viernes, 22 de agosto de 2014

Liberación V

      Jamás pensó que la oportunidad se le presentase de aquella manera. Un día de la semana, digamos que debía de ser un viernes, porque aquella noche había dormido menos de lo habitual gracias a unos fulanos demasiado habladores en la puerta del bar que había en la esquina de aquella ínsula. Sí, era viernes. La casualidad quiso que el siguiente eslabón en su cadena criminal apareciese por azar, sin prepararlo, sin buscarlo. Casi como un juego, había guardado en el interior de su bota remachada de acero una daga parecida a la vizcaína que tan bien había demostrado manejar en las clases de esgrima. Pero no era esta una de esas armas de vela, como la que gastaba y le proporcionaban en el gimnasio, dentada y destinada a acompañar a la espada, sin filo cortante, con el propósito de desviar la del contrario y asestar entonces la estocada precisa. Se trataba de otro tipo de daga que tenía en casa muchos años ha, de aquellos tiempos pretéritos en los que gustaba de coleccionar todo tipo de armas, fundamentalmente blancas, cuchillos, navajas y aquella daga de doble filo cortante adquirida en una visita a Barcelona.



    No pensaba hacer nada con ella, ni mostrársela a nadie, ni siquiera a alguno de los pocos vecinos que le saludaban si se lo cruzaba por alguna esquina, nervioso, cuando no le fluían las palabras y acostumbraba a terminar tartamudeando. Reservado, había sido poco propenso a mostrar ningún tipo de intimidades.  Y sin embargo en aquellos meses sí que se había producido una transformación en su carácter que desde el punto de vista ajeno varios en el barrio comentaron más tarde. Airear aquella cortante cuchilla y eventualmente mostrarla no iba a ser su única función aquella mañana aunque en ese momento no era consciente de la oportunidad de oro que el destino le iba a brindar. El día se mostraría muy pronto propicio para darle otro uso más pertinente y adecuado a sus fines más íntimos y perversos. Sin prisas y relajado se había acercado al mercado central, aquel vetusto edificio refugio de cientos de almas abatidas por el fascismo, en busca de una variedad especial de pepinillos agridulces que sólo allí vendían, en concreto en el pasillo dos de la planta baja. No era hombre de vicios extravagantes pero sí de gustos particulares, muy definidos, intransferibles.



   Después de comprar el manjar pensaba regresar al piso como había llegado, caminando lento, como una tortuga, deteniéndose en librerías y escaparates que siempre le habían llamado la atención. No tenía prisa, aquel mediodía comería medio pollo asado y patatas que compraría en una casa de comidas rápida, no tendría que preparar nada, comería en el propio envase de aluminio en el que se servía el manjar y quizás lo remataría con alguna manzana asada rápidamente en el microondas.  El sol clamaba inmisericorde y la deshidratación llamaba pronto a las puertas del caminante en aquella ciudad sin árboles.  Sin embargo,  poco antes de salir de aquella enorme madriguera de tenderetes y olores múltiples sintió la inaplazable necesidad de buscar un urinario. Lo cierto es que desde que se había puesto en pie, a la mañana, no había vuelto a acercarse a un retrete y fue en aquellas fechas cuando comenzó a sentir los primeros estragos de la displasia prostática que había heredado genéticamente. No es que fuese todavía preocupante pero lo cierto es que su aguante se había visto seriamente mermado.



   Y sin embargo aquel inicio de la enfermedad, un mal que no por resultar familiar dejaba de ser odioso, le proporcionó por obra y gracia del destino, ese en el que nunca había creído, una oportunidad imposible de desaprovechar, un azar que iba a ser determinante en el final de una vida y el principio de una egolatría difícil de controlar. Al entrar a los aseos, recientemente repasados por el personal de limpieza, que anotaba escrupulosamente en una cuartilla clavada en un tablón de corcho la hora y minutos en los que habían impedido la entrada a los presurosos meones, vio a un tipo de mediana edad, bien vestido, de corbata y traje, como para un funeral o una boda, que suelen gastar el mismo tipo de vestimenta. Al principio no cayó en la cuenta. Jamás había podido orinar al lado de otra persona, una especie de fobia que no había logrado curar, como todas las demás, en todos aquellos años. Se apartó como a tres fuentes de distancia y no pudo comenzar a expulsar el amarillento y cálido elemento hasta que el personaje abandonó su posición y salió de su línea visual. El individuo apretó el botón del lavabo y comenzó a lavarse las manos mientras se ojeaba en el enorme cristal. Entonces, quizás por intuición, o por curiosidad acaso, giró la cabeza y lo reconoció al instante. Le llamaba la atención que estuviese allí, solo, sin ningún acompañante. Siempre creyó que este tipo de personajes solía llevar adosado, como si de una lapa se tratase, algún tipo de guardia, un escolta quizás o tal vez una mínima precaución que delimitara mucho las posibilidades del atentado personal. Pero no era así, estaba solo ante el espejo, secándose arduamente las manos con la estruendosa máquina compresora de aire. Entró entonces un tendero, algún pescadero, con el peto sanguinolento y las manos rojas pero se introdujo en una de las puertas de los retretes, cerrando con el pestillo interior.


    Ahora la situación era mucho más delicada porque no estaban solos y, además, cualquiera podía entrar allí. Su primer pensamiento cuando había reconocido al corrupto había sido apuñalarle con la daga, quizás con un poco de suerte degollarlo con soltura, esconderla donde la llevaba y salir tan campante. Aunque no era lo que había planeado procelosamente, su estilo debería dejar huella, imprimir carácter, esa expresión que tanto le machacaron en los escolapios durante su niñez. Y una pieza de ese calibre, una oportunidad singular e irrepetible que le evitara tener que planearlo todo con la meticulosidad de un cirujano, no se iba a volver a repetir y lo sabía. Notó que el tipejo seguía mirándose en el espejo y pasándose una especie de maquillaje por las ojeras y la nariz. Ese era el mejor momento, una piltrafa humana como ese ex-concejal ahora trabajador a sueldo del famoso constructor, debía de desaparecer de la faz de la tierra. Cuanto antes mejor. Sacó sigilosamente la daga de la bota y aprovechando el momento en el que el ocupante de uno de los wáteres descargaba el líquido elemento asestó dos puñaladas traperas por la espalda, a la altura de los riñones que provocaron un estallido brutal de sangre en haces, en chorros hacia los laterales, el espejo totalmente embadurnado y goteando, el tipejo cayendo desplomado boca abajo. No obstante el líquido no manchó excesivamente al criminal, tan solo unas manchas en el pantalón que se podrían confundir con cualquier suciedad común y alguna gotita en el rostro que rápidamente se lavó con agua. No había expulsado todo el contenido de la arteria renal, obviamente seccionada, ya que parecía como si el cerdo quisiese también retener su propia linfa, deseoso de robar hasta el último aliento de su propia vida. Acto seguido guardó el arma y salió raudo y sin alterarse a la plaza del 25 de Mayo. Pronto observó movimientos acelerados de mucha gente pero decidió sentarse en un banco, al lado de la estatua de un pintor, tranquilo, con parsimonia, para ver el espectáculo. 


