sábado, 25 de enero de 2014

Ruptura (III)



Sin pensar, sin sentir, resultaba mucho más fácil vivir
pensaban demasiado, vivían demasiado, tantos años,
tanta vida, ¿tienía sentido?. Viejos centenarios sin vista,
sin oído, hospitalizados, en coma desde los 90, diez años de impiedad 
sin compasión, mortificando un alma que lucha por volver a ser libre.

Querían salir de ese cuerpo de corrupción, querían la ruptura definitiva, 
su libertad absoluta. Quizás logren volar algún día, si acaso se hubiera logrado
para entonces la piedad cotidiana de dejar morir a la gente.
Era aquella sociedad una colectividad sin vigor que decidía a diario
 que nadie podía marcharse de aquel acontecer deprimente.

Se había tomado la costumbre por entoces, en aquella sociedad sacra,
dominada por las élites religiososas, que la vida era lo más importante
y no supieron nunca interrumpir, romper, salir, dejar morir.
Todos estábamos abocados a una no muerte, a una vida corta de lucidez y
a siglos de muerte en vida, de coma, de ignominia.

Pero hubo una revolución, una nueva ruptura. Millones lucharon por la
finalización digna y valiente de la vida. Había que destronar a los 
bienpensantes, a los insípidos y lívidos sacerdotes de la dictadura de la vida.
Su muerte fue la muerte de toda la humanidad, la liberación, la libertad que
solo el final trae a los píos y a los impíos, a los justos y a los injustos.

*imagen: saludpasion.com

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