lunes, 13 de enero de 2014

La nación de la risa

    

   Aquel país había vivido por encima de sus posibilidades, se hartaban de decir los corifeos de las familias de más rancio abolengo de la nación. Precisamente ellos, los que habían vivido siempre en el lujo y la opulencia fueron los que difundieron aquella especie. Y todo aquel sonido siniestro que salía de sus gargantas, en especial en televisión, fue asumido casi sin rechistar en colas del cine, del pan o en bares en los que se amontonaba la gente para ver los partidos. Era la manera habitual en aquella tierra, como en todas, de controlar las mentes bien pensantes e ingenuas de su sociedad civil y militar.

  Pero entonces, una exigua minoría que, siendo analfabeta funcional y no habiendo llegado nunca a realizar siquera los estudios medios, era ya en aquella época la más diligente e instruida, sin haber leído un libro en su vida, alzó su voz y se levantó cívicamente contra los responsables de tamaño desastre, ellos, gente dura y tosca, sin formación de ningún tipo, solo con su primario sentido común. Fueron estos los que comenzaron a organizarse sin saberlo. Ellos difundieron el rumor de que los culpables de la depresión en la que vivían eran unas cuantas familias que dominaban aquel régimen antidemocrático conocido como democracia. 

   No caló al principio entre la masa de licenciados inertes pero, en unos meses, incluso los catedráticos de universidad, los científicos más reputados ( aunque exiguos) así como escritores e intelectuales varios cuando se reunían en opíparas cenas, en lujosos espacios acristalados en donde compartían sus conocimientos absurdos e inanes, comentaban con odio que habría que diseñar un enorme trasatlántico en el que se metieran a la fuerza a todos y cada uno de los políticos y después abandonarlo en medio del enorme océano, sin suministros, sin gasóleo, a la buena de Dios y que, de esta manera, muriesen de inanición.  Era un pensamiento débil, burdo y de personas vulgares como ellos solían decir, pero ya entonces muy difundido por todas las arterias y venas de aquella sociedad otrora denominada con el falso epíteto "del conocimiento".

   Los desheredados, los humildes, quizás los menos sabios pero, a la vez, los únicos con cierto sentido común, habían tomado conciencia de que su empobrecimiento era colosal mientras el enriquecimiento de sus líderes no tenía parangón. Cansados de que les esquilmaran acabó por generarse un clima prerrevolucionario, difícil de detener.  Pero como siempre sucedía en esa patria, los cabreos acababan por ser pasajeros. A una nueva noticia de un robo, de un saqueo, de un desfalco y el consiguiente cabreo popular solía suceder un ideal de relajación, una pasión diríamos de quietud y sosiego que siempre iba acompañada de grandes dosis de humor. Así había sido siempre y así era ahora. Esa minoría rebelde, la de menos formación, acababa dejándose llevar por el conformismo del resto de la sociedad, en especial de toda aquella enorme masa de titulados universitarios, de doctorados y sabios que por doquier habitaban aquel reino del estancamiento económico perpetuo.

     La ilusión de revolución pronto se fue borrando del imaginario colectivo. Nadie supo muy bien qué es lo que había pasado para que un pueblo al borde del shock general, pleno de odio contra la casta que los dominaba desde hacía décadas, de repente, un día por la mañana, hubiera vuelto como por encantamiento a la situación de mansedumbre anterior y, lo que es peor, ya no hablara de todo aquello.  Y no es que se hubiese regresado a aquellas insulsas conversaciones de ascensor, a aquel frenesí violento de gritos por el arbitraje en un determinado partido de fútbol, al chascarrillo barriobajero sobre la vida de tal o cual inmundicia humana, no. Lo que pasó fue mucho más grave y quedó, para siempre, registrado en la memoria colectiva de idiotas y listos, titulados y currantes.

  Sin que nadie supiera muy bien por qué esa mañana todo el mundo estaba alegre, sonreía al salir de su postigo, por la calle saludaba con alborozo y alegría a sus convecinos, al llegar a la tienda todo eran sonrisas cómplices con los desconocidos y risas cada vez más sonoras con los conocidos. En los bares, abiertos como siempre desde antes del amanecer no era necesaria el carajillo en ayunas para despertar la alegría por doquier. Todo el mundo estaba muy, pero que muy contento con todo lo que veía y escuchaba. Se produjeron hechos curiosos que dan que reflexionar. Al paso de un coche fúnebre muchas personas, sin poder evitarlo, señalaban la caja en el interior de los cristales tintados y reían de manera extraña al comentarlo con su convecino de acera. O también cuando alguien era abordado por la calle y robado impunemente por algún carterista, en algún tirón, en vez de enfadarse y denunciar el robo reía descojonado señalando al ladrón que ya no corría, sino que seguía su marcha entre el aplauso general de  los testigos. El propio ratero saludaba a la concurrencia con una sonrisa que dejaba ver su deplorable dentadura.  

   Para que veamos a qué extremos se llegó, se produjo un atropello que casi le cuesta la vida a un motorista, embestido brutalmente contra una fachada por la negligencia de una buena señora que conducía sin percatarse del rojo del semáforo y, ¿creen ustedes que la policía le tomó siquiera los datos?. Al contrario, cuando llegaron las autoridades, entre sollozos provocados por la risa emocional, daban unas palmaditas en la espalda a la infractora. Respecto al accidentado, ya fallecido, decenas de personas veían entre sonrisas sus últimos momentos de vida ante su pasividad. Cuando los servicios sanitarios llegaron nada se podía hacer ya por él que, sin el casco reglamentario, había perdido parte de su masa encefálica sobre los adoquines.

