viernes, 15 de noviembre de 2013

El postre del gato

 
Aquella mañana dentro del apartamento desde el que se visualizaba a la perfección English Bay había un olor insoportable y nauseabundo. Un cadáver yacía en el suelo de una habitación cuando la señorita Martha llegó a su hora para limpiar. Era el dueño y único habitante de esa morada. Un joven y atractivo yuppie al que ya habían echado de menos en la oficina de un pequeño banco de inversión. Su masa encefálica se encontraba adosada en gran medida a la pared en la que se encontraba la ventana que daba a la bahía y que estaba también repleta de salpicaduras de sangre. Sin embargo, cuando la policía forense llegó algo llamó la atención de los investigadores: había muchas manchas de sangre en las paredes, es cierto, y trozos de sesos por doquier pero no en el suelo. No, nada había, justo allí donde se encontraba tirado el fiambre. Y algo que después de realizadas todas las operaciones de recogida de evidencias científicas se comentó en la unidad de criminología forense: faltaba cerebro. Aunque esta circunstancia no acabó siendo reflejada en el informe final, el inspector McEvoy no dejó de ponerlo de relieve en la reunión que, tres días después, tuvo con sus subalternos tras el asqueroso café de máquina que se tomaba todas las mañanas cuando llegaba al  trabajo. ¿Quién estaría tan enfermo para, después de descubrir  al joven ejecutivo inerte, pálido, con un tiro en la cabeza, recoger parte de los sesos desperdigados y llevarselos como un trofeo a su casa?. Lo cierto es que nadie en la oficina acertó aquel día a dar con la clave.


 De la investigación concienzuda se dedujo que el joven había muerto de un solo disparo y que lo más probable es que se tratase de un suicidio. Pero nadie se podía imaginar que ese suicidio tenía un responsable macabro, un vil asesino del que la policía jamás tendría noticia. Un crimen que jamás se resolvería y un delincuente que jamás podría ser imputado. Yendo unos meses hacia atrás vemos a una persona tomando un gin-tonic con una atractiva chica en la terraza de un pub irlandés. Ella tiene una caja entre sus piernas y dentro de ella hay un pequeño gatito blanco. Este procede de una camada más amplia de una gata que la chica tenía en su casa de campo. Ella había puesto unos carteles en diversas farolas de la ciudad para deshacerse de tan inmensa prole. Una mañana un joven había llamado por teléfono y ella había acudido a la cita con el gatito en una caja. Después ambos habían continuado con la amistad y ella había frecuentado su círculo de amistades pero había una cosa que ambos compartieron desde el primer momento. El gato.

      Los dos jóvenes se hicieron pronto amantes y mientras llevaban a cabo su juego diario el pequeño gatito observaba incrédulo la actuación. Sabemos que los animales carecen de conciencia, pero también sabemos que pueden albergar algunos sentimientos primarios que quizás no son capaces de controlar. Entre ellos se encuentran los celos. Así, vemos como ciertos felinos superiores son capaces de rechazar a una cría o devorarla sin piedad. Desconocemos bien el mecanismo mental que conduce a este crimen pero lo cierto es que el gatito, tan chiquitín como era, comenzó a sentir algo en su interior que no podemos describir adecuadamente puesto que la psiquiatría no ha abordado todavía una especialización ligada a la veterinaria. Si hubiese sido un niño o un joven diríamos que tenía celos, unos celos ardientes del joven ejecutivo. Porque, en el fondo, la pequeña cría, separada tempranamente de su madre, había tomado a al joven y delgada mujer como a su verdadera madre. Viéndola gemir y gritar encima de la cama o en el sofá del salón, pensaba en su interior que algo malo le estaba pasando y que el responsable era ese individuo al que apenas conocía. 

    Poco a poco el felino casi insignificante comenzó a albergar, no se sabe muy bien porqué, un sentimiento más elaborado. Sin ser consciente de ello, alguna fuerza extraña y ajena a él vio la oportunidad maléfica de perpetrar algo malvado, siniestro, que atrapara para su redil una alma descarriada, pecadora, ominosa. Así, lo desconocido se apoderó del gato. Ciertamente el joven observó con preocupación la agresividad del pequeño gatito: prácticamente no lo podía ni acariciar, enseguida mostraba sus afiladas garras y sus pequeños dientes de leche, amenazante siempre. La cuestión es que cuando ella llegaba a la casa él tenía las manos y los brazos llenos de arañazos, cada día más profundos. Mientras ella permanecía en el pisito y después de hacer el amor, fumando y mirando la profunda bahía, el pequeño gato se acurrucaba en una esquina de la pequeña habitación, maquinando su cruel venganza.

