miércoles, 9 de abril de 2014

El terror

  
  He conocido de verdad el miedo. Lo he tratado de tu a tu, en unos momentos de enorme tensión. El lugar es bien conocido: un hospital, en una zona laberíntica que acababa subiendo unas escaleras intrincadas donde decenas de almas en pena se disponían a vestirse de verde para penetrar en el hospital del Doctor House. Es la conocida como UCI, lugar destinado a los cuidados intensivos, es decir, donde tienen a los enfermos que están muy delicados y los vigilan con cuarenta mil maquinarias, convirtiendo a seres humanos en humanos robóticos, en espantajos, en Francos, conectados a mil y un cables. Pero el miedo se apoderó de mi alma cuando accedí al fabuloso espacio acristalado y monitorizado, solo humanizado por la presencia intermitente de seres maquinales que tratan de esbozar alguna sonrisa. Observar al ser querido, inerte, conectado a una máquina que le obliga a respirar aunque ya no quiera, aunque necesite abandonar nuestro mundo para siempre. Y el temor anida para siempre, el miedo al vacío, a la nada, a ese robot de carne que, no obstante, sigue repleto de vida, palidez insondable. Algo que me aterró sobremanera fue fijarme en el inmenso catéter o aguja clavada en su cuello, como una especie de estoque que aseguraban que tenía como objetivo alimentar el cuerpo con un suero blanco. Unos tecnicismos que lejos de apaciguar el ánimo lo desbaratan para siempre.

   Pero el terror es eso, estar allí, cogerle la mano moribunda e hinchada y la impotencia de no poder hacer nada, también la ambición de querer cambiarte por ella en ese trance, trasmutarle la identidad, suplantar las almas para insuflarle un hálito de vida aun a riesgo de perder la propia, a pesar de ese terror, de ese pánico a la nada. Pero hay algo definitorio del miedo, al margen de la emotividad y frustración del trance, que es la falta de fe y los intentos desesperados por creer que puede haber algo más que el mundo material. Ese es un terror infinito, insondable, inconcebible. Tratar de rezar, acordarte de un antepasado muy querido y de su posible intercesión mientras miras a una pared blanca durante las largas e interminables horas que suceden al trauma, por la noche, mirando la silueta de la ciudad dormida desde una séptima planta. Quizás sea imposible mayor terror, mayor miedo, mayor angustia. Ese pensamiento repetitivo y anticipatorio de la catástrofe, de cómo será el mundo a partir de entonces y si valdrá la pena vivirlo. Pensamientos circulares, cual autómata, que carecen de sentido común. Eso es lo inquietante, lo desesperanzador, lo terrorífico. Aquel día repleto de felicidad truncada por la angustia, aquel día esperanzador y desesperanzador. Eso es el terror, no cabe duda.

domingo, 16 de marzo de 2014

En mi casa

   Mi casa era vieja. Era un edificio antiguo de tremendas alturas y techos agrietados, de puertas para gigantes en tiempos de bajitos, con unas ventanas rectangulares encima que impedían la penumbra diurna por cualquier parte. Tenía los suelos hidráulicos que es como decir que  era como una pequeña pecera por la que burbujeaba desde el amanecer al ocaso. Me gustaba su pavimento, de diferentes tonalidades y geometrías, a veces circulares, también deteriorado y con manchas perpetuas, fiel espejo de la techumbre blanquecina con telarañas en las esquinas. Al menos así lo recuerdo ahora, después de abandonar mi casa para siempre. Recuerdos que se agolpan en mi memoria de la que durante décadas fue la única casa, fiel paradoja de la esquizofrenia familiar que suponía tener una vivienda en propiedad y vivir de alquiler a cuarenta kilómetros. Pero pasé buenos tiempos en ella, desde que mi abuelita vivía todavía allí e íbamos los fines de semana a verla y ver la ciudad, a pasear por la explanada y a jugar en las agrestes laderas de San Fernando, con nuestra primera bicicleta, en el parque infantil de tráfico o por las tardes en aquel laberinto lleno de suciedad que había en la bola de oro, después de haber visitado a nuestra tía Mercedes.

   Pero todo eso ya ha quedado atrás y, sin embargo, casi a diario recuerdo el magnetismo especial que tenía la casa. Porque siempre será mi casa. No era cómoda ni del todo agradable, contaba con un mobiliario antiguo y de mala calidad que las termitas o algo parecido devoraba muy lentamente, dejando un leve rastro de serrín bajo sus patas. Recuerdo las sillas, un chollo de los que vendían en una tienda de saldo, rápidamente descoladas,vueltas a encolar y finalmente tachonadas ante su irremediable derrumbe. Pero también recuerdo aquel mueble con cristales corredizos que se mantenía en pie de milagro y la estantería de madera que empecé a lijar y quedó casi blanca para siempre. Era un lugar lleno de olores, especialmente en las noches de verano, cuando el insomnio se hacía más llevadero con aquel aroma a pan recién horneado que ascendía desde la esquina de abajo, del horno San José, un olor agradable y sedante que aderezado por el viejo ventilador que mantenía toda la noche apuntando a mi tronco, estratégicamente localizado en la habitación contigua, posibilitaba el sueño fragmentado por el camión de la basura y las primeras luces de la mañana.

   Allí me hice lector de buena literatura, esa que sólo escriben unos cuantos elegidos, al alcance de quien tiene la suerte de tener una biblioteca seleccionada por la sabiduría que da el tiempo y las buenas lecturas. Pero también allí descubrí la soledad, el aislamiento, la decrepitud y el auténtico misterio de mi vida. Una de esas noches de insomnio, después de haber navegado en la red, comencé la redacción de mi primer relato, uno que jamás podré publicar porque en él estaba escrito el secreto que hubo y habrá en la casa, un secreto que descubrí con el tiempo, durante una investigación que llevé a cabo para un artículo, un trabajo que debía presentar en la universidad. En aquella manzana había ocurrido algo muy grave, la muerte de un grupo de obreros en una especie de polvorín. Se supone que fue un accidente, un desgraciado accidente que hizo saltar por los aires la casa que ocupaba el solar en el que se construyó el edificio, mi casa. Todo ello lo supe más tarde comenzando entonces a atar cabos, a enlazar sensaciones, escalofríos, dudas que fueron acudiendo a mi encuentro en la casa. Al principio no le di toda la importancia que el suceso merecía: sobre la ruina, sobre el dolor, se había cimentado en los años treinta un edificio singular y sencillo, con balcones antiguos de forja al exterior, blanco, con una cenefa labrada en cada piso, como delimitando al exterior la altura de cada vivienda, un bloque de dos plantas más ático, con entresuelo mínimo, sin locales comerciales.

