lunes, 10 de febrero de 2014

Escribir por escribir

File:Mont Parnasse, par Edward Dodwell, BNF Gallica.jpg
 

  Sin duda resulta fácil, no difícil. Siempre ha sido así y nadie lo ha puesto en duda. Divagar delante de la pantalla mientras tecleas es como comer pipas y ver una mala película de los sábados por la tarde, de esas de los telefilms. Horribles aquellas y dulce la labor del amanuense, el que escribe por placer, sin la presión de tener que publicar nada ni ganar ningún mérito en oposiciones.  No es posible hilvanar un discurso coherente porque es incoherente per se. Que no sé lo que me digo hace ya años que se comenta por las esquinas de algún barrio cercano al puerto. Pero esto de ahora no hay quien te lo perdone, luisete. Ahora sí que sí, la has cagado pero bien. ¿Cómo se te ocurre escribir lo que te dicta tu conciencia, es decir, yo?. Porque además si lo que escribes no tiene tema ni estructura ni capítulos ni nada de nada es como escribir por escribir que es más o menos como divagar sin diván o algo por el estilo que leí no sé dónde y no sé cuándo. Pero la verdad es que puede llegar a ser terapéutico, es decir, si lo pensamos, escribir bien o mal no tiene mucha importancia. Lo que siempre se ha valorado en un escritor es que escriba y punto. Y  no hay más, como decía aquel y no precisamente el de Yo soy aquel, ese amanerado de voz hercúlea. 

    Entonces el hecho de escribir no deja de tener ningún sentido, porque para qué sirve escribir si no es para hacer frases con sentido. Pues no, amiga Amelia, amigo Leocadio. Yo escribo porque sí y a veces o quizás casi siempre lo que escribo es una verdadera porquería pero me da igual. Es aquel melapelismo que tan bien reflejó la filósofa Nieves Soriano, una especie de dejadez, de tocarte las pelotas mientras escribes sin sentido, un poco imitando a aquellos locos de la escritura automática, dejándote llevar, dejándome llevar, dejándoos llevar, en definitiva, escribir por escribir para no morir o algo así. Una vez comencé una novela de Cela, el censor que se hinchó a decir tacos y tuve que dejarla en la tercera línea. Más que nada porque no había Dios que la entendiera y la verdad es que me arrepiento y mucho. Creo que era algo de la guerra civil, de 1936 o por ahí, ahora no me viene a la memoria pero era una mierda de mucho cuidado. Pero ¿quién sabe si lo que lee es una obra maestra?. Pues algún listillo de barra de bar o de barra americana que se gasta su sueldo en cosas poco decorosas o que recibe su sueldo de personas poco decentes que escriben para publicar.


   La memoria es otro de las grandes catástrofes personales, eso que sales un día y te preguntan: -oiga, me puede decir usted su número de matrícula ( del coche se entiende) y tú dices, después de titubear, pues ahora mismo 6-1-1-2 o 3, JMG y después tienes que admitir que no tienen ni repajolera idea, que tu memoria es más flaca que una anoréxica en su fase final. Pero luego piensas, ¿y por qué?. Y sigues y sigues escribiendo para no olvidar quizás o para olvidarlo todo y no tener ya nada en la memoria...sí, porque podría pasar, una sociedad que necesitara escribir...o mejor...una sociedad de escritores. Pensemos en un parnaso en la tierra o algo así, un sitio plagado de escritores y mejor todavía que esos escritores sean autodidactas y no hayan leído un libro en su vida, que podría pasar. Entonces, ¿qué ocurriría?. Pues que tendríamos una muy rica literatura, la más rica y cebada literatura que podríamos haber imaginado en una pesadilla orwelliana. Ahora leo 1984 y me  viene a la cabeza la palabra distopía, pero Moro habló de la Utopía. Quizás estamos ya en ella, en una sociedad idílica y mugrienta, como aquella película o en la mugre y la furia o esa novela de Faulkner o las memorias del subsuelo del señor Fiodor.

   La literatura dentro de la literatura, la locura dentro de la locura. Imagino un conjunto de locos de atar en una habitación acolchada llenas de máquinas de escribir y soltando majaderías y pienso en la cabecera de cualquier periódico impreso o tal vez en su redacción, no se cual, uno ficticio, un periódico que fuera totalitario, que tuviera derechas e izquierdas y que todos los días hubiera una guerra civil, una batalla continua por el titular mayor y por el faldón, por la columna lateral, dándose de ostias y al final lo que pariría sería lo que todos querían leer, es decir, la gran mentira nacional, no que todo es una mierda, que eso ya lo sabemos, sino una puta mierda gloriosa, algo definitivo, sin sentido, como todo, algo paranoico y suburbial, alguien drogándose o chutándose hormona del crecimiento para aparentar ser más bajito que el de al lado ¿se imaginan?.

   Un tío renacuajo y al lado otro tío más renacuajo, reunión de batracios en el lodazal glorioso de las viejas glorias estadoespañolistas, esas recalcitrantes figuras de cera que son de carne y tienen sangre y sistema circulatorio como dijo Servet y acabó en la hoguera por listo. Porque no saben decir la verdad acaban fingiendo una mentira oficiosa u oficial, pero al final la cloaca no da más de si, mi verborrea anormal se va apagando porque no me da la gana escribir, mis dedos están hechos fosfatina y cada día escribo peor pero, ¿por qué dejarlo?.¿por las faltas de ortografía o por eso que nos machacaban en clase de catalán, perdón, de valenciano ( viva la incorrección política) llamado coherencia?. .Pues a saber usted lo que es. Lo que sí parece seguro es que con la invención de la máquina de escribir electrónica y su sucedáneo, el ordenador, el PC que dirían los pijo-progres de salón, se pueden hacer estas cosas que hago yo ahora. No es que sea nada nuevo, divagar o decir paridas sin sentido siempre han estado ahí, muchos no han hecho otra cosa y tienen el premio Nobel, ese galardón que te hace rico pero no buen escritor, en todo caso te da un chute de moralidad y de seguir siendo buen chico y políticamente correcto porque este año como eres chino te ha tocado a ti, el año que viene tocará a un africano o africana, qué más da, lo importante es hacer política. 

