Julius vivió durante buena parte de su vida
en la total indigencia. Era un pordiosero, pues vestía ropas hechas girones,
ennegrecidas de tantas noches al raso, durmiendo en cajeros automáticos y entre
cartones. Cuando se cansaba o lo echaban los seguratas que llegaban de
madrugada a incordiar, se buscaba un refugio debajo del Puente Viejo. Llegó a
tener su propia ruta turística por la ciudad: Puente Viejo, Puente de las
Lamentaciones, Puente del Ferrocarril, pasarela del mercado, Puente del Trimilenario.
Así transcurría su vida, una vida llena de extremos: extremadamente hambriento,
extremadamente sucio, extremadamente solo.
Su existencia era verdaderamente indigna y estaba resignado a
acabar sus días en algún lugar de aquella urbe que se había convertido en su
cárcel, en una burbuja plastificada como la de un inmunodeficiente grave,
como algún inmaduro pulmonar en una incubadora, perenme, permanente, de la que
no podía escapar. Se encontró además con la mala suerte de vivir en una
ciudad llena de seres insolidarios y avaros, que solo miraban para sus
adentros, incapaces de entregar al prójimo una pizca de su bonhomía. Eran
siniestramente ingratos. Es cierto, aquella ciudad había sido extremadamente
rica y lo seguía siendo en cierto modo. Sus habitantes presumían de vivir en el
mejor de los mundos y, descarados, deambulaban a diario en radiantes
Mercedes-Benz o Audis, gastaban en lotería unas sumas muy grandes con la
esperanza de ser enriquecerse más todavía.
Sin embargo, como digo, no aparecía nunca en sus conciencias
el remordimiento típico en las clases pudientes que les anima a entregar
siquiera un plato de sus sobras, alguna prenda anticuada, una pequeña limosna,
un pedacito de su bienestar, porque por no sentir ni siquiera sentían la
llamada de la caridad. Solo unos cuantos atrevidos, casi revolucionarios,
considerados malos ciudadanos, se dignaban en aportar una mínima parte de lo
que podían a este grupo de desgraciados. Y se daba la paradoja de que eran
estos los que menos recursos tenían, los que rozaban con la punta de sus dedos
el delgado filo que los separaba de un desahucio, de un drama familiar, los que
podían acabar, en definitiva en cualquier momento, en la misma situación que la
de nuestro protagonista.
El hambre se apoderaba de su penoso transcurrir. Parecía
como un ser transportado en el tiempo por algún ingenio maléfico y traído a la
actualidad desde la postguerra. Su aspecto de suciedad y su extremada delgadez
se debía sin duda a su voraz apetito no satisfecho. Rebuscaba en la basura pero
no encontraba más que alguna fruta carcomida o muslo de pollo roído pues, como
he dicho antes, los ciudadanos eran tan tacaños que ni siquiera depositaban en
la basura los residuos orgánicos sobrantes: los incineraban en sus
hogares o en sitios llenos de corrupción en los que unos cuantos desalmados se
forraban quemando la basura ajena. Aunque extraño a cualquier extranjero,
resultaba para ellos como un hábito que tenían asumido como costumbre. Alguno
podría pensar que era una manía, pero sin duda una manía nefasta. Estaba
tan delgado que podía pasar alguna que otra noche en lugares más cerrados, como
debajo del sumidero principal de la rambla, formado por gruesos barrotes de
hierro pintados. Allí, impregnado de un olor nauseabundo pasaba la noche
junto a ratas, cucarachas y todo tipo de coleópteros. Allí soñaba con un futuro
mejor y, lo que es más importante, sobrevivía. La luz tenue del amanecer
chocaba contra su condolido cuerpo antes que en el de nadie y casi le hería,
todavía aturdido por la inmundicia. Estaba vivo y era suficiente, pensaba sin
pensar.
Superando así el ciclo completo de 24 horas, en aquel lugar inhóspito
y frío en invierno, con una humedad que carcomía los huesos, renacía alegre
todas las mañanas. Era tal su ingenuo alborozo que, en su deambular por la
calle mayor, todavía casi desértica, sonreía a los transportistas que dejaban
su mercancía logrando algunas monedas con las que llevarse algo a la boca. Pero
no nos llamemos a engaño: los portadores de materia prima eran foráneos y
agradecían, como no puede ser de otra manera, una sonrisa de complicidad a su
duro y laborioso esfuerzo, aunque fuera de una boca ennegrecida y mellada de un
personaje extraño y casi minúsculo que, solo en apariencia, deambulaba ebrio a
esas horas intempestivas. Remarco la palabra "foráneo" porque en
aquel rincón del mundo eran los únicos revestidos, en apariencia, de cierta
humanidad.