   Vi la fotografía de la calle, en la prensa local y nacional se había publicado el trágico suceso, del que poco más se llegó a saber. La fotografía color sepia, muy deteriorada presumía ser la esquina donde se cruzaban y se cruzan las calles del Treinta de Marzo y Garbinet. El suceso, muy comentado en aquellas fechas, había movilizado a todo el barrio, una especie de isla dentro de la ciudad, grupos de manzanas dispersas todavía salpicadas de solares y elevaciones del terreno, todas las casas de planta baja. Quizás por ello le dieron el nombre de las carolinas, posiblemente en honor al archipiélago del pacífico que fue posesión hispana. Después se destacó sobre el resto aquel edificio sencillo pero moderno, de  un estilo puro, casi racionalista, pero con aire clasicista a su vez. Un edificio que a su vez llegó a ser conocido como la casa del gato, sencillamente porque la pintura se había desprendido como la piel cuarteada, quedando largas cicatrices a lo largo de su superficie.

  El drama había pasado y el edificio se había alzado imponente. Desde la azotea, aquella en la que después vivió la señora Aurea, una venerable anciana a la que siempre saludaba en su trabajoso ascender hasta el tercero, se llegaba a divisar el puerto. Hoy parece increíble que a más de tres kilómetros del mar desde aquella finca ya en la tercera edad, se pudiese divisar los complejos del puerto. Mi padre me aseguró en una ocasión que su padre, otro de los abuelos que jamás llegué a conocer, vio algún bombardeo de la Guerra Civil desde su cama, orientada al balcón. No tenía miedo porque había luchado en África y cuando ves morir a la gente en tu juventud ya nada te importa ni te da miedo. Mis tíos y mi padre descendían vestidos desde la cama al refugio de Palmeretes y él se quedaba allí, impertérrito. Ya no queda gente así, desde luego. Pero Don Enrique tampoco llegó a conocer el misterio que yo dejé escrito aquella noche y que nadie ha llegado a conocer, ni siquiera a intuir.

    Los hombres y muchachos que murieron en la explosión quedaron desfigurados, fragmentados por la metralla y los escombros. Aquello había sido una carnicería y como solía suceder en aquellos tiempos el tiempo llevó al silencio y sirvió de sanación de las heridas del recuerdo. Las autoridades necesitaban que la gente olvidara el asunto porque, como suele suceder, los sucesos trágicos suelen tener su origen en una falta de precaución y más vale no meneallo no vayan a salir terceras personas salpicadas. Ese fue el rompecabezas que traté de reconstruir y que me suscitó más y más preguntas pero hubo un hecho en el que no reparé hasta poco después. Leyendo cosas en internet sobre el supuesto accidente solo observé aquella foto pero no las demás. Me había centrado en los textos de referencia y mi curiosidad innata había hecho el resto.

    Una mañana decidí ampliar definitivamente la información yendo a las fuentes primarias, al archivo y la hemeroteca quizás para confirmar lo que ya tenía confirmado y para tocarlo con mis propias manos, en busca de algo que todavía no era capaz de entender. Era una de esas mañanas del final de la primavera, cuando todavía el sol no ha comenzado a hacer sus estragos por las calles lucentinas, me había acercado al archivo sin esperarme encontrar la sorpresa que me reveló parte del enigma.  El edificio del archivo estaba  por aquel entonces en plena playa del Postiguet, un lugar privilegiado que había destrozado una bella manzana de edificios y parte de una muralla decimonónica para edificar un aberrante edificio racionalista. El día era agradable, no había nubosidad y subía una fresca brisa que desde San Antón se intuía ya. Llegué pronto al antiguo hospital provincial, hoy bello museo de arqueología y descendí por Doña Violante aproximándome raudo a la blanca mole informe.

   Solo estuve dos horas pero fue suficiente para saber la verdad, al menos la porción, el fragmento de la misma, ese que me empujó a la febril redacción de aquel relato que jamás llegó a ver la luz. En la máquina iba girando la ruleta y apareciendo noticias curiosas, anuncios pero de repente apareció ante mi un fragmento del ABC del día posterior. Allí aparecía la noticia  de la muerte de una niña, Consuelito Pastor. No solo habían fallecido obreros sino que gran parte de las casas contiguas se habían desplomado y cobrándose la vida de mujeres y niños inocentes. Consuelito estaba allí, impresa en una fotografía, sola, con su ropita de  niña de tres o cuatro años. Entonces comprendí, era ella. Sí, lo supe desde ese momento. Sobresaltado, tras ver la imagen y con la piel ya erizada y el estómago revuelto mi cuerpo se descompuso, me creí morir o, al menos, sufrir un desmayo, caí al suelo, nervioso y desorientado, mi cabeza parecía trasladarme a otro lugar a otro mundo, muy cerca del colapso nervioso pero un grupo de personas me ayudó a levantarme y restablecerme. Traté de regresar a rastras a mi casa, con un sudor frío que recorría mi cuerpo, un gran malestar y, en el fondo, un miedo atroz a volver a aquel lugar en el que había vivido tantos y tantos momentos deliciosos. Pero como un fogonazo en la mente, después de mirar la fotografía de la niña, habían comenzado ya a venir a mi encuentro pensamientos del pasado, especialmente de mi más tierna infancia, cuando visitábamos a mi abuelita. Entonces fui consciente del secreto, algo a lo que nunca di importancia pero que había estado allí desde aquel día y después cuando se levantó el edificio. Ella había estado siempre allí, sí, yo la había visto muchas veces por las escaleras, pero también, sin darle importancia, por el pasillo ajedrezado. Nadie más que yo la veía pero en aquella época no tendría más de tres años, después había dejado de verla sin que nadie le diese importancia....cosas de críos...que se inventan amiguitos secretos. Pero entonces, en el archivo, al acceder a la noticia de la tragedia, aquella mañana primaveral y cálida, descubrí el terrible secreto que guardaba en mi casa.   