  Espero que nadie haya llegado hasta aquí porque entonces creeré que no se escribir, puesto que si supiera escribir todos trataría de hacerme recapacitar: luisito, déjate de paranoias y ponte a hacer lo que nunca debiste dejar de hacer, es decir, no hacer nada. Pero no,  yo soy obstinado, escribo y no hago como Torrente Ballester en su Saga-Fuga ni en sus relatos, yo no dicto a un magnetofón, yo tecleo y reflejo lo que se me va pasando por la mente, que más de uno dirá que está muy enfermita, aunque eso ya lo sabe mi psiquiatra,, al que visito de año en año, para no hacerle daño, anda si rima y todo. ¿Y lo del poeta?. ¿Pues no decía Machado que España debe tener su poeta?. Pues no tiene nombre señora, vaya poesía, si ni siquiera rima, no tiene ritmo y es una sarta de paridas sin perdón de Dios, oiga usted.. Dios, otra vez Dios, que cansado es pensar en que hay algo ahí, superior a todo y a todos que puede fulminarte como un rayo, y que tentador...hum, ahora que lo pienso, no estaría mal ser Dios un par de minutos, parar el tráfico y poder hacer lo que más te guste, comerte un kilo de chocolate con almendras, bostezar en una clase de historia, rezar porque no exista Dios y cosas así. A lo mejor también follarte a una buena mazizorra, pero, pensando en Dios y pensando en el pecado, cerdo que eres un cerdo. Ay, si mis tías del pueblo leyeran esto, que pensarían.

miércoles, 5 de febrero de 2014

Máximas mínimas II

-¿Libertad o libertinaje?, preguntó el libérrimo.

-El ministro prometió más iva y lanzó sus armas de destrucción.

-Mentir es la debilidad del sincero.

-Decir la verdad es la debilidad del embustero.


 -¿Por qué todos los gilipollas creen que tienen una gran polla?.

-Lo cierto es que no estaba usted en lo cierto.

-Hay que ser asertivo cuando se niega algo.

-Vivir la vida es lo mejor que le puede pasar a un zombie.

-A Blancanieves le dieron las doce y a Jesús le dieron los doce.

-Dentro de unos años no seremos más viejos, dijo Matusalén.

-La sabiduría es la virtud del ignorante.

-La ignorancia es la esclavitud del petulante.

-La ira solo produce enemistad manifiesta.

-La ansiedad es la enfermedad de nuestros anhelos.

-Actuar es de cobardes, pensar de valientes.

-Hay que deplorar la economía porque nos quita autonomía.

-Cuando llegue nuestra vejez ¿nos dejarán jubilarnos de la decrepitud?.

-Mientras duermes muchos se desvelan por ti.

-Pensemos en lo imposible y tendremos alguna posibilidad.

-Prefiero el libertinaje de las palabras que la libertad de las palabrotas.
 

martes, 4 de febrero de 2014

Máximas mínimas I

*En homenaje al profesor Jose A. López Cruces:

-La ignorancia es la más peligrosa de las armas destructivas con las que cuenta el poder .

-La libertad no es un don divino sino una ofrenda del sentido común humano.

- La dignidad se gana día a día, de nada sirve las palabras huecas escritas en un papel.

-!Cuán difícil es soportar la terrible vulgaridad del ser inhumano!

-¡Ande yo caldeado y descojónese la concurrencia desabrigada!.

-Más vale deplorable conocido que vil por desconocer.

-El día que todos seamos buenos el  mundo habrá cambiado: será otro planeta más allá de orión.

-La liberación de la mujer será un hecho cuando los hombres se hayan liberado de las mujeres. 

-No pidamos peras al peral, sino al olmo.

 -Vale más un pájaro volando que cien cagadas en la cabeza.

- ¡Seamos chiripitifláuticos y pidamos lo posible¡

-Respetemos la naturaleza que ella ya nos fulminará con un rayo de todas formas.

-Si tu me dices bien, lo dejo sin hacer.

-Libertad sin ira, democracia sin gracia.

- ¿Sí las palabras ofenden, los silencios defienden ?.

-Los autores se forran, los consumidores se borran.

-Nacionalicemos los beneficios y privaticemos a los perdidos.

- !Ay de aquel ingenuo que se cree a sí mismo¡.

-El primer refugio de los patriotas es la canallada canallesca.

-Mejor vivir de rodillas que morir en el intento.

-Guardaos de los aduladores más que de los detractores, pero no descuidad vuestro trasero.

- Algún día llegara la hora de los desheredados, aunque es probable que no puedan aceptar la herencia por el tipo impositivo.

-La igualdad es la menor mentira que se ha contado a los desiguales.

lunes, 3 de febrero de 2014

Xylometazolina


       Don Ramón era uno de esos médicos de toda la vida, de los que, en pleno siglo XXI seguía ostentando para sus pacientes el título de Don  que, como todos sabemos, solo se usa ya en España en escasas ocasiones, cuando la persona a la que nos referimos ostenta una superioridad intelectual o moral (aunque creo que ni siquera en esos casos) y, sobre todo, cuando viste una bata blanca y trabaja en un centro de salud, otrora conocidos como consultorios médicos.

-¿Qué tal, Don Ramón?.¿Se encuentra usted bien?.

  Solía ser la fórmula de cortesía que todos los parroquianos del pequeño pueblecito de montaña utilizaban cuando traspasaban el umbral de la puerta de la consulta, la única consulta de aquel  pueblo devenido en aldea. La pregunta sobre la salud se debía a que Don Ramón estaba siempre enfermo, delicado de salud, achacoso. Tanto es así que alguna vez hubo de ser atendido por sus pacientes: en una ocasión al levantarse para tomar la tensión de un enfermo este acabó tomándosela a él,  resultando aquella vez en una grave descompesación cardiovascular que acabó con el doctor encamado en el hospital, ambulancia mediante.  Su avanzada edad y estas repentinas enfermedades durante el desempeño de su labor médica lo hacían todavía si cabe más popular entre los escasos centenares de vecinos que todavía habitaban aquel lugar en estado de despoblación. Era un hombre querido y caía bien a la concurrencia no solo por sus enfermedades, que siempre llaman a la compasión, sino por sus peculiaridades entre las que se encontraba una desconocida adicción a los vasodilatadores nasales, en concreto al Otrivin.

