me han querido. 

Quisiera irme valiente, con lágrimas en los ojos pero rápido, corriendo 
hacia esa luz real o metafórica que dicen que vemos antes de que nos cierren los ojos para siempre.

viernes, 10 de noviembre de 2017

Adiós madre

 En Orihuela, ni su pueblo ni el mío, se me ha muerto para siempre Manuela García Vallés.


  Madre, mamá, Manuela,  Manolita, tu que la vida me entregaste, que alcanzaste aquella inmensa gesta de once meses: ofrecer entre tinieblas a la luz dos pequeñas criaturas, invisibles e inseguras del porvenir , pero cargadas de esperanza por tu colosal lucha diaria, sufrida, inmensa. Tu que aislada por esa malnacida sordo-ceguera  nos criaste a trompicones, te encuentras de nuevo encinta, con un embarazo ascítico, plena de líquido, como aquel en el que navegaba todavía ignoto,  sin sexo, sin nombre, sin nada, solo en tus entrañas, tus vísceras, tu vida. Aquellos latidos que dicen que escuchamos son los que  ahora, agotada, suenan cada vez con más  fuerza, como no queriendo pararse nunca, como esprintando hacia la meta final, inconsciente ya de tu futuro. 

    Mamá, aquellas aguas cristalinas se han tornado ahora en opaco residuo de un hígado cirrótico. Tu vientre se hincha orgulloso mientras tu lívido cuerpo, agotado ya, prosigue su descenso constitucional hacia la nada.  Cantidades ingentes de sangre derramada sobre tus entrañas te han mantenido con vida, permitiéndonos el lujo de seguir teniéndote , maravillas de la ciencia médica moderna que ya renunció a la curación  , solo al engrosamiento, a la hinchazón de las cifras de envejecimiento del país, como se hinchan tus piernas y tus manos, ya irreconocibles. 

 Pero ahora te nos vas yendo, madre, y me resisto a que ello suceda porque has luchado infatigablemente, con casi nula ayuda, contra viento y marea y porque me has querido, como yo te he querido a ti. Tu corazón se debilita, corre y se detiene exhausto. Tu y tus huesos que ya se han quebrado después de aquella desgraciada caída dáis signos claros de un evidente final. Ahora madre, mamá, te falta ya poco y sigues luchando, porque eres más fuerte que cualquier persona que haya conocido, mas todo comienzo tiene un inevitable y desagradable final. Te lloramos y te lloraremos, te echaremos de menos, te añoraré y te recordaré como lo que has sido, una mujer admirable e indomable, ciega y casi sorda, muchas veces ayuna de cariño, pero que  ha sabido sacar siempre fuerzas de flaqueza para criar a sus hijos, para sacarnos adelante frente a las adversidades. 

  Todavía no eres consciente de que te vas a marchar, que abandonas ese sufrido cuerpo para no recuperarlo más. Sonríes, ya sin dolor, y te agarro la mano que tus fuerzas aprietan sobre la mía, acordándote de alguna absurda anécdota del pueblo, de tu pueblo, Minaya.  No me ves y casi no me entiendes pero en el fondo de ti algo intuyes. Duermes ya con una sedación muy ligera, respiras con dificultad, con pequeñas apneas, toses y te hinchas porque orinas ya muy poco, de un color muy tostado .  Pero te apagas feliz y yo lo disfruto sufriendo, derramando a escondidas algunas lágrimas de frustración y pena. Fue muy duro aquella noche en la cueva del dolor  verte pararte por completo, en shock brutal, tu dulce corazón a cero, los ojos desorbitados, pero volviste a la vida y prolongaste tu lenta agonía, mi agonía, nuestra agonía. Quiero seguir cogiéndote la dilatada mano, cada vez con la piel más tirante y sedosa y estar a solas contigo, como durante aquellos nueve meses en los que finalmente me diste la luz un mediodía en el que perdiste parte de ella por los terribles esfuerzos. 