  Hechos así se repetían sin dejar de suceder alrededor de pueblos, barrios y ciudades del país. Además, las autoridades municipales no veían nada extraño en estos comportamientos puesto que ellos, ahora, formaban parte de la misma clase social que el resto: la de los chistosos. Toda la nación era ahora alegre y graciosa. La igualdad por la que habían estado clamando desde hacía años era ahora más real que nunca puesto que todos se podían equiparar en listeza, cualquiera podía contar algún chiste mejor que el de su compatriota.  Bueno, mentiríamos si dijésemos que todos eran ahora alegres y felices. Había unas cuantas familias, en particular una familia en concreto, que era la que había estado ostentando durante 40 años el poder económico y político pero a la que nadie lograba identificar con claridad que no compartía la alegría, al menos no de  puertas adentro.

  Muy pronto grandes masas de personas sin trabajo, que habían estado buscando en los contenedores algún pedazo de comida no roída todavía por las ratas, comenzaron a realizar manifestaciones de alegría colectiva, reuniones en los barrios en las que, de manera rotatoria, en improvisados escenarios, los más graciosos salían a contar sus vidas de manera tan chistosa que a todos les chorreaban, cual néctar salino, lágrimas, llantos de regocijo. Las carcajadas eran casi dionisíacas, desproporcionadas, las caras se desencajaban y los escasos servicios sanitarios que la mangancia de los políticos había permitido subsistir debían recoger a personas con grandes dolores musculares, con sus mandíbulas descoyuntadas.

     Todo el país estaba envuelto en una pandemia severa de alegría que estaba empezando a tener graves consecuencias: pronto empezó a morir gente. Muchas personas fallecían después de largos minutos presos de ataques de risa, bien de paro cardíaco, ictus cerebral o, sencillamente, por el agravamiento de los males que les aquejaban. Aquel siniestro y detestable día las gentes fueron cayendo como ratas envenenadas. En un recuento posterior hecho por personal sanitario internacional, que tuvo que ser habilitado desde el extranjero, se hablaba de una auténtica tragedia de carácter apocalíptico: no miles ni centenares de miles sino que millones fallecieron en aquel día y posteriores. Fueron necesarias en las ciudades y partidos judiciales de mayor envergadura habilitar terrenos baldíos para, en grandes fosas comunes, ir depositando a las personas que, amontonadas como basura, se depositaban con sus cuerpos retorcidos, en ocasiones partidos por la labor de las palas mecánicas. En multitud de provincias se tuvo que utilizar las incineradoras de basura para quemar la amalgama de carne y huesos que había quedado amontonados por calles y plazas. 

    Exactamente una semana después de haber estallado aquella ponzoña funesta muchas personas, algunas todavía en centros de salud improvisados, dejaron de reír.  La ciencia moderna no acertaba a comprender la naturaleza de aquel  virus histrión, acaso inyectado por el aire, como sucede en los ataques químicos de las guerras. Lo cierto es que la gente dejó de reír y solo entonces comprendió la magnitud de la catástrofe. Muchos de los que se  habían salvado comenzaron a asimilar todo lo que les había sucedido en aquellas jornadas de vivaz júbilo y regocijo. Comenzaron a sospechar de sus élites. Hay que señalar que, cuando las estadísticas salieron a la luz, aunque obviamente manipuladas, se supo que el país era mucho más rico que un mes antes, más próspero, de la noche a la mañana, un país que había sido la rémora impertinente de la Europa entera. Ya no había tanta población pasiva, en especial pensionistas y, además, milagrosamente la tasa de desempleados se había reducido notablemente, algo que no sucedía desde hacía décadas, antes del inicio del Gran Estancamiento. Estas noticias, anunciadas a bombo y platillo por las autoridades, con ciertas dosis de complacencia, en medio del luto nacional, la indignación se apoderó de aquella opinión pública. ¿ Habían acaso las autoridades autorizado una masacre jocosa?. Tenía que ser culpa del gobierno, clamaban por las calles. 

  Pero el tiempo pasó y la reflexión que sobreviene a la revuelta propició análisis más acertados. Quizás todo aquello no hubiese sido obra del maligno, encarnado en el poder ejecutivo, en aquel horrible personaje que maltrataba al  país con sus medidas sociopolíticas. Cabía la posibilidad de que hubiese sido, sencillamente, un contagio mimético de una sociedad complaciente. A fuerza de transigir, de no protestar, de mirar para otro lado durante décadas en lo que respecta a los asuntos públicos se habían dedicado exclusivamente a la crítica mordaz, sagaz acaso, pero humorística al fin y al cabo. Y, entonces, ese país había llegado al paroxismo de la gracieta y el chascarrillo. 