   Era el típico médico mayor, a punto de jubilarse y con mucha experiencia acumulada por años de monotonía en la asistencia familiar. Su ojo clínico era ya legendario pues podía decirte el mal que llevabas a cuesta solo con mirarte al entrar a su consulta. Era lo que se llama un ojo clínico de libro.   No se sabe muy bien si conocía la ciencia secreta de mirar el iris, pero la verdad es que calaba a las personas en cuanto les echaba una breve ojeada. Era prácticamente calvo y muy delgado, con un aspecto ascético que impresionaba nada más verlo, sobre todo a los escasos transeúntes que para su desgracia caían enfermos cuando traspasaban aquel puerto intrincado de montaña. Sus facciones eran duras y angulosas, a la par que consumidas. Su cara estaba profundamente marcada por unas arrugas casi siniestras, de gran profundidad, casi como cicatrices de una vida dura, de sufrimiento. Aunque, en realidad ( y esto se supo mucho después) lo que le sucedía tenía mucho que ver con su trabajo, en su juventud, en un laboratorio farmaceútico, ese lugar al que acuden personas desesperadas para servir de conejillos de indias de las nuevas medicaciones.

- Don Ramón, ¿otra vez constipado?. ¡Cuídese mucho!, le gritaban desde la otra acera.
-Ay, hijo, si yo lo hago pero este frío se le mete a uno en los huesos, decía con una vocecilla casi monacal.

   Así era Don Ramón, una persona agradable al trato, afable y con esa característica que suelen presentar aquellos doctores mayores ,  la lentitud, que exhasperaba al resto de enfermos, que no cejaban en sus críticas al viejo médico pero que, cuando llegaba su turno, agradecían el tiempo pasado en el interior. Porque Don Ramón se tomaba su tiempo, no solo auscultaba en todo caso y condición que se presentara en el pequeño cuarto provisto de un infiernillo de brasas, ya que no quería otra cosa para calentarse. Siempre tumbaba al paciente en la desvencijada camilla, tocaba sus ganglios linfáticos, pues aseguraba que todos los  males están en la linfa. También conversaba y digamos que hacía una especie de terapia y autoterapia, pues también él contaba sus males y sus penas a los pacientes.  Era como un ritual preciso que todos conocían y todos criticaban en la sala de espera, elogiándolo sin embargo en el vestíbulo de salida del pequeño y cochambroso edificio.

-Buenos días hijo. Veo que la vesícula otra vez...
-Buenos días Don Ramón, he pasado una noche del diablo con un dolor aquí en el vientre. Yo creo que es un cólico.
-Bueno, ahora lo veremos. De momento túmbate ahí en la camilla y quítate la ropa.

  Y daba así comienzo esa monotonía que podía durar más de media hora. Pero debido a la burbuja inmobiliaria, llegaron al pueblo personas de fuera, -extranjeros o bárbaros, como decían los romanos- les decía el médico a los vecinos de toda la vida. Fue a partir de entonces cuando, debido a los nuevos convecinos, lo que antes era aceptado por la gente casi sin darse cuenta, resultó algo sospechoso para los recién llegados- Aquella costumbre de Don Ramón, desconocida en toda su plenitud por los lugareños, acabó llevándoselo por delante para siempre.  Durante su trayectoria de esnifador de Otrivin todos suponían que sufría graves ataques congestivos de nariz y que por eso tenía esa afición desmedida a la xylometazolina. Tenía un frasco encima de su mesa, pero tenía otro en su cartera, otro más en un petate que llevaba siempre a cuestas y decenas de ellos en su domicilio, repartidos por toda la casa. ¿Era acaso un adicto a este producto o realmente necesitaba por alguna razón oculta tener las narices siempre abiertas, de par en par, por algún motivo en concreto?.

-¿Qué va a ser Don Ramón?. ¿Otra de Otrivín?, le preguntaba Leocadia, la farmacéutica.
- Si, hija si, esta maldita nariz entaponada. ¡Creo que algún día me llevará a la tumba!.
- Cuídese doctor. Porque no es bueno su uso continuado, produce dependencia.
- ¡Qué me vas a contar tu a mi, si yo fui uno de sus inventores¡

   Exageraba un poco pues si bien es cierto que participó en el equipo que se encargaba del desarrollo y comercialización del producto, y sirvió de conejillo de indias durante unas semanas, no había sido un descubrimiento propio. Lo que si sucedió en aquella época es el inicio de su relación con el producto en concreto, una dependencia que, no obstante, le había sido enormemente provechosa puesto que le había granjeado suculentos emolumentos en una época incipiente de su emancipación.  

Lo que si sucedió verdaderamente fue que su adicción, su sujección psicológica a la mencionada droga nasal, le permitió descubrir nuevos mundos que se relacionaban con el olfato, un sentido que los seres humanos tenemos poco desarrollado en comparación con otras especies vivas. No debía de haber pasado así, de hecho lo normal es que el aprendiz de médico hubiera desarrollado una pertinaz e irreversible anosmia, que es la incapacidad de oler ni de saborear la comida, muchas veces frutos de los abusos con las drogas. Y sorprendentemente en este caso ocurrió lo contrario.

