sábado, 25 de enero de 2014

Ruptura (III)



Sin pensar, sin sentir, resultaba mucho más fácil vivir
pensaban demasiado, vivían demasiado, tantos años,
tanta vida, ¿tienía sentido?. Viejos centenarios sin vista,
sin oído, hospitalizados, en coma desde los 90, diez años de impiedad 
sin compasión, mortificando un alma que lucha por volver a ser libre.

Querían salir de ese cuerpo de corrupción, querían la ruptura definitiva, 
su libertad absoluta. Quizás logren volar algún día, si acaso se hubiera logrado
para entonces la piedad cotidiana de dejar morir a la gente.
Era aquella sociedad una colectividad sin vigor que decidía a diario
 que nadie podía marcharse de aquel acontecer deprimente.

Se había tomado la costumbre por entoces, en aquella sociedad sacra,
dominada por las élites religiososas, que la vida era lo más importante
y no supieron nunca interrumpir, romper, salir, dejar morir.
Todos estábamos abocados a una no muerte, a una vida corta de lucidez y
a siglos de muerte en vida, de coma, de ignominia.

Pero hubo una revolución, una nueva ruptura. Millones lucharon por la
finalización digna y valiente de la vida. Había que destronar a los 
bienpensantes, a los insípidos y lívidos sacerdotes de la dictadura de la vida.
Su muerte fue la muerte de toda la humanidad, la liberación, la libertad que
solo el final trae a los píos y a los impíos, a los justos y a los injustos.

*imagen: saludpasion.com

Ruptura (II)



León dormido,inasumible, que quedas al albur de unas rejas oxidadas
desarías ser libre, porque tu lugar era otro, era el salvaje Seregueti.
Allí dominabas y fecundabas, eras un ser violento y dulce,
atrapabas antílopes indefensos, eras el rey de reyes.

Pero un día unos seres viles, unos animales detestables te dispararon,
durmiendo te secuestraron, te arrebataron tu libertad, tu dignidad, tu vida.
Nunca más volviste a ver a tus crias, a tus compañeras. 
De pronto estabas en un lugar circular, lleno de animales que aplaudían

No eran monos, esos que veías flotar por las alturas, eran otros,
gorilas con conciencia que la dejaban aparcada en algún
oscuro lugar para dormir, para vivir sin remordimientos. 
Viajando, moviéndote y comiendo carne matada por otros

Mortecino y triste, te mantenías en tu prisión, en tu ceguera,
enfermabas, escupías humo negro de los motores de gasoil,
recibías con dignidad los duros latigazos del destino, escuchabas
ruidos desencajados que emitían a diario, que dislocaban las facciones

Pero tu final no estaba escrito, fiero felino, mancha marrón del destino
Un día escapaste de tu prisión y todos acudieron a perseguir al fugitivo
Pues cuando alguien escapa de su cárcel todos se apresuran en atraparlo, 
como un pequeño jiguero que sale a la libertad, tu habías sido libre.

La ruptura infinita de las convenciones, tu libertad, era dolorosa para
esos gorilas sin pelo, rencorosos, perseguidores, arrogantes.
Habías huído y te ocultabas, sabedor de tu cruel destino, de tu muerte
anunciada aquella mañana soleada en que un dardo venenoso envenenó tu existencia.


*imagen: www.universoteens.com

Ruptura ( I )


Atrapada en una vida de sufrimientos Alicia dormitaba,
soñaba levemente como transcurría su existencia.
Los niños fueron un regalo de Dios, ella que era atea.
Pero jamás logró quitarse de encima su levedad,
una parsimonia que se incrustó en lo más profundo de su ser.

Siempre fue insignificante para su marido, ese apuesto 
soldado del ejército nacional, otrora dominador y dominante,
maltratador de las almas ligeras, como la de Alicia.
Un día salió de su hogar con sus bebés y comprendió al fin
lo que significaba estar sola en un mundo retrógrado y deplorable.

Esa ruptura fue muy dolorosa, ella, que siempre lo había adorado,
recibió una brutal paliza, un salvaje acontecer pleno de golpes y
puñaladas. Cuando despertó sus hijos eran mayores y no los reconocía.
Eran otros, eran salvajes y dominadores, educados por su padre.
Así vivió otra ruptura, la que más dolió, la de unos hijos que la despreciaban

Ella había sido para ellos un montón de carne entubada, 
sin comprender muy bien porqué les había abandonado,
sntían un rencor sibilino que constituía su esencia vital. 
Nació de nuevo a sus dieciocho, arrogantes y adustos, la odiaban
porque nunca les había hablado, huérfanos por el salvajismo.

