lunes, 26 de noviembre de 2012

Entrando en el pasillo

    Hora de guardia o mejor dicho, de guardería. Adolescentes que salen y entran de sus clases, como autómatas, en una pasarela humana inquietante.Un enano vestido de rojo, gritón, estridente y ambiguo. Otro gigante de azul, corretea, como si estuviésemos en un psiquiátrico repleto de jóvenes. Es una hora aparentemente inícua, sosiego y tranquilidad aparentes, modorra acuciante que no se marcha con la dosis de cafeína previa. De repente aparece alguien nuevo, las puertas se abren y se cierran como en una pesadilla. Entran y salen figuras espectrales, desalmadas, carentes de alma. Se aprecia esta cualidad, son individuos abúlicos y apáticos que discurren su vida académica, se dejan llevar, sin que  nadie ni nada haga algo por remediar el fracaso seguro, la depresión futura. Así transcurre la hora hasta que llega el inevitable final. Por megafonía suena la llamada constante a profesores y alumnos. Da la sensación de estar en una gran superficie comercial pero no hay nada para comprar, no hay expositores con mercancías venidas de los cuatro confines del planeta. Sólo hay soledad, amargura y sinsabores para los que dejamos un poquito de nuestra vida en este edificio frío, sobrio y espantosamente feo. Una profesora de alemán entra al pasillo y busca desesperadamente a su pupila, que ha desaparecido. De repente, aparece tras una columna y la angustia se mitiga. La hora está a punto de terminar, pronto entraran en el pasillo centenares de seres cargando a sus espaldas pesados bultos de libertad, de futuro que jamás sabrán aprovechar. Frenopático lleno de soñadores. Sueños cargados de sinrazón. De repente sale de mi boca un: chss... hay un grupo molestando.  Suena la sirena, una sierena que parece anunciar la hecatombe. Cierro el ordenador. La vida sigue.

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