    A cada insuflación, a cada inhalación, su sentido del olfato era cada vez más potente. Las neuronas receptoras del olfato de Ramón enviaban los olores a los bulbos olfatorios cada vez con mayor intensidad. Pronto se dio cuenta del potencial del que disponía con este descubrimiento pero, a la vez, del drama que suponía oler con demasiada intensidad todo y a todos. Fue así como se fue apartando de la gente, de sus escasos amigos: no podía soportar el olor a sudor, los sobacos, las entrepiernas y el sexo, era algo que le repugnaba. Y sin embargo Ramón no dejó de aplicarse diariamente sus ocho inhalaciones de rigor, quería experimentar, ser su propia cobaya, quería conocer el secreto que solo a él había sido dado descubrir. Pronto comenzó a percibir un cambio en su percepción. Poco a poco, los olores más agradables le resultaban empalagosos y, por el contrario, los más abyectos le iban pareciendo más y más atractivos.

-¿Por qué quería usted continuar administrándose el spray nasal?, le inquirió el comisario.
- Porque pronto comenzó a gustarme todo lo que olía, en especial el olor fétido, quizás repulsivo que desprenden las personas y, más en concreto los pacientes enfermos. ¿Es qué usted nunca ha estado en un hospital, centro de salud o acaso en un practicante?
-Por supuesto, pero no veo nada  agradable en esos olores, al contrario, siempre me causaron repulsión.
-Pues a mi me pasó al contrario, hijo, que le vamos a hacer


   El comisario Dembrices había enviado un requerimiento al Doctor para que se presentara urgentemente en comisaría, a 15 kilómetros del pueblecito en el que vivía. Se habían acumulado varias quejas contra él. Pero no de vecinos de toda la vida, como dijimos, sino de aquellos de fuera que observaron en la conducta del viejo galeno algo sospechoso. Pero veamos en qué consistía esta manía, quizás obsesión de Ramón. Ya dijimos que su nariz había logrado olfatear los más mínimos olores internos y externos del ser humano. 

 -Pero si es cierto eso que me cuenta, ¿porqué hizo lo que hizo?. ¿No se supone que a usted le repugnaban esos olores?, inquiría el comisario.
-Pues porque, con el tiempo, aquellos olores desagradables, se me hicieron cada vez más placenteros y llegó un día que no podía vivir sin ellos. Conocía, es decir, conozco a todos los del pueblo no por sus nombres sino por el olor de sus heces. Sí, ya se que no es nada normal, ni aleccionador, que vaya por ahí buscando mierda. Es posible que esté más loco que una cabra.


  Todo esto lo contaba Don Ramón con un temblor en las manos, pues por aquella época era ya evidente para todos que el párkinson estaba haciendo mella en su extremado físico. Pero era la verdad y por eso había sido denunciado. Con el tiempo había desarrollado una tolerancia hacia los malos olores, esos que inundaban su paladar, su olfato. Por eso continuó con el dilatador nasal. No podía evitar esos olores, digamos que se hizo dependiente de ellos, en una especie de adicción al mal olor, sobre todo al que dejamos los humanos cuando vamos al servicio o cuando nos tiramos un pedo. Cada uno tenemos un perfume peculiar y Ramón sabía diferenciar entre cientos diferentes, que después clasificaba.

    Alguna vez, ya retirado de su plaza, le preguntaron, en aquel desvencijado geriátrico en el que acabó sus días si había practicado la coprofilia pero él siempre insistió en que jamás realizó práctica sexual alguna, como se hartó de confesar en comisaría. Era célibe y no buscaba alterar esa situación natal, lo cierto es que jamás estuvo interesado por el sexo. Ya podrían los curas ser como yo, decía entre bromas a sus vejestorios compinches.

-¿Entonces, usted buscaba la ponzoña, recogía las heces de sus pacientes y las clasificaba?
- No fue así exactamente, comisario. Yo sentía atracción por la masa fecal. No le se decir desde cuando, si al poco de notar esa prodigiosa capacidad olfativa o un poco después. Pero me sucedió pronto que esos vapores que desprenden los intestinos, me parecían más dulces que el olor suave y dulce de las flores.
- ¿Y fue entonces cuando  comenzó a clasificar a sus pacientes?. Degenerado...
- Bueno, después de recoger en diversos análisis las heces de mis convecinos, normalmente a través de análisis que yo mismo les ordenaba realizar, guardaba una pizquita en un pequeño clasificador y después pasaba la tarde aprendiendo sus matices.¿Sabe, cada persona tiene un olor inconfundible?
- ¿Pero no entiende usted que eso es una guarrería, hombre?
- Escuche, cuando mis fosas nasales mutaron, muchos olores normales me parecían repugnantes pero curiosamente, los más desagradables para cualquier nariz normal fueron cambiando para mí. Precisamente eran aquellos olores que a todo el mundo desagradan  los que más me agradaban y, sin embargo, los otrora delicados y suaves olores del  tomillo y la lavanda no los podía soportar ¿entiende?

 El pobre viejo se repetía sin darse cuenta y el comisario decidió dar parte al colegio de médicos y a las autoridades sanitarias que decidieron expedientarlo con una suspensión temporal que acabó siendo perpetua ya que tan solo le quedaban unos meses para la jubilación.

-Usted es un pervertido y un asqueroso, continuaba el policía.
-Ay, hijo, si a usted la naturaleza le hubiese dotado con este don que yo descubrí gracias a la xylometazolina, también hubiera sucumbido a este placer, a este dulzor, a esta alegría de vivir ¿sabe?. Mis pacientes me preguntaban a veces si tenía dotes adivinatorias porque muchas veces cuando iba por una calle, antes de girar una esquina, sabía si era Pepe el de la Puri o el abuelo cebolleta. Ellos me querían, jamás se quejaron de nada. Ellos no supieron nunca mi pasión por la hez, por todo lo que ella comporta y su belleza, su textura, su aroma, su vapor....
-Cerdo.
-No más que usted, señor comisario. ¿acaso no le gusta a usted unos olores más que otros?. Bien, pues yo tuve la desgracia, si lo quiere ver así, de tomarle gusto a esos olores peculiares. Yo sabía quien estaba a la vuelta de la esquina no por su olor corporal, sino por su culo, porque las personas solemos dejar parte de nuestras deposiciones en el ano o en los calzoncillos. ¿Comprende?. El otrivín me abrió nuevas posibilidades, por eso jamás podré dejarlo.
-Vaya si lo dejará, ahora mismo daré parte a sus superiores. Me parece que jamás volverá a tratar con pacientes.