  Madre fueron, han sido dos interminables años de penurias y sufrimientos, de desangramientos crónicos, como si algún maléfico vampiro te succionara por la noche parte de lo que habías recibido generosamente de nuestros compatriotas . Un perpetuo deterioro de varices sangrantes, de heces tiznadas de carbón, de melenas persistentes, de adelgazamiento y desazón, tuya y nuestra, de conocimiento y reconocimiento de un hospital como todos,  de triste recuerdo, de visitas y análisis, de ingresos y altas, de día, tarde y noche cerrada, de gratas e ingratas compañeras de habitación, de insomnios y malos sueños en camas, camastros y sillones, finalmente de flebitis y de encallecimiento de tus venas, finas, quebradizas, imposibles, inservibles hasta desembocar en la terrible vía central de los últimos momentos . Todo eso y mucho más has sido capaz de soportar:pruebas, pruebas y más pruebas. Un médico, después otro y otro, pasándose una patata menguada pero siempre caliente. Te vas con la seguridad de que he hecho todo lo humanamente posible porque tu pervivencia entre nosotros fuese semana a semana, día a día, hora a hora, no sólo posible sino necesaria. Dejas muchos huecos en este puzzle que se deshace y que transcurre irremediable: nuestra familia, nuestra vida. 

 Madre, mamá, en mi memoria quedará siempre, hasta que exhale mi último aliento, tus cosas, tus furias, tus fobias y tus filias, tu amor y tus recuerdos, casi siempre simpáticos, a veces de una dureza inhumana. Porque has sido una fuente inagotable de recuerdos familiares :de la guerra y la represión de tu padre, preso por su obstinada manera de ver la vida (aunque lo cuentes de oídas porque todavía no habías  nacido,  de su primera mujer que era hermana de tu madre.   De tus propias  hermanas, tus hermanicas, las que ya no están y las que prosiguen su camino. Esas historias negras de cárcel, exilio interior y muerte, de muñones sangrantes y alcoholismo. De malos tratos y negro luto lorquiano en un poblachón manchego, todas esas historias que nos contabas asiduamente, repetitivamente, pero de las que nunca me cansaba de escuchar y grabar sin tu permiso. Los truculentos y simpáticos  motes del pueblo (el muerto, cagada, el ahorcado, el  mocho),  esas historias extravagantes, hasta de una hermana y sobrina desconocida, extraconyugal. La falta de cariño, la dureza de una época ignominiosa, el desaliento, las operaciones y caídas fatales, la pérdida del sentido común, la soltería inevitable hasta que la pudiste evitar. La muerte casi en tus manos de tu propia madre, una mujer casada con su cuñado y que quedó encinta antes de la boda (por eso te registraron días después de nacer). Un padre dictador, que hubiese querido tener hijos y solo engendraba niñas y os endosaba esa vida dura de colegio de monjas y siembra en las viñas, de recolección de lentejas y yeros, de polvos para la uva.  Las cosas de los jornaleros de las tierras de tu madre,  de las mulas y los cerdos, de las matanzas del pueblo . Las historias del cine que tu padre regentaba, de los viajantes de películas, de la ruina y mala administración paterna, de fortunas robadas en forma de trigo y cebada, de tu madre, esa abuela que solo conozco por dos fotos, también disminuida físicamente por infartos y fracturas, siempre de luto, siempre de negro, cocinando las gachas o el potaje.  Tu hermanastro, único varón de la prole,  con el que os dejásteis de hablar para siempre, cosas de pueblo, cosas de una España muy profunda que en parte lo sigue siendo. Hay tantas y tantas historias detrás de tu historia que me resisto, un poco egoístamente, a dejar de oír, a proseguir con el árbol genealógico que nos permita saber, de una vez por todas, de donde viene la retinas que te sumergió en las oscuridades del mundo. Sólo hace unos días, todavía en el lecho del. Dolor recordaba a tus primas y a tu tía Dolores, discapacitada mental que a cogísteis en tu casa. 

  !Madre, no nos dejes  nunca, no me dejes nunca¡. Ya se que, según el doctor, tu situación es irreversible y que te mueres, te nos vas para siempre, aunque no seas capaz de aceptarlo. Ahora ya no importa, te has ido sin conciencia exacta de lo que te estaba ocurriendo en estos aberrantes siete días, una de las ventajas de la impersonal e insufrible muerte amarga en un centro hospitalario.  Ya duermes para siempre: ¡Descansa en paz guerrera, que nunca nadie se ganó tanto estar en una eternidad apacible y gloriosa, triunfante!. Te quise, te quiero y te querré. Siempre vivirás en mi y perpetuaré tu memoria el resto de mi vida entre tus nietos, a los que tanto has querido.   Adiós,  hasta luego, que te vaya bien,   camarada. 


Tu hijo, que jamás te olvidará y que te llevará siempre consigo.   Luis G. Pueyo Noviembre de 2017


lunes, 16 de octubre de 2017

Máximas de pacotilla (X)

-En el Vaticano han cambiado los colchones, ahora son todos escolásticos.

-En los gimnasios se practica poco la reflexión.

-Divide y perderás, le dijo la tijera al papel.

