La miseria se había apoderado de su triste vida. Ahora sí que ya no había nada que hacer, decía resignado cuando caminaba por Reina Victoria. Había perdido su familia, su casa, su coche. Dos días antes su jefe lo había puesto en la puñetera calle, y ahora estaba ya literalmente en ella. Un día de diciembre por la mañana el secretario judicial hizo acto de presencia y acabó desalojado para siempre de su pequeño rincón en el mundo, el único lugar en que llegó a sentirse querido, como ser social que algún día fue. De repente, ese frío día, que casi acababa de despuntar, nuboso y brumoso, se vio en la calle, sin nada que hacer, sin sitio al que ir porque con el paso de los años había dejado de tener amigos. O mejor dicho, su familia había absorbido todo su tiempo y había descuidado todo lo demás. Sus padres habían muerto años atrás y su único hermano, que vivía en otro país, le había dado de lado a raíz de unos asuntos con cierta herencia. Su mujer y sus dos hijos huyeron como se huye de la lepra y tampoco tenía más familia. No conocía a nadie más, al menos nadie que ya recordara o quisiera recordar.
Sin tener nada mejor que hacer, después
del desahucio, comenzó a dar vueltas por las calles. Pasaba por los engalanados
escaparates, miraba los artilugios electrónicos que le gustaría tener,
teléfonos de última generación, 150, discos duros de alta capacidad, 200. Su
cabeza era un nido de números sin sentido que le remitían a su enorme angustia
por no tener cantidad alguna con que satisfacer sus deseos. Acabó a media
mañana tan ofuscado que, todavía en ayunas, sufrió un ligero vahído y sucio y
desarrapado, cayó al suelo, cerca de la pared de un edificio. Aparentemente
desmayado pero apoyando su espalda contra el ladrillo caravista que lo miraba,
nadie osó detenerse ni preguntar por su situación. Eran las 11,55 de la mañana y
su estómago no paraba de molestarle. En realidad pensó en ir al bar el águila,
en donde los últimos 15 años había comenzado a ser persona cuando tenía que ir
al trabajo pero cuando miró en su bolsillo apenas 10 céntimos llenaban su
monedero.
Triste y desanimado, cayó al suelo y
sentado quedó esperando que el tiempo pasase y jugase a su favor. Pero no fue
así para su desgracia. No obstante, minutos después de permanecer en ese sitio
había juntado como por azar ambas manos como en actitud orante, con la mirada
perdida hacia el sucio pavimento y, casi de manera instintiva, sin percatarse
de ello, con las palmas juntas, fue abriéndolas creando una pequeña concavidad
con sus manos. Y así, sin quererlo, obtuvo algún recurso extra. Ya que estaba
en una de las vías más comerciales de la ciudad, algún conciudadano suyo se
arriesgó a depositar alguna calderilla, alguna monedita de escaso valor, uno,
dos, cinco, diez céntimos.
Su cuerpo se estremeció cuando notó
la primera moneda en su cuenco de carne y huesos. Sorprendido, alzó su oscura y
trasojada mirada hacia el cielo y un fulgor le cegó momentáneamente. Eran los
rayos del sol que se habían colado entre dos enormes cumulonimbos y que pronto
volverían a ocultarse. En poco tiempo cobró conciencia de su nuevo estatus, de
su nuevo ser. Se había convertido en un pedigüeño sin solicitarlo, sin
pedir voluntariamente. Ahora sí que era un triste mendigo, eso que jamás había
podido imaginarse cuando, un año antes y paseando con su esposa e hijos por la
misma avenida, había dado la calderilla sobrante del parquímetro a una
mujer que, escrito en un mugriento cartón, solicitaba como una analfabeta algo
para subsistir.
La mañana fue periclitando y pronto el
trajín de personas descendió. Llegaba la hora de comer y muchas personas
volvían a sus domicilios o se adentraban en restaurantes o bares en busca de
algún menú económico con el que solventar el hambre sobrevenida y su escasez de
recursos. Ahora los menús eran muy económicos y hasta se podía pedir un único
plato por una cantidad que años atrás habría despertado grandes
carcajadas en pequeños cenáculos de empresarios de la restauración. Nuestro
protagonista, casi sin darse cuenta había reunido una cantidad suficiente como
para comer. Con su dignidad por los suelos ( literalmente), triste y abatido,
recontó todas las monedillas que tenía. Algo era algo.
A mediodía comió un frugal menú, pues su
apetito era menor que la temperatura de ese gélido día de diciembre. No
teniendo a dónde ir, ni con quién hablar, llegó a un jardín al que acostumbraba
acudir por las tardes, después de salir del trabajo, en verano, para leer un
rato y respirar algo de aire puro. Aunque hacía tiempo que ya no iba porque ni
siquiera tenía ánimos para leer y fantasear, dejarse llevar por las historias
que su biblioteca albergaba, regresó con el ánimo ligeramente recompuesto pues
había observado que la caridad de la gente era mayor de lo que pensaba.