lunes, 10 de marzo de 2014

La medida



   Había salido muy tarde de la consulta, si se le podía llamar así, aquella planta baja rodeada de edificios mucho más modernos. Amalia era algo así como una sanadora, alguien que honradamente ayudaba a la gente, que se sacrificaba hasta altas horas de la madrugada. Se había hecho famosa no solo en aquel pequeño pueblo sino que se había corrido la voz, nada de redes sociales ni zarandajas modernas, a ella eso no le iba. El boca a boca es lo que había funcionado de toda la vida, ¿para qué cambiar las cosas?. Disponía de una clientela absolutamente fiel que se había extendido por la comarca e incluso algún lejano viajero se había acercado, desahuciado, suplicando su ayuda. Pero ella avisaba, su misión era ayudar, no tanto curar aunque su especialidad era la imposición de las manos y medir el empacho, eso decían las mujeres mayores del pueblo. También sabía sacar el sol y el mal de ojo (nunca supe si era lo mismo) a los pobrecicos que estuvieran necesitados. Así hablaban en aquella comarca. No la conocía personalmente aunque la había visto por la calle alguna vez, solventando nuestro encuentro con un buenos días de cortesía. Era joven pero madura, al menos eso parecía, de una  tez madura resplandeciente, una belleza tranquila, casi adorable.

   Yo había pasado una semana muy fastidiada, con una descomposición intestinal bastante desagradable, el médico de cabecera me había recetado descanso y beber mucho de ese líquido que otrora se vendía para deportistas y que había acabado en remedio para diarreas. Pero el caso es que algún virus se había apoderado de mi bajo vientre y me pasaba casi todo el día sentado en el urinario, con las terribles consecuencias que ello comportaba a mis delicadas hemorroides que rabiaban de quemazón. Decidido, acudí a Amalia. Nunca había confiado en nada que no fuese científico pero hay que reconocer que, según te coja el día, uno es capaz de traicionar hasta sus preceptos más sólidos, establecidos durante años de agnosticismo militante, de un cienticifismo brutal, casi con creencias absolutas, esas que se basan en la matemática pura, única ciencia exacta.

  Así me acerqué a aquella casa ya antigua pero muy bien reformada. Por fuera no aparentaba para nada las calidades de mármoles y cerramientos de madera restaurados que disfrutaba en el interior aunque por el momento no me llamó en exceso la atención porque en estos trances en lo único que uno piensa es en que le arreglen la avería, necesitaba una solución. Decidí esperar en un pequeño pasillo que distribuía todas las estancias en grandes portones de madera barnizados de blanco. había unos bancos corridos que ya estaban completamente ocupados. Entonces salió un hombre de mediana edad, posiblemente el marido o quizás un hermano de Amalia. Después de explicarle el caso me dijo que tendría que volver a la tarde-noche. Me dió cita para las once, un poco tarde, dijo, pero es que llevaba días sin pasar consulta y la gente estaba impaciente. 


   Volví a esa hora y observé en la acera, cerca de la puerta oculta por una persiana desenrollable blanca, bastantes personas erráticas, fumando o conversando, otras paseando arriba y abajo. Cuando entré a la casa ell pasillo estaba igualmente abarrotado solo que esas intempestivas horas me llamó la atención que hubiese mucha más gente que por la mañana. Se habían habilitado más sillas, incluso algunas de playa. Tanta gente había que el ambiente estaba enrarecido allá dentro. Toqué en una puerta y salió un personajillo diminuto y enclenque, arrugado, con aspecto de tener por lo menos los ochenta cumplidos: el padre, pensé. Le comenté la situación y me dijo que lo mejor era que me diera una vuelta, que posiblemente se haría muy tarde, que me acercase a las dos de la madrugada.

   Resignado, vagué por el barrio durante media hora, una o dos quizás. No sé cómo pero, con mi debilidad, recorrí el pueblo tres o cuatro veces en circunferencia, pensativo y un poco decaído. Ni que decir tiene que hube de hacer alguna que otra parada en uno de esos solares eternos, que llevan décadas delimitados por cuatro aceras y calles, ahí dispuesto en el plan general, pero nunca ocupado más que por chinches y ratas, amén de unos matorrales ya resecos, de gran altura, con los que hube de limpiarme las posaderas, que ya rabiaban de indignación.

  Finalmente me decidí a acceder a la casa, atravesando la plaza principal y llegando a la estrecha calle que, sorprendido, observé vacía y solitaria. Cuando traté de acceder, la puerta estaba cerrada. Toqué a la aldaba y apareció el pequeño personaje arrugado. Me dijo que Amalia había sufrido un pequeño vahído, repentino y que había tenido que cerrar la consulta. Entonces vi que emergía por detrás del hombrecillo aquella mujer, envuelta en un batín, con los ojos inyectados en sangre y las ojeras muy marcadas, como si no hubiese dormido durante varios días. Ella dijo que estaba un poco mejor y que pasase, que me reconocería pronto. Accedí tras ella a una sala con unos techos para gigantes, llenos de grietas muy finas. Allí comenzó un extraño ritual que, me explicó, consistía en medir a la persona. Cogió un pañuelo alargado, de un tamaño considerable y me hizo agarrarlo a la altura de mi vientre. Entonces ella lo estiró y haciendo un gesto con el antebrazo, se fue acercando a mi agarrando la parte de pañuelo que faltaba, recorriendo de esta manera la extensión de aquella pañoleta. A todo esto iba rezando algo y santiguándose en cada tramo recorrido. Cuando terminó, cerca de mi me aseguró que todo había sido un empacho y que gracias a sus rezos el problema cesaría en un par de días recetándome aquella bebida isotónica y unas infusiones de cardamomo que, obviamente, compré al día siguiente raudo y veloz.

    Salí confuso de aquella experiencia, pensando en si había algo mágico, en si, en realidad hay una fuerza superior a nosotros y que determinados seres humanos tienen la capacidad de contactar con ella y transmitirnos su bienestar haciéndose sus intermediarios. Por la mañana compré las infusiones pero, por desgracia, de tarde empecé a empeorar. Aquello fue indescriptible, por lo que ahorraré a los posibles lectores el desagradable trance de describir los síntomas y las consecuencias. Solo decir que acabé en urgencias del hospital diagnosticado de una galopante deshidratación propiciada por un parásito muy fino y alargado que visita a determinados individuos que comen poco precavidos en algunos restaurantes nada recomendables. Dos días después, un tanto debilucho, decidí salir a tomar un poco el sol, paseando por el centro del pueblo. Llegué al cruce en el que está la casa de Amalia y decidí cruzar aprisa, para no encontrarme con ella pero al doblar la siguiente esquina allí apareció, con el hombrecillo del brazo. Venían de comprar en el mercado. Sonriendo, dijo que me encontraba mucho mejor y me preguntó por mi salud. Le dije que era cierto, lo peor había pasado, ya estaba mucho mejor. Pero no quise pasar la oportunidad de decirle que había tenido que ir a urgencias y que el problema venía de una tenia. "!!Eso te pasa por no dar la voluntad¡¡", dijo con una expresión desquiciada, casi a gritos, con la cara desencajada y los ojos a punto de salírsele de sus órbitas.  Era cierto, al terminar la consulta no había depositado ni un céntimo en la pequeña cestita de mimbre repleta de billetes. No dije nada, aceleré la marcha y traté de no volver a pasar por aquellas oscuras calles.