   Una mañana el joven despertó sobresaltado y sudoroso en la cama. Había tenido una sucia pesadilla, unas imágenes de sangre y violencia le habían hecho despertar sobresaltado. Y el susto no quedó ahí. Encendió la luz y el gato, erizado y como poseído de una fuerza demoníaca, se lanzó sobre su cara como si fuese un enorme imán y la cabeza del él contuviera enormes cantidades de metal. A duras penas logró el muchacho desprenderse de la gatuna forma. Tuvo que arrancarse parte de su propia piel y lanzar con todas sus fuerzas al diablo hecho gato contra la pared lateral, quedando este semi-incosciente. Cuando se miró al espejo vio con horror que su rostro había quedado abruptamente deformado, alterado, manipulado, lleno de arañazos de gran profundidad, cual marcas de cuchillo. Una pestaña había sido arrancada y el ojo quedaba, en parte, al descubierto. El horror se apoderó del joven que acudió rápido al hospital más cercano. Allí hubo de ser operado de urgencia en la unidad de cirugía estética. Sin embargo, aquellas marcas, aquellas huellas del mal, quedarían inalterables en su imagen. Y lo peor fue que la que más quería, esa joven que había entrado en su vida por un anuncio de publicidad, y de la que se había enamorado como un chiquillo, que le proporcionaba los momentos más alegres de su dura existencia, que había conseguido apartarlo de la depresión nerviosa por la que había estado ingresado en un sanatorio psiquiátrico durante un mes, comenzó a esquivarlo. 

   La joven sentía repulsión por ese rostro demacrado y pronto dejó de lado la relación. El ojo derecho del chico no podía cerrarse del todo, faltaba piel. Dos grandes cicatrices que partían, una de la oreja derecha y otra del pómulo izquierdo, atravesaban la cara. Una cara que ciertamente era ahora absolutamente desagradable e incluso asquerosa. De hecho comenzó a evitar a sus amigos y a sus más íntimos colaboradores en el trabajo. Después de unos días de baja médica acudió a la oficina y notó claramente como los que antes le admiraban por su vitalidad y belleza en las facciones, ahora lo evitaban. Incluso las mujeres que con el trabajaban dejaron de saludarlo. No tardó en esta situación de regresar a la profunda depresión. Así, una noche de insomnio, dolorido todavía por las marcas funestas que el gato había proporcionado a su cara, tomó la decisión más importante de su vida. Nadie quería ya quedar con él, sus pocos amigos no le llamaban, su novia, su amante, lo había repudiado. Ni siquiera le cogía ya el teléfono. En el trabajo todos le decían que debía operarse, reconstruirse ese párpado extirpado por las uñas del felino. Pero su ánimo estaba más que decaído. No se lo pensó dos veces: cogió una pistola que tenía guardada en la parte superior de un mueble y se quitó la vida de un balazo en la frente.

    En un último momento de lucidez, todavía vivo sobre la moqueta marrón, observó con terror como el pequeño gatito se acercaba a su rostro y se encaramaba a su cabeza. La sangre que brotaba por el agujero frontal y, sobre todo por el occipital, inundaba el suelo y buena parte de la masa encefálica que había salido por la parte posterior estaba desparramada por el tapiz que cubría su habitación. Fue entonces cuando, a punto de exhalar, giró su cabeza y pudo vislumbrar el verdadero rostro del gato. Este comenzó a devorar salvajemente los sesos y a lamer la sangre de una manera demoníaca. Entonces el joven corredor de bolsa supo que todo había sido un plan urdido por el maligno, que el gato no era más que un juguete, un instrumento que había perpetrado y precipitado su suicidio y que su destino estaba ya escrito, que su alma sería rápidamente atrapada y lanzada a sufrir los suplicios de Dante. 