"Me pondré en Jorge Juan, a la altura de
lo que un día fue el cine, y pediré", pensó durante el paseo. Y así lo
hizo. Pero el frío y lo desagradable del día no llenó las calles, como un
cuentagotas las personas aparecía, aceleradas por lo pertinaz de la suave
llovizna que caía del cielo. Pasaron tres horas sin ningún resultado. "Es
evidente que no soy un profesional de esto, como de casi nada," volvió a
pensar. El frío fue penetrando en su ser como penetran las enfermedades, sin
pedir permiso, sin semáforos ni señales de Stop como sucede con el tráfico por
la urbe. Muy pronto se sintió verdaderamente mal, muy enfermo. Pensó que tenía
algunas décimas pero no cejó en su pretensión de poder alquilar alguna
habitación para esa noche. No le quedaba otra.
Ninguna moneda acabó en sus manos, que eran ya dos
témpanos de hielo. Tenía que moverse o la maldita hipotermia
acabaría machacándole como la carcoma a la madera. De manera descuidada había
salido de su casa, ante lo apremiante de observar por la mirilla a tres
policías y un representante de la ley en el descansillo, delante de su
vivienda. De esta manera carecía de ropa de abrigo, el abrigo largo, ¡cuánto lo
añoraba ahora, después de años de desprecio!. Tan solo una pequeña,
descolorida y avejentada chaqueta de chándal verde que le daba un aspecto
entre yonqui de aparcamiento y persona llegada a ese lugar desde un vórtice
espacio-temporal procedente de los años 80 cubría su maltrecho cuerpo, ya
dolorido por tanto estrés acumulado. La noche se le echó encima, como se echa
encima la policía sobre los díscolos que protestan en la calle. Nada había en
sus manos, nada tenía para cenar. Ahora sabía muy bien cuál es el verdadero
rostro de las personas, ahora confirmaba para sí sus vetustas sospechas: lo
deshumanizado de la humanidad.
Era navidad, 27 de diciembre. Faltaba un día
para los inocentes y ahora recordaba bien, apostado entre unos tristes cartones
que había logrado recoger en un asqueroso contenedor, las bromas que se
gastaban en la oficina todos los años. ¿ seguirian riéndose o, lo que es peor,
se reirían de él, de su situación?. Todo ello le atormentaba sobremanera. La
noche se adentró fría y espesa. Su cuerpo comenzó a tiritar sin control. No
había cenado porque nadie había puesto nada sobre la pequeña cajita que había
logrado fabricar con unos cuantos folios de papel reciclado. Extenuado, se
tumbó para descansar, para llegar al descanso final. Inconscientemente su
cuerpo se fue apagando. El frío y la desnutrición hicieron su tarea. Su cuerpo
se bloqueó y colapsó entre cartones de frigorífico. La muerte le había
alcanzado muy rápido, tanto que ni siquiera 24 horas antes, en su domicilio,
arropado por unas mantas y con una lata de callos recién abierta, pudiera haber
siquiera sospechado. Pero la burocracia no descansaba, el era un simple número,
una sencilla cifra que había que ejecutar con rapidez, no fuera a percatarse
alguien.
Por la mañana nadie advirtió de que una
persona muerta yacía a un lado de la acera de granito. El cuerpo se encontraba
totalmente cubierto de cartón pero un pequeño espacio quedaba al descubierto y
no era su cara. Uno de sus brazos extendidos, ya rigor mortis, dejaba entrever
la palma de su mano que había quedado a una altura superior al resto del
fiambre. Era 28 de diciembre, día de los Santos Inocentes. La calle comenzó a
animarse y el cuerpo ya había comenzado su descomposición, pues había fallecido
a las tres de la madrugada, las piernas semidesnudas mostraban un color
negruzco y amoratado. Paradojas del destino, mucha gente, alegre y
despreocupada, comenzó a depositar monedas en su mano rígida pero ligeramente
curvada. Cuando el dinero no cupo más en su mano, comenzó a caer en la pequeña
cajita de papel y, en pocas horas, antes de lo que nadie podría
haber sospechado la caja estaba rebosante de monedas.
La mañana transcurrió pero nadie se
percató del estado cadavérico del cuerpo. Sin embargo, más o menos a las doce
en punto, o eso recuerdo, un travieso jovenzuelo advirtió la prodigiosa acumulación
de caudales. Algunas monedas, de manera caprichosa, se habían llegado a
desparramar mucho más lejos de lo normal. Antes de que nadie se pudiera
percatar trató de agarrar alguna moneda de la cajita con tan mala fortuna que
tropezó con los cartones dejando al descubierto el rostro pálido y cadavérico
del pobre desahuciado. Su estado de rigidez cadavérica unido a unos ojos muy
abiertos parecía anunciar que, desde el más allá, quería ver la actitud de sus
coetáneos. Y, sin embargo, su decepción fue total. Nadie se detuvo, nadie
siquiera se molestó en mirar. Tan solo un policía que estaba cerca se percató,
minutos después, de que un cadáver yacía en el frío suelo. El servicio de
recogida de cadáveres llegó presto y amontonó su cuerpo encima de unas cuantas
de decenas de desposeídos, de desahuciados que, como él, habían muerto en 24
horas, sin dignidad, sin el cariño ni la compasión del resto de la ciudadanía
que, impasible ante el suceso, continuó con su trajín de compras navideñas. Una
sociedad egoísta que ni siquiera era capaz de imaginar que, en cualquier
momento, le podía tocar el turno del sufrimiento, de la miseria y del deshonor.
Me ha gustado mucho, muy bien escrito!
ResponderEliminarMuchas gracias. Saludos.
ResponderEliminar