-Diversidad en la unidad, proclamó el partido esquizoide.

-¿Cuadramos el rombo?, le dijo el círculo al cuadrilátero.

-Hoy ya no se boxea como era necesario.

-La violencia sin sentido consentido carece de sentido.

-! Incívico¡, le dijo el dueño del perro al barrendero que recogía sus excrementos.

-! Blanco! Le gritó la supremacista negra al luchador por los derechos incívicos.

-La psicologia mejorará mucho cuando se suprima la psiquiatría. Sólo tienen que examinar mi caso, dijo el genio demente en una crisis de creatividad.

-Políticos ecologistas obesos pidiendo la abolición de las verdulerías.

-Políticas frenéticas pidiendo la abolición del frenesí

-Contra el frenopático vivíamos mejor, dijo el psiquiatra depresivo

-Dermatólogos melenudos implantando calvas en cabezas huecas.

-Érase una vez un médico que creía curar a alguien.

-Si usted me dice ven me parece una falta de respeto.

-Sin duda quedaron despejadas todas las certezas.

-El día de mañana no será como esperábamos que fuera ayer.

-El mundo se va a la mierda, concluyó el basurero filósofo.

-Meter la basura en la cabeza, dijo el basurero miembro de la RAE

-Con el matrimonio homosexual somos un país mucho mejor, por lo menos ahora se entiende todo.

-Esto es todo por mañana, tras la medicación. Hasta ayer. Buenas atardeceres.

lunes, 27 de febrero de 2017

Segunda carta a mis hijos: a los tres años de vida

 A los tres años de vida:

 Me he resistido a escribir esta carta,  mis niños rubios de ojos pardo avellana. Quería demorarme hasta que la leyeseis, hijos, vosotros que todavía ni siquiera sabéis hacerlo, pero no podía esperar a este doble trienio que ahora alcanzáis, alcanzamos. Ya sabéis decir lo más importante: te quiero. Habláis a trompicones, inventando extrañas palabras que algún día deberían de figurar en algún remoto diccionario de ingenios, incluído el oportuno "no cabo" de toda la vida. Todavía os caéis, os tropezáis con "la raya de un lápiz", como dicen los lugareños, y en bastantes ocasiones aparecéis gritando y con moratones por todas partes, fruto de golpes o peleas,riñas siempre sin sentido, enfados y rabietas absurdas pero necesarias para vuestro desarrollo. Gajes de vuestro enormemente complicado oficio: crecer y aprender, disfrutar de la vida, querer. Ahí es nada. Algún hijo de puta dijo que vosotros viviríais peor que nosotros: no será por culpa nuestra, hijos. Tendréis lo más importante que pueda tener un Ser Humano: la mejor educación posible, la que dan unos padres comprometidos con vosotros.

  Aunque a veces me entran ganas de pediros perdón humildemente por haberos traído a este mundo de mierda: hambre, muerte, guerra y salarios de miseria, reflexiono después, cuando os veo las pequeñas caritas descansando sobre la almohada en vuestra siesta o cuando por el cristal del espejo del coche veo cómo se os cierran los ojitos y cuando, por la noche, a horas intempestivas para vosotros, justo después de que, exhausto, termino de contaros la leyenda de los molinos de viento y la infancia inventada de Sancho Panza, ese disparatado relato del perrito Patán, la absurda historia de Popeye y Brutus o el huevo Humpty cayéndose del muro, y entonces pienso que este mundo todavía tiene sentido, porque la vida se tiene que abrir paso a pesar de todo, a pesar de tanta inmundicia y degradación.

 Verdaderamente, ha sido todo un placer el haberos conocido, Álex y Fran, Francisco y Alejandro el mayor placer de mi vida. Aparecisteis un día por casa y ahí estáis, okupas de por vida, pero unos okupas deliciosos, casi digestivos, porque dan unas ganas tremendas de comeros aunque otras veces os mandaría a hacer puñetas, todo hay que decirlo. 

   Quiero deciros todos los días que os quiero aunque algunos no me dé tiempo, el maldito trajín de esta vida. Quiero evitar que se repita la nefasta herencia de unas generaciones maltratadas por el autoritarismo de unos padres que no faltos de amor, reprimían sus emociones. Por eso, cuando me acuesto contigo, Álex, todos los días, antes de cerrar los ojos, te recuerdo mi amor. Y a ti querido Fran también aunque no duermas a mi lado. Reconforta poder decir esas mágicas palabras sin rubor, con insultante alegría, a unos oídos todavía vírgenes de sucias inmundicias.

