viernes, 25 de octubre de 2013

El terremoto




   Todos los días sacudían 4 o 5 terremotos en el corredor del instituto. Los provocados por la muchachada jovial e impetuosa cuando sonaba la música que marcaba el inicio y el fin, sobre todo el fin de la clase correspondiente. Pero además, entre las clases, se notaba un alargado temblor de tierra que notaba toda la comunidad escolar, con más intensidad los que estaban en la planta baja. Ese temblor cotidiano se debía al túnel ferroviario que atravesaba subterráneamente la avenida delantera, a la que la fachada del centro daba su cara principal. Puntual y maquinalmente un tren se adentraba en las tripas de la urbe reduciendo su escasa velocidad para evitar inconvenientes descarrilamientos. El túnel de bóveda de cañón, ennegrecido por el paso de los años y de los ferrocarriles a gasoil, servía de cobijo a horribles trolebuses sobre raíles, todavía no electrificados, que debían de detenerse en una vía muerta para dejar pasar al que iba en dirección opuesta. 

    Todos los días el reloj marcaba el paso de cada tren con un temblor en el suelo que se hubiera podido confundir con un pequeño terremoto, de unos 3 grados en la escala Richter. Era puntual y, por esta causa, nadie podía pensar que la tierra pudiera temblar desde mucho más adentro, desde sus entrañas más profundas, en las que albergaba un conjunto de fallas que friccionaban periódicamente evitando la acumulación desastrosa de una energía que podría provocar la ruina inminente.  Estos pequeños sismos, quasi imperceptibles, desplazaban los estratos más profundos sobre los que se asentaba la horadada ciudad muy lentamente, tanto que pequeñas grietas surgidas en los años sesenta apenas habían ensanchado su amenazante tamaño. Todo iba según lo previsto por los sismólogos, pequeñas descargas de adrenalina subterránea eran vitales para el conjunto de la comunidad.

   Todos los días los ciudadanos iban y venían maquinalmente desde sus hogares en altos edificios hasta las oficinas, dejando a los chiquillos en la puerta del instituto y olvidándose de ellos por unas cuantas horas. Ese maquinal trajín impedía que los ...tanos percibiesen siquiera el paso lento y cadencioso del terremoto horario que los trenes producían. Ni en sus peores pesadillas podían imaginar que la pequeña urbe de provincias estuviera a punto de derrumbarse. Para que todos ellos no sospecharan siquiera lo que se avecinaba, el fin de un modo de vida, de una civilización, se había producido en ellos un olvido general.  A primeras horas de la mañana olvidaban que tenían hijos, depositándolos como corderitos en el establo gigantesco de la mole de hormigón compartimentada en habitáculos llenos de pupitres. Después llegó el olvido general, una especie de epidemia que confundía un temblor de tierra con un terremoto brutal y sanguinario, que ni siquiera les hizo pensar que tenían hijos que recoger y que esos hijos podían estar ya muertos. Porque ese olvido general era también un conjunto de mezquindades personales, de egoísmos mundanos que casi inconscientemente les hizo huir despavoridos poco después de las diez de la mañana del 5 de Octubre de 20.... Antes de llegar a sus centros de trabajo sucedió el gran temblor. En sus coches notaron un primer zumbido sordo que repentinamente apagó los semáforos. Pensaron ingenuamente que era un rutinario e inconveniente corte de suministro. Pero a las diez y un minuto llegó la enorme sacudida que abrió en canal la gran avenida, destruyendo en pocos segundo el ancho paseo arbolado, engulléndolo vorazmente y dejando a derecha e izquierda de la calzada a los autos enfrentados a un abismo insondable y profundo, palpitante de lava roja, exhalando un terrible calor que empezaba a provocar vientos cada vez más acelerados y abrasantes. 

   Solo ese día los habitantes de la ciudad huyeron dejando a sus hijos morir, sin sentir ningún remordimiento, pues habían olvidado ser padres. En realidad ese olvido era primigenio, muy anterior a la época del gran cataclismo. Y aquel día, despavoridos, aceleraron sus coches intentando desviarse por calles diagonales y paralelas a la gran avenida y, con muchas dificultades, salieron por caminos y carreteras que comunicaban la ya casi ruinosa ciudad con las aldeas y pueblos de su término municipal. En unas horas ya no podrían volver a esa ciudad que era engullida por la grieta infernal por la que antes discurrían subterráneamente pequeños ferrocarriles de cercanías.

