Aquel país había vivido por encima
de sus posibilidades, se hartaban de decir los corifeos de las familias de más
rancio abolengo de la nación. Precisamente ellos, los que habían vivido siempre
en el lujo y la opulencia fueron los que difundieron aquella especie. Y todo
aquel sonido siniestro que salía de sus gargantas, en especial en televisión,
fue asumido casi sin rechistar en colas del cine, del pan o en bares en los que
se amontonaba la gente para ver los partidos. Era la manera habitual en aquella
tierra, como en todas, de controlar las mentes bien pensantes e ingenuas de su
sociedad civil y militar.
Pero entonces, una exigua minoría que, siendo analfabeta funcional y
no habiendo llegado nunca a realizar siquera los estudios medios, era ya en
aquella época la más diligente e instruida, sin haber leído un libro en su
vida, alzó su voz y se levantó cívicamente contra los responsables de tamaño
desastre, ellos, gente dura y tosca, sin formación de ningún tipo, solo con su
primario sentido común. Fueron estos los que comenzaron a organizarse sin
saberlo. Ellos difundieron el rumor de que los culpables de la depresión en la
que vivían eran unas cuantas familias que dominaban aquel régimen
antidemocrático conocido como democracia.
No caló al principio entre la masa de licenciados inertes
pero, en unos meses, incluso los catedráticos de universidad, los científicos
más reputados ( aunque exiguos) así como escritores e intelectuales varios
cuando se reunían en opíparas cenas, en lujosos espacios acristalados en donde
compartían sus conocimientos absurdos e inanes, comentaban con odio que habría
que diseñar un enorme trasatlántico en el que se metieran a la fuerza a todos y
cada uno de los políticos y después abandonarlo en medio del enorme océano, sin
suministros, sin gasóleo, a la buena de Dios y que, de esta manera, muriesen de
inanición. Era un pensamiento débil, burdo y de personas vulgares como
ellos solían decir, pero ya entonces muy difundido por todas las arterias y
venas de aquella sociedad otrora denominada con el falso epíteto "del
conocimiento".
Los desheredados, los humildes, quizás los menos sabios pero,
a la vez, los únicos con cierto sentido común, habían tomado conciencia de que
su empobrecimiento era colosal mientras el enriquecimiento de sus líderes no
tenía parangón. Cansados de que les esquilmaran acabó por generarse un clima
prerrevolucionario, difícil de detener. Pero como siempre sucedía en esa
patria, los cabreos acababan por ser pasajeros. A una nueva noticia de un robo,
de un saqueo, de un desfalco y el consiguiente cabreo popular solía suceder un
ideal de relajación, una pasión diríamos de quietud y sosiego que siempre iba
acompañada de grandes dosis de humor. Así había sido siempre y así era ahora.
Esa minoría rebelde, la de menos formación, acababa dejándose llevar por el
conformismo del resto de la sociedad, en especial de toda aquella enorme masa
de titulados universitarios, de doctorados y sabios que por doquier habitaban
aquel reino del estancamiento económico perpetuo.
La ilusión de revolución pronto se fue borrando del
imaginario colectivo. Nadie supo muy bien qué es lo que había pasado para que
un pueblo al borde del shock general, pleno de odio contra la casta que los
dominaba desde hacía décadas, de repente, un día por la mañana, hubiera vuelto
como por encantamiento a la situación de mansedumbre anterior y, lo que es
peor, ya no hablara de todo aquello. Y no es que se hubiese regresado a
aquellas insulsas conversaciones de ascensor, a aquel frenesí violento de
gritos por el arbitraje en un determinado partido de fútbol, al chascarrillo
barriobajero sobre la vida de tal o cual inmundicia humana, no. Lo que pasó fue
mucho más grave y quedó, para siempre, registrado en la memoria colectiva de
idiotas y listos, titulados y currantes.
Sin que nadie supiera muy bien por qué esa mañana todo el mundo
estaba alegre, sonreía al salir de su postigo, por la calle saludaba con
alborozo y alegría a sus convecinos, al llegar a la tienda todo eran sonrisas
cómplices con los desconocidos y risas cada vez más sonoras con los conocidos.
En los bares, abiertos como siempre desde antes del amanecer no era necesaria
el carajillo en ayunas para despertar la alegría por doquier. Todo el mundo
estaba muy, pero que muy contento con todo lo que veía y escuchaba. Se
produjeron hechos curiosos que dan que reflexionar. Al paso de un coche fúnebre
muchas personas, sin poder evitarlo, señalaban la caja en el interior de los
cristales tintados y reían de manera extraña al comentarlo con su convecino de
acera. O también cuando alguien era abordado por la calle y robado impunemente
por algún carterista, en algún tirón, en vez de enfadarse y denunciar el robo
reía descojonado señalando al ladrón que ya no corría, sino que seguía su
marcha entre el aplauso general de los testigos. El propio ratero saludaba
a la concurrencia con una sonrisa que dejaba ver su deplorable
dentadura.
Para que veamos a qué extremos se llegó, se produjo un
atropello que casi le cuesta la vida a un motorista, embestido brutalmente
contra una fachada por la negligencia de una buena señora que conducía sin
percatarse del rojo del semáforo y, ¿creen ustedes que la policía le tomó
siquiera los datos?. Al contrario, cuando llegaron las autoridades, entre
sollozos provocados por la risa emocional, daban unas palmaditas en la espalda
a la infractora. Respecto al accidentado, ya fallecido, decenas de personas
veían entre sonrisas sus últimos momentos de vida ante su pasividad. Cuando los
servicios sanitarios llegaron nada se podía hacer ya por él que, sin el casco
reglamentario, había perdido parte de su masa encefálica sobre los adoquines.
