No había recorrido todo aquel camino para rendirse a las primeras de cambio. Se sentía un triunfador después de haber despachado a aquel hijo de la gran puta, millonario a costa del sufrimiento de los demás. Pero su misión, casi sagrada, estaba todavía por concluir. Es cierto que dudó, aquella tarde después de despertar de la plácida siesta sintió miedo. ¿Y si alguien lo había visto, acaso las cámaras de seguridad?. Se ponía en la cabeza de la policía y sus posibles pesquisas. Analizó hasta bien entrada la madrugada los posibles errores, los fallos que hubiese podido cometer, sometiéndose a un escrutinio cruel en el que volvía a quedar mal parado. Años de desprecio sobre sí mismo no se iban a borrar en unos meses de recuperación de la autoestima. Su cara no podía haber sido grabada puesto que portaba la cabeza totalmente oculta. Solo sus ojos, esos ojos huidizos y tímidos podían acaso haber sido vistos pero no, no era posible que una cámara penetrase hasta esa inmensidad irremediable que reflejaban sus pupilas. En el fondo estaba tranquilo, muy tranquilo y, lo que es más importante, satisfecho, orgulloso consigo mismo por su crimen, un asesinato vil, a sangre fría, con toda la premeditación a la que obliga la ejecución de una cruel venganza necesaria, absolutamente irremplazable.
Dejó pasar unas cuantas semanas hasta que el ruido cesó o, al menos, dejó de ser el tema que había impactado no solo a la ciudad, sino a toda aquella adormecida sociedad. Durante aquel tiempo, además de seguir perfeccionando su estoque y su habilidad en la verdadera destreza, disfrutó viendo en programas de televisión arduos debates sobre el asesinato. En especial se vanagloriaba de que nada ni nadie pudiera jamás descubrirlo, a pesar de que la prensa, manipuladora por antonomasia, había señalado que se buscaba a un hombre de mediana estatura y con algún defecto físico y que el arma del crimen podría tratarse de una daga o espada. Por una vez dicen la verdad, farfullaba entre dientes sentado frente al ordenador. Obviamente este aspecto, de ser cierto, acotaba infinitamente los posibles sospechosos y si continuasen indagando en tiendas especializadas o, puesto el caso, preguntando en las diferentes escuelas de esgrima la cosa se podía poner fea. Devanándose los sesos trataba de comprender cómo podían haber llegado a aquellas conclusiones. Y, sin embargo, por el momento ni siquiera sentía un mínimo atisbo del aliento del que te persigue, bien al contrario, comenzó a pergeñar su siguiente movimiento en el tablero de una partida que estaba abocada al fracaso. Antes de acostarse muy de madrugada, como era habitual en él, escribió erráticamente sobre una pequeña notita una especie de borrador, algo esquemático y aparentemente sin sentido, un apunte que destruiriá a la mañana siguiente.
En ese pequeño papel que dejó clavado en la desconchada pared de la habitación sin ventanas había dibujado una circunferencia grande que se veía entrecruzada por otros círculos de menor tamaño en los que había destacado unas pequeñas letras. Había exactamente cinco circunferencias, tres de ellas completadas, una de ellas con las iniciales del financiero que había mandado al otro barrio hacía unos días, las otras dos con otras letras sólo inteligibles para él. Pero todavía quedaban dos huecos, había estado meditando procelosamente y no sabía a quien colocar en ellos. Seguramente barajaba alguna pieza de nivel superior, caza mayor, que realmente era inalcanzable. Soñar todavía seguía siendo gratis. Debía y quería imaginar algo mejor, para nadie más que para su propio ego, para su orgullo todavía herido, que se vería enormemente recompensado si toda aquella gentuza desaparecía del mapa para siempre, de ese particular atlas imaginario que él había construido durante muchos años.
¿Cómo actuar ahora?. Tenía que ser nuevamente meticuloso, no debía de dejar ningún cabo suelto. Pero un nuevo crimen se le antojaba más complicado, era consciente de la dificultad intrínseca del que mata a alguien importante, acaso del terrorista, que después de huir de su abominación piensa ya en otro atentado más grave con el que saciar su imaginario político. Esto se revelaba cada vez más complejo porque todos los mecanismos del estado estarían vigilantes. Pero él no era un terrorista ni usaba su lógica aplastante, él sólo quería ajustar cuentas personales, una sed de venganza que de paso inflingiese un dolor irreparable a toda aquella casta indecente. Pero sí, debía andar con pies de plomo y aguardar, dejar pasar el tiempo, meses, quizás años o es posible que ya no pudiese ejecutar a nadie más con su daga o con su espada ropera. Luftolde aguardaba, inquieto, insomne pero feliz, dichoso por el trabajo bien hecho, sus futuros pasos.
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