El que recibió Alicia de sus hijos, miseria, ingratitud, odio,
se despidió del mundo una mañana en la que dormitaba,
triste y desconsolada, la pena se apoderó de ella y su vida se fue
perdiendo en el líquido por el que discurría su sangre, en
aquella bañera de su vetusta e indecente vivienda,
soñando levemente como había transcurrido su vida.

sábado, 18 de enero de 2014

El enólogo cirrótico

  Enrique, llamado familiarmente y por sus amigos Quique, era eso que se conoce como un gran bebedor. Era de esas personas que sin llegar a ser consideradas alcohólicas, es decir, sin estar diagnosticado como tal, tenían una afición desmedida por todo tipo de bebidas espirituosas y, en especial, por el vino.  De pequeño tuvo su primer contacto con el dulce néctar a través de sus abuelos que, a su cuidado, le administraban sopas de pan mojadas en el líquido morapio. Fue un contacto fugaz pero fructífero ya que pronto, demasiado pronto, sisaba el vino familiar, el que sus padres acumulaban en la bodega de la casa de campo de Arcas, tan solo con seis años de edad. Su madre estaba constantemente preocupada por sus deposiciones, muy  oscuras y el joven Enrique tuvo que soportar continuas pruebas médicas. Especialmente desagradable y que dejaría una indeleble huella en su inconsciente sería una en la que introducían por su ano un tubo, previas lavativas con pera insufladora que su madre le introducía en su dulce hogar. Nada ni nadie en aquella época sospechaba de las ingestas de vino a escondidas y, sobre todo de su desmesurada afición que por aquel entonces comenzó a experimentar,bien que siempre en secreto, escondido en las bodegas, mirando a las barricas con ansiedad, la ansiedad de un drogadicto que busca su pico, situaba sus fauces debajo del tapón desenroscable y deleitosamente abría su espíritu al dulce líquido.


  Durante su  precoz e incipiente etapa adolescente trasladó esa manía de bebedor a su vida académica con terribles consecuencias. Sus continuas borracheras de fin de semana fragmentaban de tal manera sus recuerdos que los lunes, si había examen, apenas acertaba a escribir nada con sentido en la hoja de papel. El resto de la semana lo pasaba en estado de excitación, no dormía, su sueño era tan fragmentario que apenas descansaba ni podía concentrarse para su única tarea. Sus resultados alarmaban siempre a sus padres y, sin embargo, bien sea por el débil sistema educativo o por su afición a robar los exámenes en la sala de profesores, cuando, entre clase y clase quedaba esta vacía con los profesores haciendo su ronda, fue poco a poco aprobando las asignaturas, bien que jamás pasaba del cinco raspado o, a lo sumo, el seis.

    Finalizó así el Bachillerato, a trancas y barrancas, con una media exigua que no le daba para mucho, apenas para acceder a ninguna facultad. Pero por aquellos tiempos la universidad estaba necesitada de clientela, cuanta más gente estudiase, mejor. Así, aprovechando que los números clausus se relajaron, al año siguiente pudo iniciar estudios de ingeniería que dejó al poco tiempo por la carrera de enología, de nueva implantación en el campus.  Era su destino. No dudó ni un momento durante su etapa escolar que su futuro pasaría por una estrecha vinculación con el mundo de los alcoholes. La biología había sido una de sus asignaturas predilectas, en especial la parte de las formulaciones de la química orgánica. Disfrutaba mucho escribiendo y desarrollando aquellas fórmulas mágicas para él de los compuestos con el grupo hidroxilo. Durante aquella etapa preuniversitaria había perpetrado un primer intento  de crear su propio alcohol, su propia destilería lográndose hacer con un alambique casero. El resultado no pudo ser más desastroso para su salud ya que lo único que consiguió destilar fue un producto altamente tóxico que lo tuvo en cama en diversas ocasiones.

   Pero aquellos estudios, aquella sapiencia inconmensurable ( pues ya se sabe que si una materia suscita el interés del alumno este la absorbe inmisericordemente) pronto comenzó a resultar cada día más molesta. No por nada, sino porque su ya castigado hígado comenzó a dar muestras de rebeldía, de un basta ya claro y rotundo. Una mañana en la que despertó de una pesadilla paranoica en la que se estaba ahogando en una gran cuba de vino añejo notó unos fuertes dolores en su bajovientre e intolerables pinchazos, como agujas de gran finura, en la parte derecha de su barriga. Intentó incorporarse pero no pudo hacerlo. Los dolores cólicos se lo impedían y, tratando de pedir ayuda, quedó tumbado allí, solo en su piso de estudiante, del que ya habían salido sus dos compinches de farras y abusos.