  Ya tenéis tres años y seguís dando miedo: todavía os mostráis torpes, con esas carreritas por el pasillo como robotizadas, con esos lamparones en el pijama al comeros el yogur, con esos tortazos cotidianos que tanto nos asustan y esos chichones al caeros del sofá. Vuestros diálogos son magistrales aunque no se comprendan del todo: ya habláis, perfectamente, repitiendo cualquier cosa que se os ocurre. Pedís "una cosita que me cure", o os aplicáis tranquilamente el "cura sana, culito de rana" en vuestros propios cuerpecitos, en la cabeza, brazos o piernas o decís insultantemente a un desconocido: yo no tengo nombre, con un par, demencia fabulosa propia de genio delirante. Cuando me afeito, me ayudáis, pasando la cuchilla suavemente por mi rostro, después, al acariciarme decís: pincha poquito, aquí, ahí… o como tu, Alejandro, asientes con un doble sí mágico a cualquier pregunta que  te interese. Ahora estáis en el momento que más gracia hacéis y podemos todavía moldear vuestros gustos: primero fue el Antiguo Egipto, que identificabais con la esfinge (que era Tut-Ank-Amón), después Don Quijote y Sancho, Dulcinea y los gigantes, continuamos luego con las parejas al bajar las escaleras: Pikachu y Ash, Mortadelo y Filemón, Patán y Pierre, Pinocho y Gepetto, Zipi y Zape y cualquier otra que os mostraba en televisión, sois verdaderamente adorables y para  nada me molesta que entréis como caballo en una cacharrería por todas partes, hasta al aseo cuando hago pipí. 


   Sin madrugar, como locos trasnochadores, os levantáis hacia la tele, la maldita tele, de la que tanto abusamos, abusáis. Pero estáis ya educados, por vuestra madre, que ha sacrificado su tiempo y su esfuerzo a vosotros, por vuestros abuelos, que os conducen dulcemente por vuestros primeros años de vida, apoyándoos, jugando, dándoos la comida, ayudando en todo lo humanamente posible en estos duros momentos en el que me ha tocado también cuidar de mis mayores, imprescindibles seres que os dan lo que les queda de vida, tanta o más como la que os pueda dar yo, ocupado con tantas ocupaciones laborales y familiares. Tan pequeños, tan rebeldes, tan simpáticos y tan dulces, tan regañados cuando os viene en gana, derrocháis el tiempo en armar puzzles, crear corrales insospechados para el ganado miniaturizado que pastoreáis con vehemencia, garabateando sin piedad sobre cualquier papel que se os ponga por delante, con cualquier bolígrafo, lápiz, pintura o tiza que encontráis sin buscarlas, incluso sobre exámenes que impúdicamente intentáis corregir mientras me despisto más de la cuenta.

  Este vuestro tercer año transcurriendo por este desgraciado planeta ha sido duro para todos, como los anteriores. Todavía está en mi memoria, aunque el tiempo pasa muy rápido, esos baños en la bañera de plástico, desbordada, que tenía que montar con sus soportes abatibles en la habitación de Álex porque el cuarto de baño es demasiado pequeño. Y el agua, que había que transportarla en un gran balde y después regresarla por un tubito finalmente corroído por la suciedad. En poco tiempo, parece que una eternidad (nunca sabremos como transcurre el tiempo, como decía Proust) os duchaba, primero los tres juntos, en verano, después de uno en uno, con los riñones reventados de agachar y  cogeros en peso para secaros. Allí teníais a vuestros amigos, el Pulpi y  el Hipo, con los que os lo pasabais de rechupete.

   O cómo os teníamos que acarrear en brazos cuando no queríais seguir andando (el carro desapareció de vuestras vidas y de las nuestras, por suerte). Los paseos por la explanada y el parque, los columpios, en especial los toboganes a los que os encaramabais finalmente sin ayuda, dejándoos caer en posiciones inverosímiles o la casita de los gnomos en la calle de las setas (antiguo San Francisco), los árboles gigantes en Gabriel Miró, el barco pirata del puerto y tantos otros parques por vivir, por sentir.
   Y el sueño, siempre acostumbrados a las hamaquitas de bebé, ya con 15 kilos, tocando el suelo, desparramados sobre el balancín, era vuestro fetiche para dormir, arriba y abajo, después con cuento incluido. Pero luego, ahora ya, en la cama, separados, como divorciados en sueños, necesitáis nuestra presencia a vuestro lado, cogiéndote la mano Álex, con cualquier cuento inventado que asumes sin rechistar, con tu mantita y la chufa en la boca, manía difícil de suprimir, a veces la noche se nos echa encima y despierto a las tantas porque no paras de moverte, inquieto en sueños igual que en vigilia.