   Dos días después el olor llegaba hasta el corredor que conducía a su apartamento. Un viejo vecino que estaba sordo reconoció el olor de la muerte. Llamó de inmediato a la policía que precisamente ya había sido informada de la ausencia al trabajo del muchacho unas horas antes. Minutos después la señorita Martha accedía con su llave de forma rutinaria, a su hora habitual de los martes, las 9 de la mañana. El fétido olor la alarmo  y rápidamente su estado nervioso declinó como si bajara una pronunciada rampa.  Fue ella la primera que descubrió el macabro hallazgo. La policía accedió en pocos minutos al hogar. Allí, el comisario McEvoy y sus subalternos policías atendieron rutinariamente un sencillo caso de suicidio. Caso cerrado. Pero, como dijimos al principio, el comisario no quedó del todo satisfecho. Algo había llamado su atención: había poca materia....poca materia.

  Mientras tanto un pequeño gato que había salido a escape de la casa cuando la señorita Martha penetró en el domicilio había devorado su diabólico postre. Esa maléfica posesión que había logrado extirpar del joven lo que más apreciaba, su alma, había marchado ya hacia su lejana morada. Y el pequeño gato, en la calle, todavía paladeaba su manjar, esa materia gris repleta de nervios rojos que le permitió subsistir un par de días antes de morir de inanición. 

martes, 12 de noviembre de 2013

La necesidad





 

 El amargo sabor de la recesión, esa que nadie ha llegado nunca a conocer fielmente, que jamás ha tratado o, al menos, no se ha tomado un café con ella en el bar de la esquina de Don Margarito, llegó sin avisar un día de invierno de finales de aquella década a la pequeña localidad de Villanueva. Era nuestro pueblo un lugar agradable pero frío, de bella y singular arquitectura, aunque un tanto deslabazada por el paso de los siglos. Había sido una ciudad renacentista y barroca y ahora era una ciudad moderna pero que conservaba en su interior algunas joyas de su magnífico pasado, esas que los ávidos turistas gustaban de malgastar.

   Cierto es que esa compañera de viaje había aparecido por allí en diversas y numerosas ocasiones. Los más viejos del lugar la habían saboreado durante décadas y hasta las gachas de harina eran más desagradables en su compañía. En realidad solo los más jóvenes ignoraban su rostro, su auténtica faz. Habían oído a los más viejos hablar en comidas y reuniones de taberna de su peligro, de su ingratitud. Pero jamás imaginaron que las necesidades más primarias del Ser Humano fueran a quedar sin abastecer por culpa de esa señora desagradecida. Así sucedió, de la noche a la mañana, que la mayoría de villanos comenzaron a percibir que ya no podían acceder a esas necesidades: la vivienda, el calor del hogar, las tres comidas principales, al menos ya no tan suculentas como antes, el sexo, al que habían tenido que renunciar muchos que lo buscaban furtivamente fuera de sus casas, en lugares de lenocinio y, por supuesto, el sueño, ese sueño que ahora era más ligero que nunca y que ya no permitía imaginar cosas bonitas, paisajes idílicos, futuros ignotos de grandeza. A lo más que llegaban ahora estos pobres desgraciados era a barruntar una especie de pesadilla que jamás terminaba.

   De esta manera, en escaso tiempo, como si de una epidemia de cólera morbo se tratase, muchos comenzaron a pedir a sus convecinos en las plazas y plazuelas, en los soportales de la Plaza Mayor o en los portones de las principales instituciones de la localidad, incluso en el enorme portón de la iglesia que permanecía cerrada por peligro de derrumbamiento. Había que jugarse el tipo por unas tristes monedas. La recesión era terrible, mayor incluso que la que acaeció nada más terminar la guerra, si bien aquella había sido silenciada a golpes de bayoneta, en las tapias del cementerio. Muchos de nuestros convencinos tenían todavía alguna esperanza a la que agarrarse. Consistía la misma en una serie de pólizas de seguro que habían contraído en tiempos de bonanza  y que, religiosamente habían ido abonando a los bolsillos inasciables de los grandes empresarios del país, esos que habían huído con sus dineros a mejores paraísos. Pero, sin embargo, muchos de esos seguros eran de vida o de invalidez permanente. Su descubrimiento o, mejor dicho, su redescubrimiento (puesto que muchos lo tenían en un sucio cajón olvidado) propició una avidez por la lectura minúscula y las lupas de las tiendas de chinos se agotaron: todos querían leer esas letras que jamás se habían parado a mirar con detenimiento.