   Era un colapso hepático en toda regla, que lo mantuvo al borde de la muerte desde aquel día en que entró en coma. Finalmente, un día de abril, despertó a la vida,  poseedor de un nuevo hígado prestado por la familia de un fallecido, no castigado por años de  vida espirituosa.  La vida ( o la muerte ) le  había concedido una nueva oportunidad y no quiso desperdiciarla. Terminó sus estudios de enología al mismo tiempo que su nuevo-viejo hígado se sumía en una nueva pesadilla cirrótica ya inapelable. Quique no había querido desperdiciar esa nueva oportunidad y había regresado por la puerta grande al mundo de las embriagueces, de los sueños fragmentados por despertares precoces, de las vomitonas evasoras de un mundo circular. Pero si algo no se le podía imputar era de no saber bien de lo que hablaba, de no conocer bien su terreno, su materia y fue así como consiguió muy pronto un buen y remunerado trabajo en unas antiguas bodegas industriales de gran producción a nivel nacional. Era uno de los mejores y mayores expertos en enología de su promoción, conocía muy bien el mundo del vino, sus vericuetos, sus aromas, sus añadas, sus delicados y fragmentados toques de madera, sus tonalidades diversas al trasluz.

    Comenzó así su breve periplo como enólogo profesional, viajaba a ferias de vino, asombraba a propios y extraños con su sabiduría, era invitado de honor en congresos y seminarios y hasta llegó a coquetear con la docencia en alguna colaboración puntual con la universidad que le imploraba día sí, día también su regreso hacia un doctorado cum laude. Pero Enrique perdió aquel tren como acabó por perderlos todos, postrado en el andén del alcoholismo. En su puesto de trabajo acabó por durar menos que un caramelo a la puerta de un colegio. Un día, antes de levantarse con dificultades para ir a las bodegas, vio una carta que habían deslizado por la puerta de su apartamento. 

  La misiva era espeluznantemente clara: estaba de patitas en la calle, despedido y abochornado. La empresa había descubierto su secreto, ese que jamás pensó que fuera posible de demostrar. Aproximadamente el 3% de la producción mensual no se había evaporado o perdido en los enormes camiones cisterna que transportaban el oscuro líquido destilado, sino que se había deslizado lenta pero irremediablemente en su tracto digestivo. Descubierto y derrotado, su sistema nervioso se deslizó por una senda insondable con un único destino. Tamaña proporción de alcoholes no podía más que agravar su ya delicado estado de salud, solo podía embrutecer su graso hígado que llegaría a mostrarse como ejemplo de tumor desmesurado.  Completamente alcoholizado se fue muriendo poco a poco de una cirrosis hepática fulminante. 

  Su triste y corto devenir entre los mortales se acercaba indefectiblemente a su fin. Y quiso acabar sus días como vivió, envuelto en el alcohol, bañado en el sagrado néctar de Baco, ahogado e inerte en  su vino como el duque de Clarence en la tragedia shakesperiana.  Poco después de expirar, su derrotado organismo fue preparado en el tanatorio tal y como él lo deseó: fue su ultima y correspondida voluntad, una boutade, un esperpento, quizás el capricho de alguien fuera de sus cabales. Un ataúd en forma de cuba de vino, repleto de un suculento caldo de La Manchuela, su favorito, inundaba su cadáver y dejaba ver por un ventanuco su rostro enrojecido por el líquido pero, no obstante, con ese desagradable aspecto de máscara de cera. Así se despidió, inundado en alcohol, como quizás hubiese querido haber sido gestado en el saco amniótico de su  madre.

*imagen: www.dtlux.com

lunes, 13 de enero de 2014

La nación de la risa

    

   Aquel país había vivido por encima de sus posibilidades, se hartaban de decir los corifeos de las familias de más rancio abolengo de la nación. Precisamente ellos, los que habían vivido siempre en el lujo y la opulencia fueron los que difundieron aquella especie. Y todo aquel sonido siniestro que salía de sus gargantas, en especial en televisión, fue asumido casi sin rechistar en colas del cine, del pan o en bares en los que se amontonaba la gente para ver los partidos. Era la manera habitual en aquella tierra, como en todas, de controlar las mentes bien pensantes e ingenuas de su sociedad civil y militar.

  Pero entonces, una exigua minoría que, siendo analfabeta funcional y no habiendo llegado nunca a realizar siquera los estudios medios, era ya en aquella época la más diligente e instruida, sin haber leído un libro en su vida, alzó su voz y se levantó cívicamente contra los responsables de tamaño desastre, ellos, gente dura y tosca, sin formación de ningún tipo, solo con su primario sentido común. Fueron estos los que comenzaron a organizarse sin saberlo. Ellos difundieron el rumor de que los culpables de la depresión en la que vivían eran unas cuantas familias que dominaban aquel régimen antidemocrático conocido como democracia. 

