miércoles, 9 de abril de 2014

El terror

  
  He conocido de verdad el miedo. Lo he tratado de tu a tu, en unos momentos de enorme tensión. El lugar es bien conocido: un hospital, en una zona laberíntica que acababa subiendo unas escaleras intrincadas donde decenas de almas en pena se disponían a vestirse de verde para penetrar en el hospital del Doctor House. Es la conocida como UCI, lugar destinado a los cuidados intensivos, es decir, donde tienen a los enfermos que están muy delicados y los vigilan con cuarenta mil maquinarias, convirtiendo a seres humanos en humanos robóticos, en espantajos, en Francos, conectados a mil y un cables. Pero el miedo se apoderó de mi alma cuando accedí al fabuloso espacio acristalado y monitorizado, solo humanizado por la presencia intermitente de seres maquinales que tratan de esbozar alguna sonrisa. Observar al ser querido, inerte, conectado a una máquina que le obliga a respirar aunque ya no quiera, aunque necesite abandonar nuestro mundo para siempre. Y el temor anida para siempre, el miedo al vacío, a la nada, a ese robot de carne que, no obstante, sigue repleto de vida, palidez insondable. Algo que me aterró sobremanera fue fijarme en el inmenso catéter o aguja clavada en su cuello, como una especie de estoque que aseguraban que tenía como objetivo alimentar el cuerpo con un suero blanco. Unos tecnicismos que lejos de apaciguar el ánimo lo desbaratan para siempre.

   Pero el terror es eso, estar allí, cogerle la mano moribunda e hinchada y la impotencia de no poder hacer nada, también la ambición de querer cambiarte por ella en ese trance, trasmutarle la identidad, suplantar las almas para insuflarle un hálito de vida aun a riesgo de perder la propia, a pesar de ese terror, de ese pánico a la nada. Pero hay algo definitorio del miedo, al margen de la emotividad y frustración del trance, que es la falta de fe y los intentos desesperados por creer que puede haber algo más que el mundo material. Ese es un terror infinito, insondable, inconcebible. Tratar de rezar, acordarte de un antepasado muy querido y de su posible intercesión mientras miras a una pared blanca durante las largas e interminables horas que suceden al trauma, por la noche, mirando la silueta de la ciudad dormida desde una séptima planta. Quizás sea imposible mayor terror, mayor miedo, mayor angustia. Ese pensamiento repetitivo y anticipatorio de la catástrofe, de cómo será el mundo a partir de entonces y si valdrá la pena vivirlo. Pensamientos circulares, cual autómata, que carecen de sentido común. Eso es lo inquietante, lo desesperanzador, lo terrorífico. Aquel día repleto de felicidad truncada por la angustia, aquel día esperanzador y desesperanzador. Eso es el terror, no cabe duda.

No hay comentarios:

Publicar un comentario