domingo, 9 de marzo de 2014

Liberación IV


   No había recorrido todo aquel camino para rendirse a las primeras de cambio. Se sentía un triunfador después de haber despachado a aquel hijo de la gran puta, millonario a costa del sufrimiento de los demás. Pero su misión, casi sagrada, estaba todavía por concluir. Es cierto que dudó, aquella tarde después de despertar de la plácida siesta sintió miedo. ¿Y si alguien lo había visto, acaso las cámaras de seguridad?. Se ponía en la cabeza de la policía y sus posibles pesquisas. Analizó hasta bien entrada la madrugada los posibles errores, los fallos que hubiese podido cometer, sometiéndose a un escrutinio cruel en el que volvía a quedar mal parado. Años de desprecio sobre sí mismo no se iban a borrar en unos meses de recuperación de la autoestima. Su cara no podía haber sido grabada puesto que portaba la cabeza totalmente oculta. Solo sus ojos, esos ojos huidizos y tímidos podían acaso haber sido vistos pero no,  no era posible que una cámara penetrase hasta esa inmensidad irremediable que reflejaban sus pupilas. En el fondo estaba tranquilo, muy tranquilo y, lo que es más importante, satisfecho, orgulloso consigo mismo por su crimen, un asesinato vil, a sangre fría, con toda la premeditación a la que obliga la ejecución de una cruel venganza necesaria, absolutamente irremplazable.

   Dejó pasar unas cuantas semanas hasta que el ruido cesó o, al menos, dejó de ser el tema que había impactado no solo a la ciudad, sino a toda aquella adormecida sociedad. Durante aquel tiempo, además de seguir perfeccionando su estoque y su habilidad en la verdadera destreza, disfrutó viendo en programas de televisión arduos debates sobre el asesinato. En especial se vanagloriaba de que nada ni nadie pudiera jamás descubrirlo, a pesar de que la prensa, manipuladora por antonomasia, había señalado que se buscaba a un hombre de mediana estatura y con algún defecto físico y que el arma del crimen podría tratarse de una daga o espada.  Por una vez dicen la verdad, farfullaba entre dientes sentado frente al ordenador. Obviamente este aspecto, de ser cierto, acotaba infinitamente los posibles sospechosos y si continuasen indagando en tiendas especializadas o, puesto el caso, preguntando en las diferentes escuelas de esgrima la cosa se podía poner fea. Devanándose los sesos trataba de comprender cómo podían haber llegado a aquellas conclusiones. Y, sin embargo, por el momento ni  siquiera sentía un mínimo atisbo del aliento del que te persigue, bien al contrario, comenzó a pergeñar su siguiente movimiento en el tablero de una partida que estaba abocada al fracaso. Antes de acostarse muy de madrugada, como era habitual en él, escribió erráticamente sobre una pequeña notita una especie de borrador, algo esquemático y aparentemente sin sentido, un apunte que destruiriá a la mañana siguiente.

    En ese pequeño papel que dejó clavado en la desconchada pared de la habitación sin ventanas había dibujado una circunferencia grande que se veía entrecruzada por otros círculos de menor tamaño en los que había destacado unas pequeñas letras. Había exactamente cinco circunferencias, tres de ellas completadas, una de ellas con las iniciales del financiero que había mandado al otro barrio hacía unos días, las otras dos con otras letras sólo inteligibles para él. Pero todavía quedaban dos huecos, había estado meditando procelosamente y no sabía a quien colocar en ellos. Seguramente barajaba alguna pieza de nivel superior, caza mayor, que realmente era inalcanzable. Soñar todavía seguía siendo gratis. Debía y quería imaginar algo mejor, para nadie más que para su propio ego, para su orgullo todavía herido,  que se vería enormemente recompensado si toda aquella gentuza desaparecía del mapa para siempre, de ese particular atlas imaginario que él había construido durante muchos años.

   ¿Cómo actuar ahora?. Tenía que ser nuevamente meticuloso, no debía de dejar ningún cabo suelto. Pero  un nuevo crimen se le antojaba más complicado, era consciente de la dificultad intrínseca del que mata a alguien importante, acaso del terrorista, que después de huir de su abominación piensa ya en otro atentado más grave con el que saciar su imaginario político. Esto se revelaba cada vez más complejo porque todos los mecanismos del estado estarían vigilantes. Pero él no era un terrorista ni usaba su lógica aplastante, él sólo quería ajustar cuentas personales, una sed de venganza que de paso inflingiese un dolor irreparable a toda aquella casta indecente. Pero sí, debía andar con pies de plomo y aguardar, dejar pasar el tiempo, meses, quizás años o es posible que ya no pudiese ejecutar a nadie más con su daga o con su espada ropera. Luftolde aguardaba, inquieto, insomne pero feliz, dichoso por el trabajo bien hecho, sus futuros pasos.

jueves, 6 de marzo de 2014

La chica del cabo

  
   Tenía una belleza especial, verdaderamente irresistible. Aquella chica que había llegado al instituto, por enero. Sus formas eran un tanto desgarbadas y flacuchas, pero su rostro irradiaba una pureza casi geométrica, con esa alegría que denota la inmadura juventud y la fascinante libertad, recientemente adquirida. Su palidez irradiada por el rojo carmín en sus mejillas y su larguísimo pelo liso moreno marcaban un atractivo natural que se veía recalcado con un tono de voz suave y dulce, a pesar de su acento particular, propio de sus parajes nativos.

