sábado, 28 de diciembre de 2013

La muerte en 24 horas


  

   La miseria se había apoderado de su triste vida. Ahora sí que ya no había nada que hacer, decía resignado cuando caminaba por Reina Victoria. Había perdido su familia, su casa, su coche. Dos días antes su jefe lo había puesto en la puñetera calle, y ahora estaba ya literalmente en ella. Un día de diciembre por la mañana el secretario judicial hizo acto de presencia y acabó desalojado para siempre de su pequeño rincón en el mundo, el único lugar en que llegó a sentirse querido, como ser social que algún día fue. De repente, ese frío día, que casi acababa de despuntar, nuboso y brumoso, se vio en la calle, sin nada que hacer, sin sitio al que ir porque con el paso de los años había dejado de tener amigos. O mejor dicho, su familia había absorbido todo su tiempo y había descuidado todo lo demás. Sus padres habían muerto años atrás y su único hermano, que vivía en otro país, le había dado de lado a raíz de unos asuntos con cierta herencia. Su mujer y sus dos hijos huyeron como se huye de la lepra y tampoco tenía más familia. No conocía a nadie más, al menos nadie que ya recordara o quisiera recordar.

   Sin tener nada mejor que hacer, después del desahucio, comenzó a dar vueltas por las calles. Pasaba por los engalanados escaparates, miraba los artilugios electrónicos que le gustaría tener, teléfonos de última generación, 150, discos duros de alta capacidad, 200. Su cabeza era un nido de números sin sentido que le remitían a su enorme angustia por no tener cantidad alguna con que satisfacer sus deseos. Acabó a media mañana tan ofuscado que, todavía en ayunas, sufrió un ligero vahído y sucio y desarrapado, cayó al suelo, cerca de la pared de un edificio. Aparentemente desmayado pero apoyando su espalda contra el ladrillo caravista que lo miraba, nadie osó detenerse ni preguntar por su situación. Eran las 11,55 de la mañana y su estómago no paraba de molestarle. En realidad pensó en ir al bar el águila, en donde los últimos 15 años había comenzado a ser persona cuando tenía que ir al trabajo pero cuando miró en su bolsillo apenas 10 céntimos llenaban su monedero.
   Triste y desanimado, cayó al suelo y sentado quedó esperando que el tiempo pasase y jugase a su favor. Pero no fue así para su desgracia. No obstante, minutos después de permanecer en ese sitio había juntado como por azar ambas manos como en actitud orante, con la mirada perdida hacia el sucio pavimento y, casi de manera instintiva, sin percatarse de ello, con las palmas juntas, fue abriéndolas creando una pequeña concavidad con sus manos. Y así, sin quererlo, obtuvo algún recurso extra. Ya que estaba en una de las vías más comerciales de la ciudad, algún conciudadano suyo se arriesgó a depositar alguna calderilla, alguna monedita de escaso valor, uno, dos, cinco, diez céntimos.
    Su cuerpo se estremeció cuando notó la primera moneda en su cuenco de carne y huesos. Sorprendido, alzó su oscura y trasojada mirada hacia el cielo y un fulgor le cegó momentáneamente. Eran los rayos del sol que se habían colado entre dos enormes cumulonimbos y que pronto volverían a ocultarse. En poco tiempo cobró conciencia de su nuevo estatus, de su nuevo ser. Se había convertido en  un pedigüeño sin solicitarlo, sin pedir voluntariamente. Ahora sí que era un triste mendigo, eso que jamás había podido imaginarse cuando, un año antes y paseando con su esposa e hijos por la misma avenida,  había dado la calderilla sobrante del parquímetro a una mujer que, escrito en un mugriento cartón, solicitaba como una analfabeta algo para subsistir.
   La mañana fue periclitando y pronto el trajín de personas descendió. Llegaba la  hora de comer y muchas personas volvían a sus domicilios o se adentraban en restaurantes o bares en busca de algún menú económico con el que solventar el hambre sobrevenida y su escasez de recursos. Ahora los menús eran muy económicos y hasta se podía pedir un único plato por una cantidad  que años atrás habría despertado grandes carcajadas en pequeños cenáculos de empresarios de la restauración. Nuestro protagonista, casi sin darse cuenta había reunido una cantidad suficiente como para comer. Con su dignidad por los suelos ( literalmente), triste y abatido, recontó todas las monedillas que tenía. Algo era algo.
   A mediodía comió un frugal menú, pues su apetito era menor que la temperatura de ese gélido día de diciembre. No teniendo a dónde ir, ni con quién hablar, llegó a un jardín al que acostumbraba acudir por las tardes, después de salir del trabajo, en verano, para leer un rato y respirar algo de aire puro. Aunque hacía tiempo que ya no iba porque ni siquiera tenía ánimos para leer y fantasear, dejarse llevar por las historias que su biblioteca albergaba, regresó con el ánimo ligeramente recompuesto pues había observado que la caridad de la gente era mayor de lo que pensaba.
  "Me pondré en Jorge Juan, a la altura de lo que un día fue el cine, y pediré", pensó durante el paseo. Y así lo hizo. Pero el frío y lo desagradable del día no llenó las calles, como un cuentagotas las personas aparecía, aceleradas por lo pertinaz de la suave llovizna que caía del cielo. Pasaron tres horas sin ningún resultado. "Es evidente que no soy un profesional de esto, como de casi nada," volvió a pensar. El frío fue penetrando en su ser como penetran las enfermedades, sin pedir permiso, sin semáforos ni señales de Stop como sucede con el tráfico por la urbe. Muy pronto se sintió verdaderamente mal, muy enfermo. Pensó que tenía algunas décimas pero no cejó en su pretensión de poder alquilar alguna habitación para esa noche. No le quedaba otra.
Ninguna moneda acabó en sus manos, que eran ya dos témpanos de hielo. Tenía que moverse o  la maldita  hipotermia acabaría machacándole como la carcoma a la madera. De manera descuidada había salido de su casa, ante lo apremiante de observar por la mirilla a tres policías y un representante de la ley en el descansillo, delante de su vivienda. De esta manera carecía de ropa de abrigo, el abrigo largo, ¡cuánto lo añoraba ahora, después de años de desprecio!. Tan solo una pequeña, descolorida  y avejentada chaqueta de chándal verde que le daba un aspecto entre yonqui de aparcamiento y persona llegada a ese lugar desde un vórtice espacio-temporal procedente de los años 80 cubría su maltrecho cuerpo, ya dolorido por tanto estrés acumulado. La noche se le echó encima, como se echa encima la policía sobre los díscolos que protestan en la calle. Nada había en sus manos, nada tenía para cenar. Ahora sabía muy bien cuál es el verdadero rostro de las personas, ahora confirmaba para sí sus vetustas sospechas: lo deshumanizado de la humanidad.
  Era navidad, 27 de diciembre. Faltaba un día para los inocentes y ahora recordaba bien, apostado entre unos tristes cartones que había logrado recoger en un asqueroso contenedor, las bromas que se gastaban en la oficina todos los años. ¿ seguirian riéndose o, lo que es peor, se reirían de él, de su situación?. Todo ello le atormentaba sobremanera. La noche se adentró fría y espesa. Su cuerpo comenzó a tiritar sin control. No había cenado porque nadie había puesto nada sobre la pequeña cajita que había logrado fabricar con unos cuantos folios de papel reciclado. Extenuado, se tumbó para descansar, para llegar al descanso final. Inconscientemente su cuerpo se fue apagando. El frío y la desnutrición hicieron su tarea. Su cuerpo se bloqueó y colapsó entre cartones de frigorífico. La muerte le había alcanzado muy rápido, tanto que ni siquiera 24 horas antes, en su domicilio, arropado por unas mantas y con una lata de callos recién abierta, pudiera haber siquiera sospechado. Pero la burocracia no descansaba, el era un simple número, una sencilla cifra que había que ejecutar con rapidez, no fuera a percatarse alguien.
   Por la mañana nadie advirtió de que una persona muerta yacía a un lado de la acera de granito. El cuerpo se encontraba totalmente cubierto de cartón pero un pequeño espacio quedaba al descubierto y no era su cara. Uno de sus brazos extendidos, ya rigor mortis, dejaba entrever la palma de su mano que había quedado a una altura superior al resto del fiambre. Era 28 de diciembre, día de los Santos Inocentes. La calle comenzó a animarse y el cuerpo ya había comenzado su descomposición, pues había fallecido a las tres de la madrugada, las piernas semidesnudas mostraban un color negruzco y amoratado.  Paradojas del destino, mucha gente, alegre y despreocupada, comenzó a depositar monedas en su mano rígida pero ligeramente curvada. Cuando el dinero no cupo más en su mano, comenzó a caer en la pequeña cajita de papel y, en pocas horas, antes de lo que nadie  podría  haber sospechado la caja estaba rebosante de monedas.