   Ese afán por la lectura escondía el ansia por satisfacer aquellas necesidades básicas que muchos ya añoraban después de unas cuantas semanas. Por de pronto descubrieron que suculentas indemnizaciones llegarían como el maná a su hogares si sufrían accidentes con graves secuelas. De esta manera se fueron organizando en el pueblo, casi a escondidas, sin que las autoridades ni la policía se percatase, para inflingirse graves heridas que les permitieran recibir algo de dinero con el que sobrevivir en un medio extremadamente agresivo, como aquel ministro había dicho respecto a la reforma laboral. Primero fueron los automóviles. En poco tiempo chocaron muchos vehículos en las más escondidas y poco transitadas esquinas, esas que no tenían un ceda el paso o un espejito convexo de seguridad. Era la excusa perfecta. Pero pronto vieron que no era suficiente. Si querían vivir bien, aunque fuera mediante estas pequeñas corruptelas, necesarias para una sociedad que había sido esquilmada en gravísimos crímenes de corrupción política, como devolviendo de alguna manera ( no había otra forma de protesta más eficaz) un robo chiquitín por otro gigantesco, debían poner en marcha las claúsulas infernales de las pólizas de seguro. 

   Pronto comenzaron a aparecer daños graves en los sistemas de canalización de los campos de cultivo, roturas de cañerías en las viviendas, bajantes agujereadas, cristaleras rotas por arte de birlibirloque, muebles bufados en su interior por repentinos accidentes con el agua. Todo ello podía ser normal pero algo hacía sospechar a las autoridades: la frecuencia. Era casi imposible que todo este cúmulo de desgracias sucediera en tan poco tiempo. Y sin embargo, después de arduas investigaciones, nada se concluyó: simplemente estaban ocurriendo accidentes. 

  De igual manera que las autoridades no habían sabido predecir ni solventar la llegada de la maldita recesión, ahora los vecinos, en comandita o sin ella, provocaban, a sabiendas, la ruína de las aseguradoras y de la administración que tantos años les había estado robando. Era una venganza y una forma de superviviencia. Pero, no nos llamemos a engaño, todo esto era nada más que calderilla para pasar la semana. Había que dar un nuevo paso adelante si se quería sobrevivir y satisfacer aquellas necesidades que ahora esa mala víbora a la que ellos no habían llamado se estaba encargando de arrebatarles. 

   Tres meses después de la aparición de esa mala puta, tuvieron que tomar medidas más extremas si cabe. Fue de aquella manera como Villanueva se convirtió en un pueblo de tullidos, de inválidos, con una densidad desorbitante de graves accidentados. Por doquier aparecían en fábricas o en las tareas del campo mutilaciones de dedos y manos, de pies y piernas. Era como una plaga que nadie sabía como detener. El número de cojos alcanzó cotas inasumibles en una sociedad avanzada y a alguien arriba, en aquellas esferas del poder inalcanzables para el común de los mortales, se le encenció una bombillita de sentido común: estos villanos son unos sinvergüenzas, decían. Se están mutilando como forma de protesta y hay que acabar con ello, llegó a decir el subdirector del ministerio al subsecretario del mismo. Están poniendo en riesgo al sistema financiero, a las aseguradoras y a los bancos. Hay que parar esta sangría.
  
   Pero nada pudieron hacer: seguían apareciendo mulitalciones ocasionales, ya fuera con el cuchillo jamonero, en casa, intentando cortar una rebanada de pan para añadirle algo de aceite que restaba en la redoma, puesto que del jamón no se habían tenido noticias desde hacía semanas por el lugar, ya fuera con la cosechadora en el campo, por accidente que dejaba a más de uno sin pies ni manos. Más tarde la epidemia pasó a mayores con la aparición de hemiplejias y tetraplejias de gran calado, después de accidentes de circulación, ya fuera en los alrededores del pueblecito como en el propio casco urbano. Accidentes de tal gravedad que en una mañana, la del 26 de febrero, segó decenas de vidas inocentes dejando en silla de ruedas a más de 14 paisanos. 

