Mi casa era vieja. Era un edificio antiguo de tremendas alturas y techos agrietados, de puertas para gigantes en tiempos de bajitos, con unas ventanas rectangulares encima que impedían la penumbra diurna por cualquier parte. Tenía los suelos hidráulicos que es como decir que era como una pequeña pecera por la que burbujeaba desde el amanecer al ocaso. Me gustaba su pavimento, de diferentes tonalidades y geometrías, a veces circulares, también deteriorado y con manchas perpetuas, fiel espejo de la techumbre blanquecina con telarañas en las esquinas. Al menos así lo recuerdo ahora, después de abandonar mi casa para siempre. Recuerdos que se agolpan en mi memoria de la que durante décadas fue la única casa, fiel paradoja de la esquizofrenia familiar que suponía tener una vivienda en propiedad y vivir de alquiler a cuarenta kilómetros. Pero pasé buenos tiempos en ella, desde que mi abuelita vivía todavía allí e íbamos los fines de semana a verla y ver la ciudad, a pasear por la explanada y a jugar en las agrestes laderas de San Fernando, con nuestra primera bicicleta, en el parque infantil de tráfico o por las tardes en aquel laberinto lleno de suciedad que había en la bola de oro, después de haber visitado a nuestra tía Mercedes.
Pero todo eso ya ha quedado atrás y, sin embargo, casi a diario recuerdo el magnetismo especial que tenía la casa. Porque siempre será mi casa. No era cómoda ni del todo agradable, contaba con un mobiliario antiguo y de mala calidad que las termitas o algo parecido devoraba muy lentamente, dejando un leve rastro de serrín bajo sus patas. Recuerdo las sillas, un chollo de los que vendían en una tienda de saldo, rápidamente descoladas,vueltas a encolar y finalmente tachonadas ante su irremediable derrumbe. Pero también recuerdo aquel mueble con cristales corredizos que se mantenía en pie de milagro y la estantería de madera que empecé a lijar y quedó casi blanca para siempre. Era un lugar lleno de olores, especialmente en las noches de verano, cuando el insomnio se hacía más llevadero con aquel aroma a pan recién horneado que ascendía desde la esquina de abajo, del horno San José, un olor agradable y sedante que aderezado por el viejo ventilador que mantenía toda la noche apuntando a mi tronco, estratégicamente localizado en la habitación contigua, posibilitaba el sueño fragmentado por el camión de la basura y las primeras luces de la mañana.
Allí me hice lector de buena literatura, esa que sólo escriben unos cuantos elegidos, al alcance de quien tiene la suerte de tener una biblioteca seleccionada por la sabiduría que da el tiempo y las buenas lecturas. Pero también allí descubrí la soledad, el aislamiento, la decrepitud y el auténtico misterio de mi vida. Una de esas noches de insomnio, después de haber navegado en la red, comencé la redacción de mi primer relato, uno que jamás podré publicar porque en él estaba escrito el secreto que hubo y habrá en la casa, un secreto que descubrí con el tiempo, durante una investigación que llevé a cabo para un artículo, un trabajo que debía presentar en la universidad. En aquella manzana había ocurrido algo muy grave, la muerte de un grupo de obreros en una especie de polvorín. Se supone que fue un accidente, un desgraciado accidente que hizo saltar por los aires la casa que ocupaba el solar en el que se construyó el edificio, mi casa. Todo ello lo supe más tarde comenzando entonces a atar cabos, a enlazar sensaciones, escalofríos, dudas que fueron acudiendo a mi encuentro en la casa. Al principio no le di toda la importancia que el suceso merecía: sobre la ruina, sobre el dolor, se había cimentado en los años treinta un edificio singular y sencillo, con balcones antiguos de forja al exterior, blanco, con una cenefa labrada en cada piso, como delimitando al exterior la altura de cada vivienda, un bloque de dos plantas más ático, con entresuelo mínimo, sin locales comerciales.
Vi la fotografía de la calle, en la prensa local y nacional se había publicado el trágico suceso, del que poco más se llegó a saber. La fotografía color sepia, muy deteriorada presumía ser la esquina donde se cruzaban y se cruzan las calles del Treinta de Marzo y Garbinet. El suceso, muy comentado en aquellas fechas, había movilizado a todo el barrio, una especie de isla dentro de la ciudad, grupos de manzanas dispersas todavía salpicadas de solares y elevaciones del terreno, todas las casas de planta baja. Quizás por ello le dieron el nombre de las carolinas, posiblemente en honor al archipiélago del pacífico que fue posesión hispana. Después se destacó sobre el resto aquel edificio sencillo pero moderno, de un estilo puro, casi racionalista, pero con aire clasicista a su vez. Un edificio que a su vez llegó a ser conocido como la casa del gato, sencillamente porque la pintura se había desprendido como la piel cuarteada, quedando largas cicatrices a lo largo de su superficie.