  Así transcurre y ha transcurrido todo este tiempo magnífico y agotador.   Ahora nos gustaría que no cambiaseis nunca, que os detuvieseis ya, porque se os entiende todo: si os duele algo ya decís dónde tenéis el “coco”, hace mucha gracia cuando decís: “estoy muy triste” cuando se marchan los abuelos o al repetir: eres malo, eres feo, confundiendo malo con feo, bueno con guapo y, en fin, discutiendo tan pequeños las órdenes de los superiores: no grites papá, cuando en un momento de estrés elevo en exceso el tono. Sois dos, con diferentes personalidades, diferentes gustos y diferentes rostros, aunque todo el mundo os confunda todavía, incluso yo cuando no os tengo cara a cara. Creceréis y llegaréis lejos en la vida si vuestro tronco se yergue recio y robusto, hacia el cielo. Estaremos, mientras sea posible, en ello. Seguimos en la lucha. Ya sabéis de sobra que os quiero, hijos.
Vuestro Padre, Luis.

30-03-17




domingo, 15 de enero de 2017

Y cuando...

Resultado de imagen de micro relato
-Y cuando despertó, el político todavía estaba allí.


-Y cuando se durmió, el asesino despertó de nuevo.

-Y cuando amaneció, la oscuridad se le echó encima.

-Y cuando murió, el caído nació para nunca.

-Y cuando rió, el cómico murió de tristeza.

-Y cuando volvió, el emigrante se exilió para siempre.


miércoles, 4 de enero de 2017

El árbol de la felicidad

   
  Descuajado de su madre tierra, de esa pequeña colina en la que compartía morada con cientos de sus hermanos, acabó el árbol en el salón-recibidor de una diminuta morada, una de esas soluciones que con tantas alharacas el estado había proporcionado a un joven matrimonio mileurista. Obviamente era navidad. A pesar de que lo habían desgajado de su sustento primigenio, todavía mantenía constancia vital, una ínfima vida que se apagaba lentamente. -Quizás hubiera sido mejor no haber nacido o que me hubiese quemado rápidamente-, es posible que pensara para sí mismo rodeado de todo tipo de bártulos, guirnaldas y luces propias de las fiestas pascuales.