 Y así acabó la vida de médico venerable Don Ramón, un médico respetado, de los de antes que terminó viviendo entre ancianos hasta sus últimos días, apartado de su adicción a la xylometazolina. Y aunque es cierto que tardó muchos meses en volver a respirar por la nariz, acabó finalmente por hacerlo. Sin embargo, en sus noches finales, no dejó de hablar entre pesadillas y paranoias, antes de llegar a ver el túnel de luz, sobre el otrivín y el delicado, delicioso y sublime olor a mierda.

*imagen:  elpresentefuehaceunrato.com

 

sábado, 1 de febrero de 2014

Adicción

   María era una niña delicada y frágil, enfermiza desde el mismo momento que respiró. Su alumbramiento fue necesariamente problemático, precedido de unas aguas turbias que presagiaban la turbulenta y agitada vida que sufriría. Hay que destacar que pesó tan solo un kilo veinticinco gramos después de haber habitado en el útero materno durante seis meses y tres semanas.  Fue algo más que prematura, fue precipitada, porque nadie en su casa la esperaba. Su madre era una oronda  maestra que tenía el tremendo defecto o virtud, según el grado de moralidad del que esto lea, de beber en ayunas todas las mañanas un buen vaso de ginebra aderezado con esencia de clavo. Se trataba de una preparación que había leído en una novela que probando, por el método del ensayo-error al que tanta afición había tenido en su juventud, había encontrado como la más adecuada a su  capacidad hepática.

     El caso es que esta buena mujer, de nombre impronunciable, estaba tan gorda que jamás llegó a percibir que albergaba entre sus acuosos michelines una  diminuta vida humana. El retiro del período lo achacaba a sus crónicos problemas hormonales, esos que le habían perpetuado en el rostro una desagradable pelusilla negruzca, salpicada de gruesos vellos muy oscuros, en ocasiones nacientes en diminutas verrugas.  Desconocedora de su situación de gravidez regó aquella época en la que su hígado le había dado un respiro con alcoholes varios, preferentemente toda la gama y variedad de gin-tonics que una licorería del lugar ofertaba por aquel entonces. 

   No sabía muy bien porqué pero aquella temporada se encontraba mucho más activa, más vital y fue pródiga en excesos, incluidos los sexuales. Esos domingos por la mañana de diarreas apestosas eran el culmen  a una semana de brutalidad e ignominia con su propio cuerpo. Es cierto que no era una mujer atractiva pero sí peculiarmente pícara,  lo que se dice facilona. 

  Pero volviendo a nuestra protagonista, María, nació una noche de repente, sin ser esperada. Su madre pensó que, fruto de los excesos, sufría un nuevo dolor caótico y punzante de cólico. Cuando arribó al hospital cardiovascular se desveló el pastelón, y no precisamente el que tenía en sus sucias bragas. Se desveló así un enigma insondable, la aparición de un nuevo ser ignoto, una alma que había estado ahí desde hacía tiempo, ignorado por todos, una persona  que, después de un nuevo alborear, se presentaba en el mundo de los vivos diminuta y liviana.

  El pequeño bebé, apenas no más grande que la palma de una mano, unió su inmadurez a una inquietud palpitante poco después de atravesar el canal del parto y ser extraída a la luz. Padecía un alcoholismo tan pronunciado que nació en coma etílico, casi sin respiración, teniendo que pasar varios días en cuidados paliativos para garantizar su supervivencia, lo cual no estuvo del todo claro hasta varias semanas después. La pequeña María rechazaba los biberones y cualquier forma artificial de nutrición pues su cerebro debía de ser consciente de que la única fuente de la que podía lograr la droga era el propio organismo del que había salido, al que había estado íntimamente unido aquellos primeros meses de su vida.

   Los médicos, conscientes del origen de su toxicomanía, aceptaron la lactancia materna imponiendo su férrea dictadura, su espada de Damocles, sobre la rolliza docente. La amenaza llegaba a la pérdida de la maternidad, al secuestro estatal, un secuestro imperativo y urgente.  Pero lo cierto es que aquella deformidad humana que ni siquiera había sentido al ser que albergaba en su seno pronto retomó su irremedible carrera dipsomaníca. De esta manera el pobre bebé no dejó se estar indirectamente alcoholizado. La niñita siempre estuvo achacosa, nerviosa y su cerebro infantil en continua expansión sufrió los embates de la embriaguez sobrevenida. Quedó para siempre esclava de las adicciones mundanas: alcohol, drogas y sexo.

   Y ahora se preguntará más de uno que porqué los servicios sociales no reclamaron al incipiente ser, arrebatado ya a su propia consciencia, ebrio desde su más tierna niñez. Nadie jamás lo supo aunque quedó casi como una leyenda urbana alguna triquiñuela de la familia con un concejal corrupto. Pero esto no es lo más importante, lo verdaderamente aterrador en este caso fue la dejadez de todo el mundo. Ni siquera su propia familia, sabedora de lo que sucedía con la pequeña Yumba, hizo el menor movimiento por evitarlo. Ni siquiera el entorno social más próximo o lejano. Nadie. Eso fue lo más sorprendente en este caso, uno más en la iniquidad de una sociedad complaciente con su forma de vida.

  La chiquitina como podía ser previsible, pronto tuvo que dejar de mamar. Fue en ese instante cuando sufrió su primer shock que apunto estuvo de llevársela por delante. Y hay que decir que la pequeña creció, pero lo hizo mal, a trompicones, como espasmódicos, frutos de la enfermedad que siempre le acompañó. Llegó sin saber como a su madurez física que no intelectual, pues jamás alcanzó el desarrollo cognitivo propio de la adultez. Entonces ya era un ser incompleto pero feliz y esa felicidad se le reflejaba en el rostro, siempre enrojecido, con una piel siempre como atópica, descamada, que arrastraba desde su niñez. Su alegría ingenua, basada en una mentalidad infantiloide, se vió reforzada gracias a su refugio favorito: la adicción. Sabemos por escritos de aquella época, borrones y tachones que redactaba con una letra infernal en una moleskine que le regaló un tío de Valladolid, que lejos de sufrir y tener complejos, era completamente feliz sumida en su realidad paralela, la que da la droga blanda y la dura, que también llegó a probar. En realidad María no era más que una víctima, una triste y desangelada imagen del desarbolamiento de una colectividad inhumana que no se preocupaba por el bienestar del ajeno sino del propio, su propia familia, la deshonra de una raza vil, que consintió el desastre al que finalmente estuvo abocada la insignificante damisela.