   La mañana transcurrió pero nadie se percató del estado cadavérico del cuerpo. Sin embargo, más o menos a las doce en punto, o eso recuerdo, un travieso jovenzuelo advirtió la prodigiosa acumulación de caudales. Algunas monedas, de manera caprichosa, se habían llegado a desparramar mucho más lejos de lo normal. Antes de que nadie se pudiera percatar trató de agarrar alguna moneda de la cajita con tan mala fortuna que tropezó con los cartones dejando al descubierto el rostro pálido y cadavérico del pobre desahuciado. Su estado de rigidez cadavérica unido a unos ojos muy abiertos parecía anunciar que, desde el más allá, quería ver la actitud de sus coetáneos. Y, sin embargo, su decepción fue total. Nadie se detuvo, nadie siquiera se molestó en mirar. Tan solo un policía que estaba cerca se percató, minutos después, de que un cadáver yacía en el frío suelo. El servicio de recogida de cadáveres llegó presto y amontonó su cuerpo encima de unas cuantas de decenas de desposeídos, de desahuciados que, como él, habían muerto en 24 horas, sin dignidad, sin el cariño ni la compasión del resto de la ciudadanía que, impasible ante el suceso, continuó con su trajín de compras navideñas. Una sociedad egoísta que ni siquiera era capaz de imaginar que, en cualquier momento, le podía tocar el turno del sufrimiento, de la miseria y del deshonor.

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