   No caló al principio entre la masa de licenciados inertes pero, en unos meses, incluso los catedráticos de universidad, los científicos más reputados ( aunque exiguos) así como escritores e intelectuales varios cuando se reunían en opíparas cenas, en lujosos espacios acristalados en donde compartían sus conocimientos absurdos e inanes, comentaban con odio que habría que diseñar un enorme trasatlántico en el que se metieran a la fuerza a todos y cada uno de los políticos y después abandonarlo en medio del enorme océano, sin suministros, sin gasóleo, a la buena de Dios y que, de esta manera, muriesen de inanición.  Era un pensamiento débil, burdo y de personas vulgares como ellos solían decir, pero ya entonces muy difundido por todas las arterias y venas de aquella sociedad otrora denominada con el falso epíteto "del conocimiento".

   Los desheredados, los humildes, quizás los menos sabios pero, a la vez, los únicos con cierto sentido común, habían tomado conciencia de que su empobrecimiento era colosal mientras el enriquecimiento de sus líderes no tenía parangón. Cansados de que les esquilmaran acabó por generarse un clima prerrevolucionario, difícil de detener.  Pero como siempre sucedía en esa patria, los cabreos acababan por ser pasajeros. A una nueva noticia de un robo, de un saqueo, de un desfalco y el consiguiente cabreo popular solía suceder un ideal de relajación, una pasión diríamos de quietud y sosiego que siempre iba acompañada de grandes dosis de humor. Así había sido siempre y así era ahora. Esa minoría rebelde, la de menos formación, acababa dejándose llevar por el conformismo del resto de la sociedad, en especial de toda aquella enorme masa de titulados universitarios, de doctorados y sabios que por doquier habitaban aquel reino del estancamiento económico perpetuo.

     La ilusión de revolución pronto se fue borrando del imaginario colectivo. Nadie supo muy bien qué es lo que había pasado para que un pueblo al borde del shock general, pleno de odio contra la casta que los dominaba desde hacía décadas, de repente, un día por la mañana, hubiera vuelto como por encantamiento a la situación de mansedumbre anterior y, lo que es peor, ya no hablara de todo aquello.  Y no es que se hubiese regresado a aquellas insulsas conversaciones de ascensor, a aquel frenesí violento de gritos por el arbitraje en un determinado partido de fútbol, al chascarrillo barriobajero sobre la vida de tal o cual inmundicia humana, no. Lo que pasó fue mucho más grave y quedó, para siempre, registrado en la memoria colectiva de idiotas y listos, titulados y currantes.

  Sin que nadie supiera muy bien por qué esa mañana todo el mundo estaba alegre, sonreía al salir de su postigo, por la calle saludaba con alborozo y alegría a sus convecinos, al llegar a la tienda todo eran sonrisas cómplices con los desconocidos y risas cada vez más sonoras con los conocidos. En los bares, abiertos como siempre desde antes del amanecer no era necesaria el carajillo en ayunas para despertar la alegría por doquier. Todo el mundo estaba muy, pero que muy contento con todo lo que veía y escuchaba. Se produjeron hechos curiosos que dan que reflexionar. Al paso de un coche fúnebre muchas personas, sin poder evitarlo, señalaban la caja en el interior de los cristales tintados y reían de manera extraña al comentarlo con su convecino de acera. O también cuando alguien era abordado por la calle y robado impunemente por algún carterista, en algún tirón, en vez de enfadarse y denunciar el robo reía descojonado señalando al ladrón que ya no corría, sino que seguía su marcha entre el aplauso general de  los testigos. El propio ratero saludaba a la concurrencia con una sonrisa que dejaba ver su deplorable dentadura.  

   Para que veamos a qué extremos se llegó, se produjo un atropello que casi le cuesta la vida a un motorista, embestido brutalmente contra una fachada por la negligencia de una buena señora que conducía sin percatarse del rojo del semáforo y, ¿creen ustedes que la policía le tomó siquiera los datos?. Al contrario, cuando llegaron las autoridades, entre sollozos provocados por la risa emocional, daban unas palmaditas en la espalda a la infractora. Respecto al accidentado, ya fallecido, decenas de personas veían entre sonrisas sus últimos momentos de vida ante su pasividad. Cuando los servicios sanitarios llegaron nada se podía hacer ya por él que, sin el casco reglamentario, había perdido parte de su masa encefálica sobre los adoquines.

  Hechos así se repetían sin dejar de suceder alrededor de pueblos, barrios y ciudades del país. Además, las autoridades municipales no veían nada extraño en estos comportamientos puesto que ellos, ahora, formaban parte de la misma clase social que el resto: la de los chistosos. Toda la nación era ahora alegre y graciosa. La igualdad por la que habían estado clamando desde hacía años era ahora más real que nunca puesto que todos se podían equiparar en listeza, cualquiera podía contar algún chiste mejor que el de su compatriota.  Bueno, mentiríamos si dijésemos que todos eran ahora alegres y felices. Había unas cuantas familias, en particular una familia en concreto, que era la que había estado ostentando durante 40 años el poder económico y político pero a la que nadie lograba identificar con claridad que no compartía la alegría, al menos no de  puertas adentro.