    Tanto había sido así que, tiempo después de haber quedado totalmente claro que nada oscuro ni organizado desde instancias superiores había detrás de aquellos millones de muertos, algunos ciudadanos la tomaron con los humoristas, con el humor gráfico y televisivo, con los graciosillos y acabó instaurándose una dictadura de lo correcto, donde el menor atisbo de humor era duramente penado por la ley. Y, sin embargo, aquella sociedad, aquel estado, aquella nación era consciente de su culpa, de su negligencia y de su parsimonia. La pandemia de humor, de risa incontrolada solo había sido posible en un país como ese, en el que a fuerza de no quejarse, de no luchar por sus  derechos habían descuidado toda la crítica en el chiste, la chirigota y la burla. Un país que había sacrificado su propia existencia por una vida tranquila y jocosa. Ese país estaba ahora mejor económicamente, había logrado el ansiado despegue, el crecimiento sostenido y sostenible pero como sociedad amoral que había llegado a ser estaba muerto  para siempre.

jueves, 9 de enero de 2014

Caquexia



  

  Julius vivió durante buena parte de su vida en la total indigencia. Era un pordiosero, pues vestía ropas hechas girones, ennegrecidas de tantas noches al raso, durmiendo en cajeros automáticos y entre cartones. Cuando se cansaba o lo echaban los seguratas que llegaban de madrugada a incordiar, se buscaba un refugio debajo del Puente Viejo. Llegó a tener su propia ruta turística por la ciudad: Puente Viejo, Puente de las Lamentaciones, Puente del Ferrocarril, pasarela del mercado, Puente del Trimilenario. Así transcurría su vida, una vida llena de extremos: extremadamente hambriento, extremadamente sucio, extremadamente solo.

   Su existencia era verdaderamente indigna y estaba resignado a acabar sus días en algún lugar de aquella urbe que se había convertido en su cárcel, en una burbuja plastificada como la de  un inmunodeficiente grave, como algún inmaduro pulmonar en una incubadora, perenme, permanente, de la que no podía escapar.  Se encontró además con la mala suerte de vivir en una ciudad llena de seres insolidarios y avaros, que solo miraban para sus adentros, incapaces de entregar al prójimo una pizca de su bonhomía. Eran siniestramente ingratos. Es cierto, aquella ciudad había sido extremadamente rica y lo seguía siendo en cierto modo. Sus habitantes presumían de vivir en el mejor de los mundos y, descarados, deambulaban a diario en radiantes Mercedes-Benz o Audis, gastaban en lotería unas sumas muy grandes con la esperanza de ser enriquecerse más todavía.

   Sin embargo, como digo, no aparecía nunca en sus conciencias el remordimiento típico en las clases pudientes que les anima a entregar siquiera un plato de sus sobras, alguna prenda anticuada, una pequeña limosna, un pedacito de su bienestar, porque por no sentir ni siquiera sentían la llamada de la caridad. Solo unos cuantos atrevidos, casi revolucionarios, considerados malos ciudadanos, se dignaban en aportar una mínima parte de lo que podían a este grupo de desgraciados. Y se daba la paradoja de que eran estos los que menos recursos tenían, los que rozaban con la punta de sus dedos el delgado filo que los separaba de un desahucio, de un drama familiar, los que podían acabar, en definitiva en cualquier momento, en la misma situación que la de nuestro protagonista.

    El hambre se apoderaba de su penoso transcurrir. Parecía como un ser transportado en el tiempo por algún ingenio maléfico y traído a la actualidad desde la postguerra. Su aspecto de suciedad y su extremada delgadez se debía sin duda a su voraz apetito no satisfecho. Rebuscaba en la basura pero no encontraba más que alguna fruta carcomida o muslo de pollo roído pues, como he dicho antes, los ciudadanos eran tan tacaños que ni siquiera depositaban en la basura los  residuos orgánicos sobrantes: los incineraban en sus hogares o en sitios llenos de corrupción en los que unos cuantos desalmados se forraban quemando la basura ajena. Aunque extraño a cualquier extranjero, resultaba para ellos como un hábito que tenían asumido como costumbre. Alguno podría pensar que era una manía, pero sin duda una manía nefasta.  Estaba tan delgado que podía pasar alguna que otra noche en lugares más cerrados, como debajo del sumidero principal de la rambla, formado por gruesos barrotes de hierro pintados. Allí,  impregnado de un olor nauseabundo pasaba la noche junto a ratas, cucarachas y todo tipo de coleópteros. Allí soñaba con un futuro mejor y, lo que es más importante, sobrevivía.  La luz tenue del amanecer chocaba contra su condolido cuerpo antes que en el de nadie y casi le hería, todavía aturdido por la inmundicia. Estaba vivo y era suficiente, pensaba sin pensar.

 Superando así el ciclo completo de 24 horas, en aquel lugar inhóspito y frío en invierno, con una humedad que carcomía los huesos, renacía alegre todas las mañanas. Era tal su ingenuo alborozo que, en su deambular por la calle mayor, todavía casi desértica, sonreía a los transportistas que dejaban su mercancía logrando algunas monedas con las que llevarse algo a la boca. Pero no nos llamemos a engaño: los portadores de materia prima eran foráneos y agradecían, como no puede ser de otra manera, una sonrisa de complicidad a su duro y laborioso esfuerzo, aunque fuera de una boca ennegrecida y mellada de un personaje extraño y casi minúsculo que, solo en apariencia, deambulaba ebrio a esas horas intempestivas. Remarco la palabra "foráneo" porque en aquel rincón del mundo eran los únicos revestidos, en apariencia, de cierta humanidad.