   Todos los días comenzaban su jornada en una nueva ciudad, amanecía y llevaban a sus nuevos hijos al instituto. No recordaban siquiera de dónde procedían, eran extraños, extranjeros sin patria. Tampoco recordaban que habían tenido otros hijos que habían muerto en el siniestro terremoto que sacudió a la primera ciudad, aquella ciudad de los temblores de tierras cotidianos, medidos en el tiempo, aquella lúgubre ciudad que, abierta en canal, dejó sus tripas humeantes plenas de vidas infantiles, abandonadas a su suerte por unos progenitores olividadizos, descuidados, que dejaron marchar su pasado bajo un terror pesado, bajo un enorme terremoto


*imagen: Chola Chacal, wikimedia commons

martes, 1 de octubre de 2013

Fragmentación IV ( El ideólogo)

 

  Perico de la Nuez era un lector intelectual, un auténtico líder del pensamiento de su pueblo. En una ocasión llegó a dominar de tal manera la oratoria que en el bar de los flacos sonó un recordado aplauso de dos segundos de duración. Fue suficiente para él, había alcanzado el olimpo de ese micromundo que era la aldea de Moharras. Parecía imposible pero Perico había acumulado una gran biblioteca en la que no faltaban los grandes clásicos de su época: Cela, Malaparte, incluso Torrente Ballester con su saga-fuga y algunos escritos de Ridruejo y Emilio Romero. Superaba con creces a la biblioteca municipal. Era además muy aficionado al cine. Marisol, Joselito, las gemelas Pili y Mili figuraban entre las obras maestras de su vida, sin olvidar al inolvidable Pepe Isbert, paisano de todos ellos. Además había participado en los juegos florales de la diputación de 1953 y no había quedado mal del todo. Tercera mención honorífica por un poema en el que exaltaba las virtudes del Caudillo. Eran tiempos duros y Pedro, Perico, que creía ser masón no practicante exaltaba lo que hiciera falta para comer.

    En una ocasión llegó a vestir de camisa azul y guerrera desfilando por la calle principal, si bien contaba tan solo con 7 años. Aquello era cosa de su padre que quería estar bien visto por los vencedores, él que había sido más rojo que los tomates. Su afición a la intelectualidad le vino en la escuela: allí devoró con ansiedad los catecismos, la exaltación de espíritu nacional y la historia manipulada de España que él creyó a pies juntillas. Los Reyes Católicos crearon España, el liberalismo era malo porque le habían quitado a la iglesia sus posesiones. Pero Perico comenzó a tener cierto espíritu crítico, esa fuerza que en el espíritu asientan una buenas lecturas, cada vez más amplias. Eso le llevó a una evolución en lo político que no tenía parangón en Moharras.

   De chico era nacional-sindicalista, de adolescente nacional-católico y al llegar a la veintena creyó haber alcanzado el pensamiento nacional-ateo, republicano-monárquico. Esto, que era difícil de explicar en el bar, él lo tenía muy elaborado por escrito. Creía en una república coronada como única forma de progreso para la humanidad. Además pensaba que el rey debería ser el líder de los masones. Esto, por supuesto, no lo confirmó nunca del todo en público, pero en sus memorias de ultratumba (título por doquier original) afirmaba ser el creador de esta corriente de pensamiento político. El carlismo también podría ser integrado dentro de una masonería católica y apostólica. Sólo faltaría un casamiento entre el pretendiente y la hija del presidente de la república, si es que la había. 

   Estas ideas fenomenales, propias de un charlatán algo loco de  pueblo, hicieron de Perico un tipo singular, individualmente muy querido y admirado por las jóvenes generaciones. Un auténtico filósofo de pueblo. A cada idea que se le ocurría sucedía un nuevo texto que redactaba en las frías noches manchegas. Todas sus ideas carecían de cualquier sentido práctico. Eran barrabasadas, pero eso a él le daba igual y, además, no lo sabía. Eran compendios de ideas que él fragmentaba para elaborar algo único...y ridículo. Pero en Moharras era un semi-Dios. Era querido y respetado. 