  Muy pronto grandes masas de personas sin trabajo, que habían estado buscando en los contenedores algún pedazo de comida no roída todavía por las ratas, comenzaron a realizar manifestaciones de alegría colectiva, reuniones en los barrios en las que, de manera rotatoria, en improvisados escenarios, los más graciosos salían a contar sus vidas de manera tan chistosa que a todos les chorreaban, cual néctar salino, lágrimas, llantos de regocijo. Las carcajadas eran casi dionisíacas, desproporcionadas, las caras se desencajaban y los escasos servicios sanitarios que la mangancia de los políticos había permitido subsistir debían recoger a personas con grandes dolores musculares, con sus mandíbulas descoyuntadas.

     Todo el país estaba envuelto en una pandemia severa de alegría que estaba empezando a tener graves consecuencias: pronto empezó a morir gente. Muchas personas fallecían después de largos minutos presos de ataques de risa, bien de paro cardíaco, ictus cerebral o, sencillamente, por el agravamiento de los males que les aquejaban. Aquel siniestro y detestable día las gentes fueron cayendo como ratas envenenadas. En un recuento posterior hecho por personal sanitario internacional, que tuvo que ser habilitado desde el extranjero, se hablaba de una auténtica tragedia de carácter apocalíptico: no miles ni centenares de miles sino que millones fallecieron en aquel día y posteriores. Fueron necesarias en las ciudades y partidos judiciales de mayor envergadura habilitar terrenos baldíos para, en grandes fosas comunes, ir depositando a las personas que, amontonadas como basura, se depositaban con sus cuerpos retorcidos, en ocasiones partidos por la labor de las palas mecánicas. En multitud de provincias se tuvo que utilizar las incineradoras de basura para quemar la amalgama de carne y huesos que había quedado amontonados por calles y plazas. 

    Exactamente una semana después de haber estallado aquella ponzoña funesta muchas personas, algunas todavía en centros de salud improvisados, dejaron de reír.  La ciencia moderna no acertaba a comprender la naturaleza de aquel  virus histrión, acaso inyectado por el aire, como sucede en los ataques químicos de las guerras. Lo cierto es que la gente dejó de reír y solo entonces comprendió la magnitud de la catástrofe. Muchos de los que se  habían salvado comenzaron a asimilar todo lo que les había sucedido en aquellas jornadas de vivaz júbilo y regocijo. Comenzaron a sospechar de sus élites. Hay que señalar que, cuando las estadísticas salieron a la luz, aunque obviamente manipuladas, se supo que el país era mucho más rico que un mes antes, más próspero, de la noche a la mañana, un país que había sido la rémora impertinente de la Europa entera. Ya no había tanta población pasiva, en especial pensionistas y, además, milagrosamente la tasa de desempleados se había reducido notablemente, algo que no sucedía desde hacía décadas, antes del inicio del Gran Estancamiento. Estas noticias, anunciadas a bombo y platillo por las autoridades, con ciertas dosis de complacencia, en medio del luto nacional, la indignación se apoderó de aquella opinión pública. ¿ Habían acaso las autoridades autorizado una masacre jocosa?. Tenía que ser culpa del gobierno, clamaban por las calles. 

  Pero el tiempo pasó y la reflexión que sobreviene a la revuelta propició análisis más acertados. Quizás todo aquello no hubiese sido obra del maligno, encarnado en el poder ejecutivo, en aquel horrible personaje que maltrataba al  país con sus medidas sociopolíticas. Cabía la posibilidad de que hubiese sido, sencillamente, un contagio mimético de una sociedad complaciente. A fuerza de transigir, de no protestar, de mirar para otro lado durante décadas en lo que respecta a los asuntos públicos se habían dedicado exclusivamente a la crítica mordaz, sagaz acaso, pero humorística al fin y al cabo. Y, entonces, ese país había llegado al paroxismo de la gracieta y el chascarrillo. 

    Tanto había sido así que, tiempo después de haber quedado totalmente claro que nada oscuro ni organizado desde instancias superiores había detrás de aquellos millones de muertos, algunos ciudadanos la tomaron con los humoristas, con el humor gráfico y televisivo, con los graciosillos y acabó instaurándose una dictadura de lo correcto, donde el menor atisbo de humor era duramente penado por la ley. Y, sin embargo, aquella sociedad, aquel estado, aquella nación era consciente de su culpa, de su negligencia y de su parsimonia. La pandemia de humor, de risa incontrolada solo había sido posible en un país como ese, en el que a fuerza de no quejarse, de no luchar por sus  derechos habían descuidado toda la crítica en el chiste, la chirigota y la burla. Un país que había sacrificado su propia existencia por una vida tranquila y jocosa. Ese país estaba ahora mejor económicamente, había logrado el ansiado despegue, el crecimiento sostenido y sostenible pero como sociedad amoral que había llegado a ser estaba muerto  para siempre.