   Ese sentimiento desaparecía cuando los despreciables habitantes de la ciudad, esa ciudad que quizás no tenía la culpa de tener esa calaña de moradores, pero que había sido prostituida por ellos, comenzaban a llenar las callejas del casco viejo. Entonces el espíritu de alegría se veía devorado por la agria personalidad de aquellos seres viles. Saltaba a la vista que un ser jovial y optimista, solidario y paupérrimo como Julius molestaba.  Y no solo él, sino todos aquellos que caían como un cuentagotas en la miserable situación de la pobreza absoluta.  Aunque no fuera de esperar, acabó sucediendo la tragedia concomitante a una micro-sociedad así dispuesta. Pronto los habitantes de aquel lugar decidieron limpiar sus calles de esas personas inconvenientes. Estaban hartos de percibir aquella vibración de alegría que Julius y los demás Julius, los nuevos Julius, lanzaban impunemente al aire cada día más irrespirable para ellos del corazón de la ciudad.

    Fue como una obligación para ellos, un deber casi sagrado: evitar que su forma de vida, su cerrazón, su carcundia, pudiese quizás verse modificada, alterada, doblegada por la alegría de aquellos pobres que nada tenían ni temían. Pronto una comisión impulsada por el cabildo municipal quedó integrada por los más notables del lugar. Por resumir un poco los acuerdos a que llegaron debería decir que se establecieron unas patrullas (llamadas a partir de ese momento policía de barrio) que se encargaban de prohibir a los indigentes rebuscar en la basura, apostarse en las puertas de los mercados, pedir en los aparcamientos de coches o incluso acercarse a las calles más comerciales y concurridas. De esta manera, en cuestión de semanas, muchos fueron muriendo de agotamiento ante la indiferencia generalizada.

   La muerte les llegaba en cualquier lugar en el que hubieran caído rendidos, extenuados de cansancio y entonces, obra de la comisión ciudadana, un grupo especializado se encargaba de su recogida, como si de residuos orgánicos o animales reventados por camiones fueran. Los viles habitantes de la urbe no tenían remordimientos porque en todos y cada uno de ellos se había asentado una ideología que había cimentado en sus corazones.  Los más mayores la transmitían a sus hijos y estos a los suyos que, reforzados por las enseñanzas de sus abuelos, reafirmaban en su intelecto la siniestra idea de lo útil. Había cosas útiles y otras inútiles y, entre estas, estaba esa parte de la población en la extrema pobreza que si en esa situación se encontraban por algo sería. El "por algo sería" era como un eslogan que flotaba como un pútrido perfume que para ellos era sublime.

  Pero volviendo a Julius, con enorme coraje y voluntad conseguía sobrevivir día tras día, gracias a la ayuda de alguno de los visitantes de la ciudad. Es cierto que aquella ciudad no tenía ningún atractivo turístico reseñable salvo algunas ruinas que la especulación urbanística había tenido la piedad de respetar, normalmente lugares desvencijados, trozos de una historia que no les importaba olvidar. Pero su benigno clima atraía a numerosas personas a las que la fealdad de la urbe cogía por sorpresa, desinformados del lugar al que acudían con sus cámaras de última generación multidisparo. Lo cierto es que gracias a ellos, en las entradas a la ciudad, donde las patrullas de barrio no llegaban por el momento, lograba la caridad de los viajeros y podía, al menos, comer un bocado cada día. Pero esa breve y misérrima nutrición no era suficiente. Pronto su delgadez se precipitó alarmantemente por el sendero que solo permite discurrir en una sola dirección, como el agua de un río minúsculo, similar al tenía aquella desgraciada población.

   El quinto día cayó al suelo cuando trataba de llegar a un horno de pan que estaba a punto de cerrar. Algunos días, muy de mañana, tras una noche de laboriosa faena entre harinas, elaborando todo tipo de panes y dulces, los panaderos, al marcharse a sus casas para dormir unas cuantas horas, descuidados, dejaban caer al suelo ese polvillo de harina que las barras tienen recién horneadas y que queda impregnado a sus ropas y cabellos. Era de esta manera como una inconsciente propina que entregaban sin saberlo. Ese blanco, fino y casi imperceptible limo era ya el único sustento vital de Julius y de otros que, como él, aparecían moribundos en las cercanías de estas humildes y urbanas industrias. En el pavimento sucio y lleno de inmundicia de aquella calle se esfumó la última esperanza vital, el último aliento de este ser desgraciado. Su cuerpo sin vida sería recogido por la brigada de desechos de urgente eliminación, eufemismo que ocultaba el pequeño genocidio de una sociedad desalmada. No había muerto por el hambre sino por su consecuencia más extrema, la caquexia pero en el fondo de nuestros corazones sabremos comprender que murió por la indignidad de una sociedad  y que si acaso una autopsia hubiera penetrado en ese amasijo de huesos y piel,  hubiera certificado que la auténtica causa de su final había sido endógena: había muerto por un sentimiento claro de vergüenza ajena.