  Realmente había sido un verdadero milagro que no lo cogieran. Nadie había entrado a los servicios en ese minuto de tiempo transcurrido desde que descargó su orín y después, con tranquilidad aparente y fría, abandonó el mercado. Todo tan rápido que no se explicaba como el ruido de la cisterna, que es cierto que era atronador,  hubiese solapado el grito estridente de dolor del sinvergüenza al caer desplomado al suelo. Por lo que escuchó en casa, donde llegó sin ganas de comer, estaba vivo pero muy grave, pues las heridas eran mortales de necesidad. Exultante, dejó los pepinillos y los demás pertrechos en la mesa camilla, lavó tenazmente su daga, la guardó en su funda y después, en chanclas, limpió meticulosamente las botas que contenían abundante sangre en su interior. Después, abatido por el cansancio y por el éxito sobrevenido, se lanzó a la cama, en la que transcurrió buena parte de la tarde.

domingo, 17 de agosto de 2014

Microcuentos I

ESCRITOR

   Tras una noche meditando con la almohada, que se tornó musa incorpórea, llegó la aurora y con ella su decisión de dejar de escribir. Con sus años, estaba decidido a llegar a la más lejana ancianidad por el único capricho de leer sus textos. Nunca los publicaría nadie, desaparecerían entre el gigantesco magma de la creatividad humana y solo tendrían un lector efímero, su propio autor, él.

EL

  Él era sólo un científico lunático, brillante pero loco. En sus acaloradas conferencias iluminaba demasiado a la concurrencia, tanto que esta acabó quemada. Tras muchos años de auto-exilio acabó en el psiquiátrico, dónde solo lo visitaba ella.

ELLA 

   Ella era un mundo, inteligente, bella y sagaz, un universo que mostraba a diario un pequeño y refulgente meteoro de felicidad. Después de su caída, muchos afirmaron haberla visto deslucida, oscura y taciturna: la verdad.




VERDAD

   Todo era verdad, por mucho que se empeñaran los periodistas en que fuese mentira, a pesar de su vanidad de nostalgia.


NOSTALGIA

    No quería vivir porque recordaba demasiado su compañía. Se alimentaba de sus palabras, de su sapiencia, de su dulzura. Después de su partida la siguió añorando en la lejanía recordando su despedida tras un leve abrazo ciñiendo su cara contra su cuello dándole un beso.


BESO

   Su boca áspera manaba un desierto, una aridez. Sus glándulas salivales, por una extraña enfermedad, habían dejado de funcionar. No podía tragar, no podía hablar, no podía besar. Toda su vida la hubiese entregado en hecatombe por no tener sed.


SED

     De tanto esperar esperando que esperaran dejó de sentir sed de vivir, de innovar, de no comulgar con ruedas de molino. Entonces su sed de venganza también desapareció, como se esfumó también su último aliento de vida.

VIDA

    En clase trataba de inculcar sagaces enseñanzas. En definitiva de lo que se trataba era de aprender a desaprender. Tan ardua tarea abría sus días y cerraba sus noches en blanco. No era fácil convencer a tantas personas de que tenían que empezar a conocer, a tener idea de las cosas. Habían sido muchos años de negación de cualquier noción de libertad y de vida improbable.

IMPROBABLE

    Siempre tuvo la sensación de que era imposible. Tan inalcanzable resultaba que acabó por serlo. Esa búsqueda, esa lucha por un amor aparecido sin buscarlo, que había anidado en él durante unos meses, se tornó en idolatría y finalmente en obsesión.  Pero indeleblemente siempre estuvo presente la idea de que era improbable que ella pudiese sentir lo mismo que él. Tan improbable que, después del período de luto por su muerte amorosa, todo se volvió probable y posible, predecible.

miércoles, 16 de julio de 2014

El tullido por necesidad


    Nunca pensó que llegaría el momento pero el diez de enero la sentencia, su sentencia se cumplió. Había esperado en vano que los recursos se sucediesen indefinidamente, que las dilaciones, los retrasos, las sucesivas interinidades en el juzgado acabaran por atascar tanto su asunto que por arte de birlibirloque un día, todo se había esfumado. Soñaba despierto que quizás en un descuido su expediente se había triturado por error o en aquellas inundaciones de octubre, en alguno de esos sótanos anegados de lodo, se habían disuelto las evidencias, las pruebas documentales. Aunque le doliese, aunque le fastidiase, volver a testificar, volver a empezar de nuevo sería como una tregua y, con un poco de suerte, más pronto que tarde el asunto se perdería en algún cajón. Después esperaría pacientemente la prescripción, una figura que todavía se contemplaba por aquellos días.  A eso se agarraba el infeliz. Pero ahora todo había acabado. Tendría que ingresar en prisión, a pesar de su estado físico, de su endeble salud. Que muchos delincuentes salían del talego si estaban enfermos, pero él no era un delincuente cualquiera: era un delincuente común. Y eso pesaba mucho. Era conocido, su caso era vox populi y las autoridades querían ejemplaridad. Escarmiento. 



   En aquel tiempo de luchas y tristezas había que agarrarse a lo que fuera. Las necesidades básicas dejaron de estar cubiertas. Ni siquiera el racionamiento había servido, como en otras postguerras, para paliar mínimamente el hambre y el vicio popular. La desesperanza se había apoderado de las personas que moraban aquellos barrios otrora de lujo y ahora simplemente periferia depauperada de las grandes ciudades del país. Tenían aire acondicionado pero no se podía encender por los continuos cortes de luz. Tenían lavadora, secadora, lavavajillas, nevera...pero de nada servía. Habían regresado a un estadio anterior de civilización. Muy de mañana se podían observar a personas cargadas de ropa sucia que bajaban hasta el pequeño arroyo antes contaminado, ahora sucio simplemente. Allí frotaban las ropas contra las piedras de la orilla para asear sus enseres más íntimos. No merece la pena seguir describiendo aquel estado de postración, aquella infamia, ellos, que de jóvenes habían conocido la prosperidad y la burbuja, el despilfarro y la sanidad gratuita.

    En una de esas barriadas de edificios de caravista y cristal, ahora en un estado lamentable, sucios, abandonados, las calles sin baldear, los adoquines de las aceras fragmentados, como puzzles descompuestos, en un desangelado entorno urbano como aquel, Enrique esperaba con impaciencia que sonara el timbre de la infamia. Porque era una vergüenza que él, que no había hecho nada contra nadie, sino contra sí mismo, tuviese que ingresar en prisión. Un año antes había decidido, ante lo apremiante de su situación personal y familiar, ante el hambre que sus hijos comenzaban a manifestar sin tapujos, que los juegos y carantoñas ya no funcionaban con aquellos bebés,  conseguir algo de dinero de la manera más drástica. Era muy duro para él, un hombre de acción, una persona íntegra y honesta, tener que llegar a ese extremo. Pero quizás era ya la única manera posible de comer, de afrontar por un tiempo al menos, las deudas pendientes. Y, además, era la única posibilidad que le quedaba a sus hijos, la única opción de que algún día pudiesen estudiar y aprender idiomas para emigrar al mundo desarrollado, ese del que su país se había descolgado décadas atrás. Debía amputarse alguna extremidad.

   Pero aquel incidente con el brazo derecho, porque esa fue su última elección, él que no era zurdo y ya no podría escribir jamás, porque quería dejarlo todo, solo obtener el suficiente dinero para los suyos, fue el inicio de una pesadilla todavía más profunda y obtusa que la de la propia amputación. Ahora le amputaban también su vida, a sus hijos, a su esposa, a los escasos amigos que habían podido no emigrar. Ingresaría en lugar sin posibilidad de volver a salir. La condena era a perpetuidad. Nadie podía osar en aquel tiempo atentar contra la hacienda del Estado. Las leyes había sido modificadas años atrás. La economía primaba y tratar de obtener una ayuda que saliera de las arcas públicas indebidamente se consideraba más grave que asesinar a una persona. Porque, decían los legisladores de aquel régimen, el atentado era hacia toda la nación. Y en una sociedad de emergencia, donde la Carta Magna había sido suspendida sine die por el poder ejecutivo, donde los jueces habían sido suplantados por burócratas del partido, sucedió lo que toda la familia temía: la máxima pena.