   Su pequeño intelecto se vió abocado a un final paradójico y circular, ya que murió como nació, en un fugaz y distendido coma etílico. Para entonces había batido diversas plusmarcas en el campo de la dependencia. Enseguida que se enroló por obligación en el instituto, lugar que sirvió a María de laboratorio para algunas de sus más sonadas y oscuras adicciones, comenzó su decadencia final que, no obstante, se alargó unos años después de haber finalizado su deseducación obligatoria. Nada más arribar, recién cumplidos los 12 cayó presa del tabaquismo y los porros, accediendo a las aulas en un estado deplorable. Lo  mejor, decían sus profesores, era que no molestaba. Como si eso fuera buena señal. Entraba con los ojos inyectados en microscópicas fisuras, capilares reventados, que proporcionaban a sus ojos un aspecto verdaderamente siniestro. Nada hacía, aguantaba la mirada como un espectro desde el fondo de la clase no más de 2 minutos antes de quedar fulminada encima del pupitre.

         En un par de cursos era una de las personas más respetadas entre el alumnado pues eran ya legendarias sus borracheras matutinas con aquellos eructos olorosos de acidez aguardentosa, sus parrandas entre clase y clase y, finalmente, su actividad crepuscular con la marihuana, única diosa a la que verdaderamente llegó a venerar. La verdad es que su mirada y su actitud, mitad esperpéntica mitad lastimosa  provocaba muchas sonrisas, que se volvían carcajadas, por los pasillos del aulario de secundaria. Pero eso a ella poco le importaba, su vida, su alma, su ilusión, todo lo depositaba en las drogas y, en una inusitada y pertinaz afición al sexo desmedido, suburbial, descontrolado. Parece mentira que un personalidad tan fugaz tuviese la fuerza de voluntad necesaria para poner en pie toda una leyenda, porque Yumba, no nos engañemos, dejó huella y no solo en el centro educativo. Su familia jamás quiso saber nada de un ser nacido de una emanación efluvia de toxicidad.Su madre había desaparecido del mundo poco después de que comenzara a caminar. De ella se encargó un pariente lejano, el único que se atrevió a burlar el tabú familiar, un ejemplar digno de estudio, no solo por su enorme y corpulenta fisonomía sino por su despreocupación por los asuntos mundanos. En realidad la niña creció totalmente sola, sin guía ni control.

   Antes de dejar las aulas, aquellas que jamás aprovechó, la jovencita de ojos rojos, tuvo tiempo suficiente para saborear algunas de las más comunes adicciones: cristal y pirulas de colores. Antes del final llegó a protagonizar situaciones del más puro esperpento, en especial aquella áspera mañana de viernes cuyo desenlace quedó en la memoria colectiva de aquella ciudad, esa memoria que recuerda a personajes y situaciones aberrantes y que los abuelos cuentan a los nietos. Aquella jornada de paroxismo apareció semidesnuda, con el pelo encrespado y el cuerpo como si hubiera estado retozando en un lodazal: estaba completamente desprovista de voluntad y afirmaba estar viendo a Shivá mientras se lanzaba al suelo hozando como un puerco. Pocos días después era encontrada en la esquina sur del cementerio viejo, delante del instituto, todavía con constantes vitales pero sin vida cerebral. Los análisis posteriores confirmaron la intoxicación etílica irreversible, la autopsia reveló un final coherente con su vida, con su propia gestación. Una vida muy breve plagada de excesos, de drogas, de adicción desde el mismo día de su nacimiento hasta el último en el que su mortaja blanca cubría un pequeño cuerpo corrompido por la ignominia.
  

viernes, 31 de enero de 2014

Ruptura IV

 Triste y desangelada tarde de libretas, de esperanzas frustradas, de deseducación.
 El profesor corrige apático aberraciones que supuran como la pus mugrienta,
 pierde su tiempo, irrecuperable, volátil, deforme, un tiempo de mugre y pesadez.
 Ellos redactan ambiciones perturbadoras, creadas en su intelecto por otros, por
los sádicos pensadores de la irresponsabilidad, de la vergüenza nacional.


 Triste y desangelada tarde de libretas, de rupturas sinópticas y pérdidas neuronales
  irreparables, de cortos entendimientos, cómplices de la dictadura de las masas.
Lucen resplandecientes con vivos colores, manchas deformes y pavorosas de tinta,
escurridiza, mediocridad ganada a plazos, como adicción al crack de la vergüenza.

 Triste y desangelada tarde de libretas, después del sueño interrumpido, vaciado de
toda ilusión de triunfo, adelantándose al viciado final, a la repugnante ira de una
sociedad impía, insensible, sin tregua,  desarbolando esperanzas de juventud
vacía y jovial, ignorante de su expatriado porvenir, el único ya posible.

sábado, 25 de enero de 2014

Ruptura (III)



Sin pensar, sin sentir, resultaba mucho más fácil vivir
pensaban demasiado, vivían demasiado, tantos años,
tanta vida, ¿tienía sentido?. Viejos centenarios sin vista,
sin oído, hospitalizados, en coma desde los 90, diez años de impiedad 
sin compasión, mortificando un alma que lucha por volver a ser libre.

Querían salir de ese cuerpo de corrupción, querían la ruptura definitiva, 
su libertad absoluta. Quizás logren volar algún día, si acaso se hubiera logrado
para entonces la piedad cotidiana de dejar morir a la gente.
Era aquella sociedad una colectividad sin vigor que decidía a diario
 que nadie podía marcharse de aquel acontecer deprimente.