*foto: www.lamarihuana.com

domingo, 5 de enero de 2014

Mi yo y mi alter ego

File:Francesco Primaticcio 003.jpg
Primaticcio: Rapto de Helena
  Apoyando el oído, un sonido gutural, casi siniestro y, sin embargo, un poco divertido se escucha en el interior de su barriga. !Sí¡, es alegre, tremendamente alegre y vivaz. ¿Cómo ahí, dentro de esa carne, de esa barriga cada día más redondeada y brillante, poseedora de un simpático ombligo retráctil, que entra y sale a voluntad, puede haber un diminuto ser que se retuerce, bebiendo, riendo y preocupándose, chupándose los dedos de placer, oyendo ya como oímos los seres humanos al bucear levemente en el bravo mar, sonidos acaso mágicos y celestiales o seguramente inquietantes?. Sí, es ya una persona, pero mínima, con el contador de su memoria ya en marcha, viviendo su vida, trascurriendo levemente, flotando cual astronauta en la desaparecida atmósfera de un lejano planeta, acaso Saturno o Júpiter, al que algún día llegue sin proponérselo.

  En un mundo desconocido por olvidado ya se emancipó, ya es un ser completo, con su ciudadanía por alcanzar pero, en cualquier caso, no idiota, sino sabio. Porque lo sabe ya todo: todo su entorno, todo su líquido amniótico, toda su pequeña celda circular y amorfa, en la que puede desarrollar la entelequia de un espléndido futuro en el exterior, por el que luchará para llegar a él, a su pronta liberación. Ser total y absoluto, ha completado sus órganos, su desarrollo físico y mental, realiza ejercicios de mantenimiento en la bolsa llena de agua que traga y respira, cual pececillo inquieto, filosofando ya:¿en dónde estoy?.¿Hay algo más allá, ahí dónde se ve la tenue luz y se escucha el sonido extraño?.

    Pero, ¿cómo?. ¡¡No es uno, sino que son dos!!. Explosión de alegría, ¡Alborozo y júbilo!.  Por algún extraño sortilegio, por una maravilla de la natura, quizás por antecedentes genéticos dignos de ser investigados por algún Poirot o Holmes, han crecido dos mónadas, dos seres quizás idénticos todavía. Son dos humanos conscientes de su desconocimiento porque todavía no saben apenas nada, incluso que no están solos ahí dentro. Son Dante y Fernando, sus seudónimos paternos, pero, en realidad no saben todavía que serán llamados como Francisco y Alejandro; como Miguel y Rafael. El primero que deje de respirar líquido será Fran, en honor a mi querida abuelita paquita, a la que tuve la desgracia de conocer muy pronto, demasiado inmaduro para haber disfrutado de su presencia, pero que tanto me quería  y también evocando a  mi mejor y apreciado tío Paco, hijo de mi abuela. Pero, además, el nombre Francisco me trae siempre a la memoria mi nunca oculta admiración por la gran patria Francesa. Admirando la Francia entera, a la que siempre me hubiera gustado haber pertenecido también me llega al entendimiento aquel joven Giovanni Bernardone, aquel rico que lo dejó todo y a todos por llevar una vida que quiso que fuera de pobreza , por ayudar a los desposeídos en un mundo de desposeídos, ocupándose de enfermos y necesitados. Ese Francisco ( pequeño francés o francesito) italiano nacido en una aldea de Asís que, por su faceta humana y pecadora, que no religiosa, es admiración de toda la humanidad.


   El segundo que contacte con el aire, más pequeñito con seguridad, tranquilo y sosegado, quizás mordaz y sagaz acaso, será Alejandro. Como aquel Paris de Troya, abandonado a vivir una vida de cabrero siendo el más bello y poderoso príncipe, el que decidió la disputa, el que amó a Elena, el que venció a Aquiles, el que murió defendiendo su honor y el de los suyos. También fue aquel hombre grande, casi un Dios, que llegó a dominar el mundo a los 33 años. Ese Alejandro, esos alejandros míticos e históricos, esa valentía, esa lucha por la superación es la que tendrá Alex. Y ya puestos, ¿Por qué no un segundo nombre?. Miguel y Rafael siempre serán esos artistas renacentistas, esos creadores de lo sublime. El  humanismo de unos seres todavía non-natos, su pericia, su búsqueda de la sabiduría, su lucha y esfuerzo, su superación, como aquellas bóvedas de la Sixtina, como aquel fresco de los clásicos, en la signatura, con Aristóteles y Platón,  junto a los sabios de la antigüedad que nadie ha logrado superar ni superará jamás. Ni más ni menos, carne de mi carne, mi yo y mi ego, o mi alter-ego: Francisco y Alejandro, Alejandro y Francisco.

Gandía, 3 de Enero de 2014

sábado, 28 de diciembre de 2013

La muerte en 24 horas


  

   La miseria se había apoderado de su triste vida. Ahora sí que ya no había nada que hacer, decía resignado cuando caminaba por Reina Victoria. Había perdido su familia, su casa, su coche. Dos días antes su jefe lo había puesto en la puñetera calle, y ahora estaba ya literalmente en ella. Un día de diciembre por la mañana el secretario judicial hizo acto de presencia y acabó desalojado para siempre de su pequeño rincón en el mundo, el único lugar en que llegó a sentirse querido, como ser social que algún día fue. De repente, ese frío día, que casi acababa de despuntar, nuboso y brumoso, se vio en la calle, sin nada que hacer, sin sitio al que ir porque con el paso de los años había dejado de tener amigos. O mejor dicho, su familia había absorbido todo su tiempo y había descuidado todo lo demás. Sus padres habían muerto años atrás y su único hermano, que vivía en otro país, le había dado de lado a raíz de unos asuntos con cierta herencia. Su mujer y sus dos hijos huyeron como se huye de la lepra y tampoco tenía más familia. No conocía a nadie más, al menos nadie que ya recordara o quisiera recordar.