   Doce furgones blindados se oyeron llegar por la avenida paralela. Después toda la policía de la ciudad, por mandamiento judicial, abarrotaba las aceras de la manzana, como en el último desahucio. Llamaron a la puerta y las últimas lágrimas corrieron por sus ojeras. -Adiós- se limitó a balbucear mientras esposaban su único brazo, el izquierdo. Enrique, las cámaras de televisión en la calle, perdió la entereza como ser humano. Pero todos veían en directo el escarmiento. El mensaje se entendía de manera meridiana: no se podía ser tullido por necesidad. Nadie podía auto lesionarse.  En aquel sistema de control de las masas solo estaba permitido el suicidio.  

jueves, 26 de junio de 2014

Crónica de una desaparición


  Era uno de sus deseos más íntimos. Tanto que ni siquiera su familia más próxima, esposa e hijos, conocían su secreto. Desde niño había fantaseado con la posibilidad de ser invisible, de entrar en aquellos grandes almacenes y tumbarse en las camas o sentarse en aquel butacón de piel negro. Mientras tanto, la gente seguía con su cansina rutina consumista. Pensaba en eso cuando miraba los escaparates engalanados para la navidad y años después recordaría aquel sueño en vigilia que tanto le reconfortaba. Pero esa idea de invisibilidad, de pasar desapercibido, había ido madurando en su psique hasta un punto de no retorno que amenazaba con dejar a sus hijos huérfanos y a su mujer viuda.

   Y sin embargo jamás barajó la posibilidad del suicidio. Era un cobarde, lo sabía. No tenía los arrestos necesarios para quitarse de en medio. Pero no quería dejar a sus hijos todavía, cuando ni siquiera habían finalizado la segunda enseñanza. Eso le quitaba el sueño con frecuencia. Fue por entonces cuando en su cabeza una idea fija no cesó de dar vueltas. Al principio de manera esporádica, después como una obsesión enfermiza. Todas las mañanas esa idea necrófila le recibía al nuevo día como una pesadilla tangible. Nada más despertar, antes de ingerir el pertinente café concentrado y golpear el agua fría contra su rostro, ella estaba allí. Lo había imaginado como quien imagina la mayor de las tragedias de sus familiares más queridos, como un escalofrío que rápidamente se marchaba. Verse colgado de una lámpara o, como en las películas, de los barrotes del ventanuco de una cárcel le parecía incluso una osadía por su parte. Jamás lo haría. No entendía porque su cabeza le jugaba esa mala pasada.

   Después esa idea fue madurando y mutando como un virus incurable. Quizás su misión en la vida, su aportación vital, estaba ya realizada. Había ofrecido dos criaturas, se había casado, tenía una cómoda posición socio-laboral. Estaba ya todo hecho pensándolo bien. Por tanto lo más oportuno, tras hacer las cosas razonablemente bien, dignamente, sin haber robado, sin haber estafado, sin haber matado como solía ser norma común en aquella patria era desaparecer para siempre. Pero no quitándose o siendo quitado por alguien de circulación. Porque bien podría haber contratado a algún individuo que lo ejecutara en algún lugar remoto. Pero no era esa ya la idea. Quería huir, marcharse y cambiar de identidad. Vivir otra vida, quizás peor, volver a nacer, vivir de nuevo, conocer a gente quizás menos agradable, casarse quizás con una mujer menos cariñosa, tener hijos,¿por qué no?.  Fue entonces cuando de manera casual se cruzó en su vida un extraño personaje que le facilitó las cosas.

   En una cafetería nueva que acababa de inaugurarse cerca de su centro de trabajo y a la que acudió desesperado por encontrar un café digno entabló conversación con él. Tenía unos cincuenta y pico, moreno, pelo lacio, ojos glaucos, mirada extraviada, frente siempre sudorosa, que impregnaba el cabello caído y dejaba entrever profundas entradas. Sin venir a cuento, tras un intrascendente comentario sobre la noticia que ocupaba todas las televisiones aquel día, una noticia decían que histórica y trascendental para el país, dejó caer su verdadera intención: "me gustaría desaparecer, me da tanta vergüenza lo que veo que me iría y si pudiera cambiaría de identidad". Eso está hecho, dijo el frío conversador. Pronto descubrió que era posible. Él prepararía toda la documentación, falsa por supuesto. Debía tener las maletas hechas dos días después en la estación de Madrid, depositar en la consigna los seis mil euros y recoger en otra, cuya llave le había dado aquella misma mañana. Allí tendría el carnet, la nueva documentación y su nueva vivienda. No debería de preocuparse por nada: oficialmente habría  fallecido tras años de búsqueda, realmente habría renacido en un nuevo lugar y con un nuevo pasado.  

  Salió pronto, a las siete. No preparó maleta para que su mujer no sospechase nada. Simplemente se limitó a llevarse una vacía que cogió del trastero antes de salir a la calle. Se despidió con un frío y convencional beso. Antes había mirado con ternura a sus hijos, todavía dormitando en sus camas. Durante el trayecto cientos de imágenes pasaron por su cabeza: los años de felicidad cuando novios, los sinsabores tras la boda, las mujeres que había amado, los amores no correspondidos, los hijos, cada uno un regalo celestial, los amigos y las cervezas después de una mañana agotadora de trabajo, sus semanales visitas al cine, sus lecturas, su gigantesca biblioteca de libros sin leer.  Aturdido por tales pensamientos llegó a las consignas de la estación con el dinero que con muchas dificultades había conseguido reunir y lo depositó en la casilla correspondiente. A continuación abrió la de la documentación. Allí estaba su nueva vida, en un pequeño espacio. Asombrado por su nuevo nombre (jamás hubiera pensado que se llamaría así algún día) cogió el expreso hacia Irún. Después solo tendría que cambiar de medio de locomoción siete veces más para llegar a una pequeña casita en un remoto pueblo de piedra en los montes vascos. Aquello le recordó la "Vacas" de Médem, y las ansias que siempre tuvo de vivir en un caserío semejante. Por fin lo había conseguido: había desaparecido para siempre. El olvido hizo el resto. 

miércoles, 11 de junio de 2014

Máximas de pacotilla III


-El alcohólico iba de bar en peor hasta la cirrosis final.

- La alcohólica romántica tenía las puertas de su corazón abiertas de bar en bar.

-Alcoholismo ahora mismo¡¡¡.

-El abstemio de democracia sumergió su frustración en litros de ignominia.

-El borracho murió de coma etílico y el cínico murió de coma ético.

-De tanto lamer culos acabó con una indigestión de almorranas.

-El cinismo es la única ideología viable en una sociedad de incultos.

-El profesor culto cultiva su oficio abonando fecundas ideas en sus pupilos .

 -El meapilas mojó la cama de su dignidad.

-Lapidado por dilapidar.

-Ideología imperante: Dilapidemos sin pudor hasta el coma por cohecho.