    Vivía en el cabo, muy cerca de aquel faro centenario que había sido la irresistible atracción de poetas y filósofos. Sin proponérselo había sentido desde niña la irrefrenable atracción de la creación y por eso había escapado muy pronto de su cautiverio. Su familia la había ayudado a estudiar la carrera de las carreras, la que da acceso al mundo de la libertad absoluta, los estudios de artes. Fue así como se educó en la imaginación, en el pensamiento y en la atracción por las obras artísticas, especialmente en lo tocante a la pintura y sus misterios. Pero siempre regresaba al cabo, siempre era atraída hacia un destino casi placentario, inicial. Aquellos habían sido sus orígenes y nada ni nadie debía interponerse entre ellos y su mundo. Pertenecía secretamente a aquel paraje, a aquella construcción decimonónica otrora activa, ahora arruinada, origen de tantas desgracias.

   Ella no era todavía consciente de quién era su único poseedor, por eso jamás dudó ni un instante que aquel era su lugar, su vida. Volvía de sus viajes académicos con una ansiedad justificada pero nunca del todo consciente de su irreversibilidad, un algo inconcebible y magnético que la atraía hacia aquel promontorio del mediterráneo. Y, sin embargo, conseguía zafarse de aquella prisión inconsciente y regresar cada semana en el vetusto ferrocarril hacia su labor educadora y creativa, dónde la conocí brevemente, pues su trascurrir por el mundo de los vivos tenía, ahora lo sé, el tiempo marcado.

    Locuaz en su belleza, inteligente y liberal, solo pude atisbar pequeños, diminutos momentos, píldoras microscópicas de su verdadera voluntad, esa que no pudo hacer nada ante las embestidas de aquel cruel y oscuro territorio que la atraía cada semana hacia el abismo insondable de su propio yo. Su alegría inicial no dejaba de ocultar su tristeza interior, esa que llevaba en secreto sin ser consciente de ella. Una aflicción desconocida y que, semana a semana, se veía reforzada en su eterno retorno hacia el cabo, lugar maldito e infernal al que pertenecía. Resuelta, veloz y sonriente, con unos labios finos y una expresión interminable, fue mostrando poco a poco el resultado de sus viajes a su tierra natal. Solo yo pude apreciar, aquella semana final, su lívido terror interior. Quizás atisbó finalmente que estaba destinada a un regreso eterno al paraje que la había visto nacer y dónde se había criado. Su sonrisa había cambiado de expresión, ya no era abierta y locuaz como al principio, se la veía sonreir, sí, pero de una manera diferente, enigmática.

   Le pregunté si le sucedía algo, entonces ella me contó. Había vivido en aquel lugar, había ascendido a lo alto de la torre, con el opaco cristal desvencijado, descompuesto, dejando entrever el interior de aquella inmensa luz entonces ya apagada y desvaída. Entonces había comprendido que aquel debía ser su final porque así lo había querido el destino. Esto último no me lo reveló pero lo pude intuir en nuestra despedida porque aquel viernes a última hora sonó la canción de Springsteen que aquella semana había puesto como interludio entre clase y clase y la vi bajar las escaleras pensativa, con su bloc colorido con muñequitos diseñados por ella misma, en sus espacios personales de creatividad. Triste y preocupado me despedí hasta el lunes, sabedor de que algo no marchaba bien pero inconsciente todavía del dramático fin.

   Aunque ahora que lo recuerdo, mucho tiempo después, al escribir este retazo de memoria, su muerte no se vivió con tristeza. Muy al contrario, se despidió de los suyos con gran alegría. Su familia, en su funeral, compungida y afectada, refería, sin embargo, que había terminado su vida feliz. Algo que no al principio no pude asumir y que, sin embargo, era más que posible conociéndola, porque toda ella era alegría. Quizás era su destino, al que estaba atrapado sin posibilidad de escape. Su enorme inventiva, su pasión por el arte, le había hecho dibujar durante toda su vida. En las últimas semanas aquella serie de acuarelas que meses después su familia accedió a exponer, iban ganando en vitalidad y armonía, en una emanación de coloridos vivos, a lo Basquiat. Así reconocí que su final no fue doloroso ni cruel, a pesar de que aquel cabo, aquel faro que la había atrapado durante toda su vida, la había conducido a su final. Pero ese lugar salvaje e indómito, ese torreón infernal no había triunfado. Ella había logrado la victoria final, había logrado la más bella de las obras del ser humano: la libertad.

miércoles, 5 de marzo de 2014

Maximas minimas XI

-Loquios y locos.

-En su locura soñaba que estaba cuerdo.

-¿Estamos loquios?, dijo la puerpera.

-La puericultora dejó al niño bien plantado.
 
-La brillante expupila dilató en exceso su retina.

-El papa pupas ayudaba a los paupérrimos.

-El mundo sería mejor si los paupérrimos morales cedieran parte de sus miserables riquezas.

-La mayor pobreza vale más que la pequeña riqueza.

-Mendigos conmigo, dijo el revolucionario.

-Lo que jamás dirá un mudo: no puedo hablar.

-Lo que jamás dirá un ciego: no puedo ver.

-Lo que jamás dirá un político: la verdad.

-Lo que jamás dirá un profesor: dejad de estudiar.

-Lo que jamás dirá un camello: no estoy jorobado.

-El camello se quitó un peso de encima.

Carta a Yumba (reedición )

    Con todo mi afecto:

   Aquel hermoso día en el que subimos a lo alto del monte, amiga Yumba. La luz era radiante, los históricos fragmentos deslabazados se entretejían al calor de un día de Julio. Fue ese un día bello, la luz invadía el monte acantilado. La ciudad parecía compenetrarse en un fluir mágico que amalgamaba los pensamientos divergentes. 

    Primero subimos al alcázar destruido, fruto de la rapiña corrupta y deshumanizada de la polis. Bellas vistas anunciaban un día muy caluroso.  Se terciaba un rápido descenso al corazón de la urbe, a la cercanía del mar, al paseo teselado por millones de fragmentos de mármol cúbico, cuidadosamente tejidos.
    
 Cerca se encontraba preparado para nosotros, de manera improvisada, la entrada al palacio daliniano, centro neurálgico de las alturas patrias y de las  corrupciones mundanas. Al costado encontramos después las ruinas de una ciudad ya perdida bajo kilos de hierro y hormigón. A continuación penetramos en el mundo de la contemporaneidad, un frío y distante lugar-almacén de despropósitos artísticos junto a la arquitectura más vetusta del lugar.
   Después llegó la hora de comer, esa comida italiana, cerca del templo máximo. El calor asfixiante dificultaba enormemente la labor del guía. También recuerdo la plaza de los ficus, gigantes raíces aéreas, la calle estrecha coronada con la casita de muñecas y, por fin, el boulevar amplio, espacioso hasta la plaza estrellada, simbólica evasión circular, caballos adornados de querubines y diosas orientales. 