   Sin tener nada mejor que hacer, después del desahucio, comenzó a dar vueltas por las calles. Pasaba por los engalanados escaparates, miraba los artilugios electrónicos que le gustaría tener, teléfonos de última generación, 150, discos duros de alta capacidad, 200. Su cabeza era un nido de números sin sentido que le remitían a su enorme angustia por no tener cantidad alguna con que satisfacer sus deseos. Acabó a media mañana tan ofuscado que, todavía en ayunas, sufrió un ligero vahído y sucio y desarrapado, cayó al suelo, cerca de la pared de un edificio. Aparentemente desmayado pero apoyando su espalda contra el ladrillo caravista que lo miraba, nadie osó detenerse ni preguntar por su situación. Eran las 11,55 de la mañana y su estómago no paraba de molestarle. En realidad pensó en ir al bar el águila, en donde los últimos 15 años había comenzado a ser persona cuando tenía que ir al trabajo pero cuando miró en su bolsillo apenas 10 céntimos llenaban su monedero.
   Triste y desanimado, cayó al suelo y sentado quedó esperando que el tiempo pasase y jugase a su favor. Pero no fue así para su desgracia. No obstante, minutos después de permanecer en ese sitio había juntado como por azar ambas manos como en actitud orante, con la mirada perdida hacia el sucio pavimento y, casi de manera instintiva, sin percatarse de ello, con las palmas juntas, fue abriéndolas creando una pequeña concavidad con sus manos. Y así, sin quererlo, obtuvo algún recurso extra. Ya que estaba en una de las vías más comerciales de la ciudad, algún conciudadano suyo se arriesgó a depositar alguna calderilla, alguna monedita de escaso valor, uno, dos, cinco, diez céntimos.
    Su cuerpo se estremeció cuando notó la primera moneda en su cuenco de carne y huesos. Sorprendido, alzó su oscura y trasojada mirada hacia el cielo y un fulgor le cegó momentáneamente. Eran los rayos del sol que se habían colado entre dos enormes cumulonimbos y que pronto volverían a ocultarse. En poco tiempo cobró conciencia de su nuevo estatus, de su nuevo ser. Se había convertido en  un pedigüeño sin solicitarlo, sin pedir voluntariamente. Ahora sí que era un triste mendigo, eso que jamás había podido imaginarse cuando, un año antes y paseando con su esposa e hijos por la misma avenida,  había dado la calderilla sobrante del parquímetro a una mujer que, escrito en un mugriento cartón, solicitaba como una analfabeta algo para subsistir.
   La mañana fue periclitando y pronto el trajín de personas descendió. Llegaba la  hora de comer y muchas personas volvían a sus domicilios o se adentraban en restaurantes o bares en busca de algún menú económico con el que solventar el hambre sobrevenida y su escasez de recursos. Ahora los menús eran muy económicos y hasta se podía pedir un único plato por una cantidad  que años atrás habría despertado grandes carcajadas en pequeños cenáculos de empresarios de la restauración. Nuestro protagonista, casi sin darse cuenta había reunido una cantidad suficiente como para comer. Con su dignidad por los suelos ( literalmente), triste y abatido, recontó todas las monedillas que tenía. Algo era algo.
   A mediodía comió un frugal menú, pues su apetito era menor que la temperatura de ese gélido día de diciembre. No teniendo a dónde ir, ni con quién hablar, llegó a un jardín al que acostumbraba acudir por las tardes, después de salir del trabajo, en verano, para leer un rato y respirar algo de aire puro. Aunque hacía tiempo que ya no iba porque ni siquiera tenía ánimos para leer y fantasear, dejarse llevar por las historias que su biblioteca albergaba, regresó con el ánimo ligeramente recompuesto pues había observado que la caridad de la gente era mayor de lo que pensaba.
  "Me pondré en Jorge Juan, a la altura de lo que un día fue el cine, y pediré", pensó durante el paseo. Y así lo hizo. Pero el frío y lo desagradable del día no llenó las calles, como un cuentagotas las personas aparecía, aceleradas por lo pertinaz de la suave llovizna que caía del cielo. Pasaron tres horas sin ningún resultado. "Es evidente que no soy un profesional de esto, como de casi nada," volvió a pensar. El frío fue penetrando en su ser como penetran las enfermedades, sin pedir permiso, sin semáforos ni señales de Stop como sucede con el tráfico por la urbe. Muy pronto se sintió verdaderamente mal, muy enfermo. Pensó que tenía algunas décimas pero no cejó en su pretensión de poder alquilar alguna habitación para esa noche. No le quedaba otra.
Ninguna moneda acabó en sus manos, que eran ya dos témpanos de hielo. Tenía que moverse o  la maldita  hipotermia acabaría machacándole como la carcoma a la madera. De manera descuidada había salido de su casa, ante lo apremiante de observar por la mirilla a tres policías y un representante de la ley en el descansillo, delante de su vivienda. De esta manera carecía de ropa de abrigo, el abrigo largo, ¡cuánto lo añoraba ahora, después de años de desprecio!. Tan solo una pequeña, descolorida  y avejentada chaqueta de chándal verde que le daba un aspecto entre yonqui de aparcamiento y persona llegada a ese lugar desde un vórtice espacio-temporal procedente de los años 80 cubría su maltrecho cuerpo, ya dolorido por tanto estrés acumulado. La noche se le echó encima, como se echa encima la policía sobre los díscolos que protestan en la calle. Nada había en sus manos, nada tenía para cenar. Ahora sabía muy bien cuál es el verdadero rostro de las personas, ahora confirmaba para sí sus vetustas sospechas: lo deshumanizado de la humanidad.
  Era navidad, 27 de diciembre. Faltaba un día para los inocentes y ahora recordaba bien, apostado entre unos tristes cartones que había logrado recoger en un asqueroso contenedor, las bromas que se gastaban en la oficina todos los años. ¿ seguirian riéndose o, lo que es peor, se reirían de él, de su situación?. Todo ello le atormentaba sobremanera. La noche se adentró fría y espesa. Su cuerpo comenzó a tiritar sin control. No había cenado porque nadie había puesto nada sobre la pequeña cajita que había logrado fabricar con unos cuantos folios de papel reciclado. Extenuado, se tumbó para descansar, para llegar al descanso final. Inconscientemente su cuerpo se fue apagando. El frío y la desnutrición hicieron su tarea. Su cuerpo se bloqueó y colapsó entre cartones de frigorífico. La muerte le había alcanzado muy rápido, tanto que ni siquiera 24 horas antes, en su domicilio, arropado por unas mantas y con una lata de callos recién abierta, pudiera haber siquiera sospechado. Pero la burocracia no descansaba, el era un simple número, una sencilla cifra que había que ejecutar con rapidez, no fuera a percatarse alguien.
   Por la mañana nadie advirtió de que una persona muerta yacía a un lado de la acera de granito. El cuerpo se encontraba totalmente cubierto de cartón pero un pequeño espacio quedaba al descubierto y no era su cara. Uno de sus brazos extendidos, ya rigor mortis, dejaba entrever la palma de su mano que había quedado a una altura superior al resto del fiambre. Era 28 de diciembre, día de los Santos Inocentes. La calle comenzó a animarse y el cuerpo ya había comenzado su descomposición, pues había fallecido a las tres de la madrugada, las piernas semidesnudas mostraban un color negruzco y amoratado.  Paradojas del destino, mucha gente, alegre y despreocupada, comenzó a depositar monedas en su mano rígida pero ligeramente curvada. Cuando el dinero no cupo más en su mano, comenzó a caer en la pequeña cajita de papel y, en pocas horas, antes de lo que nadie  podría  haber sospechado la caja estaba rebosante de monedas.

