sábado, 25 de enero de 2014

Ruptura ( I )


Atrapada en una vida de sufrimientos Alicia dormitaba,
soñaba levemente como transcurría su existencia.
Los niños fueron un regalo de Dios, ella que era atea.
Pero jamás logró quitarse de encima su levedad,
una parsimonia que se incrustó en lo más profundo de su ser.

Siempre fue insignificante para su marido, ese apuesto 
soldado del ejército nacional, otrora dominador y dominante,
maltratador de las almas ligeras, como la de Alicia.
Un día salió de su hogar con sus bebés y comprendió al fin
lo que significaba estar sola en un mundo retrógrado y deplorable.

Esa ruptura fue muy dolorosa, ella, que siempre lo había adorado,
recibió una brutal paliza, un salvaje acontecer pleno de golpes y
puñaladas. Cuando despertó sus hijos eran mayores y no los reconocía.
Eran otros, eran salvajes y dominadores, educados por su padre.
Así vivió otra ruptura, la que más dolió, la de unos hijos que la despreciaban

Ella había sido para ellos un montón de carne entubada, 
sin comprender muy bien porqué les había abandonado,
sntían un rencor sibilino que constituía su esencia vital. 
Nació de nuevo a sus dieciocho, arrogantes y adustos, la odiaban
porque nunca les había hablado, huérfanos por el salvajismo.

El que recibió Alicia de sus hijos, miseria, ingratitud, odio,
se despidió del mundo una mañana en la que dormitaba,
triste y desconsolada, la pena se apoderó de ella y su vida se fue
perdiendo en el líquido por el que discurría su sangre, en
aquella bañera de su vetusta e indecente vivienda,
soñando levemente como había transcurrido su vida.

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