        Linda y Hanna, las habitantes del pisito, eran felices porque, dentro de su pertenencia al precariado, aquella clase social surgida al calor del terrible empobrecimiento de la sociedad capitalista, orgullosa de sí misma, podían presumir de una vida digna: ambas tenían empleo, lo cual garantizaba los ingresos de un trabajador de antaño,algo que, por desgracia, no podían asegurar la gran mayoría de sus conocidos. Vivían aparentemente cómodas en aquel cuchitril pensado para hacer creer a los pobres que no lo eran, que ya no existían diferencias de clase y que todos constituían la orgullosa clase media.
  Llevaban una vida aparentemente normal: la sociedad había aceptado de buen grado su homosexualidad y ambas disponían de una posición social aceptable. Entonces, casi de improvisto, se les echó encima la navidad y apareció el árbol. Hanna lo adquirió en una tienda sin apenas percatarse de que estaba recién talado, de que no era artificial. Linda, que era atea, no creía que hubiese nada que celebrar por esas fechas. Finalmente accedió a que su mujer maquillara el pequeño agujero en el que vivían con las típicas alharacas de la festividad que anuncia el inicio del invierno.
    Llegó la noche del día 24, después de una agotadora jornada laboral.  Hanna, que había librado todo el día, se había ocupado de preparar un ligero refrigerio y, por supuesto, de ultimar una abigarrada decoración hogareña. Linda, al abrir la puerta vio el árbol moribundo, suplicando  piedad, quizás un atisbo de humanidad para evitar prolongar la agonía que precede a una muerte dolorosa. Sin embargo ninguna de las dos podía percibir esa señal, ese espíritu atormentado que yacía lleno de bolitas de colores y luces intermitentes que arañaban sus extremidades provocando imperceptibles quemaduras. Después de cenar se sentaron a descansar y cayeron en un profundo sueño. Algo indefinible y que algunos expertos en descifrar el significado de las imágenes oníricas, en ocasiones tortuosas, que nuestro cerebro fabrica denominaría espíritu de la navidad poseyó a ambas con idénticos pensamientos.
   Al despertar, casi al mismo tiempo, nada se dijeron. Hanna y Linda habían visto difusamente la imagen de un bebé muy pequeño, casi recién nacido. Pero la criatura no estaba en una cunita, ni en un cesto acolchado, ni en un carrito. Estaba desvalido, desnudo en medio de un frondoso bosque de abetos. Al ver esa imagen ambas habían comenzado a sentir escalofríos y temor a que muriese de frío. Trataban de acercarse a él, que se retorcía y lloraba desconsoladamente. Entonces ocurría algo inconcebible y maravilloso cuando desde el tronco de un pequeño árbol junto al que reposaba su cuerpecito muchas ramas con sus hojas no punzantes se desprendían rodeando con absoluta perfección el diminuto cuerpo del niño, como formando una ligera y acolchada cunita.  Después de haber sido abrigado por el árbol, dejó de llorar y, al llegar a su lado, Linda y Hanna, cada una sin ser consciente de la presencia de la otra, lo tomaban y acurrucaban en sus brazos, esbozando el bebé una preciosa y dulce sonrisa de satisfacción.
     En el sueño había sido el árbol, de manera extraña, pues los abetos son de hoja perenne y no desprenden sus hojas, el que había salvado la vida al niño. Trascurrieron unas horas hasta que amaneció el día 25 y las dos salieron a pasear bajo la nieve, cogidas de la mano. Casi sin pensarlo y colisionando sus discursos, empezaron a relatar el sueño que habían tenido la noche anterior.  No acertaban a comprender el porqué habían soñado exactamente lo mismo: las mismas imágenes, el mismo paisaje invernal, el niño desvalido y el árbol, el mismo árbol que había perdido voluntariamente algunas de sus extremidades para salvarle la vida. No entendían nada, achacándo la pesadilla a los excesos acumulados de la gastronomía navideña.  Sin embargo, en su fuero interno, ambas seguían pensando que aquella circunstancia no era para nada corriente.
   En realidad nuestra pareja era inmensamente dichosa por haberse encontrado en la vida. Se amaban y no concebían la posibilidad de separarse jamás.  Sin embargo, aunque habían esquivado el tema por una u otra razón, siempre habían deseado ser madres, cuidando y ensanchando de esta manera los límites de su amor con la crianza de un niño. Cuando surgía el tema se ponían muy tristes: en aquella sociedad todavía no se permitía la adopción a las parejas del mismo sexo. Por ello habían solicitado repetidamente la adopción internacional, siempre con negativa o dilaciones. Siendo inmensamente felices habían ansiado la llegada de ese chiquillo que inundara más si cabe de alegría sus vidas, pero después de tantos años de espera, habían desistido con una gran amargura sobre sus conciencias.  
   Durante aquel día de navidad retornó recurrente el asunto del sueño compartido la noche anterior. Después de comer y abrigadas ante un pequeño brasero ante el televisor cayeron en una profunda siesta. El sueño regresó: allí estaba el niño sufriente, debajo del árbol que lo salvaba y entonces llegaban ellas. No podía ser casualidad. Al despertar no pudieron reprimir su ansiedad y revelaron el sueño compartido. ¿Sería acaso una señal?. Cuando se prepararon para ir a la glorieta, en dónde se situaba como cada año la feria de navidad, cogieron sus paraguas y, justo antes de cerrar la puerta, Hanna observó, al fondo de su perspectiva visual, al árbol de navidad que la observaba como en el sueño. Algo en su cabeza, como un resorte, se accionó al instante, quedando bloqueada en ese mismo momento, con el llavero de casa entre los dedos, como aturdida. Linda se percató de la actitud de su compañera y  preguntando que sucedía Hanna, a penas balbuceando, le advirtió de que era mejor que no saliesen, que hacía mucho frío.
    Asustada por la reacción de Hanna, Linda preguntó nerviosa qué es lo que ocurría a lo que esta le respondió haciendo un gesto de silencio. Entonces, le cogió la mano conduciéndola junto al sofá, al que dieron la vuelta para quedar frente al árbol de navidad. En silencio pasaron los minutos, un tiempo en el que, sin decir nada, Linda acabó de comprender. Allí estaba el árbol suplicando sin palabras, inmóvil. Su dolor era el dolor de toda la naturaleza. Él era el árbol. El árbol del sueño bifurcado, repetido.  ¿Era acaso una señal?. Linda, que siempre desconfió de espíritus y creencias, hubo de empezar a poner en orden sus ideas. Debía reconocer que estaba impresionada. Pero esa sensación no era nada en comparación con lo que a continuación sucedió.
   Unos minutos después sonó el timbre de la vivienda. Era un cartero. Ambas se extrañaron, pues era día festivo. El crepúsculo cercaba poco a poco la tenue luz diurna. Casi con ansiedad bajaron al portal. Había una carta oficial, del Ministerio de Exteriores. -Qué extraño, no hay repartos en navidad-,  pensaba Linda tratando de esquivar una parte de su mente que le decía que la razón no tiene porqué dominarlo todo en nuestra vida.
    Abrieron la carta en silencio, delante del árbol magullado. Ya era oficial: un país muy lejano daba permiso para adoptar. Ofrecían la posibilidad de la doble adopción en un plazo determinado de tiempo que habrían de emplear para viajar y tramitar toda la burocracia propia de estos asuntos. Ambas no salían de su asombro: serían gemelos, su felicidad no sería doble sino mucho mayor, incomensurable. No podían ser más dichosas, no podían haber tenido mejor regalo de navidad. Tras abrazarse entre llantos, a pesar de que la noche se les había echado encima, volvieron su mirada a aquel arbolito que les había traído la dicha. Lo desvistieron tranquilamente y lo envolvieron con sus mejores mantas. Llegaron a la helada sierra y, tras ascender por un raquítico camino forestal, a la luz de la luna, depositaron el árbol junto a sus hermanos. Linda no olvidó su pasado de incredulidad pero al lado de Hanna creyó para siempre en la existencia de algo tan etéreo como es la felicidad.