jueves, 9 de enero de 2014

Caquexia



  

  Julius vivió durante buena parte de su vida en la total indigencia. Era un pordiosero, pues vestía ropas hechas girones, ennegrecidas de tantas noches al raso, durmiendo en cajeros automáticos y entre cartones. Cuando se cansaba o lo echaban los seguratas que llegaban de madrugada a incordiar, se buscaba un refugio debajo del Puente Viejo. Llegó a tener su propia ruta turística por la ciudad: Puente Viejo, Puente de las Lamentaciones, Puente del Ferrocarril, pasarela del mercado, Puente del Trimilenario. Así transcurría su vida, una vida llena de extremos: extremadamente hambriento, extremadamente sucio, extremadamente solo.

   Su existencia era verdaderamente indigna y estaba resignado a acabar sus días en algún lugar de aquella urbe que se había convertido en su cárcel, en una burbuja plastificada como la de  un inmunodeficiente grave, como algún inmaduro pulmonar en una incubadora, perenme, permanente, de la que no podía escapar.  Se encontró además con la mala suerte de vivir en una ciudad llena de seres insolidarios y avaros, que solo miraban para sus adentros, incapaces de entregar al prójimo una pizca de su bonhomía. Eran siniestramente ingratos. Es cierto, aquella ciudad había sido extremadamente rica y lo seguía siendo en cierto modo. Sus habitantes presumían de vivir en el mejor de los mundos y, descarados, deambulaban a diario en radiantes Mercedes-Benz o Audis, gastaban en lotería unas sumas muy grandes con la esperanza de ser enriquecerse más todavía.

   Sin embargo, como digo, no aparecía nunca en sus conciencias el remordimiento típico en las clases pudientes que les anima a entregar siquiera un plato de sus sobras, alguna prenda anticuada, una pequeña limosna, un pedacito de su bienestar, porque por no sentir ni siquiera sentían la llamada de la caridad. Solo unos cuantos atrevidos, casi revolucionarios, considerados malos ciudadanos, se dignaban en aportar una mínima parte de lo que podían a este grupo de desgraciados. Y se daba la paradoja de que eran estos los que menos recursos tenían, los que rozaban con la punta de sus dedos el delgado filo que los separaba de un desahucio, de un drama familiar, los que podían acabar, en definitiva en cualquier momento, en la misma situación que la de nuestro protagonista.

    El hambre se apoderaba de su penoso transcurrir. Parecía como un ser transportado en el tiempo por algún ingenio maléfico y traído a la actualidad desde la postguerra. Su aspecto de suciedad y su extremada delgadez se debía sin duda a su voraz apetito no satisfecho. Rebuscaba en la basura pero no encontraba más que alguna fruta carcomida o muslo de pollo roído pues, como he dicho antes, los ciudadanos eran tan tacaños que ni siquiera depositaban en la basura los  residuos orgánicos sobrantes: los incineraban en sus hogares o en sitios llenos de corrupción en los que unos cuantos desalmados se forraban quemando la basura ajena. Aunque extraño a cualquier extranjero, resultaba para ellos como un hábito que tenían asumido como costumbre. Alguno podría pensar que era una manía, pero sin duda una manía nefasta.  Estaba tan delgado que podía pasar alguna que otra noche en lugares más cerrados, como debajo del sumidero principal de la rambla, formado por gruesos barrotes de hierro pintados. Allí,  impregnado de un olor nauseabundo pasaba la noche junto a ratas, cucarachas y todo tipo de coleópteros. Allí soñaba con un futuro mejor y, lo que es más importante, sobrevivía.  La luz tenue del amanecer chocaba contra su condolido cuerpo antes que en el de nadie y casi le hería, todavía aturdido por la inmundicia. Estaba vivo y era suficiente, pensaba sin pensar.

 Superando así el ciclo completo de 24 horas, en aquel lugar inhóspito y frío en invierno, con una humedad que carcomía los huesos, renacía alegre todas las mañanas. Era tal su ingenuo alborozo que, en su deambular por la calle mayor, todavía casi desértica, sonreía a los transportistas que dejaban su mercancía logrando algunas monedas con las que llevarse algo a la boca. Pero no nos llamemos a engaño: los portadores de materia prima eran foráneos y agradecían, como no puede ser de otra manera, una sonrisa de complicidad a su duro y laborioso esfuerzo, aunque fuera de una boca ennegrecida y mellada de un personaje extraño y casi minúsculo que, solo en apariencia, deambulaba ebrio a esas horas intempestivas. Remarco la palabra "foráneo" porque en aquel rincón del mundo eran los únicos revestidos, en apariencia, de cierta humanidad.