  Llegó a crear una doctrina de pensamiento que bautizó como Liberal-Cristo-Dialéctica. Nadie supo nunca a qué se refería con ello, pero le servía para ganarse la admiración de los catetos analfabetos del bar de los flacos. Una tarde, después del café y el chinchón, comenzó una partida de dominó con el grupo. Allí pergeñó la teoría de los números singulares, que eran ni más ni menos que los impares a partir del cincuenta. La llamó "nueva doctrina matemático-realista. Matemáticas para pobres". 
   Todos estos trabajos llegaron a inundar su biblioteca e incluso su casa. Eran escritos filosóficos, matemáticos, médicos, políticos, religiosos, étnicos y de muchos otros tipos más. Su pensamiento se definiría a partir de entonces como la "fragmentación de las ideas preconcebidas", en sus propias palabras. Para entonces todo el pueblo lo tenía por un demente, por un viejo loco, de pelos arremolinados y calva brillante, que había perdido la chaveta haciendo la mili en melilla.

  Y algo de razón llevaban porque fue allí donde Perico se cargó a un soldado haciendo una guardia. Lo declararon loco y por eso volvió a la aldea bajo tratamiento. Pudo así trabajar sin dar un palo al agua porque una pequeña pensión cobraba, inventar, probar, insultar y hasta blasfemar contra el cura sin ser detenido jamás. El sargento de la Guardia Civil reía como un descosido cuando entraba en el bar anunciando a voces su nuevo descubrimiento que podía ser o bien la nueva dialéctica de las bacterias o la cataplasma de luciérnagas invisibles. Pero nadie se metía con él cuando se cagaba en la madre que parió al Caudillo. Era el único libre, el único que hacía lo que le venía en gana. 

   Sus ideas seccionadas, troceadas, daban lugar a nuevas teorías absurdas que terminaron con una gran fogata. Puesto que un exacerbado síndrome de Diógenes le había llevado a acumular todo tipo de objetos y libros antiguos: máquinas de escribir enrrobinadas, bobinas de cine que su abuelo había tenido guardadas en un corral y todo tipo de escritos que había conseguido acumular con el tiempo, una tarde de invierno los chavales llamaron a su puerta y él, siempre dispuesto a codearse con la chiquillada, abrió las portadas del caserón y se desparramaron cientos de libros rotos y roídos por las ratas, mezclados con basura y excrementos, hojas de papel que comenzaron su vuelo bajo la leve brisa del anochecer.   Un niño que llevaba un mechero prendió fuego y, como si una gran pira impregnada de petróleo se tratase, todo comenzó a arder sin control. 

  Perico vio como el fuego iba devorando su desastrada biblioteca, penetrando las llamas al interior de la casa. Entonces cerró con llave el portón y se dispuso a morir con sus escritos. Diez años después un solar vacío en la calle Cantarranas era el único vestigio de la filosofía de Pedro De la Nuez, el inventor, el ideólogo. Su memoria quedó incluso en cancioncillas que las madres cantaban a los niños para dormirlos. El pueblo le dedicó una calle: calle de Perico el ideólogo. De esta manera las generaciones recordaron a ese loco filósofo de pueblo que leía mucho y pensaba más, un filósofo del aislamiento y las partidas de dominó vespertinas, del carajillo dulce en las duras y frías tardes de La Mancha.

imagen: www.desmotivaciones.com

Fragmentación III (El sueño)

  Era un sueño fragmentado. Así era la rutina matutina del panadero. Todos los días a las siete de la mañana, con el primer rayo del alba, llegaba a su apartamento del extrarradio de esa ciudad fea pero singularmente limpia, pulcra y  seguramente por ello bien considerada por sus ciudadanos. Fernando llevaba una vida tranquila dentro de sus posibilidades. La enfermedad crónica que le sobrevino al final de la adolescencia, ese pertinaz y persistente trastorno del sueño, guardaba mucha relación con su vida familiar. 

  Desde pequeño había sentido una falta enorme de cariño. Esa carencia, esa limitación quasi orgánica había producido en su desarrollo intelectual una gran inseguridad. Fue un ser con una grave tara social cuando comenzó el bachillerato y, todavía más cuando accedió a sus estudios superiores, en una universidad en la que comenzó a dar muestras de enfermedad mental. La depresión y la ansiedad impulsadas por una terrible timidez congénita comenzaron a hacer añicos su estabilidad de cristal inventada durante su infancia. Pronto dejó las clases, abdicó de unos estudios para él insufribles y comenzó a buscar un trabajo digno con el que enderezar su indigna existencia. 