martes, 25 de octubre de 2016

El hombre en el balcón


    Todas las mañanas, cuando me despertaba ya tarde para casi todo, después de una de mis continuas y agitadas noches, al levantar la persiana estaba ya allí, impertérrito, en el sexto piso de un edificio que, como la mayoría del barrio en el que habitaba, como en mi desvencijado habitáculo, carecían de ese invento que realmente revolucionó el mundo llamado ascensor. Ese hombre obeso, sentado ya en su banqueta y oteando el horizonte y mayormente el suelo, la calle y al resto de vecinos que tenía a su alcance, a la espera de no se sabe qué, acaso un rápido y amargo final, se me aparecía a mí como un vulgar James Stewart en la ventana indiscreta pero sin ningún glamour. Observaba y se doraba con un sol que comenzaba a esas horas a castigar con fiereza. Con total seguridad llevaba ya algunas horas muertas allí, probablemente tantas como su alma.


    Mientras me vestía lo observaba y nos devolvíamos las miradas, aunque siempre, rápidamente, las apartábamos. Supongo que actuaba así instintivamente, también con el resto de insectos que tenía a su alcance, ya necesariamente bien memorizados, aprendidos a fuerza de soledad y balcón. Alguien que no había yo logrado identificar le proporcionaba un sustento básico, subiéndole algo de comida porque ese hombre, el hombre en el balcón, presa de alguna enfermedad, quizás coronaria, no podía subir y bajar escaleras. Estaba atrapado en sus alturas atrapando con su mirada las vidas de los demás, vidas que él ya no podía vivir, viendo pasar el tiempo y a aquellas pequeñas cucarachas, el resto de la humanidad,  que se vanagloriaban ante sus ojos de tener piernas y brazos, de poder hablar los unos con los otros, delante de su cara, con total impunidad.

   La gran paradoja que me inquietaba y me mantuvo bastante tiempo cavilando era desazonadora: ese hombre siempre estaba allí arriba y no podía bajar, ese hombre que había levantado el país ahora no podía ni siquiera descender al mismo y,  pensándolo bien, era bastante probable que ese despojo que ahora se encontraba incapacitado, posiblemente diabético y  abandonado por sus hijos y mujer, porque vivía solo, se hubiese pasado casi toda su vida en el tajo. Sin estudios primarios más allá de las cuatro reglas, analfabeto funcional, habría comenzado a trabajar a los 7 u 8 años en el campo, quizás antes, y pronto habría venido a esta ciudad ya industrializada para meterse 12 o 13 horas de fábrica por día. Aunque parte de su salario habría sido en negro, una bagatela obviamente, era de los que llevaban ya cotizados al menos 40 años, acabando con una pensión bastante modesta precisamente porque algún empresario corrupto no le quiso dar de alta o no le pagaba las cotizaciones sociales íntegras. Debería por tanto ser bastante infeliz, tener algún rencor guardado y alguna mala intención en la mollera. Pero todo eran conjeturas mías, sin ningún fundamento de peso, más allá que del que tenía esa abigarrada figura sentada en una banqueta de playa, vegetando durante horas frente al mundanal ruido.