El drama había pasado y el edificio se había alzado imponente. Desde la azotea, aquella en la que después vivió la señora Aurea, una venerable anciana a la que siempre saludaba en su trabajoso ascender hasta el tercero, se llegaba a divisar el puerto. Hoy parece increíble que a más de tres kilómetros del mar desde aquella finca ya en la tercera edad, se pudiese divisar los complejos del puerto. Mi padre me aseguró en una ocasión que su padre, otro de los abuelos que jamás llegué a conocer, vio algún bombardeo de la Guerra Civil desde su cama, orientada al balcón. No tenía miedo porque había luchado en África y cuando ves morir a la gente en tu juventud ya nada te importa ni te da miedo. Mis tíos y mi padre descendían vestidos desde la cama al refugio de Palmeretes y él se quedaba allí, impertérrito. Ya no queda gente así, desde luego. Pero Don Enrique tampoco llegó a conocer el misterio que yo dejé escrito aquella noche y que nadie ha llegado a conocer, ni siquiera a intuir.
Los hombres y muchachos que murieron en la explosión quedaron desfigurados, fragmentados por la metralla y los escombros. Aquello había sido una carnicería y como solía suceder en aquellos tiempos el tiempo llevó al silencio y sirvió de sanación de las heridas del recuerdo. Las autoridades necesitaban que la gente olvidara el asunto porque, como suele suceder, los sucesos trágicos suelen tener su origen en una falta de precaución y más vale no meneallo no vayan a salir terceras personas salpicadas. Ese fue el rompecabezas que traté de reconstruir y que me suscitó más y más preguntas pero hubo un hecho en el que no reparé hasta poco después. Leyendo cosas en internet sobre el supuesto accidente solo observé aquella foto pero no las demás. Me había centrado en los textos de referencia y mi curiosidad innata había hecho el resto.
Una mañana decidí ampliar definitivamente la información yendo a las fuentes primarias, al archivo y la hemeroteca quizás para confirmar lo que ya tenía confirmado y para tocarlo con mis propias manos, en busca de algo que todavía no era capaz de entender. Era una de esas mañanas del final de la primavera, cuando todavía el sol no ha comenzado a hacer sus estragos por las calles lucentinas, me había acercado al archivo sin esperarme encontrar la sorpresa que me reveló parte del enigma. El edificio del archivo estaba por aquel entonces en plena playa del Postiguet, un lugar privilegiado que había destrozado una bella manzana de edificios y parte de una muralla decimonónica para edificar un aberrante edificio racionalista. El día era agradable, no había nubosidad y subía una fresca brisa que desde San Antón se intuía ya. Llegué pronto al antiguo hospital provincial, hoy bello museo de arqueología y descendí por Doña Violante aproximándome raudo a la blanca mole informe.
Solo estuve dos horas pero fue suficiente para saber la verdad, al menos la porción, el fragmento de la misma, ese que me empujó a la febril redacción de aquel relato que jamás llegó a ver la luz. En la máquina iba girando la ruleta y apareciendo noticias curiosas, anuncios pero de repente apareció ante mi un fragmento del ABC del día posterior. Allí aparecía la noticia de la muerte de una niña, Consuelito Pastor. No solo habían fallecido obreros sino que gran parte de las casas contiguas se habían desplomado y cobrándose la vida de mujeres y niños inocentes. Consuelito estaba allí, impresa en una fotografía, sola, con su ropita de niña de tres o cuatro años. Entonces comprendí, era ella. Sí, lo supe desde ese momento. Sobresaltado, tras ver la imagen y con la piel ya erizada y el estómago revuelto mi cuerpo se descompuso, me creí morir o, al menos, sufrir un desmayo, caí al suelo, nervioso y desorientado, mi cabeza parecía trasladarme a otro lugar a otro mundo, muy cerca del colapso nervioso pero un grupo de personas me ayudó a levantarme y restablecerme. Traté de regresar a rastras a mi casa, con un sudor frío que recorría mi cuerpo, un gran malestar y, en el fondo, un miedo atroz a volver a aquel lugar en el que había vivido tantos y tantos momentos deliciosos. Pero como un fogonazo en la mente, después de mirar la fotografía de la niña, habían comenzado ya a venir a mi encuentro pensamientos del pasado, especialmente de mi más tierna infancia, cuando visitábamos a mi abuelita. Entonces fui consciente del secreto, algo a lo que nunca di importancia pero que había estado allí desde aquel día y después cuando se levantó el edificio. Ella había estado siempre allí, sí, yo la había visto muchas veces por las escaleras, pero también, sin darle importancia, por el pasillo ajedrezado. Nadie más que yo la veía pero en aquella época no tendría más de tres años, después había dejado de verla sin que nadie le diese importancia....cosas de críos...que se inventan amiguitos secretos. Pero entonces, en el archivo, al acceder a la noticia de la tragedia, aquella mañana primaveral y cálida, descubrí el terrible secreto que guardaba en mi casa.
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