lunes, 10 de marzo de 2014

La medida



   Había salido muy tarde de la consulta, si se le podía llamar así, aquella planta baja rodeada de edificios mucho más modernos. Amalia era algo así como una sanadora, alguien que honradamente ayudaba a la gente, que se sacrificaba hasta altas horas de la madrugada. Se había hecho famosa no solo en aquel pequeño pueblo sino que se había corrido la voz, nada de redes sociales ni zarandajas modernas, a ella eso no le iba. El boca a boca es lo que había funcionado de toda la vida, ¿para qué cambiar las cosas?. Disponía de una clientela absolutamente fiel que se había extendido por la comarca e incluso algún lejano viajero se había acercado, desahuciado, suplicando su ayuda. Pero ella avisaba, su misión era ayudar, no tanto curar aunque su especialidad era la imposición de las manos y medir el empacho, eso decían las mujeres mayores del pueblo. También sabía sacar el sol y el mal de ojo (nunca supe si era lo mismo) a los pobrecicos que estuvieran necesitados. Así hablaban en aquella comarca. No la conocía personalmente aunque la había visto por la calle alguna vez, solventando nuestro encuentro con un buenos días de cortesía. Era joven pero madura, al menos eso parecía, de una  tez madura resplandeciente, una belleza tranquila, casi adorable.

   Yo había pasado una semana muy fastidiada, con una descomposición intestinal bastante desagradable, el médico de cabecera me había recetado descanso y beber mucho de ese líquido que otrora se vendía para deportistas y que había acabado en remedio para diarreas. Pero el caso es que algún virus se había apoderado de mi bajo vientre y me pasaba casi todo el día sentado en el urinario, con las terribles consecuencias que ello comportaba a mis delicadas hemorroides que rabiaban de quemazón. Decidido, acudí a Amalia. Nunca había confiado en nada que no fuese científico pero hay que reconocer que, según te coja el día, uno es capaz de traicionar hasta sus preceptos más sólidos, establecidos durante años de agnosticismo militante, de un cienticifismo brutal, casi con creencias absolutas, esas que se basan en la matemática pura, única ciencia exacta.

  Así me acerqué a aquella casa ya antigua pero muy bien reformada. Por fuera no aparentaba para nada las calidades de mármoles y cerramientos de madera restaurados que disfrutaba en el interior aunque por el momento no me llamó en exceso la atención porque en estos trances en lo único que uno piensa es en que le arreglen la avería, necesitaba una solución. Decidí esperar en un pequeño pasillo que distribuía todas las estancias en grandes portones de madera barnizados de blanco. había unos bancos corridos que ya estaban completamente ocupados. Entonces salió un hombre de mediana edad, posiblemente el marido o quizás un hermano de Amalia. Después de explicarle el caso me dijo que tendría que volver a la tarde-noche. Me dió cita para las once, un poco tarde, dijo, pero es que llevaba días sin pasar consulta y la gente estaba impaciente. 


   Volví a esa hora y observé en la acera, cerca de la puerta oculta por una persiana desenrollable blanca, bastantes personas erráticas, fumando o conversando, otras paseando arriba y abajo. Cuando entré a la casa ell pasillo estaba igualmente abarrotado solo que esas intempestivas horas me llamó la atención que hubiese mucha más gente que por la mañana. Se habían habilitado más sillas, incluso algunas de playa. Tanta gente había que el ambiente estaba enrarecido allá dentro. Toqué en una puerta y salió un personajillo diminuto y enclenque, arrugado, con aspecto de tener por lo menos los ochenta cumplidos: el padre, pensé. Le comenté la situación y me dijo que lo mejor era que me diera una vuelta, que posiblemente se haría muy tarde, que me acercase a las dos de la madrugada.

   Resignado, vagué por el barrio durante media hora, una o dos quizás. No sé cómo pero, con mi debilidad, recorrí el pueblo tres o cuatro veces en circunferencia, pensativo y un poco decaído. Ni que decir tiene que hube de hacer alguna que otra parada en uno de esos solares eternos, que llevan décadas delimitados por cuatro aceras y calles, ahí dispuesto en el plan general, pero nunca ocupado más que por chinches y ratas, amén de unos matorrales ya resecos, de gran altura, con los que hube de limpiarme las posaderas, que ya rabiaban de indignación.

  Finalmente me decidí a acceder a la casa, atravesando la plaza principal y llegando a la estrecha calle que, sorprendido, observé vacía y solitaria. Cuando traté de acceder, la puerta estaba cerrada. Toqué a la aldaba y apareció el pequeño personaje arrugado. Me dijo que Amalia había sufrido un pequeño vahído, repentino y que había tenido que cerrar la consulta. Entonces vi que emergía por detrás del hombrecillo aquella mujer, envuelta en un batín, con los ojos inyectados en sangre y las ojeras muy marcadas, como si no hubiese dormido durante varios días. Ella dijo que estaba un poco mejor y que pasase, que me reconocería pronto. Accedí tras ella a una sala con unos techos para gigantes, llenos de grietas muy finas. Allí comenzó un extraño ritual que, me explicó, consistía en medir a la persona. Cogió un pañuelo alargado, de un tamaño considerable y me hizo agarrarlo a la altura de mi vientre. Entonces ella lo estiró y haciendo un gesto con el antebrazo, se fue acercando a mi agarrando la parte de pañuelo que faltaba, recorriendo de esta manera la extensión de aquella pañoleta. A todo esto iba rezando algo y santiguándose en cada tramo recorrido. Cuando terminó, cerca de mi me aseguró que todo había sido un empacho y que gracias a sus rezos el problema cesaría en un par de días recetándome aquella bebida isotónica y unas infusiones de cardamomo que, obviamente, compré al día siguiente raudo y veloz.

    Salí confuso de aquella experiencia, pensando en si había algo mágico, en si, en realidad hay una fuerza superior a nosotros y que determinados seres humanos tienen la capacidad de contactar con ella y transmitirnos su bienestar haciéndose sus intermediarios. Por la mañana compré las infusiones pero, por desgracia, de tarde empecé a empeorar. Aquello fue indescriptible, por lo que ahorraré a los posibles lectores el desagradable trance de describir los síntomas y las consecuencias. Solo decir que acabé en urgencias del hospital diagnosticado de una galopante deshidratación propiciada por un parásito muy fino y alargado que visita a determinados individuos que comen poco precavidos en algunos restaurantes nada recomendables. Dos días después, un tanto debilucho, decidí salir a tomar un poco el sol, paseando por el centro del pueblo. Llegué al cruce en el que está la casa de Amalia y decidí cruzar aprisa, para no encontrarme con ella pero al doblar la siguiente esquina allí apareció, con el hombrecillo del brazo. Venían de comprar en el mercado. Sonriendo, dijo que me encontraba mucho mejor y me preguntó por mi salud. Le dije que era cierto, lo peor había pasado, ya estaba mucho mejor. Pero no quise pasar la oportunidad de decirle que había tenido que ir a urgencias y que el problema venía de una tenia. "!!Eso te pasa por no dar la voluntad¡¡", dijo con una expresión desquiciada, casi a gritos, con la cara desencajada y los ojos a punto de salírsele de sus órbitas.  Era cierto, al terminar la consulta no había depositado ni un céntimo en la pequeña cestita de mimbre repleta de billetes. No dije nada, aceleré la marcha y traté de no volver a pasar por aquellas oscuras calles.


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