-De hecho, cometió un cohecho, señaló el juez prevaricador

viernes, 30 de mayo de 2014

El enfermo de literatura


   Leía compulsivamente,  como poseído por un fervor demoníaco. Su drama era no tener tiempo y por eso iba siempre en busca de él. Su trabajo, sus otras ocupaciones, fundamentalmente el cuidado de una anciana madre, debilitada hasta la caquexia por el párkinson le impedía alcanzar los minutos necesarios para devorar libros, su gran pasión. Fernando era así con todo: excesivo con la vida, excesivo con el trabajo, excesivo con la literatura . Sus largas jornadas laborales se veían prolongadas por largas noches de insomnio trayendo y llevando, medicando, limpiando, luchando con su mamá. Sólo los domingos, el día en el que libraba, podía dedicar algo más de unos minutos a la lectura.

   Su obsesión literaria era desaforada, en especial por la la novela clásica y no quería en modo alguno abandonar este mundo de sinsabores sin haber leído las grandes obras reconocidas por todos, unos hermanos Karamazov,  una Ana Karenina, a Hugo, Dickens o Galdós. Detestaba las novedades no porque despreciara la literatura de su tiempo sino porque sabía que jamás tendría el tiempo necesario para llegar siquiera a los años 30. No seguía un orden cronológico estricto, pero sí respetaba los siglos y el siglo de la novela había sido el XIX. Estaba obsesionado con esos literatos que tienen, por lo general, ingentes obras y por motivos obvios sufría frecuentes ataques de ansiedad, se frustraba por no poder acabar los enormes tochos en los que se adentraba.

   Cansado y exhausto, una tarde a punto de cerrar la oficina se le ocurrió una peregrina idea para poder, de una vez por todas, terminar sus lecturas, muchas inacabadas o interrumpidas y vueltas a interrumpir por mil banalidades. Él se había dado cuenta de que en los tiempos muertos de su vida, cuando realmente no tenía nada que hacer, era cuando avanzaba sustancialmente en las novelas. Un día en un parque, en el metro, en momentos tan desagradables como la consulta de un urólogo. En la sala de espera del hospital, sobre todo ahí, cuando había tenido que llevar a su anciana madre a urgencias había llegado a leer un libro entero, de principio a fin, si bien este era escuálido. Es cierto que en estos establecimientos infectos en donde lo mismo se deja morir de un infarto a una persona como se le corta la pierna a un pobre individuo aquejado de un uñero se pierde mucho tiempo, especialmente en esas abarrotadas salas llenas de enfermos tosiendo y expandiendo virus al por mayor. Fue allí donde pergeñó su idea final: ponerse enfermo para poder leer.

   Primero fue una simple baja por gastritis fingida, previa visita a Don Josué, su médico de cabecera. No le resultó complicado habida cuenta de lo sencillo que resulta fingir unos síntomas tan peregrinos. Cuestión de un par de días. Pero no era suficiente. Durante ese breve tiempo había leído frenéticamente Cien Años de soledad, novela que nunca tuvo paciencia para terminar. Siempre se detenía en la tercera generación de protagonistas. No solo la releyó y terminó sino que pudo agenciarse Pantaleón y las Visitadoras y algún que otro relato de Vargas Llosa por el camino. La experiencia había sido altamente gratificante a pesar de su agotamiento físico y mental. Verdaderamente presentaba el tercer día de regreso a su trabajo un aspecto demacrado, fruto del insomnio acumulado y los días de trajín entre las letras y páginas de sus volúmenes.

  Más tarde buscó la baja prolongada, no más de tres semanas, lo suficiente para no verse en la indigencia que supone, a su edad, el paro fulminante. Entonces comenzó a saborear a los franceses, Flaubert y  Balzac, Zola, todo lo que había acumulado durante décadas en una desastrada habitación en la que los volúmenes dormitaban entre el polvo y los trastos. Dando saltos temporales llegó a Camus, después retrocedió hasta Proust para regresar sin tiempo de pausa con Faulkner y los americanos, incluyendo los relatos terroríficos de un Lovecraft o el genial Poe. Se replegó sobre Galdós nuevamente, Hesse, viajó a los clásicos y terminó, reventado, los ojos enrojecidos y llenos de pequeñas venitas fruto del derrame, en manos de Pedro Páramo, Borges y Chesterton.

   Tal trajín de autores, novelas y páginas produjo en él en una inflacción de letras, un desbordamiento incontrolado de la necesidad de vomitar ideas pero vivía solo, con una madre casi inexistente, últimamente vegetal. Nada había que hacer a ese respecto.  Fue entonces cuando Fernando comenzó a establecer la posibilidad de crear un personaje, un ser que, ante su falta de amistades, ante su aislamiento pudiese debatir, discutir, platicar sobre lo que ambos habían leído. No podemos hablar de esquizofrenia porque el lector era consciente de lo ficticio de su compañero. Estaba dentro de su cabeza pero sabía perfectamente que era un constructo propio, un ente no real que él ponía en marcha, como si de un ingenio que funcionara dándole cuerda. Esto fue una liberación, al menos tenía quien le escuchara y que, además, había leído lo mismo que él. Todo ello lo animó a perpetrar un nefasto plan para tener todo el tiempo del mundo para leer.

  Pero ahora no iba a ser una enfermedad fingida, sino una real. Tan solo necesitaba enfermar, de alguna enfermedad lo suficientemente grave como para disponer de una baja médica sine die y seguir cobrando de su empresa. Debía de ser enfermedad laboral, al menos que se demostrase que se había producido bien en el puesto en sí (cosa harto difícil por lo poco arriesgado de su ocupación) o en el trayecto de ida o de vuelta a casa, eso le garantizaría el cobro íntegro de su salario. Había que hacerlo bien, que nada ni nadie, especialmente la inspección de trabajo, supiese jamás de su descabellado plan. Este era sencillo, como no sabía cómo enfermar, lo más apropiado era hacerlo de manera directa, es decir, con un golpe, que rompiera algo en su enclenque cuerpo. El accidente de tráfico. Pero, ¿Qué hacer con su madre?. Bien pensado, con su situación precaria, el estado se haría cargo de ella y, de paso, se libraría de su pesada carga.

   El golpe fue contra un semáforo de la avenida del puerto, por la noche. No quedó excesivamente mal, solo unas cuantas costillas, y las dos piernas rotas. En el hospital reclamó la ayuda pública para su enferma madre y, algo que llamó la atención a los enfermeros, solicitó que alguien le llevara al hospital los libros del coche. La policía, después de inspeccionar el vehículo no entendía algo: el maletero estaba completamente lleno de libros, no cabía ni uno más. Y lo más curioso era que solo había novelas y algo de poesía. No siendo viajante o comercial, algo no encajaba. Argumentó en el atestado posterior que la dirección falló pero nada se pudo demostrar en el juicio. En la cama del hospital continuó, a pesar de los calmantes, con su enfervorecida pasión lectora. Fue así como Fernando hizo realidad, ya desdoblado en dos seres, su pasión más íntima y secreta, poseer toda la literatura solo que para ello tuvo que enfermar gravemente, enfermedad de la que jamás se recuperaría. 