   Ese sentimiento desaparecía cuando los despreciables habitantes de la ciudad, esa ciudad que quizás no tenía la culpa de tener esa calaña de moradores, pero que había sido prostituida por ellos, comenzaban a llenar las callejas del casco viejo. Entonces el espíritu de alegría se veía devorado por la agria personalidad de aquellos seres viles. Saltaba a la vista que un ser jovial y optimista, solidario y paupérrimo como Julius molestaba.  Y no solo él, sino todos aquellos que caían como un cuentagotas en la miserable situación de la pobreza absoluta.  Aunque no fuera de esperar, acabó sucediendo la tragedia concomitante a una micro-sociedad así dispuesta. Pronto los habitantes de aquel lugar decidieron limpiar sus calles de esas personas inconvenientes. Estaban hartos de percibir aquella vibración de alegría que Julius y los demás Julius, los nuevos Julius, lanzaban impunemente al aire cada día más irrespirable para ellos del corazón de la ciudad.

    Fue como una obligación para ellos, un deber casi sagrado: evitar que su forma de vida, su cerrazón, su carcundia, pudiese quizás verse modificada, alterada, doblegada por la alegría de aquellos pobres que nada tenían ni temían. Pronto una comisión impulsada por el cabildo municipal quedó integrada por los más notables del lugar. Por resumir un poco los acuerdos a que llegaron debería decir que se establecieron unas patrullas (llamadas a partir de ese momento policía de barrio) que se encargaban de prohibir a los indigentes rebuscar en la basura, apostarse en las puertas de los mercados, pedir en los aparcamientos de coches o incluso acercarse a las calles más comerciales y concurridas. De esta manera, en cuestión de semanas, muchos fueron muriendo de agotamiento ante la indiferencia generalizada.

   La muerte les llegaba en cualquier lugar en el que hubieran caído rendidos, extenuados de cansancio y entonces, obra de la comisión ciudadana, un grupo especializado se encargaba de su recogida, como si de residuos orgánicos o animales reventados por camiones fueran. Los viles habitantes de la urbe no tenían remordimientos porque en todos y cada uno de ellos se había asentado una ideología que había cimentado en sus corazones.  Los más mayores la transmitían a sus hijos y estos a los suyos que, reforzados por las enseñanzas de sus abuelos, reafirmaban en su intelecto la siniestra idea de lo útil. Había cosas útiles y otras inútiles y, entre estas, estaba esa parte de la población en la extrema pobreza que si en esa situación se encontraban por algo sería. El "por algo sería" era como un eslogan que flotaba como un pútrido perfume que para ellos era sublime.

  Pero volviendo a Julius, con enorme coraje y voluntad conseguía sobrevivir día tras día, gracias a la ayuda de alguno de los visitantes de la ciudad. Es cierto que aquella ciudad no tenía ningún atractivo turístico reseñable salvo algunas ruinas que la especulación urbanística había tenido la piedad de respetar, normalmente lugares desvencijados, trozos de una historia que no les importaba olvidar. Pero su benigno clima atraía a numerosas personas a las que la fealdad de la urbe cogía por sorpresa, desinformados del lugar al que acudían con sus cámaras de última generación multidisparo. Lo cierto es que gracias a ellos, en las entradas a la ciudad, donde las patrullas de barrio no llegaban por el momento, lograba la caridad de los viajeros y podía, al menos, comer un bocado cada día. Pero esa breve y misérrima nutrición no era suficiente. Pronto su delgadez se precipitó alarmantemente por el sendero que solo permite discurrir en una sola dirección, como el agua de un río minúsculo, similar al tenía aquella desgraciada población.

   El quinto día cayó al suelo cuando trataba de llegar a un horno de pan que estaba a punto de cerrar. Algunos días, muy de mañana, tras una noche de laboriosa faena entre harinas, elaborando todo tipo de panes y dulces, los panaderos, al marcharse a sus casas para dormir unas cuantas horas, descuidados, dejaban caer al suelo ese polvillo de harina que las barras tienen recién horneadas y que queda impregnado a sus ropas y cabellos. Era de esta manera como una inconsciente propina que entregaban sin saberlo. Ese blanco, fino y casi imperceptible limo era ya el único sustento vital de Julius y de otros que, como él, aparecían moribundos en las cercanías de estas humildes y urbanas industrias. En el pavimento sucio y lleno de inmundicia de aquella calle se esfumó la última esperanza vital, el último aliento de este ser desgraciado. Su cuerpo sin vida sería recogido por la brigada de desechos de urgente eliminación, eufemismo que ocultaba el pequeño genocidio de una sociedad desalmada. No había muerto por el hambre sino por su consecuencia más extrema, la caquexia pero en el fondo de nuestros corazones sabremos comprender que murió por la indignidad de una sociedad  y que si acaso una autopsia hubiera penetrado en ese amasijo de huesos y piel,  hubiera certificado que la auténtica causa de su final había sido endógena: había muerto por un sentimiento claro de vergüenza ajena.

