jueves, 6 de marzo de 2014

La chica del cabo

  
   Tenía una belleza especial, verdaderamente irresistible. Aquella chica que había llegado al instituto, por enero. Sus formas eran un tanto desgarbadas y flacuchas, pero su rostro irradiaba una pureza casi geométrica, con esa alegría que denota la inmadura juventud y la fascinante libertad, recientemente adquirida. Su palidez irradiada por el rojo carmín en sus mejillas y su larguísimo pelo liso moreno marcaban un atractivo natural que se veía recalcado con un tono de voz suave y dulce, a pesar de su acento particular, propio de sus parajes nativos.

    Vivía en el cabo, muy cerca de aquel faro centenario que había sido la irresistible atracción de poetas y filósofos. Sin proponérselo había sentido desde niña la irrefrenable atracción de la creación y por eso había escapado muy pronto de su cautiverio. Su familia la había ayudado a estudiar la carrera de las carreras, la que da acceso al mundo de la libertad absoluta, los estudios de artes. Fue así como se educó en la imaginación, en el pensamiento y en la atracción por las obras artísticas, especialmente en lo tocante a la pintura y sus misterios. Pero siempre regresaba al cabo, siempre era atraída hacia un destino casi placentario, inicial. Aquellos habían sido sus orígenes y nada ni nadie debía interponerse entre ellos y su mundo. Pertenecía secretamente a aquel paraje, a aquella construcción decimonónica otrora activa, ahora arruinada, origen de tantas desgracias.

   Ella no era todavía consciente de quién era su único poseedor, por eso jamás dudó ni un instante que aquel era su lugar, su vida. Volvía de sus viajes académicos con una ansiedad justificada pero nunca del todo consciente de su irreversibilidad, un algo inconcebible y magnético que la atraía hacia aquel promontorio del mediterráneo. Y, sin embargo, conseguía zafarse de aquella prisión inconsciente y regresar cada semana en el vetusto ferrocarril hacia su labor educadora y creativa, dónde la conocí brevemente, pues su trascurrir por el mundo de los vivos tenía, ahora lo sé, el tiempo marcado.

    Locuaz en su belleza, inteligente y liberal, solo pude atisbar pequeños, diminutos momentos, píldoras microscópicas de su verdadera voluntad, esa que no pudo hacer nada ante las embestidas de aquel cruel y oscuro territorio que la atraía cada semana hacia el abismo insondable de su propio yo. Su alegría inicial no dejaba de ocultar su tristeza interior, esa que llevaba en secreto sin ser consciente de ella. Una aflicción desconocida y que, semana a semana, se veía reforzada en su eterno retorno hacia el cabo, lugar maldito e infernal al que pertenecía. Resuelta, veloz y sonriente, con unos labios finos y una expresión interminable, fue mostrando poco a poco el resultado de sus viajes a su tierra natal. Solo yo pude apreciar, aquella semana final, su lívido terror interior. Quizás atisbó finalmente que estaba destinada a un regreso eterno al paraje que la había visto nacer y dónde se había criado. Su sonrisa había cambiado de expresión, ya no era abierta y locuaz como al principio, se la veía sonreir, sí, pero de una manera diferente, enigmática.

   Le pregunté si le sucedía algo, entonces ella me contó. Había vivido en aquel lugar, había ascendido a lo alto de la torre, con el opaco cristal desvencijado, descompuesto, dejando entrever el interior de aquella inmensa luz entonces ya apagada y desvaída. Entonces había comprendido que aquel debía ser su final porque así lo había querido el destino. Esto último no me lo reveló pero lo pude intuir en nuestra despedida porque aquel viernes a última hora sonó la canción de Springsteen que aquella semana había puesto como interludio entre clase y clase y la vi bajar las escaleras pensativa, con su bloc colorido con muñequitos diseñados por ella misma, en sus espacios personales de creatividad. Triste y preocupado me despedí hasta el lunes, sabedor de que algo no marchaba bien pero inconsciente todavía del dramático fin.

   Aunque ahora que lo recuerdo, mucho tiempo después, al escribir este retazo de memoria, su muerte no se vivió con tristeza. Muy al contrario, se despidió de los suyos con gran alegría. Su familia, en su funeral, compungida y afectada, refería, sin embargo, que había terminado su vida feliz. Algo que no al principio no pude asumir y que, sin embargo, era más que posible conociéndola, porque toda ella era alegría. Quizás era su destino, al que estaba atrapado sin posibilidad de escape. Su enorme inventiva, su pasión por el arte, le había hecho dibujar durante toda su vida. En las últimas semanas aquella serie de acuarelas que meses después su familia accedió a exponer, iban ganando en vitalidad y armonía, en una emanación de coloridos vivos, a lo Basquiat. Así reconocí que su final no fue doloroso ni cruel, a pesar de que aquel cabo, aquel faro que la había atrapado durante toda su vida, la había conducido a su final. Pero ese lugar salvaje e indómito, ese torreón infernal no había triunfado. Ella había logrado la victoria final, había logrado la más bella de las obras del ser humano: la libertad.

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