  Pronto encontró en el singular mundo de la repostería y la panadería la simbiosis perfecta con su cada vez más acentuada timidez. Esa fragmentación del alma que impide la interconexión con los demás. Sufría enormemente cada vez que tenía que hablar con su jefe: que si has puesto poca harina en la mezcla, que si la levadura no está bien revuelta, que si la masa hay que tirarla porque no la has trabajado lo suficiente....llegaba abatido a su pequeño cubículo de las afueras, muchas veces con las lágrimas en los ojos. Después, en la cama, daba vueltas y vueltas a su existencia mortecina y desastrosa. Apenas podía pegar ojo. Desde los primeros días de su primer y último trabajo no descansaba bien. Cogía levemente el sueño a las 10 de la mañana para despertarse súbitamente a los 5 minutos, preso de una angustia y un sudor sofocante. Es cierto que era verano y que no tenía ni para un ventilador. Su cuarto daba a un patio de luces ofuscadamente oscuro pero singularmente poblado de familias con niños pequeños que todavía ni asistían al colegio. Esto agravó más si cabe el insomnio, esa fiebre singular que lo aquejó el resto de su vida. 

   El verano pasó y el frescor se apoderó del triste piso de dos habitaciones. Su vana esperanza en coger el sueño, en escapar a la triste y desangelada vida que vivía se esfumaron pronto. Es cierto que nuestro protagonista llegaba a cerrar los ojos recostado del lado derecho, pero como máximo dormitaba en un ligero duermevela durante unos cuantos minutos. Cualquier sonido, cualquier mínimo soplido del viento deslizándose por entre las rendijas de la doble ventana de aluminio, rompían la paz de su espíritu y fragmentaban todavía más si cabe su delicado estado mental. Su sueño era a esas alturas ya irreparable, no se podía curar ni tratar  de manera natural. Fue entonces cuando, llevado de una necesidad primaria, de un instinto de supervivencia casi animal decidió que tenía que anexionar sus recuerdos, que estaba perdiendo por su falta de sueño. En los últimos meses había llegado hasta a olvidar como llegar a su lugar de trabajo. Solo el GPS le salvó los muebles de un despido traumático. Esas lagunas mentales tan graves lo pusieron en alerta y se decidió a acudir a un especialista. 

   Por suerte o por desgracia Fernando dió con sus huesos en la casa de un eminente psiquiatra. Nunca sabremos con certeza si aquella tarde en la que ingresó por el quicio del portón de su consulta su vida comenzó a mejorar o, por el contrario, solo sirvió para agarrarse al clavo ardiendo de la drogadicción. Obviamente al principio la vida se le abrió con sus infinitas posibilidades: el sueño al no ser fragmentado posibilitó su inserción en una sociedad limitada, irreal, diminuta de amigos y compañeros de farras con los que acudía al único lugar en el que podía obtener algo de amor: la casa de citas. La droga le permitía al principio 5 horas de reparador sueño y, aunque se despertaba algo embotado, como borracho, su estado anímico comenzó a mejorar, se sentía como en su primera infancia, creía haber alcanzado la felicidad plena a pesar de que su vida seguía siendo tan insulsa como siempre. Sus sueños fragmentados desaparecieron y sus lagunas mentales también. Creyó superada para siempre una etapa negra, nefasta de su vida. Y sin embargo todo este logro no pasó de ser temporal, como una alucinación de rápida resolución. 

   Las benzodiacepinas hicieron un rápido efecto que, apoyado por unos gruesos tapones en los oídos, le permitían descansar después de tantos años de desgaste personal. Pero, unos cuantos meses después, ya entrada la primavera, algo comenzó a no marchar del todo bien. La panadería lo estaba agotando, como siempre y cada día su jefe le exigía más productividad al mismo precio. Comenzó a llegar a casa ya con el calor en las calles. Primero a las ocho y, al cabo de unas semanas, se plantó en las diez de la mañana en su casa. Derrotado física e mentalmente las pastillas comenzaron a perder su efecto. Los olvidos retornaron a su mente y la pesadilla cotidiana de la que había logrado zafarse pareció regresar con más ímpetu que antes. Era como si una fiebre mal curada retornara a su cuerpo con mayor virulencia, dejandole brutalmente agotado. La dura fragmentación regresó y no le quedó otra salida que la salida final a su penosa vida. Así Fernando terminó para siempre, agotado por su jefe, agobiado por el calor y amedrentado mentalmente por su adicción a las pastillas. Una sobredosis de diversos fármacos le paralizó el cuerpo y, poco a poco, se le apagó el corazón. Así logro la paz perpétua, el sueño intenso y sin fragmentar que había deseado desde joven.