Elche, finales de Mayo de 2014

martes, 20 de mayo de 2014

El pordiosero elegante


  Era todavía y había sido hasta entonces un auténtico Bon vivant, un personaje gracioso y desdentado que alegraba las mañanas a los jubilados y las tardes a los chavales en el jardín de la pólvora. Su aspecto general no es que fuera malo: era deplorable. Su ropa estaba siempre hecha jirones, en su mano siempre una botella de vino y aunque no llevaba perrito faldero estaba siempre presto a acariciar a cuantos se cruzasen en su devenir, siempre acompañado del sempiterno carro metálico de un hipermercado, lleno de latas, chatarra varia y alguna que otra prenda sucia que recogía en los contenedores. A pesar de todo era feliz: vivía como quería vivir y además era reconocido por su microcosmos reducido al jardín y sus alrededores. Caía bien a sus vecinos a pesar de que durmiera en un banco un día, otro en el césped: no molestaba, era parte del paisaje, del entorno equilibrado de aquel equilibrado barrio de aquella equilibrada ciudad de  provincias.

  Una tarde apareció limpio y lustroso, bien vestido, de traje y corbata, un traje de la más fina y cara seda y una corbata de esas de mucho lustre. Llevaba además una muy buena pinta, bien afeitado y aseado y todos en el jardín se asombraron y alarmaron: ¿Dónde habría robado su indumentaria?.¿Dónde le habrían afeitado esa barba casi hebraica que  amenazaba con llegarle a la cintura?. ¿Sería él o era un impostor?. Rápidamente sacó a todos de dudas: efectivamente era él, y ese día se casaba su hija a la que pensaba dar la mejor boda que pudiese. Aunque siempre lo había insinuado por su complexión física, jamás hubiera nadie imaginado que podía llegar a ser un verdadero caballero. 

  A partir de entonces sería conocido en el lugar como el pordiosero elegante. Edelmira, su hija,  que tuvo una gran boda, no supo nunca que su padre era el pobretón desarrapado que habitaba en la pólvora  y tampoco llegó nunca a sospechar ni imaginar que la noche de bodas, mientras ella yacía en la habitación de un lujoso hotel, su padre había ya regresado a su pecera sin agua, a su jaula de pajarillo contento, en la que mejor se sentía, en dónde era la persona más feliz del mundo. Ya dormía contento en el suelo de la pólvora, acompañado de un cartón de vino de la peor calaña, pronto su barba volvería a crecer y sus convecinos le volverían a dejar las sobras en cajitas apiladas en un rinconcito debajo de la vieja encina.

El jardín de las desgracias


   Hubiera contemplado algo más allá de su propia existencia, sobre todo cuando nació Eduardo, un lindo niñito de ojos azules y claros como el agua de un manantial. Pero el niño murió y fue muy triste. Jacinta había estado cuidando de su bebé recién nacido, a penas siete semanas, pero una trágica mañana, cambiando su pañal sucio, al ponerle el pantaloncito recién recogido de la terraza, caliente todavía por el impacto de los rayos solares, notó que la criatura se estremecía, su llanto fue seco e infinito, un grito demasiado brutal para esos pequeños pulmones. Pronto advirtió, por el estremecimiento del bebé, su contorsión casi diabólica, que algo marchaba mal. Esa carita descompuesta, enrojecida, casi paralizada por el dolor. Algo se movía en el interior de su ropita minúscula. Como por un impulso radical extrajo la madre el pantalón y encontró un inmenso abejorro removiéndose, lo golpeó contra la pared y lo machacó con su zapato en el suelo. El niño estaba ya entrando en shock anafiláctico pues el himenóptero, recogido accidentalmente por la madre, había inoculado una gran cantidad de veneno.


  Nada había ya que hacer para remediar esa desgracia mortal: no pudo ser tratada con la extremada urgencia que la situación requería. El cuerpecito llegó ya sin vida a pediatría. El suceso provocó una gran tensión emocional en toda la comunidad y esa desgracia marcaría su vida y la conduciría a olvidarse de todo y de todos, al aislamiento que produce una vida social inexistente. La familia desapareció, las amistades también y Jacinta acabó siendo la jardinera de un vergel diminuto que fue su cárcel para el resto de sus días. Ellos lo llamaban el jardín de las desgracias porque, además de no ser nadie, "nunca venían solas". El niñito, ella, sus días de felicidad junto a su esposo y sus amigos, todo, absolutamente todo acabó aquella mañana en la que cambiaba un pañal y ponía un pantaloncito a su pequeño. Todo lo demás dejó de ser real, todo lo demás dejó de ser mentira, todo lo demás dejó de ser verdad.

martes, 13 de mayo de 2014

El mensaje

  La personificación del mal. Esa fue la frase postrera del fiscal. Así lo había definido después de una larga retahíla de descalificativos, de injurias, de improperios. Nada había que hacer ya y lo sabía. Estaba condenado a pasar el resto de sus día entre rejas y aquello sería su sentencia de muerte. En su celda, meses atrás ya había decidido quitarse la vida. Si no lo hizo entonces se debió fundamentalmente a  una ilusión de esperanza, quizás en vano, que seguía albergando a pesar de todo. Es cierto que jamás pudo pensar que aquel mensaje que no había escrito fuese la causa de todas sus desdichas. Pero lo cierto es que esa misiva figuraba en los comentarios a una luctuosa noticia en un conocido diario digital. -Sí, pero yo no la escribí. Ojeé la página, leí la noticia y, quiero reconocerlo ahora, señor juez, pensé que se había hecho justicia, que el crimen nos liberaba de la pesada carga de ese parásito infecto que era el alcalde. Pero no escribí nada. ¿Es acaso delito el pensamiento?-. Y se hizo el silencio en la sala. 

   Fue por la tarde, después de salir del colegio, cuando se le acercaron tres policías, dos de paisano y lo condujeron a comisaría. Su delito era haber hecho apología del crimen, por un comentario que había insertado debajo de la noticia del asesinato del alcalde. El comentario afirmaba lo siguiente: "Ya era hora, puerco, te ha llegado tu hora. Se hizo justicia, y no serás el último. Hay que desinfectar la putrefacción con que tu y tu partido manchásteis el honroso nombre de esta ciudad. Púdrete en el infierno". Fue interrogado rápidamente y, en unas cuantas horas, fue puesto en libertad con cargos. Debería de presentarse con abogado o solicitar uno del turno de oficio la semana siguiente. Ya le habían advertido de que el delito era muy grave y que podía dar con sus huesos en prisión. Alterado, tomó una buena dosis de somníferos para olvidar.

   A la mañana siguiente regresó a la escuela, un tanto mareado por todo lo que le había sucedido. Es como cuando despiertas después de la muerte de un familiar, de tu esposa o de un hijo y nada más abrir los ojos cae sobre ti la pesada carga del drama que impregnará para siempre tu existencia. Triste y abatido nada comentó con sus colegas. Alguien le preguntó si no había pasado buena noche, por las ojeras moradas y los surcos de sus bolsas. Pero esquivo a todo y todos, salió por la tangente de un malestar gástrico. Por la tarde visitó a un abogado amigo que le aseguró que no se preocupase, en todo caso podría acabar en una falta grave y una contundente multa pero nada más.