    Pero todavía faltaba, pies agotados y heridos, la subida a la cumbre ciudadana. Las diversas salas de la fortaleza, los pies descarnados y ese rocío prematuro resbalando por la piel, como cubitos desapareciendo dentro del vaso.

 Compenetración intelectual ( si existe alguna posibilidad de compenetración, querida Yumba), miedo a conocer tu intimidad, los secretos más mundanos. Otra persona. Ese miedo que quizás sea el motor que mueve el mundo, pero que supone parálisis, inacción.

    Después llegó la despedida, el abrazo fraternal, el olor del adiós resbalando en tu cuello. La timidez por esas ataduras morales. La marcha definitiva y atroz. El deseo irrefrenable de un nuevo encuentro.

 

lunes, 3 de marzo de 2014

Máximas mínimas VIII

-Nació clínicamente vivo y vivió cínicamente muerto.

-Su cinismo le condujo al onanismo.
 
-Abandonó su ordinariez tras una vida extraordinaria.

-Su labor fue extraordinariamente ordinaria.

-Llevó una vida tan extraordinaria que se negó a solicitar la extra de ordinariez.

-Ordenando sus apuntes descubrió cuán ordinario era.

-En el país de la risa el cínico es el humorista.

-El bombero, tras el estriptise, sofocó las llamas de su pasión.

-El poeta célibe creyó que llamaba a su amante y que se ponía su mujer.

-La locura siempre se cura regresando de la realidad.

-Estaba tan loco que imaginó que vivía en el país de los cuerdos. 

- En un país repleto de humoristas habría una demogracia.

-Como no fue agraciado  acabó por no hacer gracia.

-Gracias le dijo el gracioso al ingrato.

viernes, 28 de febrero de 2014

Una nota en el bolsillo

   Algunas veces lavamos la ropa y nos dejamos algún papelito en un bolsillo que sale casi pulverizado, doblado, las letras apenas perceptibles. Es como una nota rota en mil pedazos pero pegados formando una amalgama que, con el secado de la ropa, aparece dura y amorfa. Eso me sucedió aquel verano de 1998 y las consecuencias pudieron haber sido más dramáticas de lo que de por sí fueron. Lo cierto es que no eché en falta durante unos días un pequeño papel en el que había anotado el argumento de un relato, solo un apunte, un esbozo sutil en el que aparecía la palabra repulsión. Lo supe porque cuando encontré la nota deformada y rota en el bolsillo, al intentar abrirla cuidadosamente por un lado observé dos sílabas, "re" y "ón". Era lo único que quedaba de la misiva que yo mismo había apuntado justo antes de volver a la cama después de haber tenido una pesadilla. En aquella época actuaba así: cualquier cosa que soñaba o, mejor dicho, que aparecía en el sueño como una desagradable pesadilla, la apuntaba en lo primero que tenía a mano.

    La nota acabó en la papelera de acero que está justo debajo de mi escritorio y no volví a dar importancia al asunto. Recordé la palabra "repulsión" y continué escribiendo una breve reseña sobre una película de Polanski, ahora no recuerdo cual. Fue en ese mismo instante cuando descubrí que, en mi pesadilla, había imaginado haber visto la película que todavía no había visto, a saber, Repulsión, una de las obras cumbres del genio polaco.  La nota estaba entonces escrita antes de que yo viese la película, de que ni siquiera supiese de su existencia pues cayó en mis manos días después cuando fui al videoclub y la alquilé. He de decir que la reseña de la película era bastante positiva y que, ahora que lo pienso, era esa la película que soñé haber escrito en la nota.

    Pero semanas más tarde, desperté en la noche tras una nueva pesadilla en la que aparecía una persona escribiendo en pequeñas notas la palabra repulsión, pegándolas cuidadosa y repetitivamente en una pared que se cubría de color amarillo por la acumulación de notitas. Sobresaltado fui raudo a mi despacho buscando en la papelera y descubrí asombrado que la amalgama de papel no estaba allí ya. Nervioso, traté de volver a dormir y al no conseguirlo puse una lavadora. Al día siguiente la ropa quedó completamente seca en el balcón que da a Treinta de Marzo. Serían las dos y pensaba bajar a la tienda de ultramarinos a por algo rápido, quizás unos callos. Cogí el primer pantalón que se había secado y me lo puse, traté de asearme y bajé a la calle. En la tienda pagué con mi tarjeta de crédito y la cajera me entregó un papelito que introduje casi por instinto en el bolsillo posterior izquierdo del vaquero. Entonces toqué algo áspero, como desmenuzado. Efectivamente: era una nota. Alarmado, salí rápidamente acera abajo, giré la esquina y subí al apartamento. En la mesa de aglomerado, ya despejada, deposité el contenido del bolsillo pero lo único que pude encontrar fue "pul" y "si".

   No pude comer, estaba totalmente paranoico, un desagradable dolor de estómago acudió a mi encuentro. ¿Qué estaba pasando?. ¿Estaba despierto de verdad o me hallaba dentro de una pesadilla en la que, de una manera circular, aparecía la palabra repulsión y después, de manera fragmentaria, como la memoria, aparecían letras sin sentido que formaban esa palabra?. Pero no podía ser así, yo estaba despierto. La crítica a la película estaba redactada en mi ordenador portátil. ¿Acaso era sonámbulo y había escrito sin darme cuenta?. Bajé al videoclub y pregunté por Polanski. Mi sorpresa aumentó cuando el dependiente dijo que nunca habían tenido ninguna película anterior a 1995, ya que la gente no tenía ningún interés por los clásicos pero que en el centro de la ciudad tenían una sucursal en la que sí podía conseguirla, estaba seguro. Salí a la calle un tanto desorientado y caminé bajo el ardiente sol veraniego. Sin darme cuenta llegué a Topete y bajé a la playa. Sudando, casi al borde de la deshidratación, absorbí un limón granizado sin degustarlo. Después quedé un rato un tanto confuso, en un banco enfrente de una escultura de bronce de una mujer. Viendo su belleza casi caí en un ensueño del que me desperté en el hospital, unas horas después, a consecuencia de una grave insolación.