imagen: www.clinicadam.com

domingo, 22 de septiembre de 2013

Fragmentación II ( La ciudad)

   La ciudad sacudía su modorra en haces de humo expulsados por su insoportable tráfico. Todavía no había amanecido y las ráfagas de un tenue y mortecino viento de olores diversos que se entremezcalban configurando una nueva fragancia, esa fragancia única de este lugar molestaban ya a las escasas personas que, como un goteo de rocío, iban apareciendo cual seres extraños de raras facciones caminando de manera todavía torpe y descuidada por las aceras nuevas y avejentadas. Era por el año 201... cuando todos sus habitantes cayeron en la cuenta de la horrible faz de esta ciudad. Una ciudad incompleta, deslabazada, rota, como todavía no terminada, cual adolescente desorientado. Nuestra ciudad hay que decir que no era bonita, en todo caso resultona según en que parte de ella nos fijásemos. 

  Estaba compuesta de barrios o cuarteles muy separados los unos de los otros, sin ningún orden lógico ni racional. Desde hacía décadas había imperado un urbanismo atroz y espantoso que nuestros convecinos veían incluso agradable y necesario porque carecían de ninguna formación artística o de cualquier tipo. Era la ciudad con menos bachilleres del país y el dinero fácil explicaba ese becerro de oro al que todos adoraban: el ladrillo. La mayoría de ellos habían abandonado sus estudios por la facilidad de un dinero fresco que obtenían a base de paletadas y cáncer de piel.

    El centro urbano, antiguo, parecía más bien  un arrabal funesto repleto de edificios muy modernos. Poco tenía, por tanto, de antiguo visto de esta manera. Al lado de una sobria construcción palacial del siglo XVII habían levantado un edificio-muro de mármoles coloridos, sin ventanas. Justo enfrente de semejante aberración se encontraba desde hacía siglos una pequeña iglesia gótica con fachada barroca. Pues así todo lo demás: edificios decimonónicos se agolpaban con construcciones nuevas de aspecto demencial. Los solares permanecían décadas desocupados, llenos de escombros, basura maloliente y ratas. Si pensamos que este era el corazón de la urbe, descuidado, fragmentado en casas bien cuidadas,  solares pútridos y edificios nuevos de dudoso gusto   podemos  imaginar como era el resto de la ciudad, sobre todo los arrabales del norte y el sur.

   Curiosamente y aislado del resto, como el resto de barrios, el este aguardaba sorpresas agradables. Era una especie de ciudad fortificada dentro de nuestra ciudad, llena de jardines y casas-palacio de principios del siglo XX que la burguesía adinerada había construído como zona vacacional. Hoy había quedado más  asilada que nunca al trazar una avenida gigantesca entre su corazón y el resto de la urbe. De este núcleo de belleza y aire puro, corazón de jardines y fuentes de agua de gran vigor, de estos manantiales de paz  y dignidad, podría haber surgido un movimiento de solidaridad que hubiese cambiado el destino letal de nuestra urbe. Pero nunca la alta burguesía, los ricos, han pretendido mejorar algo más allá de sus propios intereses. Y así sucedió en nuestro caso.

   Pero a nosotros nos interesa aquí y ahora saber cómo eran esos arrabales, en muchos sentidos, más interesantes que el propio centro histórico. El de San... estaba a pocos metros del casco antiguo, extramuros y lo constituían unas pequeñas casitas de planta baja que habían ido transformándose en edificios singulares, de cierta belleza. Pero un día, un alcalde delincuente, uno entre tantos, decidió que había que destruir ese arrabal porque gente de baja calaña lo habitaba. En poco tiempo se crearían solares, que es la moneda corriente del desalmado. Entonces quedó amputado, separado para siempre de la ciudad. El castigo se tradujo en el derrumbamiento de varias manzanas para trazar una escandalosa ampliación de una avenida de salida de los vehículos a motor. Así, nuestro otrora bello y salvaje lugar apareció como un barrio fantasma, sin vida, mortecino, rodeado de solares infectos y deshabitado salvo por algunas viejecitas tranquilas y pacientes que no habían podido salir de sus casas antes de la plaga de derribos que asoló a nuestro moribundo espacio.