   En eso pensaba cuando abandonaba la sala de vistas camino a la prisión. La condena a diez años de reclusión lo sumía en la desesperanza y lo acercaba a la soga que fabricaría una semana después, con la que se quitaría la vida. Era inocente, jamás escribió eso. Solo lo leyó y lo pensó y, sin embargo en la pantalla del ordenador, de todos los ordenadores del mundo, aparecía el ofensivo mensaje, libertad de expresión en algunos países, diez años de prisión en otros. No lo había escrito él, pero eso ya no tenía ninguna importancia.

lunes, 12 de mayo de 2014

Máximas de pacotilla II

-Mediocracia (gobierno de los mediocres)
-Mierdocracia (gobieno de la mierda, la clase política)
-Eslogan electoral: ¿Mediocracia o mierdocracia?. Elija lo menos bueno.
-Si vota a nuestro partido solo defraudaremos a Hacienda.
-!Votad, estúpidos¡.
-!No votéis, ignorantes¡.
-Si vota no conduzca.
-¿políticos nefastos o votantes infaustos?.
- Tuvo una desagradable indigestión: vomitó votos.
-Votadme a mi que yo jamás os votaré a vosotros.
-Eurodiputados y eurogilipollas.
-No es menos ladrón el que no es político.
- ¿Qué se puede esperar de un país que vota con la nariz tapada?
-La política era tal estercolero que la nación se acostumbró a votar con la nariz tapada.
-Algunas empresas se hicieron ricas con el negocio de la recogida de residuos políticos.
-Prefiero un buen partido que me provoque erecciones que un mal partido que convoque elecciones (ja, ja).
-La formación obtuvo buen partido de las comisiones.
-Vota P.S.O.E: partido siniestro de obligado entusiasmo
-Vota P.P.:partido putrefacto
-Vota UPYD: Un país y diota
-Vota IU: imbéciles ulteriores
-Vota P.C.E: partido de las comisiones de España
-Vota VOX: varios oscuros xenófobos
-Vota PODEMOS: pocos obligados diariamente en Madrid os seguimos
-Vota partido X: partido xerografista


viernes, 2 de mayo de 2014

Máximas de pacotilla

-Desventurado el que aventura sus desventuras.
-La Democracia Real no era monárquica.
-Democracia divina: Los fieles lo eligiron a Él
-Demos "cracias" a Dios: Amén.
-Bendito el que viene en nombre del parné
-Solo el Dios dinero salvará vuestras conciencias.
-Fumar mata pero vivir mata todavía más.
-No me da la real gana de ser republicano, dijo el facha.
-La irrealidad suele ser benigna con los realistas.
-"Realmente se vive muy bien", dijo el monarca multimillonario.
-"España es una nación de naciones" dijo el hombre sin nociones.
-Lo verdaderamente revolucionario es la falsedad de las revoluciones.
-En vez de la revolución de los claveles los españoles hicimos la contrarrevolución de los cuarteles.

miércoles, 9 de abril de 2014

El terror

  
  He conocido de verdad el miedo. Lo he tratado de tu a tu, en unos momentos de enorme tensión. El lugar es bien conocido: un hospital, en una zona laberíntica que acababa subiendo unas escaleras intrincadas donde decenas de almas en pena se disponían a vestirse de verde para penetrar en el hospital del Doctor House. Es la conocida como UCI, lugar destinado a los cuidados intensivos, es decir, donde tienen a los enfermos que están muy delicados y los vigilan con cuarenta mil maquinarias, convirtiendo a seres humanos en humanos robóticos, en espantajos, en Francos, conectados a mil y un cables. Pero el miedo se apoderó de mi alma cuando accedí al fabuloso espacio acristalado y monitorizado, solo humanizado por la presencia intermitente de seres maquinales que tratan de esbozar alguna sonrisa. Observar al ser querido, inerte, conectado a una máquina que le obliga a respirar aunque ya no quiera, aunque necesite abandonar nuestro mundo para siempre. Y el temor anida para siempre, el miedo al vacío, a la nada, a ese robot de carne que, no obstante, sigue repleto de vida, palidez insondable. Algo que me aterró sobremanera fue fijarme en el inmenso catéter o aguja clavada en su cuello, como una especie de estoque que aseguraban que tenía como objetivo alimentar el cuerpo con un suero blanco. Unos tecnicismos que lejos de apaciguar el ánimo lo desbaratan para siempre.

   Pero el terror es eso, estar allí, cogerle la mano moribunda e hinchada y la impotencia de no poder hacer nada, también la ambición de querer cambiarte por ella en ese trance, trasmutarle la identidad, suplantar las almas para insuflarle un hálito de vida aun a riesgo de perder la propia, a pesar de ese terror, de ese pánico a la nada. Pero hay algo definitorio del miedo, al margen de la emotividad y frustración del trance, que es la falta de fe y los intentos desesperados por creer que puede haber algo más que el mundo material. Ese es un terror infinito, insondable, inconcebible. Tratar de rezar, acordarte de un antepasado muy querido y de su posible intercesión mientras miras a una pared blanca durante las largas e interminables horas que suceden al trauma, por la noche, mirando la silueta de la ciudad dormida desde una séptima planta. Quizás sea imposible mayor terror, mayor miedo, mayor angustia. Ese pensamiento repetitivo y anticipatorio de la catástrofe, de cómo será el mundo a partir de entonces y si valdrá la pena vivirlo. Pensamientos circulares, cual autómata, que carecen de sentido común. Eso es lo inquietante, lo desesperanzador, lo terrorífico. Aquel día repleto de felicidad truncada por la angustia, aquel día esperanzador y desesperanzador. Eso es el terror, no cabe duda.

domingo, 16 de marzo de 2014

En mi casa

   Mi casa era vieja. Era un edificio antiguo de tremendas alturas y techos agrietados, de puertas para gigantes en tiempos de bajitos, con unas ventanas rectangulares encima que impedían la penumbra diurna por cualquier parte. Tenía los suelos hidráulicos que es como decir que  era como una pequeña pecera por la que burbujeaba desde el amanecer al ocaso. Me gustaba su pavimento, de diferentes tonalidades y geometrías, a veces circulares, también deteriorado y con manchas perpetuas, fiel espejo de la techumbre blanquecina con telarañas en las esquinas. Al menos así lo recuerdo ahora, después de abandonar mi casa para siempre. Recuerdos que se agolpan en mi memoria de la que durante décadas fue la única casa, fiel paradoja de la esquizofrenia familiar que suponía tener una vivienda en propiedad y vivir de alquiler a cuarenta kilómetros. Pero pasé buenos tiempos en ella, desde que mi abuelita vivía todavía allí e íbamos los fines de semana a verla y ver la ciudad, a pasear por la explanada y a jugar en las agrestes laderas de San Fernando, con nuestra primera bicicleta, en el parque infantil de tráfico o por las tardes en aquel laberinto lleno de suciedad que había en la bola de oro, después de haber visitado a nuestra tía Mercedes.

   Pero todo eso ya ha quedado atrás y, sin embargo, casi a diario recuerdo el magnetismo especial que tenía la casa. Porque siempre será mi casa. No era cómoda ni del todo agradable, contaba con un mobiliario antiguo y de mala calidad que las termitas o algo parecido devoraba muy lentamente, dejando un leve rastro de serrín bajo sus patas. Recuerdo las sillas, un chollo de los que vendían en una tienda de saldo, rápidamente descoladas,vueltas a encolar y finalmente tachonadas ante su irremediable derrumbe. Pero también recuerdo aquel mueble con cristales corredizos que se mantenía en pie de milagro y la estantería de madera que empecé a lijar y quedó casi blanca para siempre. Era un lugar lleno de olores, especialmente en las noches de verano, cuando el insomnio se hacía más llevadero con aquel aroma a pan recién horneado que ascendía desde la esquina de abajo, del horno San José, un olor agradable y sedante que aderezado por el viejo ventilador que mantenía toda la noche apuntando a mi tronco, estratégicamente localizado en la habitación contigua, posibilitaba el sueño fragmentado por el camión de la basura y las primeras luces de la mañana.