   Era la desesperación llevada al máximo extremo de la negación de la dignidad del Ser Humano. Habían perdido la esperanza porque se la habían robado y no eran capaces ya, después de años de ignominia, de pensar que más valía vivir sin dinero que sin extremidades. Pero esas paparruchas a ellos no les detenía. Tras aquella mañana de accidentes concatenados y, más tarde también, con la aparición de salvajes actos de vandalismo precocinado, las autoridades decretaron el estado de emergencia, impidiendo a todos salir de sus casas. 
   De esta manera, en pocos días, comenzaron a producirse suicidios camuflados como accidentes. Así las familias de estos desventurados personajes, cobraban la prima del seguro, única forma de poder alimentar a sus hijos. Muchos salieron expelidos por los balcones, otros se abrieron las venas y los más sagaces incendiaron sus casas, pereciendo muchos en su interior. Pero al menos, la esperanza llegó a Villanueva: por un incendio, 10.000 euros; por una vida 50.000 euros. Así, con su sacrificio vital, lograron aquellos mártires de la recesión, sacar adelante a sus familias. Muchos, después de cobrar, huyeron sin mirar atrás y se juraron cual pacto sagrado no regresar más a aquel lugar infectado por la peste de la recesión. Una esperanza comenzó a correr por sus venas. Una ilusión de libertad y de progreso que contenía en sí misma el necesario olvido de los horrores sufridos cundió en ellos lejos de aquel lugar de espanto.

lunes, 4 de noviembre de 2013

Milky Way

      Aquella bóveda inmisericorde, enorme espectáculo de la naturaleza, había sido creada con un fin. Y ese fin debería tener un gran colofón. Eso pensaban algunos. Eso pensaba John C. Su aturullada vida la habían constituido un sinfín de despropósitos a cual más ridículo. En su adolescencia anticipada, pues nada recordaba de su niñez por una anomalía congénita en el cerebro que lo mantuvo en estado vegetativo hasta los 10 años, sueño del que despertó de repente, sin pedir permiso a nada ni a nadie, había sufrido múltiples vejaciones fruto de su calamitoso estado físico y mental. 

   Tuvo que aprender a hablar y a escribir a la edad en que los niños están ya masturbándose desaforadamente. Esa gran desventaja le provocaba enormes padecimientos que agravaban su ya delicado estado de salud general. A los 12 años comenzó, tras una traumática rehabilitación, a caminar de manera más o menos estable, pero nunca jamás derecha. Siempre tuvo una pierna menos desarrollada que otra y una cojera permanente que era el hazmereir de la clase de séptimo de EGB. Allí se convirtió en el "collón" después de unir la primera sílaba de cojo y refundirla con su nombre castellanizado.  Además su retraso educativo le hacía leer mal, con un ligero tartamudeo fruto de una pequeña parálisis en la lengua.
 
  Pero John que, a pesar de su  nombre, era español y vivía en un pueblecito del cantábrico,  sintió pronto una atracción irrefrenable hacia lo desconocido. Le atraía sobremanera el universo y gracias a un regalo de su padre, pasaba buena parte de las noche oteando el cielo con su pequeño telescopio de juguete. Fue así como creyó intuir la llegada del final. Una noche de verano, después de haber hecho parte de los deberes de Vacaciones Santillana, de haber olfateado una vez más, cual drogadicto, el sabroso olor de los libros nuevos, se alzó al tejado de la casona de piedra. Había allí arriba una especie de balconada interna, encima de la bajante del tejado que daba al corral interior. El pueblo estaba casi en total oscuridad y el cielo estaba raso y diáfano, como corresponde a esas noches de verano límpias de nubosidad, algo difícil de lograr en esas latitudes.