  Quizás bien pensado esto era eso lo más desesperanzador, pensar que todo aquello era lo más probable. Además conforme habían ido pasado los días, días turbios y malhadados, me había inquietado también otro aspecto de su físico: su mirada. Si en principio era sencilla y aparentemente tranquila, concisa, ojeadora, cotilla y socarrona...ahora era una mirada diferente, extraña, torva. Y eso me empezó a preocupar hondamente, agravándose mi pesar con el paso de la estación, con la misma lentitud que su cambio, con la misma lentitud que mi recuperación. Ese hombre había ido cambiando poco a poco y cada vez era peor persona o eso se me imaginaba a mí. En los últimos tiempos no apartaba sus ojos de mi cuando se percataba de mi presencia, nada más levantar la persiana, el hombre gordo y desgarbado me sostenía la mirada, fijamente, sin temor alguno a ser descubierto. Yo trataba de apartarla rápidamente marchándome a otra habitación, tratando de quitar hierro al asunto, desayunando algo ligero, lavándome la cara. Mas cuando regresaba a la habitación casi instintivamente, casi sin quererlo, volvía a mirar arriba y con horror descubría que el obeso seguía mirando a la casa, mirándome a los ojos.



miércoles, 1 de junio de 2016

Salvación


       La verdad, la justicia...son valores universales que jamás deben dejar de guiar nuestros destinos. Cuando cualquiera se enfrenta a una dura batalla, a la enfermedad crónica y parece arribar a la postrera esperanza de sanación pero tan solo la atisba, lejana, cual diminuta luz en una oscura y tenebrosa cueva, solo quedan los recuerdos borrosos del horror, del miedo y la angustia. Ya está ahí, la luz se entrevé, sabemos que se puede enmascarar ese terrible terror y eso coloca ante nosotros la borrosa senda de la salvación. Todo parece estar al alcance, las yemas de los dedos se preparan, los tendones de las manos se endurecen y contraen, las pupilas se dilatan, presintiendo firmemente que puedes alcanzarla.


  Pero entonces, ¿Por qué sufrir?. ¿Tiene sentido recordar esas negligencias absurdas que disparan el amargo sabor metálico en tu boca?. Si la curación está ya arribando, ¿Por qué continuar pensando en lo que pasó pero no concluyó?. Es cierto, la sangre emana sin límites, quizás fruto de una mala coagulación, quizás fruto de una perforación intestinal, o de una herida en cualquier zona cercana a la operación. La maldita ansiedad retorna y la cabeza es incapaz de pensar con claridad, viendo ante tus ojos el final o, lo que es peor, la enfermedad en su estadio más avanzado, la desesperanza y pesadumbre, el infierno de lo fútil.

   No obstante, la salvación postrera no debe de ofuscar la mente más preclara: el hospital carece de urgencias y tan solo queda taponar la herida, que chorrea incesantemente, cual mutilación maldita y sufrir en silencio una lenta espera, una noche oscura enfrente de una escuela infantil todavía huérfana de colegiales, curiosa metáfora para un docente, deseando que al alba de la mañana no se haya perdido todo, para que, en un heroico final el cirujano prematuramente llegado cauterice la diminuta cicatriz que provoca lo metálico, la palidez y esos rojizos ríos que ya inundan la cama y parte de la habitación.

  ¿Habrá sido el  nefasto sondaje que produce un dolor todavía no experimentado?. ¿Saldrá sangre por una terrible e irreparable perforación?. Todo eso queda ahora en el más profundo de los olvidos que, no obstante, retorna en la mente ofuscada, en lo onírico, cuando, sudando y dolorido, despierta el enfermo todavía con la imagen en la embotada cabeza de aquella cueva oscura, luz ahora rojiza, porque ahora la habitación es ya toda roja, de un terrorífico rojo intenso, coagulado, casi negro. ¿Por qué seguir sufriendo?. Por la justicia, esa amiga invisible que pulula incesante alrededor de nuestras vidas por su lamentable ausencia.  Por la verdad, la única capaz de redimirnos y de apaciguar nuestras más tristes penas. Si todo lo sucedido, la negra cueva, la tensa espera, la roja sangre, el intenso dolor, la aguda retención, el frío colegio vacío, la lúgubre luz al fondo de la ventana en una noche cerrada, si todo eso, digo, no es evacuado en unas titubeantes y ofuscadas líneas de papel de nada serviría escribir, pensar o sentir. De nada serviría palidecer junto al ser querido a la espera de aquella agónica salvación.