miércoles, 26 de febrero de 2014

Liberación III



   En el despacho recubierto de madera de la sede central de aquel banco, otrora caja de ahorros,  lucía una conocida pintura que había sido vendida a precio de saldo. Posiblemente en el mercado hubiese ascendido a varios millones pero ahora, sola y estática, contemplaba el cuerpo del director general tirado en el suelo, retorciéndose de dolor, perdiendo lentamente su vida. Las vísceras habían emergido del abdomen y el dolor y la pérdida de sangre le habían llevado a una lividez estática, mortecina. Se estaba muriendo solo, con un enorme dolor desde que el estoque le había atravesado el hígado y, al sacar el filo, desgarrado la panza. Sólo pudo, tras inclinarse como si de un resorte se tratase, en un acto reflejo, agarrar sus propios intestinos mientras se derrumbaba en la reluciente moqueta. Ahora se contorsionaba en la alfombra, a un lado de la inmensa mesa de madera de haya lacada, con un hilo de voz cada vez más apagado que suplicaba ayuda. Pero ya no había nadie en aquel lugar, solamente en la planta baja un guardia de seguridad que comenzaba el turno de noche en aquel preciso momento, el momento en el que, en la planta superior, su jefe exhalaba, paso a paso, los últimos alientos de vida. Pero quizás no estaba solo, acaso no iba a morir allí tirado como un perro en soledad. Su asesino estaba sentado delante, presenciando su fin.

    Quiso quedarse allí, quieto e impasible, mientras lo veía apagarse. Nunca había sentido nada parecido a una sed de venganza que le impulsara a disfrutar, de manera sádica, del dolor ajeno. Motivos quizás hubiese tenido para ello porque siempre había albergado un sentido primario de indefensión, de auto vergüenza inducida por el desprecio de los demás. Quizás todo ello le podía haber conducido al odio sin camino de regreso,  a una espiral que le hubiera llevado con seguridad a una muerte prematura. Pero no fue así y su vida no dejó de ser aquel camino de sufrimiento y depresión. Aunque ahora pensaba que se estaba haciendo justicia no sentía el bienestar que produce la convicción de un servicio honrado a la colectividad, a todo un país. Estaba entregando el cuerpo de un criminal que nunca se había manchado las manos de sangre. Un ser inhumano que no había mostrado ningún atisbo de arrepentimiento,  que había asesinado a su querido tío, a esa persona frágil y sensible que había sido quizás su mayor apoyo durante su infancia y madurez. Su querido y amado tío, muerto de pena por culpa de ese abyecto criminal.

   Pero ahora lo poseía, veía como suplicaba entre sollozos en un tono de voz minúsculo, como llegando a los últimos estertores. Sentado en su butaca reclinable de cuero negro no hizo ningún movimiento cuando tosió y tras un interminable y trémulo movimiento quedó inmóvil, paralizado, inerte, con los ojos abiertos, mirándole directamente. Su misión había sido cumplida. No quiso esperar mucho más, pues tampoco era hombre que se recrease en la visión de macabras visiones, más teniendo en cuenta el mal olor que ya inundaba aquel reducido recinto. Intentando ser lo más rápido de lo que su anatomía le permitía buscó la salida que no era otra que la misma entrada por la que se había colado 24 horas antes aproximadamente, cuando el trajín del final de la jornada laboral, la salida de los empleados y el cambio de turno en la vigilancia le había permitido escabullirse con su alargada mochila por una de las puertas traseras, esas que daban a un pequeño almacén en el que el personal de limpieza depositaba sus enseres. Recorriendo un vetusto y encerado pasillo de mármol descendió tranquilamente por la escalera principal, tranquilo, sin temor a nada ni a nadie, sabedor de que la noble escalinata conducía a una estancia por la que nadie transitaba en aquellas horas.

   El guardia de seguridad, al fondo, sentado en una incómoda silla  a un lado del  enorme portón de la entrada al edificio del siglo XIX, ni siquiera se percató de la figura que se escabullía hacia el interior de la planta baja, buscando en el laberíntico recinto la pequeña puerta que conducía al cuarto de limpieza del que había salido un hora antes. Allí permaneció unos minutos, los que tardó en abrir la puerta que daba al callejón posterior a través del cual huyó con sus pertrechos. Por la mañana, después de acudir a una sesión de entrenamiento de destreza escuchó en la radio la noticia del asesinato del político bancario. Había sido hallado un poco antes del amanecer por la policía que, alertada por  la llamada de su mujer, que pese a estar ya habituada a sus horarios intempestivos de putero con pedigrí, había tenido un pálpito, quizás un presentimiento sordo de vacuidad, de soledad sobrevenida por la excesiva tardanza de su esposo.  Las primeras pesquisas policiales, vomitaba el radiocasette del coche, apuntaban a un asesinato a sangre fría con arma blanca aunque todavía sin establecer ninguna hipótesis si bien se indicaba que el arma podía ser algún cuchillo de gran extensión, pero sin precisar mucho más.

   Luftolde llegó a su casa y comió tranquilamente los macarrones que había preparado dos días antes. Brindó consigo mismo por su éxito y jamás le supo tan bien la salsa carbonara que preparaba torpemente todas las semanas. Después se recostó en su desastrado sofá y dormitó, llegó incluso a coger el sueño, un sueño dulce y reparador, como hacía años que no recordaba.

Máximas mínimas VII

-Era un tipo de principios y por eso precipitó el final.

-El bombero se retiró quemando la fiesta.

-El bombero se retiró quemado de su fiesta.

-El quemado se retiró después de apagar la habitación.

-Sufrió un incendio y no apagó la cuenta.

-Vivía tanto que acabó sinvivir.

-Triste el pueblo que carece de felicidad.

- ¿Y si Dios fuese ateo?.

-¿Y si los ateos solo no creyeran en Dios?.


-¿Y si Borges solo hubiese sido un espejismo de sí mismo?.

-En el país de los fotógrafos sobraban las modelos.

-Una modelo trabaja en su modelo.

-El escultor modélico moldeaba fatal a su modelo.


-Pensemos en una escultura que no creara figuras.

- Era la gran figura de su partido y por eso le erigieron allí mismo.

viernes, 21 de febrero de 2014

Liberación II


   Luftolde se había transmutado en un ser nuevo. Su pericia adquirida tras aquellos meses de preparación le habían convertido en un verdadero experto en el manejo de la espada y la daga, armas utilizadas en el duelo conforme a la escuela de la destreza española del XVII. Quizás esta nueva pericia, su conocimiento y estudio unido a un sutil acercamiento a la literatura de capa y espada cambiaron por completo su perspectiva vital, su forma de pensar y ver el mundo. De repente vio una salida, una puerta de escape que, indefectiblemente, le llevaría por una peligrosa senda, por una pendiente descendente de la que jamás podría ya regresar. Es cierto que jamás fue una persona política pero tampoco era por aquel entonces un cerril antipolítico como le habían inculcado sus mayores, ese lugar común en España del "no te metas en política" heredado de tiempos remoto.