   El frío era también cortante puesto que una célula de aire fresco se había colado en la región desde el atlántico. Entonces, concretamente a las 23 horas John lo vió: descubrió el secreto de la Vía Láctea: su inminente final. Solo que un final que podía durar un millón de años. Pero el pequeño no sabía de esas cronologías y pensó que era inminente, cuestión de horas, todo ello un apremio. Aquello le angustió mucho porque pensó que jamás podría llegar a conocer todos los secretos que la naturaleza y la vida en sociedad nos revela con el paso de las décadas, con el envejecimiento progresivo de nuestras células. Lloró mucho, sufrió lo indecible pero el secreto que solo él creía conocer le aprisionaba el estómago. No pudo comer durante muchos días, apenas algunas papillas y líquidos para sobrellevar la ansiedad que se apoderó se sus entrañas y evitar la deshidratación. Saturnino, el médico del pueblo ya no sabía que hacer. Su familia no entendía lo que le pasaba, pero John C. supo a partir de aquella noche de observaciones aéreas el gran secreto que, en su ingenuidad inmadura, pensaba que solo a él le había sido dado a conocer: no quería revelar a nadie que todo principio tiene un final y que lo que ha sido creado debe ser asimismo destruido.

* imagen: pinceladasdepsicología.com

viernes, 25 de octubre de 2013

El terremoto




   Todos los días sacudían 4 o 5 terremotos en el corredor del instituto. Los provocados por la muchachada jovial e impetuosa cuando sonaba la música que marcaba el inicio y el fin, sobre todo el fin de la clase correspondiente. Pero además, entre las clases, se notaba un alargado temblor de tierra que notaba toda la comunidad escolar, con más intensidad los que estaban en la planta baja. Ese temblor cotidiano se debía al túnel ferroviario que atravesaba subterráneamente la avenida delantera, a la que la fachada del centro daba su cara principal. Puntual y maquinalmente un tren se adentraba en las tripas de la urbe reduciendo su escasa velocidad para evitar inconvenientes descarrilamientos. El túnel de bóveda de cañón, ennegrecido por el paso de los años y de los ferrocarriles a gasoil, servía de cobijo a horribles trolebuses sobre raíles, todavía no electrificados, que debían de detenerse en una vía muerta para dejar pasar al que iba en dirección opuesta. 

    Todos los días el reloj marcaba el paso de cada tren con un temblor en el suelo que se hubiera podido confundir con un pequeño terremoto, de unos 3 grados en la escala Richter. Era puntual y, por esta causa, nadie podía pensar que la tierra pudiera temblar desde mucho más adentro, desde sus entrañas más profundas, en las que albergaba un conjunto de fallas que friccionaban periódicamente evitando la acumulación desastrosa de una energía que podría provocar la ruina inminente.  Estos pequeños sismos, quasi imperceptibles, desplazaban los estratos más profundos sobre los que se asentaba la horadada ciudad muy lentamente, tanto que pequeñas grietas surgidas en los años sesenta apenas habían ensanchado su amenazante tamaño. Todo iba según lo previsto por los sismólogos, pequeñas descargas de adrenalina subterránea eran vitales para el conjunto de la comunidad.

   Todos los días los ciudadanos iban y venían maquinalmente desde sus hogares en altos edificios hasta las oficinas, dejando a los chiquillos en la puerta del instituto y olvidándose de ellos por unas cuantas horas. Ese maquinal trajín impedía que los ...tanos percibiesen siquiera el paso lento y cadencioso del terremoto horario que los trenes producían. Ni en sus peores pesadillas podían imaginar que la pequeña urbe de provincias estuviera a punto de derrumbarse. Para que todos ellos no sospecharan siquiera lo que se avecinaba, el fin de un modo de vida, de una civilización, se había producido en ellos un olvido general.  A primeras horas de la mañana olvidaban que tenían hijos, depositándolos como corderitos en el establo gigantesco de la mole de hormigón compartimentada en habitáculos llenos de pupitres. Después llegó el olvido general, una especie de epidemia que confundía un temblor de tierra con un terremoto brutal y sanguinario, que ni siquiera les hizo pensar que tenían hijos que recoger y que esos hijos podían estar ya muertos. Porque ese olvido general era también un conjunto de mezquindades personales, de egoísmos mundanos que casi inconscientemente les hizo huir despavoridos poco después de las diez de la mañana del 5 de Octubre de 20.... Antes de llegar a sus centros de trabajo sucedió el gran temblor. En sus coches notaron un primer zumbido sordo que repentinamente apagó los semáforos. Pensaron ingenuamente que era un rutinario e inconveniente corte de suministro. Pero a las diez y un minuto llegó la enorme sacudida que abrió en canal la gran avenida, destruyendo en pocos segundo el ancho paseo arbolado, engulléndolo vorazmente y dejando a derecha e izquierda de la calzada a los autos enfrentados a un abismo insondable y profundo, palpitante de lava roja, exhalando un terrible calor que empezaba a provocar vientos cada vez más acelerados y abrasantes. 