   La mañana transcurrió pero nadie se percató del estado cadavérico del cuerpo. Sin embargo, más o menos a las doce en punto, o eso recuerdo, un travieso jovenzuelo advirtió la prodigiosa acumulación de caudales. Algunas monedas, de manera caprichosa, se habían llegado a desparramar mucho más lejos de lo normal. Antes de que nadie se pudiera percatar trató de agarrar alguna moneda de la cajita con tan mala fortuna que tropezó con los cartones dejando al descubierto el rostro pálido y cadavérico del pobre desahuciado. Su estado de rigidez cadavérica unido a unos ojos muy abiertos parecía anunciar que, desde el más allá, quería ver la actitud de sus coetáneos. Y, sin embargo, su decepción fue total. Nadie se detuvo, nadie siquiera se molestó en mirar. Tan solo un policía que estaba cerca se percató, minutos después, de que un cadáver yacía en el frío suelo. El servicio de recogida de cadáveres llegó presto y amontonó su cuerpo encima de unas cuantas de decenas de desposeídos, de desahuciados que, como él, habían muerto en 24 horas, sin dignidad, sin el cariño ni la compasión del resto de la ciudadanía que, impasible ante el suceso, continuó con su trajín de compras navideñas. Una sociedad egoísta que ni siquiera era capaz de imaginar que, en cualquier momento, le podía tocar el turno del sufrimiento, de la miseria y del deshonor.

sábado, 14 de diciembre de 2013

No vuelva usted mañana

   
  Un cuidadano llega a los juzgados centrales de una ciudad de medio tamaño, un frío día otoñal. Los funcionarios están a punto de marcharse a su casa. Son las dos menos cuarto. 

