Con todo mi afecto:
Aquel hermoso día en el que subimos a lo alto del monte, amiga Yumba. La luz era radiante, los históricos fragmentos deslabazados se entretejían al calor de un día de Julio. Fue ese un día bello, la luz invadía el monte acantilado. La ciudad parecía compenetrarse en un fluir mágico que amalgamaba los pensamientos divergentes.
Primero subimos al alcázar destruido, fruto de la rapiña corrupta y deshumanizada de la polis. Bellas vistas anunciaban un día muy caluroso. Se terciaba un rápido descenso al corazón de la urbe, a la cercanía del mar, al paseo teselado por millones de fragmentos de mármol cúbico, cuidadosamente tejidos.
Cerca se encontraba preparado para nosotros, de manera improvisada, la entrada al palacio daliniano, centro neurálgico de las alturas patrias y de las corrupciones mundanas. Al costado encontramos después las ruinas de una ciudad ya perdida bajo kilos de hierro y hormigón. A continuación penetramos en el mundo de la contemporaneidad, un frío y distante lugar-almacén de despropósitos artísticos junto a la arquitectura más vetusta del lugar.
Aquel hermoso día en el que subimos a lo alto del monte, amiga Yumba. La luz era radiante, los históricos fragmentos deslabazados se entretejían al calor de un día de Julio. Fue ese un día bello, la luz invadía el monte acantilado. La ciudad parecía compenetrarse en un fluir mágico que amalgamaba los pensamientos divergentes.
Primero subimos al alcázar destruido, fruto de la rapiña corrupta y deshumanizada de la polis. Bellas vistas anunciaban un día muy caluroso. Se terciaba un rápido descenso al corazón de la urbe, a la cercanía del mar, al paseo teselado por millones de fragmentos de mármol cúbico, cuidadosamente tejidos.
Cerca se encontraba preparado para nosotros, de manera improvisada, la entrada al palacio daliniano, centro neurálgico de las alturas patrias y de las corrupciones mundanas. Al costado encontramos después las ruinas de una ciudad ya perdida bajo kilos de hierro y hormigón. A continuación penetramos en el mundo de la contemporaneidad, un frío y distante lugar-almacén de despropósitos artísticos junto a la arquitectura más vetusta del lugar.
Después llegó la hora de comer, esa comida italiana, cerca del templo máximo. El calor asfixiante dificultaba enormemente la labor del guía. También recuerdo la plaza de los ficus, gigantes raíces aéreas, la calle estrecha coronada con la casita de muñecas y, por fin, el boulevar amplio, espacioso hasta la plaza estrellada, simbólica evasión circular, caballos adornados de querubines y diosas orientales.
Pero todavía faltaba, pies agotados y heridos, la subida a la cumbre ciudadana. Las diversas salas de la fortaleza, los pies descarnados y ese rocío prematuro resbalando por la piel, como cubitos desapareciendo dentro del vaso.
Pero todavía faltaba, pies agotados y heridos, la subida a la cumbre ciudadana. Las diversas salas de la fortaleza, los pies descarnados y ese rocío prematuro resbalando por la piel, como cubitos desapareciendo dentro del vaso.
Compenetración intelectual ( si existe alguna posibilidad de compenetración, querida Yumba), miedo a conocer tu intimidad, los secretos más mundanos. Otra persona. Ese miedo que quizás sea el motor que mueve el mundo, pero que supone parálisis, inacción.
Después llegó la despedida, el abrazo fraternal, el olor del adiós resbalando en tu cuello. La timidez por esas ataduras morales. La marcha definitiva y atroz. El deseo irrefrenable de un nuevo encuentro.
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