    Le interesaban los temas más flagrantes de aquella sociedad podrida por años de conformismo y latrocinio organizado y se preguntaba a diario si alguien o algo acabaría alguna vez con aquel estado de cosas.  Un hecho se cruzó en su vida de manera determinante y acabó por alterar su frágil equilibrio interior si es que este  había existido alguna vez. Un hecho marcó este cambio irreversible: la muerte prematura de un familiar cercano, una muerte lenta y tortuosa, con un sufrimiento atroz, después de haber sido robado, estafado, humillado por su oficina bancaria. Entonces sí que ya no hubo vuelta atrás. Es cierto que no comenzó a urdir en aquel momento un plan sistemático para acabar con los asesinos de tantas personas, de toda una sociedad, pensaba él. Se tomó un tiempo moderado de reflexión y, como decíamos, su momento estaba a punto de llegar porque se sentía preparado para cualquier reto, fuese el que fuese, incluso a costa de su propia vida.

   Su esperanza no era convertirse en un justiciero porque en realidad no pensaba que esa sociedad de mierda que lo había desplazado mereciese ser redimida, liberada de aquellos que la parasitaban desde hacía décadas. Sí, era cierto, aquellos nefastos personajes eran dignos de ser fusilados o, mejor todavía, torturados durante horas o mejor días para que pagaran así por el terrible sufrimiento que habían provocado a toda una sociedad, a toda una nación. Pero él no había sido llamado a redimir a nadie ni a nada, menos a aquellos que habían consentido durante tanto tiempo aquel estado de cosas. Digamos que creía firmemente que aquellos depravados, aquellos banqueros, políticos y empresarios no habían podido mantenerse pisando tantas cabezas si estas no hubiesen estado mirando para otro lado. Por eso él no quería ser un héroe para nadie. Porque aquellos parásitos despreciables eran los parásitos despreciables de aquella sociedad, eran sus parásitos, aquellos a los que había visto jaleados por televisión, muchos de ellos elevados a la categoría de héroes, admirados por todos mientras robaban a manos llenas. 

   Porque había comprobado durante su vida la corrupción de muchas de las instituciones por las que había transitado. La universidad, nido de podredumbre y corrupción, de compadreo. Ahora le venían a la cabeza imágenes fragmentarias, como la del banquero y el político corrupto elevados a la categoría de doctor por aquella institución del saber. Qué decir del sindicato en el que había militado tantos años, lugar de enchufe y apropiación indebida, órganos de un estado podrido. En realidad todo estaba pútrido, la sociedad entera era un lodazal inmundo y quizás él también estaba podrido por dentro, no era nada, era un detritus típico forjado durante años de frustración. ¿Quién era él ahora para ajustar cuentas a nadie?. Pero si no era más que un triste y penoso fracasado que, no obstante, había encontrado en aquel grupo de personas un apoyo, una cierta compasión, un cariño si lo queremos decir así y gracias a aquella catarsis se había sentido diferente, más abierto, más libre.

   Pero quizás precisamente por todo ello sentía como un deber inaplazable hacer algo, no por los demás, sino tan solo por sí mismo y por su desgraciado tío aunque, verdaderamente su proyecto se basaba en la idea de su única y egoísta satisfacción.  En la universidad había aprendido, a base de asistir a charlas y conferencias sobre el anarquismo, aquello de la propaganda por el hecho. Quedó grandemente impresionado por aquella ideología, no por su contenido intrínseco, que le parecía una inmensa gilipollez, sino por lo decisivo de su acción. Nunca había sido lo que se conocía otrora como un hombre de acción ni mucho menos pero sabía que tenía que actuar, que infligir un terrible dolor y, de paso, sacudir los cimientos de aquella adocenada realidad, paralizada por la falsa ilusión de un buenismo insoportable, de una sensación de dejadez, de que otros solucionarían los problemas de todos, esos otros que los habían provocado. Que duda cabía que su primera idea era atentar contra la cabeza de aquel estado inmundo pero el objetivo era excesivo incluso para una banda organizada, incluso para un propio estado beligerante aunque recordaba aquellos macabros sucesos de la calle mayor y la Puerta del Sol de Madrid, actos que siempre había repudiado pero que ahora veía con cierta simpatía.

    No se trataba de eso, sus objetivos serían mucho más específicos, menos directos pero igualmente alarmantes, era su más íntima pretensión. No era necesario en el mundo actual derribar a la cabeza, solo socavar los cimientos si es que estos existían, pensaba. Con su ganada destreza y sus espadas y daga pensaba emular a los espadachines de épocas remotas cuando España había llegado a ser algo, aunque hubiese sido un algo en decadencia. El perfecto manejo del círculo español y el movimiento de piernas jugaría a su favor. Controlaba como casi un maestro los compases y los cuarteos, había llegado, en muy poco tiempo, a realizar trepidantes, ángulos inverosímiles, uñas arriba y abajo. Tanto había llegado a progresar que su maestro de armas, con años de ventaja, había salido escaldado en un cuerpo a cuerpo. Quizás ya lo tenía decidido o quizás no pero lo cierto es que se dejaba el alma en los entrenos, tanto que amorató el cuerpo de su instructor por la fuerza que imprimía al tapón con el que se protegía el estoque. Sin embargo nadie supo, hasta muchísimo tiempo después, que el autor de aquella escabechina había sido él, el pobre tullido espadachín, el ridículo Luftolde, ese que no valía para nada, el inútil, el mediocre.  

Máximas mínimas VI

-Quiso ser tan trasparente que acabó por desaparecer.

-El político corrupto siempre utiliza el exabrupto.

-El corrupto saludó con su habitual eructo.

-La lealtad del desleal es similar a la fidelidad del infiel.

-El infiel infeliz quería vivir en una sociedad feliz.

-Las perdices fueron ingeridas en total felicidad.

-Simple dijo la verdad.

-¿Verdad que es mentira esa verdad?.

-El insomne dijo al despertar: te lo dije, debíamos de haber vivido soñando.

-Despertó de su letargo pero se le hizo muy largo.

-Tuvo un ataque de ansiedad al comprobar su necedad.

- El dormilón llegó al poder votado por insomnes.

-Pasaba noches insomnes y días de ensueño.