   Solo ese día los habitantes de la ciudad huyeron dejando a sus hijos morir, sin sentir ningún remordimiento, pues habían olvidado ser padres. En realidad ese olvido era primigenio, muy anterior a la época del gran cataclismo. Y aquel día, despavoridos, aceleraron sus coches intentando desviarse por calles diagonales y paralelas a la gran avenida y, con muchas dificultades, salieron por caminos y carreteras que comunicaban la ya casi ruinosa ciudad con las aldeas y pueblos de su término municipal. En unas horas ya no podrían volver a esa ciudad que era engullida por la grieta infernal por la que antes discurrían subterráneamente pequeños ferrocarriles de cercanías.

   Todos los días comenzaban su jornada en una nueva ciudad, amanecía y llevaban a sus nuevos hijos al instituto. No recordaban siquiera de dónde procedían, eran extraños, extranjeros sin patria. Tampoco recordaban que habían tenido otros hijos que habían muerto en el siniestro terremoto que sacudió a la primera ciudad, aquella ciudad de los temblores de tierras cotidianos, medidos en el tiempo, aquella lúgubre ciudad que, abierta en canal, dejó sus tripas humeantes plenas de vidas infantiles, abandonadas a su suerte por unos progenitores olividadizos, descuidados, que dejaron marchar su pasado bajo un terror pesado, bajo un enorme terremoto


*imagen: Chola Chacal, wikimedia commons

martes, 1 de octubre de 2013

Fragmentación IV ( El ideólogo)

 

  Perico de la Nuez era un lector intelectual, un auténtico líder del pensamiento de su pueblo. En una ocasión llegó a dominar de tal manera la oratoria que en el bar de los flacos sonó un recordado aplauso de dos segundos de duración. Fue suficiente para él, había alcanzado el olimpo de ese micromundo que era la aldea de Moharras. Parecía imposible pero Perico había acumulado una gran biblioteca en la que no faltaban los grandes clásicos de su época: Cela, Malaparte, incluso Torrente Ballester con su saga-fuga y algunos escritos de Ridruejo y Emilio Romero. Superaba con creces a la biblioteca municipal. Era además muy aficionado al cine. Marisol, Joselito, las gemelas Pili y Mili figuraban entre las obras maestras de su vida, sin olvidar al inolvidable Pepe Isbert, paisano de todos ellos. Además había participado en los juegos florales de la diputación de 1953 y no había quedado mal del todo. Tercera mención honorífica por un poema en el que exaltaba las virtudes del Caudillo. Eran tiempos duros y Pedro, Perico, que creía ser masón no practicante exaltaba lo que hiciera falta para comer.

    En una ocasión llegó a vestir de camisa azul y guerrera desfilando por la calle principal, si bien contaba tan solo con 7 años. Aquello era cosa de su padre que quería estar bien visto por los vencedores, él que había sido más rojo que los tomates. Su afición a la intelectualidad le vino en la escuela: allí devoró con ansiedad los catecismos, la exaltación de espíritu nacional y la historia manipulada de España que él creyó a pies juntillas. Los Reyes Católicos crearon España, el liberalismo era malo porque le habían quitado a la iglesia sus posesiones. Pero Perico comenzó a tener cierto espíritu crítico, esa fuerza que en el espíritu asientan una buenas lecturas, cada vez más amplias. Eso le llevó a una evolución en lo político que no tenía parangón en Moharras.

   De chico era nacional-sindicalista, de adolescente nacional-católico y al llegar a la veintena creyó haber alcanzado el pensamiento nacional-ateo, republicano-monárquico. Esto, que era difícil de explicar en el bar, él lo tenía muy elaborado por escrito. Creía en una república coronada como única forma de progreso para la humanidad. Además pensaba que el rey debería ser el líder de los masones. Esto, por supuesto, no lo confirmó nunca del todo en público, pero en sus memorias de ultratumba (título por doquier original) afirmaba ser el creador de esta corriente de pensamiento político. El carlismo también podría ser integrado dentro de una masonería católica y apostólica. Sólo faltaría un casamiento entre el pretendiente y la hija del presidente de la república, si es que la había. 