Ese sentimiento desaparecía cuando los despreciables
habitantes de la ciudad, esa ciudad que quizás no tenía la culpa de tener esa
calaña de moradores, pero que había sido prostituida por ellos, comenzaban a
llenar las callejas del casco viejo. Entonces el espíritu de alegría se veía
devorado por la agria personalidad de aquellos seres viles. Saltaba a la vista
que un ser jovial y optimista, solidario y paupérrimo como Julius
molestaba. Y no solo él, sino todos aquellos que caían como un
cuentagotas en la miserable situación de la pobreza absoluta. Aunque no
fuera de esperar, acabó sucediendo la tragedia concomitante a una micro-sociedad
así dispuesta. Pronto los habitantes de aquel lugar decidieron limpiar sus
calles de esas personas inconvenientes. Estaban hartos de percibir aquella
vibración de alegría que Julius y los demás Julius, los nuevos Julius, lanzaban
impunemente al aire cada día más irrespirable para ellos del corazón de la
ciudad.
Fue como una obligación para ellos, un deber casi sagrado:
evitar que su forma de vida, su cerrazón, su carcundia, pudiese quizás verse
modificada, alterada, doblegada por la alegría de aquellos pobres que nada
tenían ni temían. Pronto una comisión impulsada por el cabildo municipal quedó
integrada por los más notables del lugar. Por resumir un poco los acuerdos a
que llegaron debería decir que se establecieron unas patrullas (llamadas a
partir de ese momento policía de barrio) que se encargaban de prohibir a los
indigentes rebuscar en la basura, apostarse en las puertas de los mercados,
pedir en los aparcamientos de coches o incluso acercarse a las calles más
comerciales y concurridas. De esta manera, en cuestión de semanas, muchos
fueron muriendo de agotamiento ante la indiferencia generalizada.
La muerte les llegaba en cualquier lugar en el que hubieran
caído rendidos, extenuados de cansancio y entonces, obra de la comisión
ciudadana, un grupo especializado se encargaba de su recogida, como si de
residuos orgánicos o animales reventados por camiones fueran. Los viles
habitantes de la urbe no tenían remordimientos porque en todos y cada uno de
ellos se había asentado una ideología que había cimentado en sus
corazones. Los más mayores la transmitían a sus hijos y estos a los suyos
que, reforzados por las enseñanzas de sus abuelos, reafirmaban en su intelecto
la siniestra idea de lo útil. Había cosas útiles y otras inútiles y, entre
estas, estaba esa parte de la población en la extrema pobreza que si en esa
situación se encontraban por algo sería. El "por algo sería" era como
un eslogan que flotaba como un pútrido perfume que para ellos era sublime.
Pero volviendo a Julius, con enorme coraje y voluntad conseguía
sobrevivir día tras día, gracias a la ayuda de alguno de los visitantes de la
ciudad. Es cierto que aquella ciudad no tenía ningún atractivo turístico
reseñable salvo algunas ruinas que la especulación urbanística había tenido la
piedad de respetar, normalmente lugares desvencijados, trozos de una historia
que no les importaba olvidar. Pero su benigno clima atraía a numerosas personas
a las que la fealdad de la urbe cogía por sorpresa, desinformados del lugar al
que acudían con sus cámaras de última generación multidisparo. Lo cierto es que
gracias a ellos, en las entradas a la ciudad, donde las patrullas de barrio no
llegaban por el momento, lograba la caridad de los viajeros y podía, al menos,
comer un bocado cada día. Pero esa breve y misérrima nutrición no era
suficiente. Pronto su delgadez se precipitó alarmantemente por el sendero que
solo permite discurrir en una sola dirección, como el agua de un río minúsculo,
similar al tenía aquella desgraciada población.
El quinto día cayó al suelo cuando trataba de llegar a un
horno de pan que estaba a punto de cerrar. Algunos días, muy de mañana, tras
una noche de laboriosa faena entre harinas, elaborando todo tipo de panes y
dulces, los panaderos, al marcharse a sus casas para dormir unas cuantas horas,
descuidados, dejaban caer al suelo ese polvillo de harina que las barras tienen
recién horneadas y que queda impregnado a sus ropas y cabellos. Era de esta
manera como una inconsciente propina que entregaban sin saberlo. Ese blanco,
fino y casi imperceptible limo era ya el único sustento vital de Julius y de
otros que, como él, aparecían moribundos en las cercanías de estas humildes y
urbanas industrias. En el pavimento sucio y lleno de inmundicia de aquella
calle se esfumó la última esperanza vital, el último aliento de este ser
desgraciado. Su cuerpo sin vida sería recogido por la brigada de desechos de
urgente eliminación, eufemismo que ocultaba el pequeño genocidio de una
sociedad desalmada. No había muerto por el hambre sino por su consecuencia más
extrema, la caquexia pero en el fondo de nuestros corazones sabremos comprender
que murió por la indignidad de una sociedad y que si acaso una autopsia
hubiera penetrado en ese amasijo de huesos y piel, hubiera certificado
que la auténtica causa de su final había sido endógena: había muerto por un
sentimiento claro de vergüenza ajena.
*foto: www.lamarihuana.com

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