   Existían otros barrios conocidos como la zona norte donde habían edificios cochambrosos pasto del olvido y la marginación. Era el barrio de los gitanos y muchos edificios carecían hasta de puerta de entrada. Las fincas aparecían desconchadas y los solares apenas servían para que los niños jugaran a matar cucarachas y algunos reptiles inferiores, en ocasiones colúbridos. Era este un barrio más unido que otros mejores, había una solidaridad insólita entre sus convecinos. Se basaba esta en muchas jornadas al sol y a la sombra, al desempleo y a la prisión provincial. Pero, como otros, quedó un día amputado y segregado de la ciudad por mor de una Gran Vía que debía circundar la ciudad. 

  Ellos no le dieron importancia: ahora podrían llegar al mar mucho más rápido. Pero muchos atropellos empezaron a poner alerta a los ciudadanos de estos barrios periféricos. La gran avenida no perdonaba, era como una guillotina dispuesta a no dejar pasar hacia el interior de la ciudad a estos seres mugrientos y desasistidos. Hubo manifestaciones de desacuerdo y las autoridades se avinieron a poner semáforos. Más adelante, cuando las aguas se hubieron calmado, las autoridades dijeron que para integrar el barrio nada mejor que un tranvía. Ese tranvía moderno que habían suprimido antes para colonizar la ciudad de negros autobuses de horripilante aspecto, cual ataúdes de vida recién despertada, legañosa todavía. Todos alborozados festejaron con gran alegría su tranvía ultra-moderno pero después de un par de días descubrieron que no paraba allí, solo pasaba, ofreciendo un nuevo obstáculo al barrio, ahora de acero y cables eléctricos.

    Otro barrio separado del resto se encontraba al sur de la ciudad portuaria: tenía el nombre de un santo, quizás para pedir indulgencia con su situación. Se encontraba seccionado del resto por un enorme barranco ya canalizado por el que descendían lodos tóxicos, llenos de plomo y desechos de las industrias más sucias de la ciudad. Había un par de puentes que de nada servían pues el hedor era tan nauseabundo que nadie jamás pudo pasar andando por ellos. Cada año grandes máquinas y grúas excavadoras trataban de extraer la colmatación odiosa y repugnante de los barros, extremadamente antimedicinales. Era este lugar como un pueblo separado del cuerpo de la ciudad.

   Sus plantas bajas se veían en ocasiones confrontadas con algún edifico de apartamentos, pero eran los menos. Por si fuera poco, su fachada al mar era una burla constante. Ni los más viejos del lugar recordaban el día en que se pudo divisar el fulgor de las olas ni respirar el aire fresco y salino del mar, puesto que la carratera de la costa que lo flanqueaba estaba sobreelevada desde hacía décadas, había algún puente por el que pasaba el ferrocarril que impedía la visibilidad y evitando como decimos percibir a sus vecinos el aire cargado de salud que emite el mediterráneo. Solo el humo pestilente de automóviles y camiones servía de lento pero inexorable fluído que iba arruinando sus vidas. Era este barrio pequeño y separado como una cárcel sin carceleros. El propio urbanismo comprimía, como si de una gigante goma se tratase, la vida del tranquilo lugar. El que a él accedía no sabía muy bien si volvería a ver a sus seres queridos puesto que varios obstáculos mortales debía salvar, ora una vía del tren que llegó a tener paso a nivel, ora unas repentinas obras que habían cortado la salida por la carretera marítima. Era el típico barrio de pescadores sin pesacadores, sin grandes edificios, sin juventud, sin vida aparente, aunque algunas viejas comadres salían con sus lutos perpetuos a tomar el sol en el patio de esa cárcel de las ilusiones perdidas.

     Estos barrios periféricos siempre sufrían el mismo proceso de  abandono que acababa por llevarlos a un coma profundo de décadas de olvido anterior a su destrucción, su muerte definitiva. En ocasiones habían quedado fragmentos de esos barrios dentro de un nuevo barrio, de nueva planta, que se poblaba de familias jóvenes dispuestas a pagar con el precio de su vida un domicilio de 70 metros sin balcón y con garage particular. Estos micro barrios, estas mini cárceles de mugre y basura estaban bien localizadas y amenazadas de muerte por extirpación, cual tumor maligno. La idea de las autoridades era dejarlos morir de inanición, de desesperación, de abandono. Así sucedía con el barrio obrero, una pequeña agrupación de plantas bajas completamente conservadas y que se habían visto engullidas entre vías de gran amplitud de tráfico y edificios de caravista nuevos, que trazaban jardines y avenidas con paseos enormes. 