*foto: www.lamarihuana.com

domingo, 5 de enero de 2014

Mi yo y mi alter ego

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Primaticcio: Rapto de Helena
  Apoyando el oído, un sonido gutural, casi siniestro y, sin embargo, un poco divertido se escucha en el interior de su barriga. !Sí¡, es alegre, tremendamente alegre y vivaz. ¿Cómo ahí, dentro de esa carne, de esa barriga cada día más redondeada y brillante, poseedora de un simpático ombligo retráctil, que entra y sale a voluntad, puede haber un diminuto ser que se retuerce, bebiendo, riendo y preocupándose, chupándose los dedos de placer, oyendo ya como oímos los seres humanos al bucear levemente en el bravo mar, sonidos acaso mágicos y celestiales o seguramente inquietantes?. Sí, es ya una persona, pero mínima, con el contador de su memoria ya en marcha, viviendo su vida, trascurriendo levemente, flotando cual astronauta en la desaparecida atmósfera de un lejano planeta, acaso Saturno o Júpiter, al que algún día llegue sin proponérselo.

  En un mundo desconocido por olvidado ya se emancipó, ya es un ser completo, con su ciudadanía por alcanzar pero, en cualquier caso, no idiota, sino sabio. Porque lo sabe ya todo: todo su entorno, todo su líquido amniótico, toda su pequeña celda circular y amorfa, en la que puede desarrollar la entelequia de un espléndido futuro en el exterior, por el que luchará para llegar a él, a su pronta liberación. Ser total y absoluto, ha completado sus órganos, su desarrollo físico y mental, realiza ejercicios de mantenimiento en la bolsa llena de agua que traga y respira, cual pececillo inquieto, filosofando ya:¿en dónde estoy?.¿Hay algo más allá, ahí dónde se ve la tenue luz y se escucha el sonido extraño?.

    Pero, ¿cómo?. ¡¡No es uno, sino que son dos!!. Explosión de alegría, ¡Alborozo y júbilo!.  Por algún extraño sortilegio, por una maravilla de la natura, quizás por antecedentes genéticos dignos de ser investigados por algún Poirot o Holmes, han crecido dos mónadas, dos seres quizás idénticos todavía. Son dos humanos conscientes de su desconocimiento porque todavía no saben apenas nada, incluso que no están solos ahí dentro. Son Dante y Fernando, sus seudónimos paternos, pero, en realidad no saben todavía que serán llamados como Francisco y Alejandro; como Miguel y Rafael. El primero que deje de respirar líquido será Fran, en honor a mi querida abuelita paquita, a la que tuve la desgracia de conocer muy pronto, demasiado inmaduro para haber disfrutado de su presencia, pero que tanto me quería  y también evocando a  mi mejor y apreciado tío Paco, hijo de mi abuela. Pero, además, el nombre Francisco me trae siempre a la memoria mi nunca oculta admiración por la gran patria Francesa. Admirando la Francia entera, a la que siempre me hubiera gustado haber pertenecido también me llega al entendimiento aquel joven Giovanni Bernardone, aquel rico que lo dejó todo y a todos por llevar una vida que quiso que fuera de pobreza , por ayudar a los desposeídos en un mundo de desposeídos, ocupándose de enfermos y necesitados. Ese Francisco ( pequeño francés o francesito) italiano nacido en una aldea de Asís que, por su faceta humana y pecadora, que no religiosa, es admiración de toda la humanidad.


   El segundo que contacte con el aire, más pequeñito con seguridad, tranquilo y sosegado, quizás mordaz y sagaz acaso, será Alejandro. Como aquel Paris de Troya, abandonado a vivir una vida de cabrero siendo el más bello y poderoso príncipe, el que decidió la disputa, el que amó a Elena, el que venció a Aquiles, el que murió defendiendo su honor y el de los suyos. También fue aquel hombre grande, casi un Dios, que llegó a dominar el mundo a los 33 años. Ese Alejandro, esos alejandros míticos e históricos, esa valentía, esa lucha por la superación es la que tendrá Alex. Y ya puestos, ¿Por qué no un segundo nombre?. Miguel y Rafael siempre serán esos artistas renacentistas, esos creadores de lo sublime. El  humanismo de unos seres todavía non-natos, su pericia, su búsqueda de la sabiduría, su lucha y esfuerzo, su superación, como aquellas bóvedas de la Sixtina, como aquel fresco de los clásicos, en la signatura, con Aristóteles y Platón,  junto a los sabios de la antigüedad que nadie ha logrado superar ni superará jamás. Ni más ni menos, carne de mi carne, mi yo y mi ego, o mi alter-ego: Francisco y Alejandro, Alejandro y Francisco.

Gandía, 3 de Enero de 2014