  • Españolito:  Hola, buenas. Quería denunciar un escándalo muy grave.
  • Funcionario: Buenos días. ¿Algún problema?
  • Españolito: (jadeando): emmm. Quería denunciar algo muy grave. ¿Es aquí?
  • Funcionario: Depende lo que sea. A ver, es muy tarde. Dígame usted.
  • Españolito: Es que, bueno, ejem, estaba viendo la televisión y...quiero denunciar un robo o una estafa o algo así.
  • Funcionario: (tosiendo)...¿cómo por televisión?. ¿Usted está bebido o me toma a mi por imbécil?.
  • Españolito: no, escuche. He visto esta noche que un señor ha robado miles de euros y los ha guardado en Suiza. Solamente quería preguntar si aquí es dónde se denuncian los robos.
  • Funcionario: Mire, esto es un juzgado y no estamos para tonterías.
  • Españolito: ¿Entonces dónde tengo que ir para denunciar el robo?.
  • Funcionario: Pero vamos a ver , ¿usted cree que se puede venir aquí, a un sitio público, a estas horas que ya estamos, a punto de cerrar, a denunciar algo que ha visto por televisión?
  • Españolito: Disculpe si le he ofendido, pero yo creía que los delitos se denunciaban ante un juzgado
  • Funcionario: (airado) Mire, para tomarme el pelo se va usted a otro lado. Márchese o aviso al guardia de seguridad. (Se gira como para salir de su estrado).
  • Españolito: Perdone ( contrariado). Yo soy un ciudadano y tengo entendido que los delincuentes deben estar en prisión, a buen recaudo. Había oído que hay que ir a un juzgado a denunciarlo. Pues bien, aquí estoy. Le ruego que me permita tramitar una denuncia.
  • Funcionario (mirando con cara de pasmado a un compañero que está sentado a su izquierda) :Esta bien, no se ponga así. Podemos hacer una cosa. Usted me trae algo sólido, pruebas. ¿Entiende?. Es que en la justicia, para denunciar a alguien, hay que traer pruebas, algo consistente. No basta con haber presenciado un delito.
  • Españolito: si, le comprendo señor, pero es que es un escándalo que afecta a la administración.
  • Funcionario(iluminándose su cara): Hombre, haber empezado por ahí. Primero tiene que rellenar este formulario color sepia y traer copia de su documento de identidad, libro de familia y declaración de la renta. Después de esto tendrá que abonar una tasa de 100 euros más IVA que podrá hacer efectiva en su sucursal habitual.
  • Españolito: (contrariado): Yo pensaba que la justicia era gratuita.
  • Funcionario: Espere, espere. Si no he acabado. Para infracciones administrativas deberá también aportar un extra, un suplemento de 40 euros, siempre que usted quiera que el asunto se tramite de manera normal. Entre nosotros y ahora que no hay nadie detrás de usted le diré que si no abona esta tasa el asunto se puede etenizar. Quizás la denuncia esté archivada en alguna estantería dentro de un año, no le se decir.
  • Españolito: Le agradezco la sinceridad. A mi me gustaría que el asunto fuese por vía urgente porque el delito es muy grave. Se trata de apropiación de caudales públicos. ¿ No cree que es algo grave?
  • Funcionario: Depende de como lo vea usted. De todas formas esto es lo que hay. La tasa es lo que le permite la rapidez. Si no la abona el asunto se detiene. Salvo que usted decida ir por la vía externalizada.
  • Españolito (con cara extrañada): ¿Disculpe?. ¿A qué se refiere?.
  • Funcionario: esto es algo que el ministerio está implementando. Para que lo sepa: se trata de que una empresa privada que tramita las denuncias contra la administración. Tenga en cuenta usted que todo está muy saturado. Todo esto entra dentro del plan de eficiencia. Yo le recomiendo acudir a esta empresa.
  • Españolito: ¿Pero eso me costará dinero?
  • Funcionario: Hombre, la verdad es que le puede salir más económico ya que esta empresa recibe, por así decirlo, una subvención. Vamos, que paga la administración. Así es como sale más barato.
  • Españolito: (con cara de enojo): ¡¡Joder, pues estamos arreglados!!. Me está usted diciendo que para denunciar a la administración tengo que pagar a una empresa que cobra de la administración y este hecho, en sí mismo, me parece como para denunciar a la administración, oiga¡¡
  • Funcionario: Pues es lo que hay señor. O lo toma o  lo deja. En caso negativo, no vuelva usted  mañaña, se lo ruego.
  • Españolito ( a punto de estallar):Todo esto me indigna mucho. Me parece vergonzoso que paguemos impuestos para que después haya que pagar a una empresa, o sea, que paguemos dos veces.
  • Funcionario: A mi también me indigna, caballero. ¿O se cree que los que estamos detrás de la ventanilla somos autómatas?. Además, hágase cargo de que no es ámbito particular de la justicia, sino que ya se ha ido aplicando en hospitales y colegios. Lo último que se ha comentado en la cafetería aunque yo lo escuché hace días es que querían otorgar a una empresa toda la seguridad de las ciudades.  (indignado): !!No sé donde vamos a llegar¡¡
  • Españolito (viniéndose arriba, con aire de superioridad): Es triste pero lo más probable es que la próxima vez que venga aquí usted ya no esté en su puesto. Todo lo más estará recogiendo basura o haciendo cafés. Es lo que tiene ser servil con el poder.
  • Funcionario ( con cara crispada, desencajada): Haga usted el favor de largarse de aquí o tendré que llamar al vigilante de seguridad. Y para que usted lo sepa, ahora ya la seguridad privada puede detener y golpear a los díscolos. Por cierto, como le he dicho antes:!!! no vuelva usted mañana¡¡¡.

viernes, 6 de diciembre de 2013

Bicorial


Duplicación arbitraria de la naturaleza, 
enigma duplicado. Un niño no, dos.
Dos seres. Doble personalidad
bien o mal avenida, antagónica tal vez.
Bicorial biamniótico, doble placenta,
doble saco vital, doble  esperanza.

Hermandad vivida desde la concepción,
compañeros de viaje, astronautas flotando
en un mar sin gravedad, dulce néctar 
o filtro de puridad. Líquido soberbio,
 ósmosis de pulcritud del daño 
infinitesimal que atrae a las almas puras.

Azar de sorpresas, plenamente consciente,
 búsqueda incansable del auténtico
 amor verdadero. Biología caprichosa
que ofrece un nuevo hercúleo trabajo.
Dos humanos de feroz virilidad, de nervioso
parecer desde su misma raíz de sueños de vigilia.