Hechos así se repetían sin dejar de suceder alrededor de pueblos,
barrios y ciudades del país. Además, las autoridades municipales no veían nada
extraño en estos comportamientos puesto que ellos, ahora, formaban parte de la
misma clase social que el resto: la de los chistosos. Toda la nación era ahora
alegre y graciosa. La igualdad por la que habían estado clamando desde hacía
años era ahora más real que nunca puesto que todos se podían equiparar en
listeza, cualquiera podía contar algún chiste mejor que el de su compatriota.
Bueno, mentiríamos si dijésemos que todos eran ahora alegres y felices. Había
unas cuantas familias, en particular una familia en concreto, que era la que
había estado ostentando durante 40 años el poder económico y político pero a la
que nadie lograba identificar con claridad que no compartía la alegría, al
menos no de puertas adentro.
Muy pronto grandes masas de personas sin trabajo, que habían estado
buscando en los contenedores algún pedazo de comida no roída todavía por las
ratas, comenzaron a realizar manifestaciones de alegría colectiva, reuniones en
los barrios en las que, de manera rotatoria, en improvisados escenarios, los
más graciosos salían a contar sus vidas de manera tan chistosa que a todos les
chorreaban, cual néctar salino, lágrimas, llantos de regocijo. Las carcajadas
eran casi dionisíacas, desproporcionadas, las caras se desencajaban y los
escasos servicios sanitarios que la mangancia de los políticos había permitido
subsistir debían recoger a personas con grandes dolores musculares, con sus
mandíbulas descoyuntadas.
Todo el país estaba envuelto en una pandemia severa de
alegría que estaba empezando a tener graves consecuencias: pronto empezó a morir
gente. Muchas personas fallecían después de largos minutos presos de ataques de
risa, bien de paro cardíaco, ictus cerebral o, sencillamente, por el
agravamiento de los males que les aquejaban. Aquel siniestro y detestable día
las gentes fueron cayendo como ratas envenenadas. En un recuento posterior
hecho por personal sanitario internacional, que tuvo que ser habilitado desde
el extranjero, se hablaba de una auténtica tragedia de carácter apocalíptico:
no miles ni centenares de miles sino que millones fallecieron en aquel día y
posteriores. Fueron necesarias en las ciudades y partidos judiciales de mayor
envergadura habilitar terrenos baldíos para, en grandes fosas comunes, ir
depositando a las personas que, amontonadas como basura, se depositaban con sus
cuerpos retorcidos, en ocasiones partidos por la labor de las palas mecánicas.
En multitud de provincias se tuvo que utilizar las incineradoras de basura para
quemar la amalgama de carne y huesos que había quedado amontonados por calles y
plazas.
Exactamente una semana después de haber estallado
aquella ponzoña funesta muchas personas, algunas todavía en centros de salud
improvisados, dejaron de reír. La ciencia moderna no acertaba a
comprender la naturaleza de aquel virus histrión, acaso inyectado por el
aire, como sucede en los ataques químicos de las guerras. Lo cierto es que la
gente dejó de reír y solo entonces comprendió la magnitud de la catástrofe.
Muchos de los que se habían salvado comenzaron a asimilar todo lo que les
había sucedido en aquellas jornadas de vivaz júbilo y regocijo. Comenzaron a
sospechar de sus élites. Hay que señalar que, cuando las estadísticas salieron
a la luz, aunque obviamente manipuladas, se supo que el país era mucho más rico
que un mes antes, más próspero, de la noche a la mañana, un país que había sido
la rémora impertinente de la Europa entera. Ya no había tanta población pasiva,
en especial pensionistas y, además, milagrosamente la tasa de desempleados se
había reducido notablemente, algo que no sucedía desde hacía décadas, antes del
inicio del Gran Estancamiento. Estas noticias, anunciadas a bombo y platillo
por las autoridades, con ciertas dosis de complacencia, en medio del luto
nacional, la indignación se apoderó de aquella opinión pública. ¿ Habían acaso las
autoridades autorizado una masacre jocosa?. Tenía que ser culpa del gobierno,
clamaban por las calles.
Pero el tiempo pasó y la reflexión que sobreviene a la revuelta
propició análisis más acertados. Quizás todo aquello no hubiese sido obra del
maligno, encarnado en el poder ejecutivo, en aquel horrible personaje que
maltrataba al país con sus medidas sociopolíticas. Cabía la posibilidad
de que hubiese sido, sencillamente, un contagio mimético de una sociedad
complaciente. A fuerza de transigir, de no protestar, de mirar para otro lado
durante décadas en lo que respecta a los asuntos públicos se habían dedicado
exclusivamente a la crítica mordaz, sagaz acaso, pero humorística al fin y al
cabo. Y, entonces, ese país había llegado al paroxismo de la gracieta y el
chascarrillo.
Tanto había sido así que, tiempo después de haber
quedado totalmente claro que nada oscuro ni organizado desde instancias
superiores había detrás de aquellos millones de muertos, algunos ciudadanos la
tomaron con los humoristas, con el humor gráfico y televisivo, con los
graciosillos y acabó instaurándose una dictadura de lo correcto, donde el menor
atisbo de humor era duramente penado por la ley. Y, sin embargo, aquella
sociedad, aquel estado, aquella nación era consciente de su culpa, de su
negligencia y de su parsimonia. La pandemia de humor, de risa incontrolada solo
había sido posible en un país como ese, en el que a fuerza de no quejarse, de
no luchar por sus derechos habían descuidado toda la crítica en el
chiste, la chirigota y la burla. Un país que había sacrificado su propia
existencia por una vida tranquila y jocosa. Ese país estaba ahora mejor
económicamente, había logrado el ansiado despegue, el crecimiento sostenido y
sostenible pero como sociedad amoral que había llegado a ser estaba muerto para siempre.

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