Se había tomado la costumbre por entoces, en aquella sociedad sacra,
dominada por las élites religiososas, que la vida era lo más importante
y no supieron nunca interrumpir, romper, salir, dejar morir.
Todos estábamos abocados a una no muerte, a una vida corta de lucidez y
a siglos de muerte en vida, de coma, de ignominia.

Pero hubo una revolución, una nueva ruptura. Millones lucharon por la
finalización digna y valiente de la vida. Había que destronar a los 
bienpensantes, a los insípidos y lívidos sacerdotes de la dictadura de la vida.
Su muerte fue la muerte de toda la humanidad, la liberación, la libertad que
solo el final trae a los píos y a los impíos, a los justos y a los injustos.

*imagen: saludpasion.com

Ruptura (II)



León dormido,inasumible, que quedas al albur de unas rejas oxidadas
desarías ser libre, porque tu lugar era otro, era el salvaje Seregueti.
Allí dominabas y fecundabas, eras un ser violento y dulce,
atrapabas antílopes indefensos, eras el rey de reyes.

Pero un día unos seres viles, unos animales detestables te dispararon,
durmiendo te secuestraron, te arrebataron tu libertad, tu dignidad, tu vida.
Nunca más volviste a ver a tus crias, a tus compañeras. 
De pronto estabas en un lugar circular, lleno de animales que aplaudían

No eran monos, esos que veías flotar por las alturas, eran otros,
gorilas con conciencia que la dejaban aparcada en algún
oscuro lugar para dormir, para vivir sin remordimientos. 
Viajando, moviéndote y comiendo carne matada por otros

Mortecino y triste, te mantenías en tu prisión, en tu ceguera,
enfermabas, escupías humo negro de los motores de gasoil,
recibías con dignidad los duros latigazos del destino, escuchabas
ruidos desencajados que emitían a diario, que dislocaban las facciones

Pero tu final no estaba escrito, fiero felino, mancha marrón del destino
Un día escapaste de tu prisión y todos acudieron a perseguir al fugitivo
Pues cuando alguien escapa de su cárcel todos se apresuran en atraparlo, 
como un pequeño jiguero que sale a la libertad, tu habías sido libre.

La ruptura infinita de las convenciones, tu libertad, era dolorosa para
esos gorilas sin pelo, rencorosos, perseguidores, arrogantes.
Habías huído y te ocultabas, sabedor de tu cruel destino, de tu muerte
anunciada aquella mañana soleada en que un dardo venenoso envenenó tu existencia.


*imagen: www.universoteens.com

Ruptura ( I )


Atrapada en una vida de sufrimientos Alicia dormitaba,
soñaba levemente como transcurría su existencia.
Los niños fueron un regalo de Dios, ella que era atea.
Pero jamás logró quitarse de encima su levedad,
una parsimonia que se incrustó en lo más profundo de su ser.

Siempre fue insignificante para su marido, ese apuesto 
soldado del ejército nacional, otrora dominador y dominante,
maltratador de las almas ligeras, como la de Alicia.
Un día salió de su hogar con sus bebés y comprendió al fin
lo que significaba estar sola en un mundo retrógrado y deplorable.

Esa ruptura fue muy dolorosa, ella, que siempre lo había adorado,
recibió una brutal paliza, un salvaje acontecer pleno de golpes y
puñaladas. Cuando despertó sus hijos eran mayores y no los reconocía.
Eran otros, eran salvajes y dominadores, educados por su padre.
Así vivió otra ruptura, la que más dolió, la de unos hijos que la despreciaban

Ella había sido para ellos un montón de carne entubada, 
sin comprender muy bien porqué les había abandonado,
sntían un rencor sibilino que constituía su esencia vital. 
Nació de nuevo a sus dieciocho, arrogantes y adustos, la odiaban
porque nunca les había hablado, huérfanos por el salvajismo.

El que recibió Alicia de sus hijos, miseria, ingratitud, odio,
se despidió del mundo una mañana en la que dormitaba,
triste y desconsolada, la pena se apoderó de ella y su vida se fue
perdiendo en el líquido por el que discurría su sangre, en
aquella bañera de su vetusta e indecente vivienda,
soñando levemente como había transcurrido su vida.

sábado, 18 de enero de 2014

El enólogo cirrótico

  Enrique, llamado familiarmente y por sus amigos Quique, era eso que se conoce como un gran bebedor. Era de esas personas que sin llegar a ser consideradas alcohólicas, es decir, sin estar diagnosticado como tal, tenían una afición desmedida por todo tipo de bebidas espirituosas y, en especial, por el vino.  De pequeño tuvo su primer contacto con el dulce néctar a través de sus abuelos que, a su cuidado, le administraban sopas de pan mojadas en el líquido morapio. Fue un contacto fugaz pero fructífero ya que pronto, demasiado pronto, sisaba el vino familiar, el que sus padres acumulaban en la bodega de la casa de campo de Arcas, tan solo con seis años de edad. Su madre estaba constantemente preocupada por sus deposiciones, muy  oscuras y el joven Enrique tuvo que soportar continuas pruebas médicas. Especialmente desagradable y que dejaría una indeleble huella en su inconsciente sería una en la que introducían por su ano un tubo, previas lavativas con pera insufladora que su madre le introducía en su dulce hogar. Nada ni nadie en aquella época sospechaba de las ingestas de vino a escondidas y, sobre todo de su desmesurada afición que por aquel entonces comenzó a experimentar,bien que siempre en secreto, escondido en las bodegas, mirando a las barricas con ansiedad, la ansiedad de un drogadicto que busca su pico, situaba sus fauces debajo del tapón desenroscable y deleitosamente abría su espíritu al dulce líquido.