   Allí me hice lector de buena literatura, esa que sólo escriben unos cuantos elegidos, al alcance de quien tiene la suerte de tener una biblioteca seleccionada por la sabiduría que da el tiempo y las buenas lecturas. Pero también allí descubrí la soledad, el aislamiento, la decrepitud y el auténtico misterio de mi vida. Una de esas noches de insomnio, después de haber navegado en la red, comencé la redacción de mi primer relato, uno que jamás podré publicar porque en él estaba escrito el secreto que hubo y habrá en la casa, un secreto que descubrí con el tiempo, durante una investigación que llevé a cabo para un artículo, un trabajo que debía presentar en la universidad. En aquella manzana había ocurrido algo muy grave, la muerte de un grupo de obreros en una especie de polvorín. Se supone que fue un accidente, un desgraciado accidente que hizo saltar por los aires la casa que ocupaba el solar en el que se construyó el edificio, mi casa. Todo ello lo supe más tarde comenzando entonces a atar cabos, a enlazar sensaciones, escalofríos, dudas que fueron acudiendo a mi encuentro en la casa. Al principio no le di toda la importancia que el suceso merecía: sobre la ruina, sobre el dolor, se había cimentado en los años treinta un edificio singular y sencillo, con balcones antiguos de forja al exterior, blanco, con una cenefa labrada en cada piso, como delimitando al exterior la altura de cada vivienda, un bloque de dos plantas más ático, con entresuelo mínimo, sin locales comerciales.

   Vi la fotografía de la calle, en la prensa local y nacional se había publicado el trágico suceso, del que poco más se llegó a saber. La fotografía color sepia, muy deteriorada presumía ser la esquina donde se cruzaban y se cruzan las calles del Treinta de Marzo y Garbinet. El suceso, muy comentado en aquellas fechas, había movilizado a todo el barrio, una especie de isla dentro de la ciudad, grupos de manzanas dispersas todavía salpicadas de solares y elevaciones del terreno, todas las casas de planta baja. Quizás por ello le dieron el nombre de las carolinas, posiblemente en honor al archipiélago del pacífico que fue posesión hispana. Después se destacó sobre el resto aquel edificio sencillo pero moderno, de  un estilo puro, casi racionalista, pero con aire clasicista a su vez. Un edificio que a su vez llegó a ser conocido como la casa del gato, sencillamente porque la pintura se había desprendido como la piel cuarteada, quedando largas cicatrices a lo largo de su superficie.

  El drama había pasado y el edificio se había alzado imponente. Desde la azotea, aquella en la que después vivió la señora Aurea, una venerable anciana a la que siempre saludaba en su trabajoso ascender hasta el tercero, se llegaba a divisar el puerto. Hoy parece increíble que a más de tres kilómetros del mar desde aquella finca ya en la tercera edad, se pudiese divisar los complejos del puerto. Mi padre me aseguró en una ocasión que su padre, otro de los abuelos que jamás llegué a conocer, vio algún bombardeo de la Guerra Civil desde su cama, orientada al balcón. No tenía miedo porque había luchado en África y cuando ves morir a la gente en tu juventud ya nada te importa ni te da miedo. Mis tíos y mi padre descendían vestidos desde la cama al refugio de Palmeretes y él se quedaba allí, impertérrito. Ya no queda gente así, desde luego. Pero Don Enrique tampoco llegó a conocer el misterio que yo dejé escrito aquella noche y que nadie ha llegado a conocer, ni siquiera a intuir.

    Los hombres y muchachos que murieron en la explosión quedaron desfigurados, fragmentados por la metralla y los escombros. Aquello había sido una carnicería y como solía suceder en aquellos tiempos el tiempo llevó al silencio y sirvió de sanación de las heridas del recuerdo. Las autoridades necesitaban que la gente olvidara el asunto porque, como suele suceder, los sucesos trágicos suelen tener su origen en una falta de precaución y más vale no meneallo no vayan a salir terceras personas salpicadas. Ese fue el rompecabezas que traté de reconstruir y que me suscitó más y más preguntas pero hubo un hecho en el que no reparé hasta poco después. Leyendo cosas en internet sobre el supuesto accidente solo observé aquella foto pero no las demás. Me había centrado en los textos de referencia y mi curiosidad innata había hecho el resto.

    Una mañana decidí ampliar definitivamente la información yendo a las fuentes primarias, al archivo y la hemeroteca quizás para confirmar lo que ya tenía confirmado y para tocarlo con mis propias manos, en busca de algo que todavía no era capaz de entender. Era una de esas mañanas del final de la primavera, cuando todavía el sol no ha comenzado a hacer sus estragos por las calles lucentinas, me había acercado al archivo sin esperarme encontrar la sorpresa que me reveló parte del enigma.  El edificio del archivo estaba  por aquel entonces en plena playa del Postiguet, un lugar privilegiado que había destrozado una bella manzana de edificios y parte de una muralla decimonónica para edificar un aberrante edificio racionalista. El día era agradable, no había nubosidad y subía una fresca brisa que desde San Antón se intuía ya. Llegué pronto al antiguo hospital provincial, hoy bello museo de arqueología y descendí por Doña Violante aproximándome raudo a la blanca mole informe.

   Solo estuve dos horas pero fue suficiente para saber la verdad, al menos la porción, el fragmento de la misma, ese que me empujó a la febril redacción de aquel relato que jamás llegó a ver la luz. En la máquina iba girando la ruleta y apareciendo noticias curiosas, anuncios pero de repente apareció ante mi un fragmento del ABC del día posterior. Allí aparecía la noticia  de la muerte de una niña, Consuelito Pastor. No solo habían fallecido obreros sino que gran parte de las casas contiguas se habían desplomado y cobrándose la vida de mujeres y niños inocentes. Consuelito estaba allí, impresa en una fotografía, sola, con su ropita de  niña de tres o cuatro años. Entonces comprendí, era ella. Sí, lo supe desde ese momento. Sobresaltado, tras ver la imagen y con la piel ya erizada y el estómago revuelto mi cuerpo se descompuso, me creí morir o, al menos, sufrir un desmayo, caí al suelo, nervioso y desorientado, mi cabeza parecía trasladarme a otro lugar a otro mundo, muy cerca del colapso nervioso pero un grupo de personas me ayudó a levantarme y restablecerme. Traté de regresar a rastras a mi casa, con un sudor frío que recorría mi cuerpo, un gran malestar y, en el fondo, un miedo atroz a volver a aquel lugar en el que había vivido tantos y tantos momentos deliciosos. Pero como un fogonazo en la mente, después de mirar la fotografía de la niña, habían comenzado ya a venir a mi encuentro pensamientos del pasado, especialmente de mi más tierna infancia, cuando visitábamos a mi abuelita. Entonces fui consciente del secreto, algo a lo que nunca di importancia pero que había estado allí desde aquel día y después cuando se levantó el edificio. Ella había estado siempre allí, sí, yo la había visto muchas veces por las escaleras, pero también, sin darle importancia, por el pasillo ajedrezado. Nadie más que yo la veía pero en aquella época no tendría más de tres años, después había dejado de verla sin que nadie le diese importancia....cosas de críos...que se inventan amiguitos secretos. Pero entonces, en el archivo, al acceder a la noticia de la tragedia, aquella mañana primaveral y cálida, descubrí el terrible secreto que guardaba en mi casa.   