 Otro tanto pasaba con  tres o cuatro calles sin asfaltar que habían sido olvidadas en una planificación urbanística. Allí estaban, tras una  enorme mole arananjada de ladrillo. Nadie se atrevía a atravesarlas y todos las circundaban por miedo, un miedo irracional y pertinaz ganado a pulso por el ayuntamiento. Otro tanto sucedía en un barrio cercano al puerto y al centro de la ciudad. Sin asfalto, solo tierra y guijarros, salpicado de fábricas de harinas, había sido y todavía lo era la imagen de entrada a la ciudad.  Allí se apretujaban grupos de prostitutas que aparecían como las cucarachas cuando el sol se hundía en el ocaso del mediterráneo. En esa situación llevaba ya décadas, sino siglos y nadie parecía querer arreglar aquel desaguisado urbanístico.

   Y es que hay que decir que nuestra ciudad asemejaba a un cuerpo atacado por una infección mortal. Ya fuera por esa fragmentación que impedía hablar de una unidad conforme y lógica o por los avatares histórico-delincuenciales de sus gobernantes, la  urbe estaba salpicada de pequeños lugares abandonados, cuál células genéticamente endebles y enfermas, que podían amenazar con destruir el resto del cuerpo aparentemente sano. Y era cierto que así sucedió: el descuido, la desolación, la falta de escrúpulos para con  estos barrios dejados de la mano de Dios, sin sanidad, sin cultura, sin instalaciones propiciaron aquel año de 201... la propagación de una plaga que acabaría con toda la ciudad en semanas. Estas células ulcerosas era cierto que no ocupaban el resto del cuerpo salutífero. Pero era una gran verdad que desde allí surgían focos infecciosos, enfermedades diversas que iban progresando lentamente por el resto de la ciudad. Quizás la menos seguida por las autoridades pero que, a la postre, supuso la derrota y desaparición de nuestra ciudad, fuera el olvido. 

  Ese olvido fragmentario, incompleto, inasumible surgió de una manera palpitante en estos arrabales y barrios desatendidos. Nadie pareció darse cuenta, pero en semanas nadie recordaba ya dónde vivía, en qué lugar habitaban sus amigos o familiares. Mucha gente comenzó a deambular por la triste y desangelada urbe sin sentido de la orientación.  Las autoridades no daban crédito a lo que estaba sucediendo hasta que una buena mañana un personaje todavía no corrompido del equipo de gobierno acudió a visitar a sus padres que vivían en un barrio engullido de las afueras. Allí comprendió la magnitud de lo que estaba ocurriendo. La plaga de olvido había surgido allí: cientos de personas, muchas de ellas desnudas y en completo estado de paranoia, deambulaban por calles y plazas rompiendo, destruyendo de manera desaforada sus propias casas, arrojando muebles por las ventanas, dejaban las calles repletas de suciedad y el olor era casi imperceptible porque todo el barrio era ya como un gigante basurero de los extrarradios.

    Poco se podía hacer ya: la fragmentación consciente a la que durante décadas habían sometido a sus ciudadanos había terminado por destruir primero los barrios amputados y, posteriormente, habían invadido el corazón mismo de la población, pronto nadie se acordaba dónde vivía. Escenas dantescas se observaban por doquier. Las personas eran animales sin orientación, defecando y orinando en cualquier esquina. Muchos murieron por aplastamiento al caer por las ventanas todo tipo de objetos: muebles, televisiones, puertas. Finalmente llegó el día de la desaparición de nuestra ciudad. Las casas presentaban el aspecto de un bombardeo nuclear: solo algunos cimientos quedaban de los edificios. Pero nadie había bombardeado la ciudadad: habían sido los vecinos presos de una locura autodestructiva los responsables del derribo, cual  nuenva bastilla, de todas las edificaciones, ladrillo corrupto a ladrillo corrupto. Puesto que no recordaban ni quién eran ni porqué hacían lo que hacían decidieron finalmente acabar con sus tristes vidas. Lo que había comenzado por un abandono, un olvido consciente o no y un urbanismo salvaje que olvidaba y maltrataba a aquellos barrios tradicionales, que los marginaba y segregaba, finalizó como era de esperar por tantas décadas de desidia con la caída de nuestra ciudad.


foto: www.artundergroundbcn.blogspot.com