  Durante su  precoz e incipiente etapa adolescente trasladó esa manía de bebedor a su vida académica con terribles consecuencias. Sus continuas borracheras de fin de semana fragmentaban de tal manera sus recuerdos que los lunes, si había examen, apenas acertaba a escribir nada con sentido en la hoja de papel. El resto de la semana lo pasaba en estado de excitación, no dormía, su sueño era tan fragmentario que apenas descansaba ni podía concentrarse para su única tarea. Sus resultados alarmaban siempre a sus padres y, sin embargo, bien sea por el débil sistema educativo o por su afición a robar los exámenes en la sala de profesores, cuando, entre clase y clase quedaba esta vacía con los profesores haciendo su ronda, fue poco a poco aprobando las asignaturas, bien que jamás pasaba del cinco raspado o, a lo sumo, el seis.

    Finalizó así el Bachillerato, a trancas y barrancas, con una media exigua que no le daba para mucho, apenas para acceder a ninguna facultad. Pero por aquellos tiempos la universidad estaba necesitada de clientela, cuanta más gente estudiase, mejor. Así, aprovechando que los números clausus se relajaron, al año siguiente pudo iniciar estudios de ingeniería que dejó al poco tiempo por la carrera de enología, de nueva implantación en el campus.  Era su destino. No dudó ni un momento durante su etapa escolar que su futuro pasaría por una estrecha vinculación con el mundo de los alcoholes. La biología había sido una de sus asignaturas predilectas, en especial la parte de las formulaciones de la química orgánica. Disfrutaba mucho escribiendo y desarrollando aquellas fórmulas mágicas para él de los compuestos con el grupo hidroxilo. Durante aquella etapa preuniversitaria había perpetrado un primer intento  de crear su propio alcohol, su propia destilería lográndose hacer con un alambique casero. El resultado no pudo ser más desastroso para su salud ya que lo único que consiguió destilar fue un producto altamente tóxico que lo tuvo en cama en diversas ocasiones.

   Pero aquellos estudios, aquella sapiencia inconmensurable ( pues ya se sabe que si una materia suscita el interés del alumno este la absorbe inmisericordemente) pronto comenzó a resultar cada día más molesta. No por nada, sino porque su ya castigado hígado comenzó a dar muestras de rebeldía, de un basta ya claro y rotundo. Una mañana en la que despertó de una pesadilla paranoica en la que se estaba ahogando en una gran cuba de vino añejo notó unos fuertes dolores en su bajovientre e intolerables pinchazos, como agujas de gran finura, en la parte derecha de su barriga. Intentó incorporarse pero no pudo hacerlo. Los dolores cólicos se lo impedían y, tratando de pedir ayuda, quedó tumbado allí, solo en su piso de estudiante, del que ya habían salido sus dos compinches de farras y abusos.

   Era un colapso hepático en toda regla, que lo mantuvo al borde de la muerte desde aquel día en que entró en coma. Finalmente, un día de abril, despertó a la vida,  poseedor de un nuevo hígado prestado por la familia de un fallecido, no castigado por años de  vida espirituosa.  La vida ( o la muerte ) le  había concedido una nueva oportunidad y no quiso desperdiciarla. Terminó sus estudios de enología al mismo tiempo que su nuevo-viejo hígado se sumía en una nueva pesadilla cirrótica ya inapelable. Quique no había querido desperdiciar esa nueva oportunidad y había regresado por la puerta grande al mundo de las embriagueces, de los sueños fragmentados por despertares precoces, de las vomitonas evasoras de un mundo circular. Pero si algo no se le podía imputar era de no saber bien de lo que hablaba, de no conocer bien su terreno, su materia y fue así como consiguió muy pronto un buen y remunerado trabajo en unas antiguas bodegas industriales de gran producción a nivel nacional. Era uno de los mejores y mayores expertos en enología de su promoción, conocía muy bien el mundo del vino, sus vericuetos, sus aromas, sus añadas, sus delicados y fragmentados toques de madera, sus tonalidades diversas al trasluz.

    Comenzó así su breve periplo como enólogo profesional, viajaba a ferias de vino, asombraba a propios y extraños con su sabiduría, era invitado de honor en congresos y seminarios y hasta llegó a coquetear con la docencia en alguna colaboración puntual con la universidad que le imploraba día sí, día también su regreso hacia un doctorado cum laude. Pero Enrique perdió aquel tren como acabó por perderlos todos, postrado en el andén del alcoholismo. En su puesto de trabajo acabó por durar menos que un caramelo a la puerta de un colegio. Un día, antes de levantarse con dificultades para ir a las bodegas, vio una carta que habían deslizado por la puerta de su apartamento. 

  La misiva era espeluznantemente clara: estaba de patitas en la calle, despedido y abochornado. La empresa había descubierto su secreto, ese que jamás pensó que fuera posible de demostrar. Aproximadamente el 3% de la producción mensual no se había evaporado o perdido en los enormes camiones cisterna que transportaban el oscuro líquido destilado, sino que se había deslizado lenta pero irremediablemente en su tracto digestivo. Descubierto y derrotado, su sistema nervioso se deslizó por una senda insondable con un único destino. Tamaña proporción de alcoholes no podía más que agravar su ya delicado estado de salud, solo podía embrutecer su graso hígado que llegaría a mostrarse como ejemplo de tumor desmesurado.  Completamente alcoholizado se fue muriendo poco a poco de una cirrosis hepática fulminante. 

  Su triste y corto devenir entre los mortales se acercaba indefectiblemente a su fin. Y quiso acabar sus días como vivió, envuelto en el alcohol, bañado en el sagrado néctar de Baco, ahogado e inerte en  su vino como el duque de Clarence en la tragedia shakesperiana.  Poco después de expirar, su derrotado organismo fue preparado en el tanatorio tal y como él lo deseó: fue su ultima y correspondida voluntad, una boutade, un esperpento, quizás el capricho de alguien fuera de sus cabales. Un ataúd en forma de cuba de vino, repleto de un suculento caldo de La Manchuela, su favorito, inundaba su cadáver y dejaba ver por un ventanuco su rostro enrojecido por el líquido pero, no obstante, con ese desagradable aspecto de máscara de cera. Así se despidió, inundado en alcohol, como quizás hubiese querido haber sido gestado en el saco amniótico de su  madre.

*imagen: www.dtlux.com