lunes, 10 de marzo de 2014

La medida



   Había salido muy tarde de la consulta, si se le podía llamar así, aquella planta baja rodeada de edificios mucho más modernos. Amalia era algo así como una sanadora, alguien que honradamente ayudaba a la gente, que se sacrificaba hasta altas horas de la madrugada. Se había hecho famosa no solo en aquel pequeño pueblo sino que se había corrido la voz, nada de redes sociales ni zarandajas modernas, a ella eso no le iba. El boca a boca es lo que había funcionado de toda la vida, ¿para qué cambiar las cosas?. Disponía de una clientela absolutamente fiel que se había extendido por la comarca e incluso algún lejano viajero se había acercado, desahuciado, suplicando su ayuda. Pero ella avisaba, su misión era ayudar, no tanto curar aunque su especialidad era la imposición de las manos y medir el empacho, eso decían las mujeres mayores del pueblo. También sabía sacar el sol y el mal de ojo (nunca supe si era lo mismo) a los pobrecicos que estuvieran necesitados. Así hablaban en aquella comarca. No la conocía personalmente aunque la había visto por la calle alguna vez, solventando nuestro encuentro con un buenos días de cortesía. Era joven pero madura, al menos eso parecía, de una  tez madura resplandeciente, una belleza tranquila, casi adorable.

   Yo había pasado una semana muy fastidiada, con una descomposición intestinal bastante desagradable, el médico de cabecera me había recetado descanso y beber mucho de ese líquido que otrora se vendía para deportistas y que había acabado en remedio para diarreas. Pero el caso es que algún virus se había apoderado de mi bajo vientre y me pasaba casi todo el día sentado en el urinario, con las terribles consecuencias que ello comportaba a mis delicadas hemorroides que rabiaban de quemazón. Decidido, acudí a Amalia. Nunca había confiado en nada que no fuese científico pero hay que reconocer que, según te coja el día, uno es capaz de traicionar hasta sus preceptos más sólidos, establecidos durante años de agnosticismo militante, de un cienticifismo brutal, casi con creencias absolutas, esas que se basan en la matemática pura, única ciencia exacta.

  Así me acerqué a aquella casa ya antigua pero muy bien reformada. Por fuera no aparentaba para nada las calidades de mármoles y cerramientos de madera restaurados que disfrutaba en el interior aunque por el momento no me llamó en exceso la atención porque en estos trances en lo único que uno piensa es en que le arreglen la avería, necesitaba una solución. Decidí esperar en un pequeño pasillo que distribuía todas las estancias en grandes portones de madera barnizados de blanco. había unos bancos corridos que ya estaban completamente ocupados. Entonces salió un hombre de mediana edad, posiblemente el marido o quizás un hermano de Amalia. Después de explicarle el caso me dijo que tendría que volver a la tarde-noche. Me dió cita para las once, un poco tarde, dijo, pero es que llevaba días sin pasar consulta y la gente estaba impaciente. 


   Volví a esa hora y observé en la acera, cerca de la puerta oculta por una persiana desenrollable blanca, bastantes personas erráticas, fumando o conversando, otras paseando arriba y abajo. Cuando entré a la casa ell pasillo estaba igualmente abarrotado solo que esas intempestivas horas me llamó la atención que hubiese mucha más gente que por la mañana. Se habían habilitado más sillas, incluso algunas de playa. Tanta gente había que el ambiente estaba enrarecido allá dentro. Toqué en una puerta y salió un personajillo diminuto y enclenque, arrugado, con aspecto de tener por lo menos los ochenta cumplidos: el padre, pensé. Le comenté la situación y me dijo que lo mejor era que me diera una vuelta, que posiblemente se haría muy tarde, que me acercase a las dos de la madrugada.

   Resignado, vagué por el barrio durante media hora, una o dos quizás. No sé cómo pero, con mi debilidad, recorrí el pueblo tres o cuatro veces en circunferencia, pensativo y un poco decaído. Ni que decir tiene que hube de hacer alguna que otra parada en uno de esos solares eternos, que llevan décadas delimitados por cuatro aceras y calles, ahí dispuesto en el plan general, pero nunca ocupado más que por chinches y ratas, amén de unos matorrales ya resecos, de gran altura, con los que hube de limpiarme las posaderas, que ya rabiaban de indignación.

  Finalmente me decidí a acceder a la casa, atravesando la plaza principal y llegando a la estrecha calle que, sorprendido, observé vacía y solitaria. Cuando traté de acceder, la puerta estaba cerrada. Toqué a la aldaba y apareció el pequeño personaje arrugado. Me dijo que Amalia había sufrido un pequeño vahído, repentino y que había tenido que cerrar la consulta. Entonces vi que emergía por detrás del hombrecillo aquella mujer, envuelta en un batín, con los ojos inyectados en sangre y las ojeras muy marcadas, como si no hubiese dormido durante varios días. Ella dijo que estaba un poco mejor y que pasase, que me reconocería pronto. Accedí tras ella a una sala con unos techos para gigantes, llenos de grietas muy finas. Allí comenzó un extraño ritual que, me explicó, consistía en medir a la persona. Cogió un pañuelo alargado, de un tamaño considerable y me hizo agarrarlo a la altura de mi vientre. Entonces ella lo estiró y haciendo un gesto con el antebrazo, se fue acercando a mi agarrando la parte de pañuelo que faltaba, recorriendo de esta manera la extensión de aquella pañoleta. A todo esto iba rezando algo y santiguándose en cada tramo recorrido. Cuando terminó, cerca de mi me aseguró que todo había sido un empacho y que gracias a sus rezos el problema cesaría en un par de días recetándome aquella bebida isotónica y unas infusiones de cardamomo que, obviamente, compré al día siguiente raudo y veloz.

    Salí confuso de aquella experiencia, pensando en si había algo mágico, en si, en realidad hay una fuerza superior a nosotros y que determinados seres humanos tienen la capacidad de contactar con ella y transmitirnos su bienestar haciéndose sus intermediarios. Por la mañana compré las infusiones pero, por desgracia, de tarde empecé a empeorar. Aquello fue indescriptible, por lo que ahorraré a los posibles lectores el desagradable trance de describir los síntomas y las consecuencias. Solo decir que acabé en urgencias del hospital diagnosticado de una galopante deshidratación propiciada por un parásito muy fino y alargado que visita a determinados individuos que comen poco precavidos en algunos restaurantes nada recomendables. Dos días después, un tanto debilucho, decidí salir a tomar un poco el sol, paseando por el centro del pueblo. Llegué al cruce en el que está la casa de Amalia y decidí cruzar aprisa, para no encontrarme con ella pero al doblar la siguiente esquina allí apareció, con el hombrecillo del brazo. Venían de comprar en el mercado. Sonriendo, dijo que me encontraba mucho mejor y me preguntó por mi salud. Le dije que era cierto, lo peor había pasado, ya estaba mucho mejor. Pero no quise pasar la oportunidad de decirle que había tenido que ir a urgencias y que el problema venía de una tenia. "!!Eso te pasa por no dar la voluntad¡¡", dijo con una expresión desquiciada, casi a gritos, con la cara desencajada y los ojos a punto de salírsele de sus órbitas.  Era cierto, al terminar la consulta no había depositado ni un céntimo en la pequeña cestita de mimbre repleta de billetes. No dije nada, aceleré la marcha y traté de no volver a pasar por aquellas oscuras calles.