   Estas ideas fenomenales, propias de un charlatán algo loco de  pueblo, hicieron de Perico un tipo singular, individualmente muy querido y admirado por las jóvenes generaciones. Un auténtico filósofo de pueblo. A cada idea que se le ocurría sucedía un nuevo texto que redactaba en las frías noches manchegas. Todas sus ideas carecían de cualquier sentido práctico. Eran barrabasadas, pero eso a él le daba igual y, además, no lo sabía. Eran compendios de ideas que él fragmentaba para elaborar algo único...y ridículo. Pero en Moharras era un semi-Dios. Era querido y respetado. 

  Llegó a crear una doctrina de pensamiento que bautizó como Liberal-Cristo-Dialéctica. Nadie supo nunca a qué se refería con ello, pero le servía para ganarse la admiración de los catetos analfabetos del bar de los flacos. Una tarde, después del café y el chinchón, comenzó una partida de dominó con el grupo. Allí pergeñó la teoría de los números singulares, que eran ni más ni menos que los impares a partir del cincuenta. La llamó "nueva doctrina matemático-realista. Matemáticas para pobres". 
   Todos estos trabajos llegaron a inundar su biblioteca e incluso su casa. Eran escritos filosóficos, matemáticos, médicos, políticos, religiosos, étnicos y de muchos otros tipos más. Su pensamiento se definiría a partir de entonces como la "fragmentación de las ideas preconcebidas", en sus propias palabras. Para entonces todo el pueblo lo tenía por un demente, por un viejo loco, de pelos arremolinados y calva brillante, que había perdido la chaveta haciendo la mili en melilla.

  Y algo de razón llevaban porque fue allí donde Perico se cargó a un soldado haciendo una guardia. Lo declararon loco y por eso volvió a la aldea bajo tratamiento. Pudo así trabajar sin dar un palo al agua porque una pequeña pensión cobraba, inventar, probar, insultar y hasta blasfemar contra el cura sin ser detenido jamás. El sargento de la Guardia Civil reía como un descosido cuando entraba en el bar anunciando a voces su nuevo descubrimiento que podía ser o bien la nueva dialéctica de las bacterias o la cataplasma de luciérnagas invisibles. Pero nadie se metía con él cuando se cagaba en la madre que parió al Caudillo. Era el único libre, el único que hacía lo que le venía en gana. 

   Sus ideas seccionadas, troceadas, daban lugar a nuevas teorías absurdas que terminaron con una gran fogata. Puesto que un exacerbado síndrome de Diógenes le había llevado a acumular todo tipo de objetos y libros antiguos: máquinas de escribir enrrobinadas, bobinas de cine que su abuelo había tenido guardadas en un corral y todo tipo de escritos que había conseguido acumular con el tiempo, una tarde de invierno los chavales llamaron a su puerta y él, siempre dispuesto a codearse con la chiquillada, abrió las portadas del caserón y se desparramaron cientos de libros rotos y roídos por las ratas, mezclados con basura y excrementos, hojas de papel que comenzaron su vuelo bajo la leve brisa del anochecer.   Un niño que llevaba un mechero prendió fuego y, como si una gran pira impregnada de petróleo se tratase, todo comenzó a arder sin control. 

  Perico vio como el fuego iba devorando su desastrada biblioteca, penetrando las llamas al interior de la casa. Entonces cerró con llave el portón y se dispuso a morir con sus escritos. Diez años después un solar vacío en la calle Cantarranas era el único vestigio de la filosofía de Pedro De la Nuez, el inventor, el ideólogo. Su memoria quedó incluso en cancioncillas que las madres cantaban a los niños para dormirlos. El pueblo le dedicó una calle: calle de Perico el ideólogo. De esta manera las generaciones recordaron a ese loco filósofo de pueblo que leía mucho y pensaba más, un filósofo del aislamiento y las partidas de dominó vespertinas, del carajillo dulce en las duras y frías tardes de La Mancha.

imagen: www.desmotivaciones.com